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69 IMÁGENES DE UN MUSEO ERÓTICO

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Libros. Jean-Manuel Traimond, especialista en guías eróticas, publica ‘69 historias de deseo. Un museo del imaginario erótico’ (Electa. Barcelona, 2009), donde recoge y analiza cuadros y esculturas sobre los temas fundamentales de la sexualidad y la pasión

 

El placer del sexo:

arte y lascivia de

un museo ideal

 

El sexo mueve el mundo. Podría escribirse una formidable historia de la humanidad desde la perspectiva del deseo. No es eso exactamente lo que ha hecho Jean-Manuel Traimond, sino concebir ‘un museo del imaginario erótico’ en el espléndido libro ‘69 historias del deseo’ (Electa), que propone una viaje por el desarrollo de la sexualidad. La odisea se prolonga desde el siglo VI a. de C., cuando una vasija representaba pasajes explícitos de sexo oral y anal entre hombres, hasta nuestros días en que la escultora Louise Bourgeois –insólita Premio Aragón-Goya- paseaba, en 1982, un enorme falo de metal con sus testículos ante la cámara de Robert Mapplethorpe.

Traimond, autor de una ‘Guía erótica del Louvre y del Museo de Orsay’, dice: “La Antigüedad representaba el placer sin mala conciencia, pero también estableció la separación entre cuerpo y espíritu, materia e idea. Exacerbada por el cristianismo, dicha separación hizo que todo el peso de la vergüenza recayera sobre el deseo”. Y agrega que “atacado, ahogado, asediado por el pudor, el deseo occidental resurge una y otra vez oculto tras tantos y tan variados disfraces”.

Quizá por ello, los pintores, los artistas en general, han visto estimulada su imaginación y han emprendido una suerte de “guerra de guerrillas contra el triste pudor”. Una constatación clara del libro es que “al eterno retorno de las obsesiones masculinas se corresponde la escasez de las muestras de afecto femenino” y, por extensión, de ausencia de mujeres pintoras. Se recuerda el paradójico caso de Georgia O’Keefe, una voluptuosa artista que pintó flores como vulvas abiertas, como explícitas metáforas o alegorías del sexo femenino, y siempre dijo que ella no hacía pintura erótica.

Dentro de esas 69 piezas están todos los asuntos del amor y del deseo. Desde ese inicial canto griego a la homosexualidad y al destape de Afrodita, cuyos senos se alzan más allá del velo, también existen imágenes de las hetairas (las prostitutas de lujo) o una escena, en Pompeya, de otro mito: el de Príapo, al que le habían dedicado varias capillas, frecuentadas por hombres que tenían alguna enfermedad en el pene. Traimond escribe: “En cuanto a las mujeres, ya fueran profesionales o simples ‘amateurs’ (…), colgaban del gran falo tantas guirnaldas como amantes habían tenido en el transcurso de la noche”. El libro aborda algunos casos de zoofilia, como la cópula entre Pan y una cabra, la sutil relación de ‘Leda y el cisne’ (1598) recreada con absoluta maestría por Rubens o un ‘cunnilingus’ de ‘La bruja y el dragón’ (1515) de Hans Baldung Grien. El Bosco mostró en ‘El Jardín de las Delicias’ (1510) la homosexualidad, la masturbación e incluso una imagen más extraña: la de mujer que anda a gatas, semidesnuda, y por atrás avanza una pértiga que lleva una esponja en la punta.

“Cuanto más nos resistimos a la carne, más se esfuerza en reaparecer” escribe Traimond a propósito de la pieza de Tiziano ‘La Magdalena penitente’ (1530), que mezcla la vergüenza del pecado carnal y la exuberancia del ardor en forma de un envolvente cabello de fuego. El cuadro ‘La piel’ (1638) de Rubens insiste en el elogio de la beldad y del hedonismo, igual que dos piezas de Fragonard: ‘Las curiosas’ (1767-1771), una elipsis de la figura del mirón (exaltado en ‘Una ojeada a través de la cerradura’ de Anton Felser, de 1895, que sería casi el positivo o el reverso de la anterior) y ‘Los afortunados azares del columpio’ (1767), que es un canto al pie como apéndice sexual. Dice Traimond: “Hay mujeres que llegan al orgasmo pasándose el aspirador por las plantas de los pies”.

No podía faltar el lienzo que sublima y normaliza como ningún otro la vagina: ‘El origen del mundo’ (1866) de Courbet. No podían faltar una flor de O’Keefe, ni las mujeres pelirrojas de Klimt ni esa sucesión de damas que tientan a Ulises o a distintos dioses y hombres, como el caso de las sabinas, raptadas y violadas por los romanos y pintadas por David. Rembrandt realizó un elocuente grabado de la felicidad conyugal en el tálamo en ‘La cama a la francesa’ (1646). “¿Hay que decir algo que la sonrisa de la esposa penetrada no diga ya?”, se pregunta Traimond. Leonor Fini se acercó a la homosexualidad femenina. El perverso y agudo Franz von Stuck es autor de ‘El balancín’ (1898), sobre la masturbación de mujeres con un tronco, y de ‘El pecado’ (1895).  Felicien Rops es el autor de ‘Pornokrates’ (1878), acerca “del poder de la puta” que pasea a un cerdo.  Aubrey Beardsley aborda la fuerza de la erección en ‘Los embajadores lacedemonios’ (1896).

Una de las piezas más impresionantes, que figura en la exposición ‘Las lágrimas de Eros’ del Museo Thyssen, de idéntico argumento, es ‘La muerte de Jacinto’ (1804), un cuadro de Jean Broc, que fue el primero en cantar el amor homosexual a través de la figura de Apolo y del joven Jacinto, que se desploma sobre su hombro. Ese pintor y fotógrafo y contorsionista que era Pierre Molinier aborda la tragedia y la rebelión del travestido. El tema del beso aparece en ‘Hércules y Onfalia’ de Boucher, 1750, en Rodin y en Magritte, en esa obra tan famosa de los dos rostros cubiertos. El autor incorpora a Caravaggio, a Velázquez y su ‘La Venus del espejo’ (1651) -el sevillano retrató a una de sus amantes y reveló un secreto-, a Ingres, a Manet, a Balthus, a Marcel Duchamp y a Picasso con una obra estupenda: ‘Dora y el minotauro’. En el comentario a esta pieza el autor realiza un recorrido por los grandes amores del pintor, quien, en el fondo, encarnaría a un minotauro humano y falaz.

En esta propuesta de Traimond hay pintura histórica, mitológica y de retrato, escultura y cómic y fotografía. Aborda una compleja casuística del sexo: la traición, el adulterio, los celos, la exaltación de la carne, la melancolía, la relación entre el amor y la muerte, la alegría del coito, las diversas formas de homosexualidad, el pecado, la picardía, el morbo, la sorpresa, el humor. Y se percibe, una y otra vez, la irreductible fascinación del erotismo, de la lascivia y de la sensualidad transformadas en obras de artes. El sexo excita el mundo y ha sido un estímulo permanente de creación.

 

 

OTROS LIBROS

Lejos del tabú

 

Estos días han aparecido varios libros sobre arte, literatura y sexo. Uno de ellos es ‘Surrealismo, eros y política, 1938-1968’ (Alianza Forma) de Alyce Mahon, donde se analiza como “los surrealistas recurrieron a Eros como la búsqueda del principio del placer”. Thierry Savatier publica en Trea un libro totalizador: ‘El origen del mundo. Historia de un cuadro de Gustave Courbet’. Ese cuadro de un explícito sexo femenino (“el coño en el tapiz”, se dijo), pintado en 1866, se basó en una foto de Auguste Belloc de 1860 y ha hecho correr escandalosos ríos de tinta y de admiración. En otro contexto, la joven Clara Santafé publica un curioso poemario sobre una actriz de cine pornográfico: ‘Ángel París’ (Resurrección). [En la foto, la obra 'Pornokrates' de Felicien Rops, de 1878.]

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