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'CHESIL BEACH' DE MCEWAN, LIBRO DEL AÑO EN BABELIA

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La noche de bodas es una noche especial. La primera noche oficial. La primera noche en que todo el mundo sabe que dos son uno, que se consuma una ansiedad elaborada, algo especialmente deseado y mágico. Quizá no exista nada tan secreto y enigmático como lo que ocurre entre dos amantes, y la noche de bodas es el principio del misterio, el umbral de algo que puede ser maravilloso. El ovillo de una catarsis corporal. Un festín.


Los tiempos han cambiado, y quizá la noche de bodas ya no sea exactamente así, quizá haya perdido aquel componente de revelación física y emotiva, de ceremonia nítidamente cultural. Ya no es el instante que se borra para siempre la pesada sombra, la apabullante carga de la virginidad. Sin embargo, no siempre fue así. Hasta anteayer mismo, tal vez, los amantes se entregaban por primera vez en esa noche. Desconocían el ritmo de sus cuerpos, el idioma de la piel, los olores, las respuestas. Y a ese instante decisivo de encuentro le ha dedicado su última novela el escritor Ian McEwan "Chesil Beach" (Anagrama), un novelista formidable, obsesionado por los calambrazos dramáticos del amor. Algo que ya había explorado en libros como "El inocente", "Amor perdurable" o en "Expiación", por hablar de otra novela que el cine ha devuelto a la actualidad. McEwan, de entrada, parece querer decirnos que probablemente, en contra de lo que se piensa ahora, quienes menos saben del amor y del sexo son dos novios que se casan, esa pareja casi adolescente que inicia una nueva vida y que decide consolidar su pasión.


La noche de bodas es el primer tramo de un viaje hacia el placer, si todo va bien. Y el placer está vinculado con la vida, con la plenitud, con la felicidad. Con el reposo y la confianza en el otro. Y uno a veces se casaba para poder amar cada noche. Ian McEwan nos enfrenta a ese momento, pero lo hace a su manera. Mediante el arte de la dilación y del retrato, mediante la composición previa de los perfiles de ambos protagonistas: Florence, esa chica de clase media alta, a la que no le ha faltado de casi nada, y Edward, un joven que ha estudiado historia y que se ha abierto camino como ha podido.

McEwan, con sutileza y con un escrupuloso arte de efecto retardado, nos asoma a una ventana hacia el pasado: nos cuenta cómo se han conocido, cómo son sus respectivas familias, cómo toca el violín la joven, cómo se integra en un cuarteto. Nos cuenta cómo son sus paseos, y nos va dando pistas de lo que se avecina. Los dos enamorados están en un hotel con encanto junto a una bella y romántica playa con faro.


Es el año 1962, es la década de la revolución sexual. Empieza el fenómeno Beatles. McEwan habla de canciones, de acontecimientos, de partidos de tenis, de política, todo ello, sin estridencias, como los matices escénicos de un gran drama. Porque aquí todo se dirige hacia un drama, hacia ese segundo de nuestra vida en el que todo, absurdamente, cambia. Y cambiamos nosotros. Cambian Florence y Edward, cambian porque se asoman a esa habitación con vistas donde al final del espigón o del promontorio se vislumbra algo brutal. Desolador. Enfermizo. Como el espanto.


La novela es breve. El coito se cuenta con absoluta precisión. Se analizan los pensamientos más íntimos, los estados de ánimo y la respuesta casi inverosímil dentro de una novela que lo tiene todo: es desgarrada, es sensual, es poética, se fija en el paisaje, en las luces sobre las olas, en la tibiedad de las sábanas, en los sueños; se fija en la sensualidad, en la belleza de los amantes, en el candor, en la voluptuosidad de un intérprete anudada a un violín.


Esta novela, bellamente traducida por Jesús Zulaika, es como un mecanismo de relojería que muestra el nerviosismo, el temor, la sinceridad, el fraude, e incluso, como sucederá con un personaje, la ausencia de líbido, tal vez la incapacidad de amar con una maestría caliente y cálida que no necesita ni siquiera el énfasis.

 

[Recupero aquí este texto porque ayer el suplemento Babelia de El País elegía la novela de Ian McEwan como el libro del año. Esta nota se publicó en el suplemento ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. En la foto vemos a Ian McEwan rodeado de estudiantes que podrían haber sido los protagonistas de su novela.]

 

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gravatar.comAutor: Lamia

No voy a tener tiempo suficiente este año para leer todo lo que nos propones... Lo haces de tal forma que siempre me tientas a entrar en ello.

Fecha: 29/12/2008 00:25.


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