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MARÍN BAGÜÉS, VISTO Y CONTADO Y RECREADO POR MANUEL GARCÍA GUATAS

Manuel García Guatas, retratado por Vicente Almazán.

 

El catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza Manuel García Guatas es el comisario de la exposición 'Marín Bagüés en las colecciones privadas', que se exhibe en Cajalón. En esta larga entrevista, el también biógrafo del gran pintor aragonés -nacido en Leciñena en 1879 y fallecido en 1961 en Zaragoza-, analiza su vida y su obra. El texto puede completarse con su biografía para la CAI y con el catálogo de la muestra.

-¿Qué sabemos de la infancia de Francisco Marín Bagüés en Leciñena?

         Se sabe poco de los primeros quince años que vivió Marín Bagüés en Leciñena. Era el menor de siete hermanos y lo más relevante para la vida de un niño en un pueblo es que llamó la atención su predisposición y buena mano para dibujar, como descubrieron el maestro de la escuela y el cura. El primero le encargó algunos dibujos para uso escolar, como el de un alambique, que recordaba el pintor ya mayor. Hizo algunas pinturas a la acuarela con lo que encontró a mano, como una pareja romántica que decoraba el tape de una caja de bombones, o una pintura pequeña de la Virgen de Magallón, en la ermita a donde ibn de romería. Pero su padre, que ejercía de veterinario, se opuso a que fuera pintor y quiso que empezara a estudiar bachillerato.

 

-La familia se trasladó al Arrabal y pronto se hizo notar…

        Al morir el padre, la madre vino con él y alguna hermana a vivir a Zaragoza. Pero como han hecho muchos monegrinos y montañeses que se trasladaban a vivir a la ciudad, no entraban en ella, sino que se instalaban en la orilla izquierda del Ebro, principalmente en el Arrabal. Además, el hermano de Marín Bagüés era coadjutor de la parroquia de Altabás y debió buscarles una casa en la plaza del Rosario. El pintor adolescente lo primero que hizo fue colgar los libros del bachillerato.

            El barrio del Arrabal de hoy día no se parece en nada al de finales del siglo XIX. Allí convivían el progreso con el mundo rural de hortelanos, labradores y vaquerías con la principal estación del ferrocarril o la primera fábrica de motores y acumuladores eléctricos de Aragón, que se abrió en la  calle Sobrarbe.

            Aquí empezó a pintar el joven Marín Bagúés y tuvo los primeros coleccionistas. Los más importantes para él, el farmacéutico don Blas Sánchez de Rojas y el hacendado Antonio Puerta, concejal del ayuntamiento, que tuvo calle con su nombre en el barrio. Lo presentaron al pintor Mariano Oliver, que tenía el estudio en la calle Manifestación, donde empezará a practicar con los colores este aprendiz de pintor.

 

¿Cuál el influjo real de Mariano Oliver?

            Mariano Oliver era pintor de retratos, de paisajes y pequeñas escenas costumbristas con tipos rurales aragoneses, pero de su manera de pintor muy poco se nota en los primeros cuadros de Marín Bagüés. Era una pintura correcta, pero decimonónica.

 

Tras la mili en Lérida, entra en contacto con artistas tan diferentes como el casi olvidado Rafael Aguado, el hombre que se hizo famoso como arqueólogo como Juan Cabré o Ángel Díaz Domínguez, a quien hemos visto mucho en el Casino…

      Fue en la Escuela de Artes e Industrias de Zaragoza donde Marín conoció a los primeros condiscípulos con los que conservará amistad a lo largo de su vida. Con los que más trato tuvo fueron José Valenzuela La Rosa, que compaginaba los estudios de Derecho con los artísticos, persona muy influyente en la vida cultural de Zaragoza, pues fue el secretario de la Comisión organizadora de la Exposición Hispanofrancesa, crítico de arte bien informado y director un tiempo de Heraldo de Aragón, para el que le encargó a su amigo pintor el primer cartel publicitario que tuvo este periódico, ahora presente el único ejemplar impreso que se conoce en esta exposición. También Juan Cabré, de Calaceite, que había dejado el Seminario de Tortosa, con el que viajará a Madrid y copiarán en el Prado, codo con codo, a Velázquez. Luego abandonará la pintura y será uno de los pioneros del descubrimiento y estudio de la arqueología y del arte ibérico.

            Pero los que serán pintores destacados de su promoción fueron el zaragozano Rafael Aguado y el logroñés Angel Díaz Domínguez, que como todos, se marcharon pronto a Madrid. Fueron con Marín los tres pintores protegidos y reconocidos por Zuloaga. A Marín le encomendará años después mover el tema de la compra de la casa de Goya en Fuendetodos. Con Julio García Condoy no hizo Marín buenas migas, sí con Juan José Gárate, unos años mayor, y también con el escultor José Bueno, algo más joven, y luego con Félix Burriel. Pero además de los jóvenes condiscípulos, en la escuela de Zaragoza conoció a los profesores escultores Dionisio Lasuén y Carlos Palao, que le apoyaron.

 

Manuel García Guatas ante un cuadro de Marín Bagüés. La foto es de 'El Periódico de Aragón'.

-Qué sucedió en Madrid? ¿Qué le aportó el Museo del Prado y especialmente Velázquez?

   Los meses que pasó en Madrid entre 1903 y 1906 fueron trascendentales para asentar la pintura del joven Marín porque descubrió a Velázquez, el único pintor del Prado del que solicitó hacer copias y pasan de la veintena las que hizo de figuras de sus cuadros. Años después descubrirá El Greco, que le emocionó, pero Velázquez le fascinará toda su vida. A Goya creo que lo descubrió desde Zaragoza, por reproducciones de los Caprichos, por los pocos cuadros que había en el Museo, de los que admiraba sobre todos el retrato del duque de San Carlos, y por las pintura murales del Pilar.

 

Siempre se ha dicho que fue uno de los artistas aragoneses que más impactó en la Exposición Hispanofrancesa de 1908. ¿Qué hay de real? ¿Qué aportaba, por qué llamó la atención?

            Fue del único pintor aragonés que, con veintinueve años, se expusieron seis cuadros, también los únicos que se reprodujeron en una de las tarjetas postales oficiales, diríamos, y el que más unánimes y elogiosas críticas, de Zaragoza y de fuera, recibió. Se le trató como la gran promesa de la nueva pintura aragonesa porque pintaba figuras de verdad. Empezaba a estar en auge la pintura de las regiones de España como moda nacional, impulsada por los éxitos de Sorolla, Zuloaga, Manuel Benedito o, desde París y con otra orientación, de Anglada Camarasa.

 

--De 1909 a 1912, recibió una beca de la Diputación de Zaragoza y se trasladó a Roma y a Florencia. ¿Cómo fueron esos años, qué sabemos de su trabajo, de su vida personal?

  Obtuvo en disputada oposición con siete candidatos la beca de la Diputación de Zaragoza con la que se formó dos años en Roma y los dos últimos  en Florencia. Fueron decisivos para su pintura y para el patrimonio artístico de esta institución. Correspondió Marín Bagüés con los dos mejores cuadro y de gran tamaño, presentados por becario alguno: Santa Isabel de Portugal (o El Milagro de las rosas) y Los Compromisarios de Caspe. El primero muy influido por las tendencias simbolistas-.modernistas de moda entre pintores becarios en Roma de todas las naciones de Europa, y el segundo, por la pintura florentina del siglo XV. Florencia fue la ciudad soñada por Marín Bagués, que como reconoció muchos años después, había conocido por la literatura, por una novela (que no dijo el título), pero que le fascinó. Es la ciudad en la que fue más feliz, resumía en sus últimos años desde Zaragoza.

            Para un joven pintor aragonés que viniera a Roma, era visita obligada Mariano Barbasán, que pasaba casi todo el año en Anticoli Corrado, a donde fue Marín a pasar unas semanas con él, también visitaban al secretario de la Academia Española, Hermenegildo Estevan.

            En Florencia fue donde creo hizo sus mejores amigos como el pintor suizo Alexandre Girod, con el que se escribió con frecuencia, el escultor Julio Antonio, durante los pocos meses que pasó por allí, el pintor malagueño Enrique Marín, el norteamericano Willy, Probst, otro suizo escultor.

            Descubrió la pintura de los Uffizi y especialmente, a Botticelli y Ghirlandaio, pero también la de los pintores muralistas del siglo XV en las iglesias florentinas, si no, no se comprenden bien las figuras del cuadro de Los Compromisarios.

           

-Por cierto, ¿qué le aporto von Stuck, en qué medida quiso imitarlo en ese autorretrato de juventud?

   Este pintor alemán, Franz von Stuck (1863-1928), uno de los fundadores de la Sezesión muniquesa, cogió cierta fama entonces por su pintura, continuadora de la de Arnold Böcklin, y por su forma de vida en Munich, donde se hizo construir una pequeña villa-estudio (hoy visitable como museo monográfico), para vivir en un mundo estético de belleza impregnada de clasicismo griego, que casó con una rica norteamericana. Para Marín  fue un descubrimiento, pues no dudó en viajar a Venecia para ver en las Exposiciones Internacionales de 1911 y 1912 las obras de de Böcklin y las de Stuck, de un raro expresionismo clásico, impregnado de simbolismos sexuales, y llenar de anotaciones entusiastas los catálogos.

            Marín Bagüés conoció el autorretrato de Stuck (1906) que había donado a los Uffizi  y le servirá de modelo compositivo para el suyo de cuatro años después, presente en la exposición y reproducidos ambos en el catálogo.

            Von Stuck y Böcklin fueron las primeras influencias de pintores extranjeros que asimiló Marín. Quiso ir a ver sus pinturas a Munich, preparó el viaje su amigo Girod desde Suiza para finales del año 1914, pero el estallido de la Gran Guerra desbarató los planes. Girod había sido movilizado y Marín no pudo viajar siquiera a Basilea para ver  las pinturas de Böcklin.

 

Marín Bagüés vivió dos años en Florencia. ¿Qué le aportó esta ciudad? También estuvo en París. Y en otros lugares de Europa. ¿Cuál sería el impacto de esos viajes en su obra?

 Viajó a París durante el último verano de becario en Florencia. Le desbordó, como le contaba en una de las tarjetas postales a su madre, casi le atropelló un coche al cruzar una avenida, acostumbrado como estaba a las calles de Zaragoza y Florencia. Pasó muchas horas en el museo del Louvre, que le agotó, y en el de Luxemburgo. Pero, lo más trascendente para la evolución posterior de su pintura es que conoció la de los Futuristas, que acababan de exponer en la galería Bernheim. Marín tenía el catálogo y lo llenó de comentarios a lápiz en los márgenes. Pienso que ya debía conocer algo de la pintura futurista en Florencia, tal vez desde el ámbito de la revista literaria Lacerba, impulsora de la pintura moderna.

 

¿Qué sabemos del proceso de realización de ‘El Compromiso de Caspe’, pintado hacia 1912? ¿Sería su primera gran obra?

 

             Estaba muy satisfecho del cuadro de Los Compromisarios, pero se disgustó mucho con la segunda medalla que le dieron en la Nacional de 1915. Esperaba la primera medalla. Pero estaba también muy satisfecho del cuadro de El Pan Bendito, que pintará un año antes en Zaragoza a la misma escala, pero en clave de pintura regional. Poco después se lo comprará la Junta del Mercantil y en ese edificio estuvo colgado durante más de setenta años. Ahora ha vuelto a él con esta exposición. Es la pintura en la que mejor se percibe la influencia de Zuloaga por la composición de las figuras, por los colores y la pincelada larga y rebosante de pasta.

 

Dice María Buil que “Marín Bagüés pinta con un sinceridad brutal, casi descarnada”. ¿Cómo dirías tú que pinta Marín Bagüés?

 

            Muchas veces los comentarios e impresiones de un pintor -en este caso de María Buil- son muy sagaces. Marín Bagüés pintó cualquier género, incluidos los retratos de sus últimos años, con una sinceridad y franqueza casi descarnadas y con mucho color. Pero es que así parece que iba directo a la  naturaleza de las cosas, fueran un paisaje o unas frutas, o al alma de sus retratados.

En 1919, pinta otro de sus grandes cuadros: ‘Las tres edades’. ¿Qué significa esta obra, una de las más conocidas de las suyas?

             El cuadro de Las Tres Edades es uno de los más dolorosamente sinceros, a pesar de esa impresión de la sólida construcción pictórica del grupo de tres mujeres y de la energía en la expresión de la mujer sentada. En aquel año de 1919 tenía cuarenta años y pintó un cuadro de gran hondura con el que se despedía de dos referencias muy vitales para su estética y para su sensibilidad: de la pintura regional y de sus aspiraciones de contraer matrimonio.

 

Tanto en tu libro como en una pequeña nota del catálogo, hablas de un desequilibrio mental pasajero cuando menos. ¿Qué sabemos de las enfermedades de Marín Bagüés?

 

Creo que la solución de ese desequilibrio mental que padeció está en el origen de este cuadro de Las Tres Edades. En la primavera de 1916, por causas complejas de explicar y no suficientemente contrastadas todavía, sufrió una enfermedad mental que le llevó a estar ingresado unos meses en el siquiátrico “Pedro Mata” de Reus. Se recuperó en una larga convalecencia pasando unos meses con sus familiares en Madrid, asistiendo a los conciertos de música, de la que era un emotivo aficionado. (Conservaba los programas de los conciertos a los que había asistido en Roma y ahora en Madrid e incluso de los novedosos ballets rusos cuando actuaron en la capital española en junio de 1917, así como algunos de la Filarmónica de Zaragoza).

Como Goya después de la crisis de salud que le dejó sordo, Marín Bagüés dejará de lado la pintura y se dedicará casi por completo, hasta pasados los primeros años veinte, a aprender la técnica del grabado al aguafuerte y a abrir e imprimir unas cuantas planchas de contenido dramático expresionista, en los que expresó el debate entre anhelos y frustraciones, la vida y la muerte del artista.

 

Desde hace algunos años pasa todos los veranos en Castelserás. ¿Cómo le influyó ese paisaje, ese encuentro con la soledad?

 

            El pueblo de Castelserás fue la segunda terapia que fue asentando su temperamento y tranquilizando su mente. En casa de su hermana Juana y de su marido Erundino Anglés, que le dispuso una habitación para pintar con alcoba para dormir, pasará los meses de junio a octubre durante muchos años. De allí proceden las frutas –los prescos o melocotones- de sus cuadros y los numerosos dibujos que tomaba en sus paseos en solitario por los alrededores.

 

Alguna gente, y tú también, define a Marín Bagués como un solitario, como un paseante melancólico que va de su casa al Canal y a la vez es un pintor muy zaragozano, que apenas se movió de aquí… ¿Cómo eran su vida y sus soledades? ¿No se le conocen amoríos?

 

            En Zaragoza los paseos más habituales, cuando llegaba el buen tiempo, los hacía por las tardes desde su casa en la calle Pedro Joaquín Soler, por el paseo de la Independencia y la Gran Vía hasta el parque, para subir al Cabezo de Buena Vista, recorrer la orilla del canal hasta el cuartel de caballería de Castillejos para ver entrar o salir los caballos y tomar apuntes de sus movimientos, que fue una de las fijaciones de su pintura para representar la sensación de movimiento. Luego bajaba por el ahora llamado paseo de Sagasti hasta su casa.

            Era un pintor de hábitos muy metódicos: las mañanas las pasaba en su estudio en el último piso del Museo, del que era pintor-conservador, y las tardes que no emprendía estos paseos, iba a visitar a alguno de sus amigos o ver exposiciones, bien las del Mercantil, o las de la salita Libros. Víctor Bailo, su propietario, era también de Leciñena.

            Algunas veces, en los veranos de los años treinta, paseaba por la orilla del Ebro para tomar apuntes de los bañistas desde el pretil, frente al Centro Naturista Helios. Con ellos compondrá el cuadro que titulará Los placeres del Ebro, que terminó en 1938, en el año de la cruenta batalla que se libraba aguas abajo.

            Era muy reservado y mantuvo su intimidad inaccesible. Por alguno de sus amigos supe que había estado enamorado de una zaragozana de clase alta, pero no era posible que ambos se correspondieran

 

            ¿Qué ecos podemos encontrar de otros pintores y de otros movimientos en su obra? Citas a Sorolla, a Romero de Torres, a Van Gogh…

Marín Bagüés vivió su pintura y su arte (pues hizo también grabados y modeló medallas y alguna pequeña escultura, como una para un monumento en Calatayud al poeta Marco Valerio Marcial) en un estado de renovación permanente. Huía de adocenarse, me decía su amigo y albacea, el escultor Bayod. Para ello recurrió a ese estudio de las obras de otros artistas, desde Velázquez, El Greco y Goya a los contemporáneos como los citados expresionistas germano-suizos, Zuloaga, Sorolla tras el éxito de sus grandes lienzos para la biblioteca de la Hispanic Society de Nueva York, los futuristas, la pintura de Delaunay, que conoció desde mediados de los años veinte a través de ilustraciones de revistas que guardaba recortadas. En la posguerra española descubrió la pintura de Benjamín Palencia que expuso en la sala Libros en la primavera de 1947 y a través de sus cuadros y de algunos otros pintores que pasaron por Libros, como Eduardo Vicente, Francisco San José o Menchu Gal, Marín Bagüés se sumergió de lleno en aquella renovación de la pintura de la posguerra que fue calificada como el neofauvismo español, con destellos de Van Gogh.

 

Dices que fue el retratista de la sociedad zaragozana… ¿Quiénes fueron sus cómplices, quiénes cuidaban a esta solitario un poco paranoico?

 

            A pesar de su carácter retraído y refractario a las tertulias –tan habituales en cualquier ciudad de antes y después de la guerra- Marín Bagüés fue un retratista muy considerados, no sólo por las instituciones que le encargaron retratos, como la Económica de Amigos del País, el Ayuntamiento, la Universidad sobre todo para rectores (fallecidos o en activo), decanos de Derecho, directores de la Escuela de Ingeniería Técnica y de la Escuela de Trabajo, o el Colegio de Médicos, fueron muchos los particulares, amigos o presentados para la ocasión los que le encargaron retratos a lo largo de su vida. Algunos de ellos, muy influyentes que lo protegieron en momentos delicados de su vida, como el deán Florencio Jardiel, José Sinués, director de la Caja de Ahorros, Miguel Allué, Antonio Mompeón, director de Heraldo de Aragón, etc. etc. Resolvía también con solvencia los retratos de personas fallecidas a partir de diminutas fotografías, como eran entonces.

 

Si hubiera que definir sus retratos, ¿cuáles serían sus características?

 

            Bastantes retratos de sus primeros años de juventud son del montón, o sea, al estilo de los claroscuros decimonónicos y algunos, poco logrados. Aunque tiene algunos excepcionales, como el de su sobrina de Leciñena Mariana Bolea. En los años veinte y treinta se dedicó menos  a este género, pero será en las décadas de 1940 y 1950 cuando realizó retratos magistrales, por el acierto en captar, no sólo el parecido físico, sino su personalidad y viveza, y por el modo de pintarlos, con una libertad nada habitual en la elección de los colores y por la manera de aplicarlos sobre el lienzo.

 

Barboza y Grasa han dicho que estuvo a punto de pintar en el Pilar y Antonio Beltrán Martínez decía que le habían encargado a él el mural de la Diputación. ¿Qué sabemos a ciencia cierta de eso?

 

            Sí, es cierto que recibió propuestas para pintar en el Pilar, pero no una cúpula, sino varias. Se las hicieron a mediados de los años treinta el arquitecto Teodoro Ríos que estaba restaurando el interior del templo y hasta de la Academia de San Luis, que trató el asunto y nombró una comisión. Pero estalló la guerra civil y en la posguerra el cabildo se olvidó totalmente de Marín Bagüés. Se hizo ilusiones y bastantes dibujos y bocetos en color, pero ya no vivía su amigo el deán Florencio Jardiel y Marín Bagüés, que ya pasaba de los sesenta, se sintió muy dolido con los canónigos.

 

  ‘La Jota’ y ‘Los placeres del Ebro’ son dos cuadros excepcionales, que no están en la muestra. No quiero preguntarte por qué no están, sino cómo se gestaron, uno de ellos en plena Guerra Civil.

 La Jota (1932) y Los placeres del Ebro (1934-38) son dos de los mejores cuadros de los años de madurez de Marín Bagüés. El primero es el resultado final y feliz de un largo proceso para captar no una escena típica de la pintura regional, sino la impresión de movimiento de las figuras, descomponiendo las figuras de las dos pareja de joteros en planos y líneas al modo de los pintores futuristas y distorsionando la perspectiva de la vista de Zaragoza desde el Cabezo de Buena Vista al modo de las soluciones neocubistas de Robert Delaunay.

Los placeres del Ebro es un cuadro con una vista panorámica extraña, o sea con intención de abarcar con una mirada panóptica desde el pretil del río los grupos de numerosos bañistas, las casetas del otro lado del club Helios y el paisaje de las orillas y arboledas del Ebro,  encajados como en una fotografía tomada con gran angular.

Tampoco ha venido a la exposición, por ejemplo, otro cuadro muy interesante y literario, como es La nave de Petrarca (inspirado en un poema de su Cancionero, que nuestro pintor había leído y releído en los años de más honda crisis). Poco conocido, pero clave en su biografía de pintor atormentado.

Los tres cuadros están en el Museo de Zaragoza. Pero es que esta exposición que planteó Cajalón debía de ser de obras de Marín Bagüés en colecciones privadas, o sea pocas veces vistas y algunas, ahora por primera vez.

Otro cuadro de madurez, neocubista y neovanguardista, es ‘Las carreras de pollos’, con un colorido muy especial.

 

            Carrera de pollos es uno de sus últimos cuadros que pintó en 1953, pero la idea de representar el movimiento de las patas de los caballos la tenía guardada en un boceto en color de 1913. La escena de esta costumbre popular, que el pintor había leído en un libro de cuento del oscense López Allué, publicado precisamente ese año de 1913 y habría visto tal vez en Leciñena, desborda el costumbrismo regional para elevarla a una fusión de efectos de la pintura futurista para plasmar el movimiento y de la renovación a partir de vibrantes colores y empastes en amarillos y ocres.

 

¿Cuál es el lugar que ocupa Francisco Marín Bagüés en el arte aragonés y español? ¿Es solo un pintor de pintores?

       Marín Bagüés fue un pintor muy reconocido entre las instituciones aragonesas desde sus años de juventud, muy considerado por los pintores de su generación, como Gil Bergasa, Aguado, Berdejo, etc., que en entrevistas se refiere a él como el pintor de más talla en Aragón, y es emocionante que pintores y pintoras zaragozanos, mayores que alcanzaron a conocerlo, y de generaciones más jóvenes, coincidan ahora en reconocer que es un gran pintor, un pintorazo de los pies a la cabeza. Lúcido y valiente con los pinceles o los lápices para abordar cualquier género.

            En el panorama de las publicaciones sobre pintura española del siglo XX tiene un hueco, pequeño, pero que en los últimos años se ha ido ensanchando. A ello han contribuido que empiezan a salir en subastas, de Sevilla o Madrid, pinturas suyas de colecciones privadas que se han ido dispersando, y que en exposiciones nacionales alguna de sus pinturas han sido presencia obligada. Esta exposición de Cajalón ha venido a cubrir precisamente un hueco de más de treinta años en que no se había visto su obra en Zaragoza. 

 

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