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IGNACIO DEL VALLE: UN DIÁLOGO

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Ignacio del Valle presentaba hace unos días su novela 'Soles negros' (Alfaguara), la cuarta de la serie de Andrade y Manolete la pasado semana en Los Portadores de Sueños. Explica aquí la claves de su libro y de la serie. 

-¿De qué modo te preocupa España, con la mirada del ciudadano o la del novelista?

La mirada del ciudadano se ve reflejada en mis artículos, y el novelista va el paralelo -y a veces se entrecruza, aunque no necesariamente-. De todas formas ambas tienen meridianamente claro que la memoria es muy frágil y que las cosas han de repetirse en un ritornelo eterno -por eso nunca habrá suficiente artículos y novelas sobre cualquier tema-. La historia no es más que un farol en la popa de un barco en una oscura noche, y en cualquier momento la podemos perder de vista, con los riesgos que conlleva.

-¿En qué medida este es un país de todos los demonios y de una violencia sórdida y subterránea?

No creo que España sea especial en ese sentido. Todos los países tienen lo suyo. Ahora bien, la diferencia reside en cómo nos enfrentamos a esos demonios y esa violencia. Si no sacamos la basura de bajo las alfombras y hablamos sobre un tema como es el robo de niños sistemático y legal en España durante toda la dictadura, todos esos demonios saldrán por otro lado, y no precisamente por el que más nos gustaría. Los alemanes hicieron examen de conciencia respecto al nacionalsocialismo, aquí todavía queda por hacer una revisión de la segunda mitad del siglo XX.

-¿Como nació Andrade, ese bibliotecario culto, extremeño y políglota?

De una manera intempestiva en El arte de matar dragones. Me interesaba el traslado del museo del Prado durante la guerra civil, y me invente un personaje que me permitiese intervenir en la época. No pensaba que fuese a tener continuidad, y ya ves: cuatro novelas ya, y parece que va a recorrer todo el siglo XX hasta los ochenta. Arturo Andrade, un corazón delicado, manos de carnicero, un tipo contradictorio pero lúcido con el cual podré contar episodios poco conocidos de la historia de España pero que resultan esenciales para comprender lo que somos.

-Recuérdanos un poco los tras novelas anteriores: la de la guerra española, la de su estancia en la División Azul y su episodio de amor en con una joven berlinesa…

En El arte de matar dragones trato el traslado del museo del Prado durante toda la guerra civil, y teniendo en cuenta que por chiripa no desapareció en los bombardeos, creo que resulta un pilar de nuestra historia. Imagínate que ahora no tendríamos Velázquez, Patinir, Brueghel, Ribera... En El tiempo de los emperadores extraños hablo de ese episodio silenciado que fue la División Azul, una novela que fue adaptada al cine por Gerardo Herrero, y en Los demonios de Berlín me interesaba el apocalipsis que fue la caída de Berlín en 1945, y también el caos personal que significó para Arturo enamorarse en medio de un conflicto mundial. Luego ya llegó la novela que nos ocupa, Soles negros, por ahora la última de la tetralogía.

-¿Cómo madura, cómo ha evolucionado hasta llegar a 'Soles negros'?

Arturo, como yo mismo, hemos madurado, y si antes era más directo y explícito a la hora de tratar con la realidad, a fuerza de experiencias ha aprendido a negociar con ella. Es una proceso natural comprender que llega un momento en que quizás tengas que acostarte con tu peor enemigo para lograr una pequeñísima victoria. Es la vida.

-Avánzanos un poco la historia… ¿Te has basado en un hecho real, has visto que era un tema sobrecogedor que andaba por ahí?

La primera pista la tuve con una noticia de los años ochenta, una monja llamada Sor María Valbuena que robaba niños en los hospitales y los vendía a cien mil pesetas el crío. Algo que parecía terrible pero insólito, fue lo que sucedió en el país de una manera institucionalizada y legal durante cuarenta años. Eso solo fueron los últimos coletazos del dragón.

-¿Cómo se explica que existiese un terror tan clandestino e inhumano auspiciado por el régimen?

Formó parte de la política del régimen. A medida que Franco ganó la guerra debían encuadrar en el sistema toda la "masa desafecta" de republicanos. De esta manera, el Auxilio Social, mediante un estricto sistema de adoctrinamiento religioso y paramilitar, con castigos de toda índole, se encargaría del lavado de cerebro de los niños. Eso incluía la adopción o prohijamiento de los mismos por parte de personas que comulgaran con el ideario del Movimiento. Para santificarlo se promulgaron dos leyes, la primera en 1940, por la cual las reclusas podían amamantar a sus hijos y tenerlos con ellas en las prisiones hasta los tres años, luego los críos se desalojaban legalmente y eran enviados a instituciones del Auxilio Social sin posibilidad de contacto con las madres hasta el cumplimiento íntegro de las penas. A continuación, en 1941, se complementa la ley anterior y se permite cambiar el nombre de los niños en el registro civil cuando no recordasen el nombre de los padres o estos no fuesen localizables o hubieran sido expatriados. Una vez que los niños ingresaban en la red asistencial, comenzaba el banquete de carne humana.

-¿Está el mal en todas partes y dónde menos te lo esperas?

El mal está tan mezclado con el bien que a veces no puedes distinguir la frontera. Se trata de hacer pactos con tus demonios para que te permitan hacer una vida más o menos digna, cierta coherencia, y que los ángeles puedan respirar. No obstante, este hecho que para una persona puede resultar incómodo, para un escritor es oro en polvo, porque esa ambigüedad es donde hemos de colocarnos para escribir, en esa limes, ese territorio de flujo y reflujo vital.

¿Qué ha sido para ti lo más doloroso o insoportable en la redacción de la novela?

Posiblemente comprobar las condiciones de los niños en los hogares del Auxilio Social: el hambre, la sed, los castigos, las humillaciones, como se ahormaban las mentes y los espíritus de los inocentes...

-Parece que has querido rendir un homenaje a Don Quijote y Sancho en las figuras de Andrade y su viejo amigo, grosero y mujeriego, Manolete… ¿Es así?

Resulta evidente. La pareja conformada por Arturo, nihilista y lúcido, y Manolete, una desgracia como persona, pero también intuitivo y compasivo, me permite establecer una dialéctica que hace que la novela avance como si tuviese un motor de explosión, y cruzar diferentes sensibilidades para, a la manera de un GPS literario, hacer un retrato lo más preciso posible de la España de 1947.

-¿Qué sería más Ignacio del Valle: un escritor épico, de aventuras tremendas, o un narrador de novela negra?

Un escritor que mezcla historia, noir, suspense, ensayo, poesía, épica... En realidad, todo lo que pille.

-¿Qué autores te marcan o tienes de referencia?

Las referencias son infinitas: Herodoto, Doctorow, Ray Bradbury, Scott Fitzgerald, Galdós, Steinbeck, Bernal Díaz del Castillo, Tolstoi, Calvino, Updike, Camus, Plutarco, Don Winslow, Poe, Le Carré, Mishima, Charles Baxter... Somos el resultado de todo lo que leemos, todas las pelis que vemos, la gente que conocemos, incluso la comida y la bebida que tomamos. Es una dialéctica que solo debería terminar cuando llega la Parca, e incluso si se deja, continuar con ella.

-¿Qué relación intentas establecer con el lector, qué ansías decirle o contarle, a modo de poética general?

Intento dar perspectiva y apasionar. Si hablamos de Cervantes, hay una frase de él que resulta categórica: "El escritor ha de ilustrar y entretener a un mismo punto".

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