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JORGE CORTÉS: UN CUENTO INÉDITO

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EL PARQUE

 

Un cuento inédito del escritor Jorge Cortés

 

 

          Zaragoza, Febrero, 1.964

                    Le decíamos Jefe, sin artículo. Era un señor de muy poco pelo, de estatura mediana tirando a bajito y que siempre llevaba los mismos pantalones, unos pantalones azules, desgastados y con manchas de grasa en las perneras.

                    Jefe vigilaba el tiempo y no nos dejaba salir del contorno de la arboleda; nos prohibía circular por el carril de la avenida de San Sebastián y que ni se nos ocurriera traspasar el seto que separaba del paseo de Renovales el camino terroso y bacheado por donde debíamos movernos. Si era media hora, no podíamos excedernos ni un minuto y si era una hora, bueno, si era para una hora entonces sí, entonces toleraba alguna demora. Algunas tardes le acompañaba su esposa, una mujer que entretenía las horas con labores de punto y que controlaba nuestro tiempo de alquiler, haciendo la vista gorda y permitiéndonos unas pedaladas de más, mientras su marido se sumergía en el cuidado de aquellas bicicletas que mimaba como a los hijos que no tuvo.

                    Jefe me enseñó aquella tarde de pirola. Una tarde que tocaba clase de Formación del Espíritu Nacional, y quien cuidaba de la asignatura (me niego a recordarlo como profesor y menos como maestro), era un energúmeno que contaba pormenores de la guerra civil, una guerra en la que no participó, pero que detallaba como si hubiese estado en cada frente de batalla. Aquel hombre con sus gafas ahumadas y delgadez de mala uva, tras enardecerse con el manual de Ediciones Doncel, cuyos párrafos leía muy mal, nos hacía subir por orden alfabético a la tarima mientras él permanecía sentado en su mesa y desde allí nos preguntaba. Si la contestación le parecía bien, te mandaba al pupitre y si sucedía lo contrario correspondía un fuerte palmetazo en cada mano, tres si te quejabas, además de abochornarte con sus comentarios ante el resto de compañeros, que siempre observaban, observábamos, en un silencio que contagiaba el miedo. Ya había pasado varias veces por ese trance y el alfabeto ordenaba que me tocaba subir a la tarima, y decidí no ir; mi madre me firmó una nota inventando unas décimas de fiebre y ese papel justificó mi inasistencia.

                    Y me fui al Parque. Jefe, como si fuera cosecha propia, y en buena parte lo era, me animaba. Nunca se te olvidará chaval, nunca se te olvidará. Y desde luego que no me olvidé, tampoco del batacazo.

                    Venga, no tengas miedo y no mires al suelo; de frente, siempre mira al frente. Y así comencé a balancearme, y con los pedales fui enderezando el rumbo, tomando impulso con el izquierdo y siguiendo con el pie derecho, una vez y otra, y otra más. Me trastabillé un poco, un poco más y me caí. La bicicleta me golpeó en la pierna y el roce con la tierra me ensució el jersey, arañándome la mano derecha. Me levanté, volví al sillín y Jefe me lo sujetó. Reinicié el pedaleo y me sentía tranquilo porque estaba convencido de que Jefe, corriendo y sujetando el sillín, aseguraba mi equilibrio. Ya era mía la bicicleta, grité y me volví hacia él. Pero él se había quedado frente al ferial permanente que había al otro lado del paseo, donde años después se construiría una clínica. De la impresión volví a caerme, aunque no me hice daño. Ya sabía, ya sabía montar. Jefe quedó junto a las bicicletas, allá al fondo, quieto y con la mano levantada, saludándome.

                    Por fin di la vuelta a la arboleda. Me incliné un poco para tomar la curva frente al Polideportivo Salduba, enfilé despacio la recta llena de socavones, que dejaba a la izquierda la selva donde dos veranos atrás enterré un cofre con cromos, postales y unas cuartillas con mis ideas tras mi primer pecado contra el sexto mandamiento, un cofre que alguien desenterraría cuando años después arrancaran aquella frondosa maleza, hermosa, matizada de arbustos, matorral alto y de pequeños chopos y acacias, todo devorado para reinstalar el insípido y mal empleado Quiosco de la Música cuando lo trasladaron desde la plaza de Los Sitios, aquellos años nombrada como plaza de José Antonio, y donde sí alegraba su presencia.

                    Incluso me atreví con la pequeña rampa que quedaba a la derecha, cerca del asfaltado que flanquea la avenida de San Sebastián. Y en ese talud hasta serpenteé, me recreé con la palanca del freno, dirigía a placer el manillar y me parecía que los radios seguían al dedillo mis intenciones. Ahí y en ese momento fui consciente de dominar la bicicleta. La bicicleta carecía de faro y de piloto trasero, su esqueleto denotaba el frecuente uso y su manillar correspondía a lo que llamábamos bicicleta de paseo. No me importaba porque para mí era un descubrimiento, un descubrimiento que suponía una gozada, una explosión de entusiasmo como nunca antes había disfrutado.

                    Me adentré entre los pinos y sus agujas, que al alfombrarse mullían un suelo limpio, con alguna briznas de matorral. Me paseé entre ellos, reduciendo la velocidad y con la precaución de esquivar sus troncos. Regresé al camino y a la altura del quiosco del belga, a quien mis padres lo nombraban como el quiosco del nazi, apareció el pastor alemán. Aquel perro que obligaba a todos los niños a esquivar esa parte del camino y del pinar. Un perro que me ladró cuando crucé entre las mesas de la terraza, vacía aquella tarde, vacía como toda la arboleda. Realmente era el único que había alquilado una bicicleta y el único que paseaba por allí. Y, seguro de mí, al perro no le tuve ningún temor. Estiré hacia él la pierna izquierda, una y más veces, retándole, y se retiró, se retiró con un algún ladrido, pero se retiró. Y Jefe esperaba al final.

                    Qué chaval, ¿ya te has espabilado?, me gritó. Y el perro lobo quedó confinado en el límite del quiosco, junto a una de las mesas de tijera. A Jefe no le gustaba ese perro y mucho menos su amo. Una tarde que todavía iba en bicicleta de cuatro ruedas, le oí advertir al señor belga, un hombre rubio y de bastante envergadura, que como su perro se llegase hasta su puesto y asustase a algún crío, no volvería a verlo con vida.

                    Jefe era de hablar rápido y nunca lo recuerdo ocioso. Siempre hinchando ruedas, asegurándose de los cambios de velocidad, revisando llantas y palomillas, engrasando piñones y cadenas, limpiándolas con detalle, con ese puntillo con que se hacen las cosas que gusta hacer. Cuidaba de unas treinta bicicletas, la mitad llevaban barra y las utilizábamos los chicos, las demás carecían de ella y en ellas montaban las chicas. Además, disponía de una docena con el manillar que utilizaban los ciclistas de competición, que las llamábamos bicicletas de carreras, las que más gustaban a todos, aunque esa tarde todavía no las había estrenado. Bien chaval, te has portado como hay que portarse. Y tras aquellas palabras, sacudiéndome la ropa, regresé exultante a casa.

 

*El escritor Jorge Cortés me ha enviado, a petición mía, este relato inédito.

La foto la tomo de la red. Es de Carlos Carreter.

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