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BRASIL TEMBLÓ ANTE CHILE

REGATE EN EL AIRE / Antón CASTRO

 

Saudade o el equipo traicionado

 

El Brasil de 1950, aquel que sucumbió a la clase de Obdulio Varela, Schiaffino y Gigghia, tenía una gran estrella: Ademir, máximo goleador con nueve tantos. El de 1958 y el de 1962 contó con Garrincha y Pelé, y aquella ‘folha seca’ de Didí, un centrocampista exquisito de bigote delineado casi como un húsar. Pelé jugó, además, en 1966 y 1970, donde la ‘canarinha’ firmó un fútbol increíble: fue la máquina coral de la fantasía. Sus futbolistas parecían virtuosos de ese instante anhelado en el que el fútbol tiene música.

El Brasil de 1974 fue un equipo de transición que contó con Luiz Pereira, con Leivinha, el maestro de la bicicleta, y con un veterano Rivelinho, que tenía un juego otoñal y elegante y conservaba aquel trallazo que agitaba el ánima de los estadios. En 1978 apareció Zico, al que llamarían el ‘Pelé blanco’. En España-1982, Brasil parecía llamado a nuevas gestas, pero su media de seda y de lujo (Zico, en plenitud, Toninho Cerezo, Falçao y el doctor Sócrates, el hombre que taconeaba como un bailarín de claqué y flamenco) se estrelló contra Italia y contra su propia suficiencia; en una tarde aciaga, Paolo Rossi nos destrozó nuestro pobre corazón. Fue, sin duda, una oportunidad perdida y el origen de una saudade indefinible. En 1986 Brasil cayó en cuartos de final, y sus estrellas podrían llamarse Careca, Müller o Alemao. Futbolistas correctos, más aplicados que geniales. En 1990, Brasil se estrelló contra Maradona en la segunda ronda. Cuatro años después, un equipo desnaturalizado y físico, a pesar de sus delanteros Bebeto y Romario, conquistó el título a Italia en los penaltis. Dunga fue ‘el panzer’ del colectivo, aunque el sostén era la calidad y el sentido táctico de Mauro Silva y la imaginación de Zinho. Ocho años más tarde, en Corea, Brasil logró su quinto título y alineó a tres figuras indiscutibles: Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo.

Desde entonces, Brasil ha ido de aquí para allá, más bien a la deriva, desconcertado y desconectado de su tradición. Brasil ni ha sido ni una cosa ni otra, ni puede decirse que haya enamorado jamás: ni con Kaká, ni con la promesa interrumpida Robinho ni con aquella flor de pocos días que se llamó Adriano.

El Brasil de ahora también es un equipo deshilvanado y ramplón. Carece de patrón de juego: ni tiene la ingeniería celeste de los tradicionales futbolistas del aire, que mezclaban el ‘jogo bonito’ y la samba, ni posee un organigrama sólido que sepa poner en marcha el fútbol físico que parece proponer Scolari. Sus jugadores parecen peores en bloque: si Neymar había levantado pasiones, había dado a entender que podía ser el futbolista del campeonato, ayer todo fue un naufragio. A Brasil solo se le aguanta con una bolsa de pipas gigante y mucha cerveza. Ayer nadie, nadie, salvo atrás y en instantes concretos David Luiz y Thiago Silva, dio sensación de pertenecer a la cadena de futbolistas que va desde Domingos da Guia y Ademir hasta Neymar Jr. Y no solo eso: la fortuna estuvo de su parte, en el remate final de Pinilla y en la suerte de los penaltis, donde Claudio Bravo pareció siempre un poco precipitado, incluso en el disparo que paró. Chile aguantó, supo jugar contra la adversidad de un gol en contra, igualó y estuvo a punto de provocar algunos suicidios en el país de Pelé.

Brasil es una fábrica de forofismo. Y de desmesura nacional. El país, azotado por relámpagos de miseria e injusticia en todas las regiones, ha constatado, de nuevo, su condición trágica, incluso ganando. El equipo se mueve en el filo de la navaja y solo se estremece de veras cuando entona el himno nacional. Solo en ese momento, Brasil es el Brasil de siempre. Aquel que pretendía hacer del fútbol una de las bellas artes.

 

*Este texto aparece hoy en HERALDO.

La foto de Ademir, la tomo de aquí:

http://e2.365dm.com/10/05/496x259/Ademir_2455254.jpg?20100519160343

 

La foto de Zico la tomo de aquí: 

http://www.cre.com.ec/wp-content/uploads/2014/05/Zico2.jpg

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