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ISABEL Y LEONCIO: PRIMOS SEGUNDOS

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CUENTOS DE VERANO

 

Primos segundos

 

No sabía de dónde le venía aquella seguridad. Su hermana Paca –que podía ser campesina, panadera, modistilla o administrativa de las Hermandades del Campo- la protegía con sutileza y evitaba que la mandasen a la siega o a guardar a la serranía y al monte. Quizá a ella le contase su primer secreto: en las sesiones de teatro le había tocado en suerte compartir protagonismo con Leoncio. Era lo que más había deseado. Hacían de novios, o de jóvenes que despertaban al amor con las palabras justas, el silencio tímido y las miradas aún limpias. Él procedía de una masada y era por tanto habilidoso, inventor y quizá un soñador. Hacía carbón vegetal, injertos en los cerezos y los ciruelos, trazaba canales de riego, ordenaba las listas de la mina y era muy ágil con las cuentas. Más que rápido, vertiginoso. A la vez poseía otro don: era un contador de historias. Un romancero. Tenía una facilidad innata para encerrar a los vecinos de un barrio en un poema. Si le hubieran pedido que, en juna de esas noches de verano a la fresca, recitase sus versos, lo habría hecho. Los sabía de memoria, pero también llevaba un cuaderno con los poemas, redactado con una letra muy bonita. En las clases de caligrafía era el más avanzado.

La obra salió muy bien. Hubo aplausos y felicitaciones. A los dos se les veía muy felices, aunque ella era pudorosa y no quiso presumir del éxito. Eran tiempos difíciles, por otra parte. Los maquis andaban por los montes y a veces, desesperados por las soledades y el hambre, se convertían en salteadores de caminos. Algún vecino quería aprovecharse de la situación, y le mandó varios anónimos amenazantes a su padre. Ella y su hermana Paca podrían pasarlo muy mal, en las eras, en la fuente o en el plano de la iglesia, si no atendía a razones. En su casa, se guardó silencio. El drama y la felicidad iban de la mano, como una corriente subterránea de sensaciones contradictorias. Otra compañera se prendó de su novio, y le dijo: “Está por mí”. Meses más tarde, ante su suave indiferencia, añadió que era un picaflor, que se entendía en la umbría del cementerio o en los Santanales con Aurorita, Leonor y Josefa, la hija de los cabreros. Isabel no se inmutaba, y al final, sin perder su media sonrisa, exhibió sus certezas: “No pierdas el tiempo, ni te hagas mala sangre. Es para mí”. Hacía más de una semana que habían pedido dispensa papal a Roma para casarse porque eran primos segundos.

 

*Este texto se publicó en Heraldo, el domingo de julio en que Isabel Brumós Andrés cumplía 88 años.

 

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