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TERESA GARBÍ: LEONARDO Y CREACIÓN

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Teresa Garbi, profesora zaragozana afincada en Valencia, es ensayista, narradora en breve y en largo. Y una apasionada del teatro. Hace algunos meses publicaba en el sello DVD, que dirige el poeta Sergio Gaspar, su novela ‘Leonardo Da Vinci: Obstinado rigor’. Así me ha explicado Teresa su trayectoria y las claves de su libro. La foto es de mi admirado Vicente Almazán, gran amigo de Teresa y de su marido Ángel López García, a quien están a punto de rendirle un homenaje por el conjunto de su trayectoria.

 

-¿Cómo y cuándo nació la fascinación por Leonardo da Vinci?

Siempre me había impresionado la figura de Leonardo --¿a quién no?--, pero desde que trabajé en Arte Dramático y empecé a manejar más bibliografía para mis clases comprobé que, a pesar de que se conservan tantos escritos suyos, y a pesar de lo que se había escrito sobre él, seguía siendo un personaje enigmático. Poco sabemos sobre su personalidad o sus emociones porque Leonardo parece tener vocación de sombra. Ni siquiera tenemos un retrato suyo fiable. Por todo esto y por algunas frases que aparecen en sus escritos, que yo utilizo para encabezar los capítulos de mi libro, me sentí interesada en una búsqueda profunda en torno a su personalidad.

 
-¿Cuándo se te impuso el personaje como tema?

 Después de indagar durante varios años, manejar bibliografía, visitar los lugares que él visitó, pasear los museos en donde están sus obras, me encontré con una especie de borrón del que había que entresacar las líneas esenciales que dieran forma a una sombra de Leonardo. A él le gustaba partir de ahí: de un magma de líneas de las que entresacaba un boceto. Era esto, el boceto, lo que más le interesaba, porque concebía la pintura como un poema, algo inacabado.


-¿Qué tipo de libro quisiste escribir?

No tenía una idea preconcebida. Quería acercarme a la sombra de Leonardo con respeto, con rigor. Me interesaba cómo pudo ser en medio de tanto trabajo, en medio de una vida complicada y solitaria, en la que parece imposible hacer tantas cosas como él hizo. Me interesaba, también, cómo podía ser esa persona que escribía: “Por qué sufres tanto Leonardo”, “Dime si algo se ha cumplido”, “Creía estar aprendiendo a vivir y lo que realmente hacía era aprender a morir”, “El tiempo es el ser de la nada”, “Cuanto mayor es la sensibilidad, mayor es el tormento, un tormento terrible”, que delatan a una persona compleja, llena de contradicciones, generosa y buena, solitaria, distante, hipersensible…

Por todo esto no tenía una idea de lo que iba a escribir, sabía lo que intentaba buscar: la personalidad profunda de Leonardo y lo que le llevó a afrontar sus obras tal y como él lo hizo, con una originalidad tan radical. Elegí su faceta de pintor, consciente de que trabajó en ámbitos muy diversos: arquitectura, escultura, anatomía, ingeniería militar, hidráulica, matemático, organizador de espectáculos teatrales, inventor, además de otros intereses: jinete, alpinista, músico…

 

-El libro es de un género fronterizo: es una novela, sin duda, pero también tiene algo de biografía novelada, de libro de estética artística y de viaje.

Estoy totalmente de acuerdo. Sigo un hilo argumental que pretende ahondar en los momentos que considero decisivos en la vida de Leonardo: infancia, formación con Verrocchio, estancia en Milán, con César Borgia, encuentro con Mona Lisa, estancia en Roma y enfermedad, viaje a Francia. Pero en cada momento insisto en sus ideas estéticas, en su trabajo como pintor, en sus fracasos. En cuanto a los viajes, es cierto, tienen importancia, pero es que la vida de Leonardo, por necesidad, fue itinerante, aunque afronto esa itinerancia desde un punto de vista interior.

 
-¿Cómo se concreta ese viaje interior?

Me interesa responder a una serie de preguntas: ¿Por qué se fue de Florencia?; ¿qué pensaba Leonardo cuando tuvo que abandonar Milán?; ¿por qué abandona a César Borgia?; ¿qué sintió en Roma?; ¿cómo se sentía al viajar a Francia, sabiendo que sería su último viaje? Para responder a esas preguntas me baso en sus obras, en sus ideas sobre lo que debía ser un artista y en sus reflexiones personales.

 

-¿Cuáles serían para ti esos dos o tres momentos, vivenciaS o anécdotas, que definen al personaje? El aprendizaje con Verrocchio, la elaboración de Mona Lisa…

El aprendizaje con Verrocchio me parece fundamental. Leonardo tuvo la suerte de tener un maestro como Andrea Verrocchio, que lo alentó a la dispersión, que le infundió su gran humanidad y también su capacidad de trabajo, su espíritu libre. En el encuentro con Mona Lisa intento expresar algo que se observa en la obra de Leonardo: la fusión de lo masculino y lo femenino en un ideal andrógino.

 
 -¿En qué consiste la modernidad de Da Vinci?

Sólo hay que ver el refectorio de Santa Mª delle Grazie para comprobar cómo tuvieron que sorprender sus obras. Enfrente hay un mural de Giovanni Donato, pintado al mismo tiempo que la Cena y parece mucho más antiguo. Cada obra de Leonardo es sorprendente, pensemos en el boceto de la Adoración, por ejemplo. Pero creo que lo que le hace ser moderno actualmente es su concepción del artista como alguien independiente, que no tiene que terminar sus obras siquiera, porque lo importante para él debe ser la investigación, el proceso. “La pintura es la poesía que se ve”, “Mira la luz y considera su belleza”, dice. Si a eso añadimos que cuando afrontaba una obra nueva hacía una labor de investigación que lo conducía a elaborar verdaderos tratados y que además intentaba desarrollar sus obras pictóricas o escultóricas con procedimientos nuevos para cada ocasión, nos quedamos verdaderamente anonadados ante su respeto --obstinado rigor--, por la labor artística.

 
-Hablemos de estilo, de relación con la lengua, de textura poética. ¿Cómo te planteas la escritura, la caligrafía del texto?

 Leonardo era un poeta, entre muchas otras cosas. No hay más que leer sus ideas sobre el aire azul o sus descripciones de tormentas. Por eso mi aproximación debía ser en un estilo semejante. Digamos que he caminado excavando, a veces, en el agua, en la naturaleza o buscando su sombra en los muros vacíos, en las ruinas, o en el curso de las nubes que es, al fin y al cabo, adonde él iba extraer sus dibujos 


-¿Cómo ves, cómo sientes Aragón desde lejos?

No estoy lejos. La siento cerca, porque vamos a Benasque o a Montanejos, al lado de Rubielos. Pero comprendo que la visión que tengo ahora es privilegiada porque puedo distanciarme, sentirme también mediterránea que es, al fin y al cabo lo que sentirían los que vivieron el esplendor de la Corona de Aragón en otros tiempos. En Valencia hay mucho afecto por todo lo aragonés y eso es muy agradable.

 

-¿Cuál es tu mejor o tu más obsesivo recuerdo de Zaragoza?

Me gustaba pasear de adolescente, ver iglesias, recorrer la ciudad, pisar las hojas secas en otoño en el parque. Me gustaba saborear el colorido de los días mirando desde las ventanas del colegio Politécnico o del Instituto Miguel Servet, en donde estudié. Pero recuerdo, sobre todo, el campo en la torre de mis abuelos, en Miralbueno y el Moncayo, en Tarazona, en donde pasé tantos veranos.

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