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OTRA VISIÓN DEL MUNDIAL

El escritor y traductor Daniel Gascón publicaba ayer en su blog esta mirada distinta sobre el Mundial de Sudáfrica.

Puede verse aquí: danielgascon.blogia.com

 

Por Daniel GASCÓN

A media mañana del viernes 9 de julio todos los medios españoles y muchos medios internacionales anunciaban en primera página que un pulpo se había movido en un acuario.
La explosión que ha producido el Mundial habría resultado divertida, si no hubiera sido un poco desoladora. En los medios digitales, una franja enorme nos recuerda lo verdaderamente importante: la selección, los triunfos de Nadal, análisis y anécdotas deportivas que multiplican las oportunidades para la aparición de la irracionalidad. Como la selección española perdió el primer partido, se echó la culpa a la novia del portero. Cuando la clasificación de España parecía dudosa, Cuatro nos tranquilizó explicando que "los dioses de África están con la Roja". Un día antes de la final, ABC se muestra más grecorromano aunque a mi juicio poco católico: “Los dioses, con España”, dice, bajo una foto de Neptuno y Cibeles con la bandera española. Subtítulo: “La bandera nacional engalana las ciudades españolas a la espera de la final de mañana” (espero que el mundo rural no se sienta ofendido). Cruzcampo, que solo hace los anuncios peor que la cerveza, nos recuerda que "no somos una selección, somos un país". Los comentaristas ruegan a Dios y aplauden que los jugadores españoles cometan una falta no sancionada. Otros discuten que David Villa haga un gesto taurino al celebrar el gol. El pulpo no es la única superstición; como Marchena lleva un montón de partidos sin perder también nos dicen que es un talismán. El juego decepcionante de la selección durante los primeros días forzó el énfasis en una estadística generalmente irrelevante: el índice de posesión del balón, como si el fútbol fuera como el boxeo y pudiera ganarse a los puntos.

El Mundial se ha convertido en la primera noticia y el único tema de conversación. Los deportistas son el único modelo respetable. A mí me resulta incomprensible, aunque haya algunos jugadores que me caigan bien, o aunque esta selección juegue mejor y sea más simpática que otras. ¿Cómo puede ser un modelo de algo una persona que termina su carrera a los treinta años, cuando parece que tendremos que jubilarnos a los setenta? (Luego algunos encuentran trabajo en la corrupta Federación Española de Fútbol. Es el caso de Fernando Hierro, el hombre que, cuando le preguntaron por el último libro que había leído, respondió: “Ninguno”.) Pero esto, que parece una caricatura de las caricaturas que se hacían de algunos forofos argentinos, con la iglesia de Maradona y cosas así, no solo sucede en España: Francia, que había interpretado las victorias de su selección como el símbolo de un país multicultural e integrado, ha visto la derrota y la indisciplina de sus jugadores como las consecuencias de la falta de sacrificio, sentido del deber y respeto a la autoridad. Sarkozy convocó a Henry al Elíseo y pidió una reflexión nacional.

Ha habido algunas excepciones, pero el consenso es asombroso. Los suplementos culturales han hablado de libros sobre el fútbol. Los intelectuales hablan de fútbol. De hecho, yo no sabía que había tantos intelectuales en España hasta que llegó el Mundial. “Nuestro modo de jugar es también nuestra forma de vivir”, dice un cartel del Instituto Cervantes en Roma, una institución que yo creía que se dedicaba a la difusión de la cultura. Un lírico, Manuel Rivas, escribe sobre los jugadores de España:

No son depredadores. No son carnívoros. Disfrutan de la hierba. El balón se siente un compañero. Es un factor que no contemplan los críticos del llamado tiqui taca, nostálgicos del fútbol cabreado y taciturno. Campa la imaginación y el humor. Y las ideas tejen. Por fin las neuronas llegan a los pies. Por eso esta selección no se presta a una estridencia patriótica posesiva y excluyente. Pertenece a la gente de cualquier parte a la que le gusta el fútbol.

Si la profusión de banderas y exhibiciones de orgullo nacional puede inquietar un poco –como le ha pasado a Carod Rovira, y eso que Laporta dijo que en realidad el Mundial lo está ganando el Barça, mientras que La Razón titulaba meteorológicamente: “El tifón español arrolla al independentismo catalán”-, Rivas tranquiliza. Se puede apoyar a la selección española con la conciencia tranquila, aunque uno sea de izquierdas, nacionalista gallego o internacionalista céltico. Porque en el fondo, arguye Rivas, es una selección que nos redime de nuestra historia y desagravia a las víctimas de tantos siglos de destrozos contra la libertad, etcétera: “La que goza en la cancha es una España liberada de su losa: ‘Entusiasmo del odio, ojos del mal querer’ (Miguel Hernández). El contrapunto al ‘mal querer’ es la mirada de Del Bosque’”, continúa Rivas, entregado. Si hubiéramos sabido que íbamos a llegar a la final del Mundial, no habría hecho falta que se aprobase una Ley de Memoria Histórica.

La selección húngara de 1954 que perdió la final ante la Alemania de Rahn y los hermanos Walter formó así: Grosics; Busanky, Lantos; Lorant, Bozsik, Zakarias; Czibor, Hidegkuti, Kocsis, Puskas y Toth.

Otras interpretaciones nos aportan nuevas redenciones. Sebastián Fest escribía un artículo sobre los éxitos deportivos españoles, y lo titulaba, con modestos interrogantes, “¿El país perfecto?”. Arrancaba así:

España está a un paso de enviar la peor versión de su historia deportiva al baúl de la abuela, al rincón más polvoriento, oscuro y alejado que exista en la península.

Por eso el grito que inundó sus calles hasta bien entrada la madrugada; por eso el cántico de cientos de jóvenes borrachos de alcohol y de éxito en los húmedos bares de Durban: "¡Yo soy español, español, español...!".

Para que ese grito sea un rugido de éxtasis, España "solo" tiene que imponerse el domingo a Holanda en la final del Mundial de fútbol. Entonces será la envidia de medio mundo, algo muy parecido a "la nación deportiva perfecta". [Las cursivas son mías.]

Los políticos han usado el fútbol sin parar. Zapatero –ministro de deportes- dijo que el diferencial con Alemania se reduciría el pasado miércoles, y luego en el Parlamento Europeo le reprocharon que su presidencia fuera como el juego de Fernando Torres: prometedor al principio, pero luego decepcionante. En la reunión del G-20, los líderes se dedicaban a ver el fútbol. Al margen de ser una forma desconcertante de incentivar la productividad, la sensación que daban los medios cuando mostraban a Obama, Cameron o Merkel pendientes de la televisión, después de que durante días nos anunciaran esas reuniones y las protestas y la supuesta tasa a los bancos, es que todo era una gran chorrada. En todo caso, menos importante que un partido de la fase previa. En parte, creo que se debe a la necesidad de humanización e identificación de los políticos. Es una tendencia que retrató bastante bien la película The Queen, de Stephen Frears, donde la reina de Inglaterra se quedaba algo perpleja ante las demandas del pueblo, que le exigían que diera más pompa a los ceremoniales tras la muerte de la princesa Diana y Tony Blair le explicaba que para salvar la monarquía debía complacer la histeria de la masa. En Inglaterra hemos vuelto a verlo en la campaña electoral. Gordon Brown habló con una votante laborista que hizo una pregunta racista sobre los europeos del este. Tras hablar con ella, Brown dijo que era "bigoted" (intolerante). Sus palabras se oyeron y tuvo que pedir perdón ante la presión de los medios. Pero en realidad era evidente que era una mujer intolerante. Y no sé si los políticos deben complacer todo el tiempo los impulsos más primarios, aunque los triunfos deportivos les beneficien y sirvan como cortina de humo.

Disfruto leyendo a algunos periodistas y viendo algunos partidos. En mi familia se habla mucho de fútbol, y creo que, con un poco de ayuda, hasta mi hermana de 11 años podría recitar la delantera de la selección de Hungría en 1954. Aunque en general, con el fútbol me pasa como con el sexo: verlo es entretenido, pero practicarlo me pone de mejor humor. No sé qué pasará mañana y, como diría Reth Butler, francamente, me importa un bledo. Supongo que si gana España, me alegraré por los amigos que se alegren, y lamentaré que los alrededores del partido –imágenes de los comentaristas celebrando los goles o periodistas describiendo el ambiente indescriptible, por ejemplo- sean la única noticia durante unos días. Tampoco entiendo por qué me tiene que gustar más un deportista español que otro de fuera. Me gusta Contador, pero no quería que ganase Fermín Cacho, que miraba todo el tiempo hacia atrás, asustado. Si es una cuestión de patriotismo, me parece un patriotismo mal dirigido, mucho más cercano al vocerío nacionalista e histérico que otra cosa. Preferiría que hubiera alguna universidad española entre las cien mejores del mundo, por ejemplo. Prefiero la legislación pionera sobre el matrimonio homosexual. Preferiría que no liderásemos, con mucha más ventaja que cualquier deporte, la tasa de paro total y juvenil en Europa.

 

Dicen que el deporte es una forma civilizada de sustitución de la guerra. Produce menos víctimas. Que un juego atraiga la atención de millones de personas es una impresionante construcción humana; quizá necesitamos mitos, y el mito de la épica deportiva es mil veces preferible a los que postulan la maldad o la inferioridad de otras razas, por ejemplo; pero la gracia también está en que el juego siga siendo solo un juego. Pese a que siempre haya estúpidos como los que insultaron a mi novia -que es neozelandesa- pensando que era alemana, supongo que el nacionalismo deportivo es una forma de nacionalismo relativamente inocua, y que el éxito puede contagiar cierto optimismo. He visto el mismo espectáculo de pitidos, banderas y gritos en otros países, y aunque a veces envidie la relación de otros ciudadanos con sus símbolos nacionales y sé que la alegría es mejor que la tristeza, no logro compartir el placer que provoca ver a mucha gente vestida con la misma ropa. Nunca me han gustado las fiestas obligatorias. El otro día, cuando hablábamos del asunto, un amigo recordó una frase de Brassens: “La musique qui marche au pas/ Cela ne me regarde pas”. Quizá sea más clara la versión de Paco Ibáñez: “la música militar/ nunca me supo levantar”.

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