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A JULIO ANTONIO GÓMEZ

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LAS HERIDAS DEL ÚLTIMO DESNUDO

 

[Para Julio Antonio Gómez, 1935-1988]

Antes que nada, inolvidable Julio Antonio Gómez,

fuiste para mí un sombrero: un rostro grande, redondo,

cubierto con un sombrero negro, casi desvaído: así te retrató,

entre la acequia y los cañaverales, Joaquín Alcón.

Fue lo primero que me intrigó de ti: bajo el ala breve

se te veía con los ojos de aventurero y de burlador

del mundo y de sus estaciones de paso.

Poco después, alguien me dijo que tu poemario

Acerca de las trampas era un libro de amor y de furia,

el cántico y la sed de un hombre que ama

y se incendia, noche a noche, en los volcanes del deseo

y en los porches de su ciudad de tres ríos.

Hablaban de ti y decían que habías sido un loco,

un esteta, un galanteador de las noches prohibidas,

un perseguidor de púgiles sin gloria en los billares sombríos.

Hablaban de ti y decían que un día estuviste en París

y en las cárceles de los placeres prohibidos.

Ibas al cine, ibas al Sena. Oías a Leo Ferré:

eras un sonámbulo que se escondía lejos de casa.

Me dijeron que lo habías sido casi todo: editor, fotógrafo,

que habías visto el sol de Tánger y las culebras del desierto.

Cuando llegó la noticia de tu muerte –“Julio Antonio

se murió esta madrugada: con el agobio se le paró

para siempre su gigantesco corazón de enamorado”-,

fui a tu casa: María Crespo, tu dama de llaves, tu otra madre,

me mostró todos tus papeles, tus libros, tus cartas.

La caligrafía de un erotismo tan urgente como aplazado.

Todo tu mundo se alzó ante mis ojos: tu suavidad de centauro,

tu aridez de nardo caliente. Tu alma a la intemperie.

Tu mole de rinoceronte de ternuras suicidas.

¿Quién eras, en realidad, Julio Antonio Gómez,

Papageno de las islas de luto y de las palabras de olvido?

Me gustó comprobar que habías sido retratista.

Que habías querido sobreponerte a los perros del deseo.

Letra a letra, palabra a palabra, libro a libro.

María Crespo lo mantenía casi todo intacto, como si esperase

que un día volvieras a casa para siempre

a completar tus mejores poesías y a contarle

el poema de tus pasos, las heridas de tu último desnudo.

 

[Este poema dedicado al poeta Julio Antonio Gómez, editor de Javalambre, se ha publicado en la revista ‘El Alambique’ por invitación de Ángel Guinda y de Agustín Porras. A ambos muchas gracias. Es probable que integre un poemario nuevo al que le doy algunas vueltas. Hace algunos días, José Antonio Duce, un estupendo fotógrafo y un estupendo amigo, que ha aparecido aquí muchas veces, me mandó esta foto de Julio Antonio Gómez; la fecha en 1958: Julio tendría entonces unos 25 años.]

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antoncastro

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