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A DEL ARTE: LOS CINCO DE AURORA

Esta tarde, en la galería A del Arte, de Mariano y Monte, se inaugura una exposición de acuarelistas, seleccionados por Aurora Charlo, bajo el título ‘Cinco miradas de agua’. Estos son algunos de los textos del folleto desplegable que se ha preparado.

  

 

CINCO MAESTROS DE LA ACUARELA

 

 

 

 

Aurora CHARLO

Cuando la Galería A del Arte me propuso traer a un grupo de “grandes espadas” que trabajaran la acuarela, me colocó ante un gran compromiso, dada la cantidad y calidad de buenos y grandes profesionales de nuestro país. Me puse a pensar y se me fueron ocurriendo cinco artistas del agua, del paisaje y de la luz. Me dije: “La primera vez que vi algo de Pepe Carazo fue como si pasara una locomotora: me quedé atónita ante su franqueza y su genialidad”.  Evencio Cortina me provocó un estremecimiento y tal vez una forma de éxtasis cuando contemplé un primer premio nacional suyo. Tenía soltura hasta el tuétano: era capaz de alcanzar el centro de la materia. A Paco Castro lo conocí un poco más tarde -es el más joven de todos-, pero le persiguen los galardones. Tal vez se pudiera decir de él que es un discípulo de Turner. Hace años, durante la exposición del Salón de Otoño de Madrid, me quedé perpleja ante una hiedra que crecía de la pared. ¿Era una hiedra o un cuadro? Sigo sin saberlo. Pensé en Saorín. Un adjetivo lo define: asombroso. Por último, si yo pintara bodegones, me gustaría copiar a Justo San Felices. Posee sentido de la composición, modernidad, agilidad, y atesora un magnífico sentido del color. He aquí los cinco. Cinco miradas de agua. Cinco maestros de la belleza. Señoras y señores, todo un festín para los ojos. Todo un placer para mí.

 

 

EL AGUA DE LOS SUEÑOS

 

Antón CASTRO

Aurora Charlo podría ser, como el personaje de Hans Christian Andersen, la reina de las nieves. Esa mujer que lleva una mochila cargada de agua y de colores y que se planta ante el abismo y copia, transforma en acuarela y a escala la majestuosidad de las cumbres. Ella camina sin descanso y busca la posición ideal: una perspectiva, un paisaje preciso, el lugar donde ajustar las líneas de contemplación. Así nacen sus pinturas: rápidas, intimistas, envolventes como una brisa deliciosa. Aurora Charlo ha elegido para esta muestra a ‘Cinco maestros de agua’: compañeros de travesía pintores de técnica depuradísima, soñadores del color y de la composición. Ellos son: Pepe Carazo, Francisco J. Castro, Evencio Cortina, Jesús López Saorín y Justo San Felices. Cinco modos de trabajar, cinco poéticas del cromatismo, cinco caminos que se alejan y se encuentran en un único centro: el de la creación, el del sueño, el del viaje.

Pepe Carazo es un pintor de recuerdos y de atmósferas. Uno de sus temas predilectos son los trenes: esas locomotoras que se cruzan, esas máquinas que irrumpen desde un pasado intemporal, con sus bufidos y sus columnas de humo, esos trenes de antaño que avanzan, resuellan o se detienen como refugios de la memoria: en ellos hemos viajado, hemos vivido historias de amor, hemos sentido los traqueteos de la vida. Carazo sabe darles una atmósfera especial, deliberadamente desdibujada: sugiere, crea masas de colores oníricos, algo que también hace con sus obras más abstractas. Cuadros de huella lírica, cuadros que nos seducen y nos atrapan como un suspiro de luz.

Francisco J. Castro es un maestro del paisaje. Le apasionan la naturaleza invernal, esas estampas de nieve, tan evocadoras, que invitan a recogerse, a mirar el mundo desde un lugar seguro. A Francisco J. Castro le atrapan esos bosques que se han llenado de nieve, surcados por un río que copia los árboles oscuros, le atrapan esos paisajes que esconden un secreto tras la enramada. Él se enfrenta a ellos con parsimonia, con hondura, con todo el tiempo, y los refleja con elegancia y armonía, con vibración de color y con temblor de cuerpo y alma. A menudo, quizá sin pretenderlo, resulta un pintor metafísico que desmenuza una desolación indecible.

A Evencio Cortina le apasiona el bodegón y el paisaje. Quizá incluso más este último. Pero no exactamente el paisaje idílico, ese que alude a una suerte de Arcadia o un territorio más o menos sublimado sobre el papel. A él le gustan los puentes, las fábricas, las industrias: se acerca a ellas como quien se acerca a una gran representación, a un amasijo de formas, de colores, de reflejos y de atmósferas con una acuarela suelta, evocadora, transida de sombras y de matices. En un artista tan intenso, hay otra constante: mira desde dentro, desde detrás de la ventana. Le interesa ese marco inicial, el cuadro que se abre a otro cuadro inmenso e inagotable de la naturaleza extendida, con sus heridas de luz.

Saorín encarna el hiperralismo, el lenguaje del tiempo sobre los objetos. Su mirada tiene una huella arqueológica, un registro intemporal, de texturas y de rastros de la memoria. Podría decirse que sus acuarelas son un ejercicio prodigioso del arte del bodegón que dice y sugiere lo máximo con muy pocos elementos, siempre muy escogidos: esa figura central que reclama nuestra atención inicial, aunque de inmediato vemos que hay mucho más: el fulgor del ayer, la transparencia de la memoria que se fija para siempre en una pieza muy elaborada.

Justo San Felices quizá sea el artista más abstracto de todos. Otro artista de la sinfonía del color. El poeta visual de un cromatismo que se expande y que a menudo parece próximo al universo de Miró, de Klee o de Kandinsky. Sus acuarelas tienen la metamorfosis de los sueños, la presencia de un enigma, la exaltación de la mancha. Los cinco son distintos y a la vez complementarios. Cinco miradas de agua. Cinco maestros de la técnica que saben transformar la realidad y convertirla en una arrebatada lección de belleza.

 

 

 

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