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ISABEL NÚÑEZ EN LOS BALCANES

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Entrevista con Dubravka Ugrešić

El pasado jueves, Isabel Núñez presentó su libro ‘Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes’ (Alba) en la librería Antígona, en compañía de Félix Romeo. Le he pedido una de las entrevistas de este fascinante, lúcido y desolador libro, que gira en torno a la presencia de los escritores en el conflicto. Una de las escritoras más conocidas en España es Dubravka Ugrešić; Isabel, que es traductora de Richard Ford o Patricia Highsmith, entre otros, me ha mandado un par de diálogos, pero me quedo con este. Es un poco extenso, pero realmente interesante. Invita a reflexionar, a disentir, a esforzarse por entender este enigmático y complejo conflicto que también tiene mucho de genocidio.

 

 

 

Entrevista a Dubravka Ugrešić

 

Por Isabel Núñez.

En la rueda de prensa, Ugrešić parece alegre, con su ironía ligera e ingeniosa. Cuando le pregunto si cree que las cosas han mejorado en su país, responde que “nada se ha resuelto: la gente no quiere hablar, sólo quieren sentirse víctimas”, y con su ironía característica enumera: “Víctimas de la historia y víctimas históricas, víctimas del imperio otomano y del imperio austro-húngaro, del comunismo y del nacionalismo, futuras víctimas de la Unión Europea y víctimas de una futura invasión china, porque dos chinos han abierto una pequeña tienda en Zagreb”. Y lo mismo ocurre entre los exiliados: “La autocompasión es el sentimiento favorito de la especie humana, porque excluye la responsabilidad y permite la regresión infantil”.

Por la tarde, cuando voy a entrevistarla está cansada tras la copiosa comida, su ironía se ha convertido en sarcasmo y deja salir toda su amargura y el resentimiento por su persecución y la traición de tantos.

 

Sus dos novelas publicadas en España, El Museo de la rendición incondicional y El Ministerio del Dolor, podrían aunarse en el título de Mavis Gallant, Varieties of Exile, variaciones sobre el exilio. Usted aborda todos los aspectos y matices posibles del exilio.

Gracias. Hay otra cosa, un ensayo Gracias por no leer, sobre el escritor en exilio, donde expreso mi punto de vista como escritora.

En esas dos novelas, sus retratos de las ciudades de Berlín y Ámsterdam son sorprendentes. Me pregunto si es un talento especial suyo, o tal vez la posición del exiliado sea la mejor para mirar una ciudad.

En las dos novelas, las ciudades son una especie de metaforización, son espacios simbólicos. Berlín es el espacio del recuerdo y la memoria. Es un shock, la ciudad del Muro, por todas partes, todas las historias de la reconstrucción del Berlín en ruinas de la Segunda Guerra Mundial, y cuando andas por el asfalto casi oyes el ruido de las bombas. Es un constante recordatorio de lo que pasó. El espacio simbólico para recordar. Y Ámsterdam, con su belleza, es una casa de muñecas dentro de otra, y su paisaje arenoso, el espacio simbólico del olvido. Olvido y recuerdo.

Pero ¿fueron las ciudades las que la inspiraron o lo planeó?

Ambas cosas. Algunos me dijeron: “Ah, has viajado allí para aprovechar esas ciudades, lo cual no es verdad”, pero sí lo es en cierto modo. Yo he estado en muchas otras ciudades del mundo y no las he utilizado, así que hubo cierta elección.

Conectaban con algo que usted estaba pensando.

Podía haber situado mi novela en Roma o París, pero no lo hice; no es sólo porque sean parte de mi experiencia personal. Por qué un lugar sirve perfectamente para contar algo.

En El Ministerio del Dolor, la profesora descubre que los alumnos, exiliados de la antigua Yugoslavia, rechazan su historia común.

Creo que era una situación muy delicada. Podría decirse que ella intenta recordar la mejor parte de un pasado común, sin tener en cuenta que para algunos eso no es verdad. Yo hablé de eso públicamente antes de escribir la novela, de los recuerdos colectivos, intentando hacer una especie de arqueología mental, una especie de museo virtual de Yugoslavia, y una señora mayor me dijo: “Oiga, perdone, pero ésos no son mis recuerdos, esas cosas que usted menciona no significan nada para mí”. Aun así, podría establecerse un campo de memoria colectiva, simplemente por estadísticas. Y reuniéndome con exiliados he podido ver qué entiende o escoge cada uno como su bagaje emocional o su equipaje emocional. Hay una canción de una banda pop llamada Bijelo Dugme, que toca en las películas de Kusturica, el grupo de Goran Bregović. Todo el mundo, la gente de todas las edades identifica lo que toca Goran Bregović.

Pero, si los exiliados huyen de la guerra, ¿llevan la guerra en su interior?

No son sólo los exiliados. Tenga en cuenta una cosa: cuando Yugoslavia se desmembró, de pronto, incluso a nivel estatal, hubo una política de borrar la memoria del antiguo país; había que escupir en el régimen anterior, Tito fue proclamado dictador, la antigua Yugoslavia una cárcel; el comunismo, la oscuridad total, la dictadura férrea, aunque históricamente, el régimen de Tito fue distinto y más permisivo que los rusos, checos, polacos, rumanos  o búlgaros, etc. De pronto se impuso un anticomunismo tan violento que la gente destruía esculturas de Tito, tumbas de partisanos. En Croacia fueron destruidos tres mil monumentos antifascistas, ¡sólo en Croacia! Fue la gente, ¿por qué? Era la memoria y la dignidad de sus parientes, tíos, padres, ¿por qué de pronto aquella violencia?

Segundo, en Croacia, Yugoslavia se convirtió en una palabra prohibida. Y los programas de la televisión, las películas, las series de la época anterior, todo fue prohibido, borrado, ya no se podía seguir. La gente retocaba sus biografías. Conozco muchos pintores, escritores, actores que rehicieron sus currículums: si habían actuado en una película en Serbia, la suprimían, si habían publicado en una editorial eslovena, también fuera… Fue una gran limpieza. En 1991 o 1992, el ministro de Cultura de Croacia hizo un documento sobre redistribución de las bibliotecas croatas, que algunos entendieron lógicamente como una llamada a la limpieza, y eso hicieron. Limpiaron las bibliotecas de libros serbios, libros comunistas, libros en cirílico, Shakespeare, todo.

Como el nombre de las calles en Belgrado.

Y en Zagreb. Yugoslavia fue prohibida, la memoria de Yugoslavia fue prohibida. No sólo los emigrados o los exiliados necesitan recordar, el problema es que se prohibió recordar. Por eso, en un momento del libro, la maestra dice que recordar es subversivo, es una actividad política subversiva.

Alguna gente enloqueció, imagine lo que eso significó para la gente mayor, como mi madre, que estaba acostumbrada a tantas cosas, ver una serie, qué sé yo, borraron su vida, nada de su mundo existía ya.

¿Cree que lo mismo ocurrió en toda la antigua Yugoslavia?

Con variaciones de grado, yo creo que en Croacia fue más rígido, más radical.

Nenad Popović me dijo que la Constitución de Tudjman legalizó la libertad de expresión, no podías ya ir a la cárcel por escribir lo que quisieras.

Podías escribir lo que quisieras, sólo que nadie te lo publicaba [risas]. Una libertad proclamada por la Constitución, pero a mí nunca me invitaron en Croacia a escribir en los periódicos, no me dieron la oportunidad. Me atacaron una y otra vez durante un año, pero no me permitieron replicar, entrar en la polémica o discutir.

¿Veía venir la guerra?

No lo vi, no lo creí hasta el último momento. Hasta que se declaró la guerra, pensaba que no se llegaría a eso.

Pero hubo intelectuales que se fueron volviendo nacionalistas, que contribuyeron a ese discurso del odio.

La mayoría. No algunos, la mayoría. Si no, no habría funcionado. Tudjman y Milošević no habrían logrado nada sin la voluntad de la mayoría de la gente. No fue represión; nadie les dijo a mis colegas de la Universidad, a mis amigos: “Vais a perder el trabajo si apoyáis a Ugrešić y sus puntos de vista”. Nadie. Lo decidieron por sí solos, ¿comprende?

Las mujeres son las principales víctimas de la guerra, ¿no cree?

Sí. Pero también fueron las más rígidas seguidoras del nacionalismo, no lo olvide. En televisión, vi tantas mujeres besando, literalmente besando las manos de Tudjman y recibiendo medallas en honor de sus hijos o adorando a Milošević y besándole también las manos. Sí, las mujeres también hicieron eso. Seria injusto no decirlo.

En las guerras de los Balcanes, se trató de un conflicto entre el mundo rural primitivo y patriarcal y el mundo cosmopolita y moderno de las ciudades?

Eso es una burda mentira, una fórmula cómoda, agradable, fácil de entender. Campesinos iletrados contra “nosotros”, la gente civilizada. Falso. ¿La causa? Una constelación, con muchos factores implicados. En mi libro Culture of Lies lo explico, lo más simple es el dinero, las pretensiones territoriales, las propiedades. La gente apoyó la guerra para acceder al poder o quedarse la casa de alguien, o por una oportunidad para robar el vídeo de alguien, o un campo. O para ser ministro de Cultura. O simplemente para hacerse ricos; la guerra es uno de los mejores medios. Yo no lo vi de cerca, porque tienes que estar muy introducido para verlo, pero ahora se ve en el resultado, vemos una minoría de gente que se ha hecho tremendamente rica y otros, muchos, se han empobrecido.

¿Cree que hay una conexión con la Segunda Guerra Mundial?

Sí. Se utilizaron los conflictos de la Segunda Guerra Mundial, y también es posible que, si los partisanos de Tito ganaron la Segunda Guerra Mundial, los ustachas y chetniks estuvieran descontentos y decidieran cambiar las tornas. Y tuvieron éxito. Todos los logros del movimiento partisano y de la ideología antifascista han sido borrados, ya no existen. ¿Quién está ahora en el poder? Los perdedores de antes son los ganadores de ahora.

En su novela se ve el extraño reparto de culpas: los criminales no se sienten culpables, otros se sienten culpables por no haber muerto, por no haberlo visto a tiempo, por ser víctimas. Y ahora, ¡los criminales de guerra serbios, croatas y musulmanes que están en la cárcel de Scheveningen son amigos!

Es patológico. Nadie se siente culpable entre los criminales de guerra. Milošević no se sintió culpable. Por supuesto que son amigos; era sólo un negocio, no importaba nada más. Nada nuevo bajo el sol.

Hay un pasaje en El Ministerio del Dolor en que Igor interpreta un cuento y dice que el retorno del exilio es la muerte, la huida es una derrota y sólo el momento de irse es liberador. Es muy pesimista. ¿Usted cree eso?

No, utilicé un cuento de hadas tradicional, que es bastante extraño. Y dice eso, tener que volver es la muerte, quedarse es una derrota y sólo ese segundo de irse es liberación.

¿Ha pensado en volver?

No lo sé, cuando me fui no sabía nada, ni dónde iría, ni si sería provisional. Y ahora no me gustaría declarar o decidir, quién sabe…

Igor Štiks, de Sarajevo, que llegó a Zagreb como refugiado, me contó que la gente ignorante, en los mercados y tiendas, le corregían su forma de hablar.

Es interesante que sean siempre los más analfabetos los que son más agresivos con la lengua, personas que no han leído ni un solo libro se convierten en los defensores de la pureza de una cultura, gente que no sabe nada de la lengua. No deberíamos hablar de ellos, no es relevante. Para ellos, un libro de lengua es un símbolo de otra cosa. Yo fui atacada muchas veces públicamente por cuestiones lingüísticas. En Alemania, por antiguos yugoslavos que vivían allí, personas que se convertían en nacionalistas de pronto. Si les preguntaba: “¿Ha leído algo de lo que yo he escrito?”, me decían: “¿Por qué iba a leerlo? Yo ya sé quién es usted”. Mire, esto pasó en junio, yo estaba en Bonn, en una velada literaria, con mi libro, El Ministerio del Dolor. Al acabar, la gente se iba acercando a que le firmara. Una mujer joven, de unos treinta años, con buen aspecto, hablando en croata, me dijo que era profesora de croata en una escuela local y luego preguntó: “¿En qué lengua escribe usted?”. Yo le dije: “¿Por qué lo pregunta?”. Y ella: “Porque, hojeando, he visto que escribe en serbocroata.” Yo le dije: “Pero ¿ha leído el libro?”. Y ella: “No, no lo he leído, pero lo he visto.” Le dije: “Mire, el tiempo de la novela es 1997, en Ámsterdam, en el departamento de lenguas eslavas, el serbocroata era aún oficial, es como era oficialmente”. Y ella dijo: “Sí, sí, pero quería decirle que al menos yo sé quién soy y cuál es mi lengua, mientras que algunos no saben quiénes son ni cuál es su lengua”. Yo le dije: “¿Adónde quiere llegar?”.  Y ella empezó a hablar en alemán. Era muy joven, sólo había oído hablar de mí a alguien y vino a atacar o a no sé qué. Ésa es la sensibilidad de la gente. No saben nada, ni siquiera esa profesora, que tendría que haber sabido algo.

 

Le doy las gracias y acabamos la entrevista. Entonces Dubravka Ugrešić me pide ver la lista de escritores que he entrevistado y me dice que mi libro no valdrá nada si no incluyo a los meanies, a los malos. “Sólo tiene a los goodies (buenos) –me dice—. Nosotros no somos relevantes, no contamos nada, ya no tenemos influencia. Busque a los que mandan, hable con…” y me escribe una lista de nombres de escritores implicados en el discurso del odio, algunos de los cuales denunciaron a otros, ocuparon sus puestos, tienen aún puestos de responsabilidad. Entonces aún no lo sé, pero ninguno de ellos aceptará hablar conmigo, excepto uno, un peso pesado, implicado en los hechos. Sé que en cierto modo tiene razón. Si no contestan, ese silencio de los escritores nacionalistas que no han querido hablar conmigo estará recogido en estas páginas. Al consultar este tema con el antropólogo Manuel Delgado, me dice que esa falta no disminuye el valor, que quedaría dentro de la etnografía crítica, es decir, la que sostiene que no hay contextos neutros y toma una posición ideológica clara. Pero yo sigo buscando y en el último momento surgirá una opción.

 

Isabel Núñez. Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes. Barcelona: Alba, 2009.

La foto la he tomado de aquí http://www.boston.com/bostonglobe/ideas/brainiac/dubravka_ugresic.jpg2009.

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