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LUCAS CEPERO: EL AMOR Y LA BALA

QUÉ BELLO ES VIVIR. La increíble historia del fotógrafo de HERALDO, asesinado en 1924 por “un amante despechado”

 

Lucas Cepero, una bala a contraluz

 

PIE DE FOTO. DPZ/ CORTESÍA DE HDEZ. LATAS

Autorretrato de Lucas Cepero, a los 31 años, en ‘El Prineo nevado’.  

 

La vida es impredecible. A veces suceden cosas que abonan la idea de que vivir es habitar un cuento que tiene diversas ramificaciones. Hace un par de días, en el café Octavus de Utebo, me encontré con una colección de siete fotografías de Lucas Cepero, al que en varias ocasiones calificaron como “el intrépido Cepero”. Eran copias de gran formato de estampas que había tomado en Utebo en 1922: paisajes donde se veían los campos, las vías del tren, la impresionante torre mudéjar y una especie de almacén o de nave donde se podía leer: “Compro alfalfa”.

Esa misma tarde, gracias al pedagogo y escritor Víctor Juan, coordinador de la revista ‘Rolde’ cuyo sumario me mostró, volví a encontrarme con ese nombre: uno de los grandes historiadores de los orígenes de la fotografía en Aragón, José Antonio Hernández Latas, publicará en la revista dos artículos sobre este espléndido profesional que combinó la foto de reportaje con el retrato y la foto aérea. Dicen que fue el primero en tomar vistas desde una avioneta de la ciudad de Zaragoza, en concreto en 1920. Hernández Latas ha seguido sus pasos y ha fijado su fecha de nacimiento en Monegrillo en 1881.

¿Quién fue Lucas Cepero? Podría decirse que es, en cierto modo, un fotógrafo de leyenda: por el eco de su trabajo, por sus años en HERALDO (fue el sucesor de Gustavo Freudenthal y de Aurelio Grasa), y por su muerte: fue abatido por un balazo en la plaza de Sas, el 12 de noviembre de 1924 por “un marido despechado”. Los periódicos de la época, ‘ABC’ y ‘La Vanguardia’ entre ellos, se hicieron eco de su muerte: decían que Cepero y su adversario venían discutiendo y pegándose desde la calle San Gil. Allí tenía su estudio el artista pero parece que Cepero salía de una fiesta a beneficio de la Asociación de la Prensa, en el Teatro Principal. Algunas crónicas de prensa afirman que Cepero y Pablo Calvo Lezcano “tenían resentimientos mutuos”; se cruzaron golpes en la calle Estébanes y todo concluyó con un disparo en la contigua calle del Pez.

Cepero intentó encontrar un médico o alivio al impacto de la bala, entró en la farmacia Zatorre y allí se murió. Para entonces Pilar Larpa Maluenda, esposa del chófer, hacía ya cuatro meses que se había recluido en el convento de las Oblatas. A Pablo Calvo le pidieron seis años y un día de prisión y 6.000 pesetas para la viuda de Cepero, pero finalmente, algunos meses más tarde, fue absuelto. Al parecer se consideró un atenuante decisivo que Lucas Cepero había ofendido muy gravemente al chófer y a su esposa.

No he podido leer los artículos de Hernández Latas, pero me han dicho Víctor Juan y el bibliófilo José Luis Melero que ha hecho “otro de sus grandes trabajos”: ha visitado la tumba de Cepero, ha seguido el proceso judicial contra su agresor Calvo Lezcano, que era conductor, y ha encontrado espléndidos materiales. De la revista ‘El Pirineo nevado’ (1915), José Antonio Hernández Latas ha rescatado este autorretrato del artista. Esa publicación alude a otro momento especial de su carrera, que cuenta así José Luis Vázquez en su libro ‘25+8 años (1977-2010)’: “Muy comentada fue su gesta en la que, aislado en el balneario de Panticosa, experimentó y sufrió el frío intenso de copiosas nevadas para obtener imágenes del crudo invierno de 1915”.

Además de trabajar en HERALDO, Lucas Cepero colaboró con varios periódicos nacionales como ‘ABC’, publicó sus fotos en revistas como ‘La Esfera’ y ‘Blanco y negro’, realizó reproducciones de arte del Museo de Zaragoza y, entre otros temas, compuso colecciones sobre la Basílica del Pilar, las fiestas de Zaragoza o la serie ‘Zaragoza Monumental y Artística’.  Otra de sus aportaciones más valiosas fue un álbum de Zaragoza, donde ensayó “el contraluz polarizado con intención de conseguir efectos nocturnos”, como se escribió en un libro. Su viuda asumió la dirección del estudio tras su muerte e incorporó a Manuel Coyne como retocador y a César Gracia Cepero, su sobrino. De hecho, el nuevo taller se llamó Viuda de Cepero y Sobrino de Cepero e intentó hacer honor a un profesional que ha sido calificado como  “verdadero artista de la fotografía moderna”.

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