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JAVIER SEBASTIÁN EXPLICA LOS SECRETOS DE 'EL CICLISTA DE CHERNÓBIL'

[FRAGMENTO DE ‘EL CICLISTA DE CHERNÓBIL’:

Dicen que en la ciudad de Pripyat vive gente. A veces aparece ropa tendida en alguna ventana o un huerto donde antes no había nada. Un equipo de periodistas alemanes filmó a un hombre en bicicleta: llegó pedaleando por una calle, tocó el timbre y después siguió su camino. Pripyat, muy cerca de la central de Chernóbil, fue evacuada tres días después del accidente, en abril de 1986. Desde entonces es una ciudad prohibida. Pero dicen que ahora allí vive gente.]

 

Javier Sebastián, retratado por Javier Vidal.

 

¿Por qué te ha interesado este tema de la catástrofe de Chenóbil, que se produjo en 1986? ¿Cómo llegas a él?

Me atraen los lugares abandonados, disparan mi imaginación. Lugares como los hoteles vacíos que había antes en Panticosa. Un poco como el hotel Overlook, de El resplandor. Casas vacías. Imagino vidas, canciones, niños haciendo los deberes en la cocina. Y de pronto todo eso ha desaparecido. El mundo está lleno de sitios de donde se fue la gente y ya nadie sabe dónde está. Un día supe que a tres kilómetros de Chernóbil hay una ciudad vacía, que es Pripyat. Allí vivían casi 50.000 personas, lo dejaron todo creyendo que iban a volver muy pronto. Allí quedaron sus ropas, sus fotografías, las mesas preparadas para la cena. Pero no pudieron volver. La novela parte de la imagen de esa Pripyat evacuada, y de la de un anciano al que vi cómo abandonaban en un restaurante de París. Tenía que unir las dos cosas: una ciudad vacía y un hombre al que dejan solo. Así empieza todo.

 

Háblame un poco de Vassili Nesterenko. Es un personaje real con un pequeño e importante cometido...

Nesterenko fue uno de los físicos nucleares más importantes de la Unión Soviética. Dirigió el “Proyecto Pamir”, un asunto militar que consistía en diseñar pequeñas centrales atómicas transportables para dar energía al lanzamiento de misiles intercontinentales. Un mes y medio después de entregar el primer reactor móvil explotó Chernóbil. De inmediato llamaron a Nesterenko. Junto con otros físicos, descubrió que entre 10 y 12 días después del accidente podían darse las condiciones para una explosión de naturaleza nuclear. Pero lo evitaron. Lo contó Nesterenko en el Georges Pompidou de París unos años más tarde. Dejó el ejército y fundó un instituto de asistencia a la gente que todavía hoy vive en zonas contaminadas. Lo amenazaban, intentaron matarlo dos veces. Ese fue Nesterenko, un hombre que, con sus debilidades, con sus contradicciones, transitó por donde los demás no nos atrevemos.

 

Resulta muy oportuno la publicación en este momento cuando Japón está en una crisis nuclear y el mundo reflexiona sobre esa energía.

Empecé a escribir El ciclista de Chernóbil después de ver la primera exposición que se hizo en el mundo sobre Chernóbil. Las caras de miedo de los liquidadores cuando volvían de retirar los escombros radiactivos con la mano, la resignación, la voluntad de resistir, la risa a pesar de todo. Todo eso se me quedó dentro. Ya tenía la ciudad vacía que estaba buscando, ya tenía al hombre abandonado. Y me puse a escribir. Hablé con gente que estuvo la zona de exclusión, me entrevisté con las hermanas Zorina, dos colaboradoras de Nesterenko. Algo así, pensábamos todos, no volverá a pasar. Pero el viernes 11 de marzo, de madrugada, empecé a recibir sms en el móvil. Hablaban de la emergencia nuclear que había decretado el gobierno de Japón. Nesterenko, después de sobrevolar en helicóptero la central, dijo que había visto el infierno y que tenía un bonito color azul, tirando a morado.

 

¿Tienes una postura clara sobre la energía nuclear?

Kofi Annan, ex-secretario general de la ONU, habló de nueve millones de víctimas de Chernóbil, entre muertos, desplazados, enfermos, abortos, suicidios… La Academia Rusa de las Ciencias prevé 270.000 casos de cáncer, aparte de unos 200.000 casos ya diagnosticados atribuibles a la contaminación radiactiva de Chernóbil. El Laboratorio Nacional de Oak Ridge, en Estados Unidos, dice que desde 1944 hasta Chernóbil se produjeron en el mundo 284 accidentes de radiación catalogados como graves. El European Committee on Radiation Risk asegura que la radiación ha producido alrededor de 63 millones de cánceres en el mundo. Puedo seguir. Me remito a lo que dice la comunidad científica independiente. Y lo que dice es devastador.

 

¿Qué ha significado Chernóbil en la historia reciente del mundo?

En primer lugar, el colapso de la Unión Soviética. El presidente de la Unión de Liquidadores de Chernóbil, Youri Andreïev, que ahora vive en Viena, dice que el accidente fue en realidad un acto de sabotaje de los servicios de inteligencia occidentales, en respuesta al Proyecto Pamir. Aparte de eso, Chernóbil nos demuestra lo pequeño que es el mundo y lo corta que es nuestra vida en relación con este tipo de catástrofes, cuyos efectos son para todos y para siempre. Como dice Josep Ramoneda, director del CCCB, es también una metáfora de la sociedad del riesgo, que debe preguntarse qué está dispuesta a asumir y a cambio de qué beneficios. También es un desafío a los mecanismos de difusión de la verdad, porque la radiactividad y la mentira son hermanas gemelas.

 

¿Cómo ha sido la escritura, la documentación, la búsqueda de materiales?

Una vez me entrevisté con un ruso que se inventó todo lo que me contó. Me pareció conmovedor, era la historia de un hombre que quería tener otra vida y yo le escuché. Era un verdadero novelista, de hecho sufría enormemente cuando me hablaba de ciudades subterráneas habitadas por esclavos, minas de uranio en las que enloquecían los hombres. Quizás un día escriba sobre él. Pero aquella charla no me sirvió para esta novela. Sí, en cambio, los informes de la ONU, las entrevistas, he visto cientos de fotografías y vídeos. Valeri Legasov, que fue quien dio la versión oficial del accidente en Viena, se suicidó justo cuando empezaba a publicar en un pequeño diario de provincias sus notas sobre aquellos días de abril de 1986. El físico Chaadayev, que aseguraba que tenía pruebas de que la culpa había sido de un terremoto, desapareció. Hay 110 teorías sobre lo que pasó en Chernóbil. Al final, acumulas tanta información que acaba pesando demasiado sobre un texto que quiere ser una novela. No puedes ponerlo todo, aplastaría la ficción. Y entonces llega el momento de desescribir. Desescribir es tan importante como escribir. Por eso, me gustaría que esta novela se leyera como el principio de una averiguación, que el lector tomara el relevo.

La novela mezcla la ficción y la realidad. Aquí es difícil saber qué es ficción y realidad, me refiero en Chernóbil, y en tu novela casi también.

En mi novela hay una escena de ficción en que Nesterenko va a visitar una escuela para medir los becquerelios de los niños. Los datos del espectómetro, sin embargo, son reales, los saqué de un informe del BELRAD. Tal niño, ya no viene. Este otro, en el hospital. El de más allá pasa de 215 Bq/kg a 98 Bq/Kg gracias a la pectina. Sus nombres y apellidos son reales. Pero Chernóbil no admite un relato lineal, ni siquiera coherente. La devastación genera una literatura del silencio. Como en los Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov. Los personajes miran a su alrededor y callan. Individuos ínfimos que parece que se los va a llevar una corriente de aire. Me propuse un acercamiento, porque la radiactividad impone su distancia. Yo creo que cuando concurren en un texto como este los datos, la imaginación, las hipótesis, las voces de la gente que vive en los territorios contaminados y, sobre todo, la literatura, uno acaba haciendo un viaje sin mapas, y los viajes nos cambian. Koba el temible, de Martin Amis, fue para mí un modelo para este viaje sin mapas.

Háblanos de esos personajes secundarios, tan novelescos, con vidas que tiene algo de circenses, parecen auténticos personajes pintorescos de película...

Leí en un sitio que por la región de Polessia iba una maga diciendo que sabía cómo acabar con el estroncio 90 de los campos. La llamaban la maga Parasca y los alcaldes la tenían en mucha consideración. Y eso es verdad. Pura verdad. En la novela aparece un soldado que, después de ver el famoso gol de Maradona en la televisión, mejoró mucho su puntería matando perros asilvestrados por los alrededores de la central, una mujer que planta cebollas en forma de corazón sobre las tumbas de los muertos. También aparece el flaco Laurenti Bajtiárov, que canta canciones de Demis Roussos con gran sentimiento; Jvórost, el presumido, que viste un ceñido traje color vainilla; el matrimonio Jrienko, que se alimenta de gusanos y está pensando en comercializarlos. Todos ellos viven en la ciudad vacía de Pripyat y allí organizan una comunidad de supervivencia.

Hablas de una celebración de la vida, de la alegría. ¿Puede celebrarse eso en este contexto?

Los seres humanos somos alegres por naturaleza. No podemos evitarlo. Los monjes zen, cuando presienten la muerte, escriben un poema sobre la plenitud y la felicidad. Si hoy nos anunciaran el fin del mundo, haríamos un baile. Nos besaríamos. Y haríamos muy bien. Mis personajes tienen altibajos, pero, en general, están contentos. Se enamoran. Cantan. Incluso se arreglan un poco para salir a la calle, siendo que Pripyat es una ciudad desierta. El exsaqueador Jvórost, que en su vida anterior fue empleado en una pastelería de Minsk, suele ir con una flor en el ojal, dice que uno no debe perder nunca las formas.

¿Cómo podríamos definir la novela? Hablas de novela de averiguación, de novela que otorga la voz a los muertos, a las víctimas, de novela psicológica…

La novela es un relato sobre los resistentes. Sobre la ocultación. Sobre el silencio que dejan los escenarios devastados. Sobre la fragilidad de la vida. Y también en algunos momentos es una novela sobre la alegría, a pesar de todo. Los personajes de mi novela son muy generosos y ofrecen lo que tienen, que es compañía, conversación, poco más. Se tocan y se abrazan, aunque en ocasiones es para comprobar que no están hablando con muertos. Y Vasia Nesterenko va a todos lados en bicicleta porque quiere estar en forma, quiere vivir. El ciclista de Chernóbil es una novela sobre la alegría de estar vivo.

 

¿Qué libros, qué autores te han abierto algunos caminos?

Antes he mencionado a Martin Amis, su manera de aproximarse a los hechos en Koba el temible es admirable y literaria. Toda esa escritura de la desolación: el japonés Ibuse, Shalámov. Siempre Juan Rulfo. Un poco Ballard. Pero en mi novela creo que también hay huellas de autores enormemente vitalistas, como Zadie Smith o Julian Barnes. Leí los libros de los periodistas Wladimir Tchertkoff, Galia Ackerman, Alla Yaroshinskaia, Svetlana Alexeievich, Zhores Medvedev y otros, que me ayudaron a saber cosas, incluso a contarlas un poco como ellos. Practicando un distanciamiento que hace que los personajes se levanten solos.

Llevas más de un cuarto de siglo escribiendo novelas, como ‘La casa del calor’, ‘Historia del invierno’ o ‘Veinte semanas’, y relatos. ¿En qué has cambiado, cómo contemplas ahora la literatura y a ti dentro de ella?

Siempre pienso que la novela que acabo de escribir será la última, unir 60.000 palabras y que al final te parezca que han quedado bien es un esfuerzo que te vacía. Pero luego vuelves. Es como si te hubieras dejado algo sin resolver en el libro anterior. O como si echaras de menos la felicidad que te produjo escribir tal o cual página. Recuerdo, por ejemplo, los días en que redacté el festival de baile de las hermanas Zorina en Pripyat. Qué bien me lo pasé, qué contento estaba. Me veo en los márgenes. En los márgenes se está bastante cómodo. En los márgenes hay menos radiactividad.

 

[La novela ‘El ciclista de Chernóbil’ (DVD, 2011) se presentará el martes 19 de abril en la libreía Cálamo a las 20 horas. Intervendrá, además de Javier Sebastián, uno de sus mejores amigos desde hace muchos años: el poeta y narrador Manuel Vilas.]

 

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