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DIÁLOGO CON R. MARTÍN GIRÁLDEZ

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[Rubén Martín Giráldez acaba de publicar en Jekyll & Jill, el sello de Jessica Aliaga y Víctor Gomollón, una novela infrecuente: osada, verborreica, paródica, de una extraña originalidad. 'Menos joven', que habla de un programa de radio, de un extraño personaje, Bogdano, y del intento de acabar con la cultura. O de exaltarla a través de su negación. Conversamos con el joven escritor catalán, nació en 1979, y estas son sus respuestas. Una parte amplia de la entrevisa aparecía el jueves en 'Artes & Letras' de HERALDO. La foto es de Alfonso Rodríguez Barrera; cortesía del autor y de la editorial]

 

 

¿Cuál es el punto de partida, la reflexión previa, esa imagen que es la primera detonación?
 La primera frase que escribí para Menos joven (y que en la versión definitiva se convertiría en la segunda) fue algo así como: «Lo que está haciendo ahora Bogdano es ensillar su cabeza; asegura las hebillas, sube a su frente y pica espuelas en sus mejillas», y el motivo, creo, hay que buscarlo en la determinación de hacer una novela breve, feroz y con su poco de absurdo controlado.

¿Desde el punto de vista de la idea o del concepto: querías criticar la cultura, matar al padre?
Para ser honesto, diría que la tesis del libro es más esa afirmación con la que abre —que «el padre de Bogdano siempre ha confundido trabajo y realidad»— que la serie de materiales conductores de que se sirve para hacer pasar ese puñetazo por narración. Está claro que para no limitarme a hacer una novela de ideas necesitaba algunos niveles de lectura mucho más reconocibles; crear una falsa sensación de familiaridad que impidiese al lector abandonar el libro. Espero que al avanzar no lo abandone por una cuestión de dignidad y amor propio, pero en ese punto aún no nos conocemos y no es justo pedirle otra cosa. Luego sí. Sin embargo, es muy probable que el relato ataque con más crueldad a la idea de esfuerzo=resultados positivos / mérito=consideración que a la del padre.

¿Cómo te gusta definir el libro: como un libro experimental, lleno de ironía, como un juego literario o quizá como una aventura literaria que tiene mucho de parodia?
 Pues, muy al estilo del narrador, voy a ponerle una etiqueta… Podría llamarla «una jeremiada bufa», me parece que eso le cuadra (ahora que la he releído editada): una especie de lamento impostado que sirve para humillar a los que se lamentan, a los que se autocompadecen.

Vayamos directamente con el argumento. ¿Qué es, qué quiere ser «El peinado de Calígula»?
«El peinado de Calígula» es el nombre de un concurso radiofónico que consiste en buscar a la gente que intervino en la formación de tu carácter, a los responsables de que éste haya salido algo, digamos, estragado, y sostener una «charla de devastación» con ellos, un ajuste de cuentas. La reflexión, en realidad, es si de verdad podemos hacer recaer la responsabilidad de nuestras decisiones en otros sin convertirnos en seres ridículos y lloricas. Seguramente la respuesta es no.

¿Por qué un programa de radio para jóvenes protagonizado por adultos y conducido por un locutor entre ambiguo e inquietante?
A esto me refiero cuando hablo de niveles de lectura más o menos reconocibles. El nivel simbólico me causa la repugnancia natural que necesariamente debe de causarle a cualquiera de mi generación. Eso de «matar al padre» es un constructo que se desintegra rápidamente entre las manos modernas. Menos joven habla de cosas más tangibles, habla de que la formación total del ser humano es imposible (por lo tanto habla también de ambición) y de que un padre o una madre deben aprender a asumir esa impotencia casi con alegría: no van a poder hacer gran cosa por su hijo. Así que ahí está: resulta que el padre de Bogdano no está puesto al servicio de una alegoría, sino que la alegoría «padre cultural» está puesta al servicio de un tema menos abstracto. Otro revés cabrito de la novela.
 
¿Quién es Bogdano? ¿Un exterminador, un hombre con problemas con los nombres propios?
Yo creo que es un hombre incapaz de atenuarse y ya definitivamente perdido en la multiplicidad de referencias cultas mentirosas y verdaderas que le ha proporcionado su padre falsificando su biblioteca. Por desgracia, lo que le mueve es el miedo, el terror a que esos genios que han formado su carácter le pidan algún día que se lo devuelva.

¿Por qué has elegido nombres como Gombrowicz, Webern, Lucia Joyce, Celan, los Roth o Kim Bassinger?
Ahora que ya estoy metido en la treintena me he dado cuenta de que sólo consigo retener en la memoria o que únicamente fui capaz de asumir lo que se me puso por delante entre los dieciséis y los diecinueve o veinte años, así que yo también voy dándome testarazos bogdanos contra lo mismo una y otra vez.
 
¿Qué relación tiene esta novela con el apócrifo? Empezando por la portada oculta, por la idea de traducción de Jessica Aliaga, por las vida inventadas de Kim Bassinger...  Háblame de la edición: con un diseño tan particular, con apostillas al margen, con dos portadas, con dibujos... ¿Cuál ha sido tu relación con la editorial? ¿Cómo valoras el libro formalmente?
El apócrifo es fundamental en la vida de Bogdano y en la novela: al protagonista lo han educado con libros retapados, de manera que cree haber leído a los grandes clásicos cuando ha leído obras de segunda, y todo lo que se nos cuenta llega por boca de un narrador de una ambigüedad diabólica, así que es muy probable que lo que leemos en Menos joven sea una mentira a la manera de El charlatán de Louis-René des Fôrets, una pura actuación oral impulsada por la incontinencia. En ese sentido el libro tiene su razón de ser precisamente en la edición de Jekyll & Jill, ¿qué otra editorial se atrevería a preparar dos portadas con distintos títulos, a mentir a sus lectores en la página de derechos, a elaborar una falsificación de un ejemplar de Gallimard, a incluir anotaciones a lápiz en los márgenes y rematar la faena con unas calcomanías de los personajes? No extrañará a nadie que luego, en lo personal, sean tan exquisitos y acertados como…, bueno: se les puede conocer muy bien por los libros que hacen.

¿Cómo debemos entender que todos, niños, el propio Bogdano o el locutor vayan a caballo?
 
Seguramente detrás de eso no haya más que la sospecha de que necesitaba que los personajes se moviesen a una gran velocidad y que el narrador se viese obligado a soltar un chorro de voz desbocado y discontinuo, alternando la asfixia con una euforia verbal exultante. Todo es verbo de una sola persona ahí, así que no os creáis todo lo que os cuente.

¿Qué quieres que haya de realidad o de ficción? ¿A qué lector te diriges con una novela, qué le pides?
Quiero que haya equívocos. Los hay, desde luego, incluso involuntarios: en los datos concretos y en las diversas interpretaciones que se le pueden dar a la novela. En realidad, Menos joven está escrita para descubrir cuál es mi postura frente a los temas que plantea, pero imagino (de hecho, espero: no tengo miedo a exponerme tanto, pero sí de esa manera) que el lector no podrá resolver cuál es mi postura, sino cuál es la suya propia. El dramatis personae que hay al inicio del libro tiene más de humildad que de insolencia.

¿Qué relación hay para ti entre literatura y transgresión? ¿En qué medida quieres criticar los lugares comunes de la cultura, las famas de laboratorio?
Me interesa mucho la figura de aquel que se convierte en el primero en decir algo de una determinada manera. El marqués de Sade: quiere tratar un determinado tema y necesita crear una nueva forma para ello. Cuando uso el término «fama» (y soy consciente de que he recurrido a él en las tres ocasiones en que me han publicado) lo hago en un sentido un tanto peculiar, me refiero al instante en que uno ve cómo su obra pasa de ser privada a ser pública, independientemente de si tiene uno o diez mil lectores. Es así como percibo a los grandes nombres de toda la vida. Y cuando digo «genios» imagino que precisamente me refiero a eso, a si han logrado esquivar el lugar común. Lo criticable es la falta de valentía y el ofrecer formas narrativas e historias convenientes con la seguridad de que van a encontrar una agradable acogida entre el público. No se trata de elitismo, ni mucho menos. Es más bien pudor: no voy a entregarle al lector algo que yo no perdería el tiempo en leer, sino algo que espero que le dará unas horas de placer.

¿Qué escritores te interesan? ¿Por qué es tan importante Pynchon en tu vida y en tu trayectoria?
Me interesan Rabelais, Sterne, Quevedo, Benet, Céline, Manganelli… Humoristas verborreicos. Creo que encuentro una parte de lo que necesito en el uso del lenguaje de Julián Ríos y Miguel Espinosa (aunque no conecte tanto con el contenido), y otra en la manera de elaborar sus posturas gente como Juan Francisco Ferré en Karnaval, o Antoine Volodine en todo lo que hace: ahí el problema es que, como yo no soy un animal político ni filosófico, me doy cuenta de que entro en terreno vedado, de que no lo entiendo todo, por más que lo disfrute. En ese sentido, Thomas Pynchon: Un escritor sin orificios venía a ser la confesión de cierta impotencia, y la resolución de usar esa impotencia como el más honesto de mis temas. Sencillamente porque imagino que habrá muchos lectores en mi situación.

Es un libro pop, mestizo, de fusión de géneros, y a la vez muy culturalista...
Lo cierto es que sentía recelos ante ese culturalismo, y entiendo que tal vez sea uno de los elementos que provoquen rechazo en algunos lectores. Los tranquilizaría diciéndoles que donde hay name-dropping hay parodia del name-dropping; que donde hay expresión atractiva, queridamente atractiva, narcisista y juguetona hasta lo cabreante hay también una reflexión sobre la incontinencia del lenguaje, de la palabra furiosa, y una rebelión ante el recuerdo de las decenas de párrafos que he omitido por respeto a ese mismo lector y a mí mismo. Es una novela sobre un señor que intenta salir del embrollo de referencias de su propia mente y que lo niega todo; en Menos joven se niega hasta la existencia real del idioma francés.

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