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LUCAS CEPERO: VIDA Y CRIMEN

 

LA MUERTE DE UN ARTISTA DEL AIRE

(Hernández Latas reconstruye el crimen del redactor
gráfico Lucas Cepro en Zaragoza en 1924)

José Antonio Hernández Latas es uno de los grandes historiadores de los orígenes de la fotografía en Zaragoza. Tiene alma de detective y una curiosidad insaciable que desarrolla con pulcritud, rigor y curiosidad. Dice que llegó por azar a la figura de Lucas Cepero (Monegrillo, 1881-Zaragoza, 1924) pero que le interesó sobre manera su vida, su obra y, sobre todo, su muerte, acaecida el 12 de noviembre de 1924, tras asistir a una fiesta de la Asociación de la Prensa en el Teatro Principal. Lucas Cepero, en ese instante, era redactor gráfico de HERALDO y uno de los fotógrafos más famosos de la ciudad con estudio en la calle Don Jaime, 44. En otros sitios también se dice que tenía otro estudio más. A la salida del teatro, hacia las ocho de la tarde, se encontró con el chófer Francisco Calvo Lezcano, “con quien sostuvo una encendida discusión por cuestiones de índole personal -así lo relataron en un primer momento las crónicas periodísticas-. Altercado que se prolongó por la calles de los Estébanes y que fue tomando un cariz cada vez más violento, hasta que un disparo a quemarropa, efectuado por Calvo Lezcano, acabó con la vida del fotógrafo en la antigua calle del Peso, hoy Blasón Aragonés, junto a la plaza de Sas”.

Así narra el propio Hernández Latas el fin de Lucas Cepero y de este hecho, con muchos puntos oscuros, se deriva en buena parte la atracción de este personaje que había destacado por un álbum que haría hecho en Panticosa en 1915, en días de nieve y peligro de aluviones, por las fotos aéreas realizadas en Zaragoza en 1920, por unas instantáneas de varias riadas del Ebro y por una colección de fotos para Alfonso XIII.

Hernández Latas publica en la revista ’Rolde’ un extenso reportaje donde narra la historia de amor, de celos y de muerte que acabó con la trayectoria del reportero con el título ’Muerte de un reportero’. Esta historia novelesca empezó algún tiempo antes. Un año antes al menos. Lucas Cepero, casado con Engracia Jarque, conoció a la joven Pilar Larpa Maluenda, de unos 22 o 23 años, con la que “mantenía en secreto una relación extraconyugal”. Precisa Hernández Latas que “lejos de tratarse de una aventura furtiva y pasajera, según las declaraciones de Pilar Larpa, ésta había mantenido una duplicidad de relaciones con Cepero y con quien entonces era su novio, Calvo Lezcano, desde un año antes de contraer matrimonio”. La relación continuó, Francisco y Pilar se casaron, pero ella siguió viendo al fotógrafo. Dice el historiador: “Hasta que, el 16 de julio de 1924, [Calvo Lezcano] sorprendió inesperadamente a su esposa sola con Cepero en un vagón de segunda clase, con las cortinillas echadas, en la estación de ferrocarril de Pina de Ebro”. El chófer, que trabajaba en la Azucarera, no encontró a su esposa en casa y ella le confesaría poco después que “había tenido un encuentro amistoso con el fotógrafo”. Al parecer Calvo Lezcano estaba inquieto, pero “se resistía a creer que las relaciones entre su mujer y Cepero tuvieran mayor alcance que el de una persecución por parte del fotógrafo”. El hermano de ella, José Larpa, comerciante, intentó mediar en el conflicto y con la ayuda del Gobernador de la provincia, Garbalena, obtuvo la promesa y el compromiso de Cepero de que “vendería su estudio fotográfico y abandonaría la ciudad”. La realidad está llena de recovecos y de fantasía. Cuenta el historiador que Pilar Larpa “por propia voluntad, decidió recluirse en el convento de acogida de las Oblatas, donde debía permanecer hasta que Cepero abandonase definitivamente la ciudad”. No solo eso: desde su encierro le mandó varias cartas a su esposo, que serían exhibidas y leídas en el juicio.

Cepero no cumplió su palabra. Y lo pagó con la vida. Tras ser abatido en la noche de autos, fue recogido “sobre un charco de sangre” y trasladado a la Farmacia Moderna, de García Zatorre, sita en la calle Alfonso. No hubo nada que nacer. El doctor Carmelo Aráiz certificó su muerte. El hecho estremeció Zaragoza: la ciudad había vivido crímenes más o menos recientes. HERALDO, en su portada del viernes 14, ofrecía la estela de su redactor e invitaba a asistir al funeral y al sepelio. El féretro sería traslado desde la Facultad de Medicina hasta el cementerio de Torrero. El doctor Ricardo Lozano, auxiliado por dos médicos forenses, realizó la autopsia al cadáver. Hernández Latas cuenta, entre otros datos, que Lucas Cepero fue envuelto en una bandera de Cruz Roja y que sobre su sepultura “fueron depositadas dos coronas de flores, una encargada por su viuda y la otra por la casa HERALDO DE ARAGÓN”.

Francisco Calvo Lezcano -que era zaragozano, tenía 29 años y trabajaba en la Azucarera de la Puebla de Híjar- contó con la defensa del ex alcalde de Zaragoza Emilio Laguna Azorín, que debía estar vinculado con los patronos de esa fábrica, donde trabajaba Calvo Lezcano. En el expediente penitenciario que se encuentra en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza se decía, entre otras cosas, “que el acusado poseía instrucción, era católico, estaba casado, no tenía hijos, ni antecedentes penales y que éste era su primer ingreso en prisión. Adjunta a su huella dactilar, obra su descripción física: color de iris, cabellos oscuros, piel morena, cejas arqueadas, nariz convexa, boca, poca barba, rostro oval y 172 cm. De altura. Como particular se añade la uña del pulgar derecho es deforme”. Cuando llevaba preso algo más de un mes, Calvo Lezcano, fue nombrado “escribiente de oficinas” por su buen comportamiento.

Parecía claro que alguien le estaba favoreciendo. Poco a poco los elementos de la discordia fueron aflorando, aquellos desacuerdos o conflictos algunos medios denominaron “remordimientos mutuos”. Desde HERALDO se lamentaba la pérdida de su gran reportaro y se escribía: “Cepero, hombre afectuoso, simpático, servicial, era nuestro compañero queridísimo y camarada sencillo y afable, a quien todos estimaban”. El clima era de incredulidad; el periódico silenció en sus primeras crónicas las razones del conflicto. El 1 de junio de 1925 comenzó el juicio: declararon Calvo (a quien le pedían seis años y un día de prisión y 6.000 pesetas) y su mujer, y la viuda de Cepero alegó problemas de salud y no se presentó a declarar. Al final, Francisco Calvo Lezcano fue declarado inocente porque se tuvieron en consideración varios atenuantes como “el haber cometido el homicidio en vindicación de una ofensa grave y por existir hechos que excitaron “el arrebato y la obcecación” del encausado.

El abogado aún rizó el rizo de sus argumentos y dijo que había sido un crimen en legítima defensa. El 15 de julio se declaró la libre absolución del chófer. José Antonio Hernández Latas evalúa la sentencia: “En realidad, no se había juzgado a Francisco Calvo Lezcano, a quien se consideraba legitimado para tomarse la justicia por su mano, si con eso restituía el honor agraviado, sino que se había juzgado al fallecido Lucas Cepero, cuando ya no tenía posibilidad alguna de defenderse, y moralmente se había considera culpable de seducir e inducir al adulterio a la joven Pilar Larpa”.

Carmen Jarque Soro, viuda de Cepero, rehízo su vida y trasladó el estudio de Don Jaime 44 al Paseo de la Independencia. No se sabe qué ocurrió con la vida de la pareja. Calvo murió de cáncer de esófago en 1943 a los 48 años de edad y ahí, prácticamente, desaparece el rastro de su esposa, que no está enterrada con su marido en Torrero. La historia es de novela negra, sin duda, pero José Antonio Hernández Latas aún no ha dicho la última palabra: en el próximo número de ’Rolde’ abordará la obra fotográfica. Seguro que hay nuevas revelaciones.

 

 

 

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