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ARTE Y VIDA: GEMA EN EL MATARRAÑA

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Estuve ayer en Beceite, en la Antigua Fábrica Noguera. Entras y te quedas perplejo o poseído: allí se respira creación, magia, misterio, se percibe el fantasma de la artista Gema Noguera. Cuánto hizo allí: qué alma de artista, de pintora, de soñadora de colores. La bicicleta, deshinchada, está ahí, en la entrada. Y dentro, en las paredes, en las galerías, en los atriles, sobre las mesas, está su mundo, el suyo y el Dominique Goffar, la ceramista argentina con la que trabajó tanto. Lola y Carmen, del Museo Juan Cabré, me explicarían luego más cosas de Gema: había trabajado en aquel espacio como si fuera un albañil, con las manos llenas de masa. Con entusiasmo. Es difícil definir lo inefable: allí se vive el ámbito de lo inefable. Un aire levemente húmedo te envuelve la cabeza y te puebla con una emoción extraña. Podrías llorar, perfectamente. Es un silencio habitado de belleza, de creación y de leyenda. Luego ves el que fue su taller, ahora donde se exponen sus colecciones de lienzos, que se van renovando cada cierto tiempo, cuadros rojos, sobre todo, y luego ves con atención sus collages. Afuera canta el río Matarraña: canta y silabea una melodía de luz. Bajo el puente y entre la fronda. Tras la inauguración de la muestra de ‘Collages II’ Gema Noguera (1965-2008), en la Antigua Fábrica Noguera (he aquí una foto del blog de Arte Informado) que ella recuperó, su madre Rosa Maria me enseñó algo inolvidable: la pintora está enterrada, disuelta en cenizas, junto a su padre, Ernesto, bajo una noguera en el centro del jardín. Una noguera que ha ido creciendo y creciendo; las cenizas alimentan varias matas de lavanda. Cuando la enterraron, los hermanos se reunieron allí y se despidieron de ella: con lágrimas, con poemas, con pensamientos, con todo el cariño de la tierra.

 

UNA MUJER DE LUZ ANTE EL MATARRAÑA

 

Antón CASTRO

Hace días que pienso en Gema Noguera. Es una de esas criaturas a las que querrías definir con exactitud y con un lenguaje no solo preciso sino evocador. Un lenguaje impregnado de color y de sabor, un lenguaje con música y con un envoltorio de brisa de almendros. Quizá por ello, antes de zambullirme en su pintura, en sus árboles milenarios, en sus cuencos y en sus técnicas mixtas, he visitado de diversas maneras Beceite y alrededores: he seguido el curso del río Matarraña, me he asomado a su agua de espejos, a sus consteladas noches. He imaginado sus avenidas y sus rumores, he oído su lamento de voces intraducibles.

He querido imaginarme a Gema, a solas, en el estudio o en las amenas riberas, ante el río de la vida y la creación que es el Matarraña. Ella lo veía correr, desmandarse, remansarse de luces y de ecos, ella lo necesitaba para sentirse viva en el centro del misterio. Y el misterio, más allá del río y sus peces con brillo, también era Beceite. Beceite y sus oliveras, sus arboledas y sus serranías, y sus pájaros huidizos.

Beceite estaba ahí, plantado en un rincón del paisaje y de la memoria, antes de que llegase Gema, pero ella contribuyó más que nadie probablemente a que se haya convertido en un lugar casi legendario que encarna una idea de la creación, de la convivencia y del sueño. Beceite es inseparable de Gema Noguera y viceversa: ella encontró su identidad y su pulsión radical de artista, y acaso de mujer, en Beceite. Hay otro detalle que podría parecer marginal, o un tanto ajeno a la creación artística: la sonrisa. Gema Noguera era una mujer que sabía sonreír: sabía sonreír y sonreía. Era luminosa, expansiva, un torbellino de vitalidad. Se afanaba a diario en vivir y crear desde Beceite, desde las raíces del mundo, pero no solo para sí misma, sino para los suyos, para los viajeros ocasionales, para los peregrinos del arte. Era un imán irresistible, uno de esos seres –misteriosos, turbadores, dulces, torrenciales- que parecían sembrar su entorno de refugios, de magia, de tesón, de plazas para una cultura en paz. Estaba dispuesta a colaborar con artesanos, con fotógrafos, con otros pintores, con escritores. Gema Noguera siempre estaba en la llama viva del volcán.

Gema Noguera nació en Barcelona en 1965 y se formó en pintura, diseño industrial y diseño gráfico, en interiorismo. Y estudió donde había una incitación para sus talentos: en Valderrobres con Rafols-Casamada, con el maestro del papel Dai Bi Lin. En realidad, casi sin darse cuenta y con enorme curiosidad, se forjó a sí misma como una aventurera del arte, como una investigadora del papel, como una exploradora de las emociones. Con poco más de veinte años, volvió sus ojos hacia los territorios del Matarraña y reparó en un laberinto maltrecho como la Antigua Fábrica Noguera, que había funcionado desde el siglo XVIII y que pertenecía a su propia familia. Y allí se retiró a vivir, a buscarse a sí misma en el arte, allí se retiró a contemplar estrellas, a escuchar a las gentes y sus confidencias, los cuentos populares, allí se retiró a recuperar una lengua que navegaba en su sangre. Trabajó durante dos décadas sin descanso y expuso en Aragón, en España y en el extranjero, en individuales y en colectivas, series, proyectos, su obra en marcha, sus cromatismos encendidos como una casa lunar. Era una artista indesmayable, ansiosa y paciente a la vez, suave y brusca, etérea y terrenal, inspirada e intuitiva.

Su quehacer se repartía en varias direcciones: era una agente cultural, una embajadora incansable del Matarraña. Insisto en ello: su galería fue un cruce de caminos y un destino para un sinfín de creadores. Y era una artista muy personal e inquieta que operaba desde la pintura y desde la técnica mixta, en particular desde el collage. En pintura desarrolló de manera casi obsesiva la poética del color rojo. El color de su vida. El color de la sangre y del sueño. El color de la plenitud. El color del amor y del deseo. Los collages han sido permanentes compañeros de viaje. Un tema, una disciplina, un laboratorio de pruebas, un continuo amasijo de formas y colores, de símbolos y de materiales.

Gema Noguera se había desposado con los materiales insignificantes. O casi insignificantes: humildes, invisibles, inadvertidos, sin una personalidad definida a primera vista. Por ejemplo: fragmentos de camisas de cuadros celestes, imperdibles, botones, un billete antiguo, un ticket de un museo o de autobús, un franqueo de cartas, una dirección escrita en un sobre, un plano de ciudad, una hoja de una guía de Londres, algunas etiquetas de publicidad, cartulinas húmedas o mugrientas, un dibujo infantil, una tabla de números o de letras, diferentes papeles de diversas texturas y gramajes… Y los árboles y las espinas o raspas de pescado. ¿Por qué le atraían tanto esas espinas? Parecen una alusión al pasado, a los fósiles que remiten a ese periodo remoto en que Beceite estuvo invadido de mar, parecen filamentos simétricos o rejones de lluvia que caen en el atardecer o en la balsa del recuerdo. Son estructuras geométricas, poderosas e inquietantes, de trazo desnudo como cuerpos mínimos, ramajes exentos en los locos dedos del otoño.

El arte, para Gema Noguera, era juego, voluntad de transformar y trascender, manufactura del alma, artesanía esencial de las formas. Para ella el arte era un nuevo estadio de la materia. Sus collages no nacían de la acumulación, sino del mestizaje y del equilibrio, de la búsqueda de una tensión y de una armonía, de la materia que se funde y se confunde. En su obra se percibe la intuición, la imaginación, la audacia, la frescura, la expresividad; se percibe la voluntad de crear una estructura abierta y cerrada a la vez, donde todo es posible: el trazo candoroso de un niño, un frase escrita a lápiz o eso que José Antonio Benavente llamó “un bosque de palabras”, un código numérico, la alusión al mar, a una montaña o a un precipicio, una combinación de cajas geométricas, la figuración y la abstracción simultáneas. Y lo que le confiere una personalidad específica a estas obras es esa mezcla de sutilidad y extrañamiento, de mestizaje y alucinación, de conciencia y de adivinación, de combinación de elementos que parecen ajenos y que ella -merced a ese cerebro que elige y ordena y a esa mano que elabora con virtuosismo artesanal- logra armonizar y dotarlos de unidad y de belleza. Gema Noguera crea un universo que plantea interrogantes y que busca, con terquedad y elegancia, decir lo máximo con lo mínimo: decir, sugerir, envolver, trasladarnos a un plantío de ideas, de obsesiones, de estímulos, de llamadas y de vivencias. El arte de Gema Noguera tenía una aspiración cíclica: muchos de los papeles, cartones o cartulinas que usaba se habían realizado en la Antigua Fábrica Noguera. Y ella los rescataba del polvo de los días, de la humedad de los años y del olvido, y les confería una vida no usada, otro destino y una nueva forma de pervivencia. Así, se alían el pasado y el futuro: lo que fue, lo que es y lo que será. El ritmo de los meses, la sucesión de las estaciones, las esquinas del aire y de la memoria. El tiempo habitado y sus fulgores.

Volvamos un instante al Matarraña, al molino espectral, al edificio rescatado, a las galerías: aún veo la bicicleta de paseo de Gema Noguera, aún oigo su voz que llama a los niños, a su marido Alberto, a los paisanos que acarrean leña. Aún oigo su risa contagiosa, que salta los montes y los soles, y veo sus ojos que parecen centellear de felicidad.

Gema se fue en noviembre de 2008 con el otoño. Se fue y a la vez se quedó: en sus obras, en el ambiente, en el rumor incesante del río Matarraña. Se fue con el estrépito de la sombra y se quedó en la memoria de las cosas que con ella adquirieron nuevos nombres y otras sensaciones para la leyenda.

 

*Texto redactado para el catálogo de ‘Collages II’, que se exhibe hasta noviembre en la Antigua Fábrica Noguera, que coordina ahora Herzi, artista también. El catálogo lleva otro prólogo, muy emotivo, de Kenia Celma Noguera, la hija mayor de Gema. La otra hija es Mariona. Esta foto de la casa y del estudio de Gema Noguera es de Emilio Mateo.

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