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MARÍA JOSÉ PAREJO, OTRO RELATO: 'SUPERPODERES'

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Por María José PAREJO

Cuando voy vestida de rojo y azul me siento fuerte y poderosa, como un superhéroe, como superman o spiderman. Me invade una energía que me pone de un buen humor de esos que no sabes a qué responden.

Al igual que les ocurrió a ellos, estoy pasando por esa fase inicial de descubrimiento, y me siento igual de atónita que Peter Parker cuando percibe que algo se está cociendo en su persona.

Me he contagiado también de cierto sentido de la responsabilidad, muy propio de los superhéroes.  No debo abusar de este atuendo, no puedo ir malgastando por ahí este don en tonterías.

 

Pero aquel día sí era importante, era el adecuado para comprobar exactamente en qué consistían mis superpoderes. Claro que al no ser yo de ficción, lo más probable es que se manifestaran en habilidades  más de andar por casa. Nada de volar, ver a través de las paredes o congelar cosas soplando muy fuerte.

Me puse un jersey de cuello alto rojo y un enorme anillo de plástico azul eléctrico. Suficiente para conseguir el efecto deseado, como pude constatar al mirarme en el espejo. De nuevo tenía ante mí a alguien capaz de comerse el mundo.

Una falda vaquera y cazadora negra completaban mi indumentaria. Con el calzado dudé, pero al final me decanté por unas botas de tacón. Al fin y al cabo estaba empezando en esto, no creo que ya de primeras tuviera que realizar grandes hazañas para salvar a la humanidad, bastante tenía con intentarlo conmigo.

 

Salí a la calle a eso de las siete y media. Había quedado a las ocho en la Plaza de las Comendadoras, y no tardaría más de diez minutos andando, pero me pone nerviosa la posibilidad de llegar tarde. Tampoco suelo llegar a las citas demasiado pronto, soy especialista en manejar el tiempo como si se tratara de un chicle. Puedo estirarlo o encogerlo a mi antojo; paseo, miro escaparates o de repente empiezo a correr muchísimo para luego frenar, dar un rodeo y llegar al lugar indicado a la hora exacta. Recalculando la ruta como un GPS.

Espero que mis superpoderes no tengan nada que ver con esta virtud sin encanto que es la puntualidad.

 

Subía por una calle cercana a la plaza cuando divisé a lo lejos a mi amiga Irene, que avanzaba hacia mí por el mismo lado de la acera. Decidí aprovechar para hacer unas  pruebas, quizá era capaz de hacerme invisible o, al menos, ser un poco transparente o pasar desapercibida.

A medida que Irene se acercaba pude ver que estaba sonriendo. Podría estar pensando en sus cosas, así que seguí caminando justo hasta el momento en el que nos cruzamos  y ella me retuvo agarrándome del brazo.

- Pero tía ¿Qué haces? ¿Estás tonta? – Me dijo al descubrir mi intención de pasar de largo sin detenerme.

- Ay, perdona Irene. Creía que no me habías visto.

No hizo mucho más caso a lo que creyó una broma infantil y me preguntó dónde iba.

- He quedado con Dani.

- ¿Sí?- Se extrañó – ¿Es que ahora sois amigos?

Le expliqué que no era eso exactamente, que no habíamos vuelto a vernos desde que decidió romper conmigo hacía un mes de esa forma tan inesperada y demoledora. Yo aún no acababa de creérmelo, no estaba bien y le había llamado porque necesitaba volver a hablar de ello.

- No sé si es buena idea…

Debí poner esa cara de “ya lo sé, pero qué quieres que haga” y ella miró el reloj.

- Bueno, venga, que vas a llegar treinta segundos tarde.

Le saqué la lengua, le dije “ya te contaré” y continué mi camino.

 

Percibí que el escepticismo de Irene ante mi encuentro me había desanimado un poco, parecía como si el rojo y azul estuvieran perdiendo su eficacia por momentos. Me acordé entonces de una tienda de calcetines que estaba no muy lejos, y hacia allí me dirigí, en busca de un poco de ayuda extra.

Entré y me compré unas medias azules, azul superman. La tienda era pequeña y no tenía probadores, ya me veía poniéndomelas en una cabina de teléfonos al más puro estilo Clark Kent. Pero ese tipo de habitáculos ya no existe, por lo que se me ocurrió ir directamente al café donde había quedado.

 

Medio escondida me asomé por el ventanal para asegurarme de que Dani no hubiera llegado ya, lo que habría alterado mi plan de cambio. No estaba. Perfecto.

Me senté en una mesa, pedí una caña que casi acabo de un trago debido a los nervios y con las medias en el bolso fui al baño, escuchando unas fanfarrias épicas a lo John Williams que venían muy al caso, aunque puede que la fuente de esta melodía no estuviera en  el bar sino en  mi imaginación.

Recobré el optimismo gracias a mis nuevas piernas a la vez que  reparé en que tanto azul y rojo me recordaban al  cartel de  “Hable con ella”, con los rostros de perfil de Leonor Watling y Rosario en sendos colores. Almodóvar, superhéroes… Se estaba organizando en mi mente una mezcolanza cinematográfica considerable.

 

Cuando Dani apareció y empezó a buscarme en todas direcciones con esa pinta suya de despistado me di cuenta de hasta qué punto me gustan todos sus gestos. Al encontrarme, me miró sonriendo y supe que estaba pensando “está guapa, como siempre”, pero no iba a decírmelo. Ni siquiera nos dimos los dos típicos besos, nunca nos habíamos saludado de ese modo y preferimos renunciar a ese doloroso cambio dos por uno. Yo canalicé mi necesidad de contacto físico con una palmada en su hombro. Aunque se me fue la mano, era pura expresión de cariño.  

 

Hablamos de temas intrascendentes, bromeamos y nos reímos. Lo pasábamos tan bien  que ninguno parecía estar dispuesto a iniciar la conversación que supuestamente nos había reunido tras este tiempo.

Pero yo estaba exultante y no tenía miedo, así que casi de sopetón le dije que me había enamorado de él.  Eso era lo que yo estaba empezando a sentir justo en el momento en que quiso pararlo todo, no se lo había dicho porque dadas las circunstancias no venía a cuento. Así actúa el orgullo.

Dani no decía nada, ni replicaba ni me advertía como otras veces; me miraba fijamente  con esos grandes ojos oscuros que me hacen sentir una extraña erosión.

Y nos besamos.

Después seguí hablando, simpática y elocuente, eso no son superpoderes. No iban por ahí los tiros.

 

Teníamos que volver a estar juntos. Me quería. Aunque no estaba en su mejor momento y eso le hacía albergar un montón de dudas, quería intentarlo. Ni siquiera era eso lo que pensaba esa misma mañana, pero al verme había cambiado de opinión. Y como el que acaba de contar cualquier cosa sin importancia, se puso a canturrear una canción que estaba sonando en ese momento.

 

De pronto sentí llegar una clarividencia nunca antes aparecida en esta historia y me entristecí enormemente. En realidad no había nada que intentar. No es plan necesitar superpoderes para que te quieran. Además,  pensándolo bien, no tengo tanta ropa azul ni roja, ni siquiera son mis colores favoritos.

*La foto es de Raoul Haussman, el fotógrafo y artista que expone estos días en el Palacio de Sástago.

 

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