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DIARIO DEL MUNDIAL / 22

DIARIO DEL MUNDIAL // La historia de los mundiales siempre muestra extravagancias y protagonistas insólitos. Sudáfrica cuenta con un pulpo adivino, con una ‘streaper’ y con dos musas

 

El profeta del mar,

las musas del torneo

y un poco de amor

 

Todos los mundiales tienen historias secretas. Hace no demasiado tiempo se revelaba que las andanzas de Mané Garrincha entre las suecas habían dejado descendencia. En eso el formidable extremo, ‘el pájaro solitario’, no fue un caso excepcional: unos años antes un señor tan serio como el Premio Nobel de Literatura, William Faulkner, guionista de cine, jinete y granjero, vivió allí una pasión convulsa en Suecia de la que nunca pudo olvidarse. El Mundial de Sudáfrica tiene muchos elementos exóticos. Por tener tiene hasta un pulpo llamado Paul que es el oráculo del torneo: hemos llegado a tanto -o vamos camino de nada, como decía Labordeta- que hasta un sinfín de medios de comunicación han retransmitido su elección del mejillón español. El fútbol es un escenario de supersticiones, y este fenómeno es tan pintoresco como simpático. Necesitamos la profecía para seguir viviendo o compitiendo, y este pulpo, que no tendría precio para hacerlo en caldeirada o a la feria, cumple perfectamente ese papel: como los dioses antiguos, rara vez se equivoca. Un pulpo infalible en sus veredictos, y más en el fútbol, es como una invención profética de Julio Verne.

Este mundial ha tenido sus musas. La primera fue la guaraní Larissa Riquelme, esa mujer que atrajo la atención del mundo porque ocultó el móvil entre sus pechos y luego dijo que se desnudaría en función del éxito de la selección paraguaya: ya no se sabe con certeza si afirmó que lo haría si el equipo se clasificaba para semifinales o si ganaba el título. En cualquier caso lo ha hecho, ha logrado más de 300.000 seguidores en facebook y ha seducido a los cazatalentos de ‘Playboy’. Las otras musas, enfrentadas a su pesar, han sido dos Saras: Sara Carbonero, la periodista de Telecinco que entrevistó en directo a su novio, Iker Casillas, algo inseguro en los choques iniciales, como todo el equipo, por otra parte. Algunos  atribuían la inestabilidad del arquero a la joven que se paseaba por detrás de la red con un micrófono en la mano. Y Sarah Brandner, la novia de Bastian Schaweinsteiger, el pulmón bávaro. Una morena y una rubia. Al final, ganó la morena: Sara Carbonero desencadenó casi un debate nacional, cuando las cosas iban un poco regular, ocupó algunas páginas de primera plana en medio mundo, recibió denuestos, descalificaciones y elogios, y ahora se le ve más feliz que a un ocho: el capitán de la selección ha recuperado la forma y su condición de salvador, y la Roja está ante el gran momento de su historia. Ya casi nadie se acuerda de la bella modelo y presentadora muniquesa.

En otro orden de extravagancias, hasta parece que ha habido una especie de tácita aceptación de ese caprichoso y aleve balón, el ‘jabulani’, que en zulú quiere decir celebración. El fútbol, cuando se suceden las victorias, es una celebración incesante y un alivio contra la crisis, una cortina de humo, y un balón de oxígeno para Rodríguez Zapatero, que puede decir en público y en privado que los pupilos de Del Bosque siguen la poética preciosista del Barcelona, su equipo favorito, en el que, como en la selección, “Xavi es un reloj”, tal como ha dicho Van Nistelrooy.

El amor siempre ha estado presente en los mundiales. El amor y el desamor. En el Mundial de Alemania de 1974, el equipo anfitrión vivía en un auténtico polvorín, hasta el punto de que Helmut Schöen anunció que se archaba. Lo convencieron para que se quedara, aunque sería el capitán Franz Beckenbauer quien asumiría el mando (y asumir el mando significaba menospreciar al inolvidable Gunter Netzer, que apenas llegó a jugar) y quien vivió un apasionado romance con una periodista. El desamor llegó en el Mundial de España: el capitán Platini boicoteó al guapo y elegante Larios, que jugaría luego en el Atlético de Madrid, porque sospechaba que se entendía con su mujer.

 

 

Los holandeses -que eran como ‘los Beatles’ del fútbol: los modernos y la reencarnación de la Hungría de 1954- prepararon la final de 1974 en medio de una orgía con un poco de sexo y piscina, cigarrillos, ‘hierba’ y alcohol, y luego tuvieron que dar alguna que otra explicación a sus mujeres. Aquella ‘Naranja mecánica’ de Rinus Michels y los cuñados Johan Cruyff y Johan Neeskens era un equipo dinámico, de continuo intercambio de posiciones, que jugaba de memoria y aunaba la clase, la imaginación y la condición física. Si recordamos por un instante la Francia de 1982, formada en la medular con Tigana, Genghini, Platini y Giresse, y caracterizada por su magia inefable, la hermosa conducción de balón, la armonía de la puesta en escena… Si recordamos aquella Holanda de 1974 y aquella Francia de 1982, y las mezclamos, quizá podríamos encontrar el embrión de la actual España, que juega casi tan bien como las dos, con idéntica estrategia de seducción.  

 

 

En las fotos vemos a Mané Garrincha, Larissa Riquelme, el pulpo Paul, Michel Platini en su esplendos y al jugador Larios. En la red, se comenta mucho la historia de ambos e incluso hay libelos contra Platini.

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