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Sobre ‘El monstruo del lago Soledad’. José Orna. Latas de Cartón. Zaragoza, 2010.

 

Hay libros que adquieren un carácter especial de inmediato. Porque son amorosos, artesanales, inquietantes, porque proponen una historia compleja y matizada, porque están destinados a convertirse en un objeto, cálido, sugerente, como un tesoro de letras, como un laberinto de tinta china. O como una película de cine de animación en blanco y negro. Es el caso de ‘El monstruo del lago Soledad’, cuyo título ya resulta muy evocador: pensamos en el lago Ness o en los lagos aragoneses de Mediano o Barasona, pensamos en ese monstruo de varias cabezas que asoma desde el fondo para arrojar el espanto sobre el mundo. Es como si se despertase una fiera en el corazón de la tierra, en el manantial secreto de las todas las fuentes y los ríos.

Hay otra palabra que invita a la reflexión. Cargada de sentido. Sospechosa. La palabra Soledad. El lago Soledad. Todo está lleno de presagios, y en cuanto abrimos las páginas vemos  cómo alguien se cae al vacío por un agujero que invita a pensar en Alicia en el País de las Maravillas y, ya puestos, en Indiana Jones. Vemos a alguien cuyo corazón ya no está en su sitio, alguien que se siente condenado para siempre (y se sugiere con los fusilamientos de Goya), alguien que se ha vuelto insomne, obsesivo, temeroso, alguien que “esté donde esté siempre lleva a sus monstruos dentro”.

José Orna sigue desvelando secretos y nos enfrenta al miedo, a la angustia, a los demonios interiores. Que son codiciosos, que asustan. Son los monstruos de nuestro propio dolor, de una desazón antigua que nos hace a todos ser extranjeros de nosotros mismos, como extraños que penden de la nada y el alambre. Solo esa dolencia, que se agiganta y que podría tornarse insoportable, se alivia con las emociones, con la cultura, con las palabras, con las imágenes, con las letras, letras con las que se pueden construir poemas, mensajes, pócimas de curación para el tormento del alma. El protagonista anda y desanda las páginas, con el desamor a cuestas. El protagonista vive en un poema que atraviesa el libro y va de su corazón a sus asuntos. Y va de espanto en espanto hasta que un día decide mirarse al espejo. En la vida nada es definitivo, salvo la muerte: la vida, con monstruos o no, siempre concede una segunda oportunidad. Y quizá por ello debamos aprender a vivir con el monstruo, como se vive con un lumbago, un dolor de muelas o con la ansiedad.

Hace unos días, José Orna me contestó a un correo con estas palabras: “Hablo del dolor, es verdad. Es casi como una bajada a los infiernos, un tránsito por él y una salida, pero con la sensación de haber quedado cicatriz y con la certeza de que se puede volver a caer”. Creo que con esta línea de intimidad y de confidencia, se explica este texto que nace de una demolición, de una derrota, de un estado de ánimo más bien vulnerable.

 

Para escenificar esta erupción de sentimientos encontrados, José Orna ha elegido un libro cuadrado, en blanco y negro, que ha hecho con cartulina recortada y luego fotografiada. El libro prolonga la atmósfera anunciada y abre un nuevo cauce: aquí hay homenajes a la pintura, a Buñuel y sus arañas, a Isidro Ferrer, a los dibujantes japoneses, a la escultura, a fotógrafos como Brassaï, hay un estudio de la disposición de la tipografía, hay un juego con las letras y sus tamaños, con la página en blanco, con el diálogo del positivo y del negativo, y hay una iconografía muy pensada, clásica y moderna, vinculada con el cine negro y con la apariencia de las cosas. Y por haber hasta hoy un homenaje más o menos explícito a su anterior libro: ‘Me gustan los abrazos’, que firmó con Rosa Blanca Miguel. Aquí el Orna feliz de entonces ha cambiado un poco y dice: “Me acuerdo de abrazos // que ni siquiera sé si existieron”.

El monstruo del lago Soledad quiere ser un libro desnudo, exento, sin otro adorno que lo esencial: muestra el tuétano, un desgarro, el torbellino de la soledad, que es aquí el vocablo que lo abarca todo, es el término síntesis. No hay más color que el hilo rojo del lomo que se muestra: es como un hilo de sangre. Dentro, en las páginas, están el llanto y la belleza, la rotundidad y el temor, la alegría y el sueño, el caracol del tiempo y la circunferencia, la hostilidad y el desamparo, el nadador y el árbol de estrellas, el ahogado y la noche y sus espectros, la pregunta sin respuesta y el diálogo de dos que se aman. Dentro está la multitud y lo inefable, y está la manufactura: el diseño, la invención, la mancha, la silueta, la página en blanco, la página en negro…

Dice José: “Suelo pasar un tiempo largo // cada vez que caigo al lago, // así que construyo mis refugios // en los que poder estar alejado // de los monstruos”.

Este libro, diseñado con un ritmo propio, también es un refugio. Y en el fondo, una forma de consuelo. Todo gran dolor puede mitigarse si se encierra en un cuento, como dijo desde África Isak Dinesen. En un cuento como éste. El monstruo del lago Soledad.

*Texto de la presentación el pasado lunes en la FNAC. Lo presentamos el autor y yo. Y hubo un clima especial de cariño. El acto contó con una exposición de lujo: todas las piezas que José Orna ha hecho para este trabajo.

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