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MANUEL VILAS: DISCURSO DE RECEPCIÓN DEL P. DE LAS LETRAS ARAGONESAS

[El pasado viernes, en el IAACC Pablo Serrano, Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) recibía el Premio de las Letras Aragonesas de 2015. Pronunció un emocionante discurso que rendía homenaje a su padre, a algunos escritores, a Barbastro, a Aragón, al humor y, por supuesto, a la democracia, a la libertad y a la literatura. Manolo tiene la gentileza, a petición mía, de enviarme el texto. Un rotura de fibras me impidió oírlo en directo. Algunos amigos, Pepe Melero, entre ellos, me habían anunciado que era conmovedor y muy hermoso, y aquí está la constatación. Mil gracias a Manolo y enhorabuena. Aquí vemos una foto suya de Daniel Mordzinski.]

 

Por Manuel VILAS

 

Excmo. Sr. D Javier Lambán, Presidente del Gobierno de Aragón

Ilma Sra Censejera de Educación, Cultura y Deporte, María Teresa Pérez

Autoridades

Señoras y Señores

Amigos todos

 

       Es para mí un honor y una alegría la concesión de este Premio, pues se trata de la máxima distinción que otorga Aragón al mundo de la literatura, y se hace además al conjunto de una trayectoria. Y es un honor también unirme a la nómina de prestigiosos escritores que lo ganaron en anteriores convocatorias y entre los que se encuentran muy buenos amigos míos. Por tanto, vaya mi más sincero agradecimiento a los miembros del Jurado, al Gobierno de Aragón en su conjunto y a todos los que han hecho posible este premio y luchan por la muy necesaria y necesitada dignificación del ejercicio de la literatura en nuestra comunidad.

       Comencé a escribir con quince años. Mi primer libro lo editó la zaragozana Institución Fernando El Católico en 1982, como consecuencia del fallo del Premio San Jorge de Poesía de 1980, en donde mi manuscrito titulado El Sauce mereció una mención honorífica. Fue un libro que escribí cuando tenía diecisiete años.

       En el azar de ese Premio anidó mi vocación futura de escritor. Porque en el azar vive la misteriosa belleza de las cosas. En el jurado de ese premio de 1980 estaban escritores que, muchos años después, serían buenos amigos míos, como Rosendo Tello y Ana María Navales.

       En el verano del 2015 me encontraba trabajando en la edición del volumen de mi Poesía Completa, que se editó este pasado mes de febrero, y revisando este libro adolescente, me acordé de que cuando murió mi padre descubrí en su cartera un recorte de prensa de “Heraldo de Aragón” del mes de marzo de 1980, en donde se daba noticia del fallo del Premio San Jorge y aparecía mi nombre.

       Era la primera vez que mi padre veía el nombre de su hijo escrito en un periódico. En estos últimos meses he pensado mucho en ese día en que mi padre vio por primera vez el nombre de su hijo escrito en un periódico, pues ese día existió y ese pensamiento también existió. Pienso que debió de darse cuenta de que los tiempos estaban cambiando, de que se movían las cosas. Y digo todo esto porque mi padre no pudo estudiar. A los doce años le quitaron del colegio y, como a tantos otros jóvenes de la posguerra, lo pusieron a trabajar. Y digo igualmente todo esto porque estoy íntimamente convencido de que si mi padre hubiera podido estudiar, habría sido escritor. Hace tal vez más de treinta años, descubrí unas cuartillas en un armario con la caligrafía de mi padre: contenían un listado inacabable de palabras que comenzaban por la letra “a”. Mi padre, casi en una tarea borgesiana, se estaba aprendiendo de memoria el diccionario. Me quedé pasmado cuando vi esas cuartillas. Por eso adoro los diccionarios. Con un diccionario en la mano, la mentira se desvanece.

       Si yo he acabado siendo escritor fue por el enorme esfuerzo histórico que hizo gente como mi padre, que ayudó con su sacrificio silencioso a que este país cambiara. En España todo ha costado un enorme esfuerzo, cosa que la gente olvida. Hay que ser agradecido, muy agradecido con los que tuvieron menos suerte que nosotros. Millones de seres humanos tuvieron menos suerte que nosotros. A veces me preguntan los periodistas que si se viven hoy malos tiempos para la lírica. Yo siempre contesto esto: malos tiempos para la lírica, infinitamente malos, los vivieron Federico García Lorca y Antonio Machado.  Si tenemos escritores hoy en España, y en particular en Aragón, se debe a la justicia social y a la extensión de la educación pública y la cultura a todas las clases sociales. Si no fuera así, yo no estaría aquí en este momento.  

       Cuando era joven mi padre se compró con gran esfuerzo las obras completas de Franz Kafka, de Ernest Hemingway, de John Dos Passos, de Lajos Zilahy, de Pearl S. Buck y de Stefan Zweig. El mayor tesoro bibliográfico y sentimental que conservo son las obras completas de Kafka editadas en piel.

       ¿Dónde compró esos libros mi padre?, nunca se lo pregunté. No lo entiendo por qué no le pregunté eso nunca. Creo que la Historia avanza, lentamente pero avanza. O al menos avanzaba hasta el año 2008. Para eso está la literatura, para hacer avanzar la Historia. Mi padre nunca leyó a Kafka, pero lo acabé leyendo yo, de cabo a rabo, en las obras completas en edición de lujo que él compró. Kafka revolucionó mi mundo literario, pero lo hizo por la mano de mi padre, eso quería decir, porque me parece otro hermoso azar y el azar es el dueño de la vida.

       Mi padre me transmitió el amor a esta tierra, a Aragón. Lo he dicho en muchos poemas y en muchas ficciones. A él le gustaban los pueblos de la provincia de Huesca. Le gustaban los Pirineos. Le gustaba mirar las montañas. Le gustaban mucho Jaca y Benasque. Tenía amigos en Teruel y en Alcañiz. Una vez, hace muchos años, me llamó un amigo de mi padre desde Alcañiz para decirme que había leído un artículo mío en el Heraldo de Aragón y que le había gustado mucho. Conocía todos los pueblos de montaña. Conocía a todos los sastres de Teruel. En 1988 se empeñó en que un sastre del pueblo de Alagón me hiciera un traje a medida. Y me acuerdo de ese viaje: mi padre y yo yendo a Alagón, con el extraño cometido de que un sastre de allí me hiciera un traje a medida. No era cualquier traje, tenía que ser un traje de alpaca. Parecía un relato de Franz Kafka. Y le fascinaba Barbastro. No he visto a nadie en mi vida tan fascinado con su ciudad natal. Mi padre conocía muy bien a la gente de Barbastro, seres humanos que ya no están en este mundo, pero que representan el tránsito de la vida sobre la tierra. Mi padre parecía un Marqués sin marquesado, o con el marquesado abolido, como bien pudiera haber dicho el poeta Jaime Gil de Biedma. Todos estos años que han pasado desde su muerte a veces me parecen irreales, y reales solo los años que viví a su lado.

       Cada vez que piso la ciudad de Barbastro es como si mi padre volviera de entre las sombras. Y con él, regresan decenas de otras sombras, y mezclo la vida y la muerte. Mi padre viene con las sombras de sus viejos amigos. Y hay mucha belleza en todo esto.

       He viajado mucho en esto últimos tiempos, he estado en ciudades maravillosas de medio mundo, he estado en las grandes urbes y he escrito sobre ellas, pero mi enigma, el gran enigma de mi existencia está en Barbastro. Todo cuanto aún no sé está escondido en Barbastro. Todo cuanto sé me lo dijo Barbastro.

       He vivido muchos años en Zaragoza. He escrito mucho sobre Zaragoza. La conozco mejor que un taxista. Para conocer bien una ciudad, hay que recorrerla con tu coche, hay que pisarla con cuatro ruedas debajo. Y hay que andarla. Y yo lo hice. He estado en sitios de Zaragoza fantasmagóricos, irreales, teatrales, góticos, inenarrables. Llevé Zaragoza a mi literatura, pero permitidme la inmodestia, lo hice desde planteamientos literarios nuevos o personales. Ni mejores ni peores que los planteamientos literarios que otros escritores han utilizado a la hora de ubicar sus ficciones en Zaragoza, sino distintos. Zaragoza, en mis ficciones, dejaba de ser la Zaragoza histórica, realista, amable, sentimental, entrañable y pequeñoburguesa, para convertirse en una ciudad impersonal, inhumana, hostil, ácida, simbólica, provocativa y posmoderna. Lo hice por amor, para que no la perdiéramos, para que Zaragoza no se quedara varada en el tiempo, como un hermoso reloj decimonónico que ya no da la hora pero que nos gusta contemplar.

       Yo quise que el reloj diera la hora. Ese fue mi intento, tal vez no lo conseguí, probablemente no lo conseguí, pero intentarlo sí valía la pena. Al fin y al cabo, la literatura que a mí me gusta es la literatura que se atreve, aunque pierda la partida. Yo siempre he escrito por amor. Si no, nada tiene sentido. Pensé que había que modernizar la representación literaria de Aragón, y eso hice. Y lo hice por amor a mi vida y al lugar donde mi vida sucedía. Pero en literatura todo suma, y cualquier punto de vista es compatible y enriquecedor. Eso es lo bueno de la literatura y de la cultura: que es un sumatorio de voluntades artísticas que dan la medida de la civilización y de refinamiento de una comunidad. Cuantas más y variadas representaciones literarias haya de Aragón, más compleja y fértil será nuestra literatura.

       Bien sabe Dios que no me gustan los victimismos políticos, pero creo que Aragón es una tierra maltratada históricamente. Una tierra deshabitada, amordazada y olvidada. En Barbastro aun estamos esperando que la Generalitat catalana devuelva los bienes eclesiásticos expoliados. Somos una tierra robada. Aragón es casi un desierto humano, y lo digo con  dolor y con rabia. Veo la despoblación, esos inmensos territorios sin nadie, y veo mucha injustica. Aragón es casi un gran monumento a la injusticia. Hemos sido demasiadas veces la España que no le importa a nadie. Llevamos encima la soledad de los Monegros. Pero es imposible explicar España sin Goya y sin Buñuel. Tal vez la cultura y la literatura puedan ser una forma de reclamar protagonismo y redención histórica. Creo, en ese sentido, que la literatura en Aragón vive, desde hace ya unos cuantos años, un buen momento. Mucha gente me lo pregunta en Madrid, ¿pero qué pasa en Aragón que hay tantos escritores? Siempre contesto lo mismo: pasa que Aragón existe, eso pasa, que no estamos muertos. Creo que en otros momentos nos ha faltado la autoestima y nos han sobrado las zancadillas.

       Cuántas veces en mi vida, cuando estaba por ahí, viajando, me he encomendado a San Luis Buñuel, porque San Luis Buñuel es nuestro protector. No lo he dicho todavía, y ya es hora de decirlo, los aragoneses tenemos un arma de destrucción artística de dimensiones atómicas, y es nuestro sentido del humor. Yo me siento nieto de Luis Buñuel. Y aquí sí quiero ponerme un poco dogmático, solo un poco. El humor aragonés no se basa simplemente en la idea del humor somarda. No es un humor grueso ni tosco ni fácil. El humor aragonés es metafísico, culto, despiadado, y extremadamente inteligente.

       Es muy difícil que nadie iguale a un creador aragonés en  el cultivo de la ironía, la ironía es la forma más saludable de la expresión de la inteligencia.  En literatura no hay nada más serio que el sentido del humor.

       Y en el humor, se empieza siempre por uno mismo. Cuando sabes reírte de ti mismo, pero de una forma inteligente, y si eres aragonés, entonces San Luis Buñuel siempre te auxiliará, nunca te dejará en la estacada.

       Creo en el humor que nos legó Luis Buñuel, y que desde el humor un hombre o una mujer puede alcanzar incluso la libertad. Porque de eso estamos hablando cuando hablamos de literatura, hablamos en última instancia de la libertad.

       He tenido la suerte de poder escribir en una democracia. He escrito en libertad. No puedo dejar de acordarme de los países en donde esto no es posible. Y soy muy consciente de que mi país es libre y sé que esa libertad fue ganada con la sangre de mucha gente. Por respeto a esa sangre, siempre defenderé la libertad y la democracia contra todos aquellos que quieren derribarla con demagogias de todo tipo, de toda procedencia. Si no me han metido nunca en la cárcel por lo que escribo, es gracias a la democracia. Porque en realidad la literatura y la democracia son la misma cosa. Y a la vez que un escritor debe explorar la literatura hasta los límites de la inteligencia humana, también un pueblo debe explorar la democracia, desarrollándola hasta donde sea posible, hasta donde pueda alcanzar la libertad. He ejercido mi libertad en mis libros. He escrito toda clase de libros. He escrito poesía, novela, relatos, ensayo, periodismo. He escrito libros tristes y libros divertidos. Libros de todos los colores. Me gusta escribir. Reinventarme en cada libro. Ahora bien, abras el libro mío que abras, casi seguro que te encuentras con alguna calle de Zaragoza o con alguna montaña de Huesca.

       Y, después del tiempo, me gustará pensar que, en el fondo, solo soy o solo he sido un aragonés más que ha intentado hacer bien su trabajo. Mi trabajo son las palabras, luchar a muerte con las palabras, y domarlas. Mi trabajo es escribir frases perfectas. La vida puede ser imperfecta, pero me dejaría matar antes de escribir una página imperfecta. Prefiero el fuego del infierno a la imperfección de una página salida de mi mano. Ese es el oficio de escritor. Ese es mi trabajo.

 

MUCHAS GRACIAS

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gravatar.comAutor: Rosa

Antón, qué bonito detalle. Muchas gracias. Espero que la familia te lo agradezca. Deberías publicar este mismo texto el jueves en tu Cultural.

Alfredo

Fecha: 09/05/2016 00:18.


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