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RAFAEL BERRIO, HOY, EN LAS ARMAS

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EL CRONISTA RAFAEL BERRIO

Hace algunos años me hablaron de Rafael Berrio, un cantante donostiarra que tenía alma de poeta melancólico. Cantaba con una vez lenta, casi arrastrada, con la certeza de que lo esencial era la emoción habitada de su canto: las palabras nítidas, poéticas, extrañas, casi inquietantes, entreveradas de rock. Primero publicó ‘1971’ y luego ‘Diarios’. De él se decía que era un tipo diferente, entre excéntrico y sigiloso, que se inspiraba ante el enigma del mar. Le gustaba la poesía del Siglo de Oro, pero también Jaime Gil de Biedma o el Fernando Pessoa de los heterónimos, en particular aquel Ricardo Reis, imaginario, que le dictó a José Saramago una de sus mejores novelas: ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’.

El peculiar Berrio, quizá con timidez de cantautor minoritario, hablaba de amores indecisos, del desencanto, de crisis a las que no le es fácil ponerle adjetivos, escribía canciones que parecían cuentos de hadas. Proponía viajes a su propio corazón de náufrago varado en su árida añoranza. Y poco a poco, con aire entre desgarrador y escéptico, fue contagiando sus melodías. Se había educado con los cantantes franceses: Serge Gainsbourg, Charles Trenet, Leo Ferre, Brel, Brassens, poetas del escenario, rapsodas graves que están siempre a punto de reírse hasta de su sombra. También le interesaban Lou Reed y el filósofo Cioran. Algunos músicos le pidieron temas: Mikel Erentxun, Sole Jiménez, La Oreja de Van Gogh. Y él se hizo de rogar solo lo justo. Ignacio Escuín publicó un volumen de sus canciones-poemas en Eclipsados. A la vez multiplicaba su lista de fans y se hacía acreedor a una definición: “Berrio es el cantante que aman los músicos”. Tal vez. Pero también el público: el lúcido, escéptico (“me da lo mismo que sea hoy o mañana”), que siempre halla metáforas, instantes, frases felices, confesiones un tanto arriesgadas como cuando dice que fue “crisálida indiferente hasta ayer” o recrea “las lindes del edén, las lindes del infierno”.

Rafael Berrio entregó el pasado año ‘Paradoja’, un disco contundente e inquietante, agrio y lírico, intenso y hermoso, con el que llega hoy a Las Armas, a las 22.00. Su álbum es una apuesta por el rocanrol, es un corazón que se abre y revela sus paradojas y su perplejidad, y bien podría ser una crónica de esta España incierta, donde “nadie encuentra su lugar ni de perfil” y hasta el porvenir “pocas trazas tiene de buen fin”.

 

*De la serie ’Cuentos de domingo’. Se publica hoy en Heraldo de Aragón. 

La foto es de Gema Amiama.

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