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ÁNGEL AZPEITIA: UNA ENTREVISTA

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[El pasado sábado por la mañana fallecía el crítico e historiador de arte Ángel Azpeitia Burgos (Zaragoza, 1933-2019), que trabajó durante 50 años ininterrumpidamente en 'Heraldo'. Hace algunos años, le hice esta entrevista, se publicó en la sección 'Clásicos y modernos' del dominical de Heraldo. La recuperó aquí; el funeral por el profesor de la Escuela de Artes y de la Universidad de Zaragoza tendrá lugar mañana a las 11 de la mañana.]

Ángel Azpeitia Burgos vive en museo particular de pinturas, esculturas, recuerdos, y muchos libros: habitaciones enteras repletas de catálogos, monografías de arte, volúmenes de narrativa y ensayo. Esos objetos que conforman una pasión, una forma de vivir y de estar en el mundo con curiosidad. En todas las paredes hay cuadros de pintores con los que ha conformado una sinfonía de amistad: Juanjo Vera, Daniel Sahún, Pascual Blanco, Martín Ruizanglada, Torcal, Manuel Viola, Julia Dorado, Eugenio Estrada, Virgilio Albiac o, entre otros, su amado Vicente Paricio, tan determinante en su vida. Él, antes de que apareciese en su vida HERALDO o la galería Libros de Víctor Bailo, fue uno de sus primeros estímulos. “Soy el quinto hijo de un médico de pueblo que no tenía ningún sentido práctico. Era un pequeño desastre con el dinero, yo creo que no cobraba a nadie. Había estado en Tauste y también en Calatayud”, dice el crítico e historiador del arte, que se recupera poco a poco de un infarto: en un rincón de su estudio reposa la silla de ruedas y de un lugar del techo penden unas anillas para sus ejercicios de rehabilitación. Dirá: “Cuando se ha sido tan activo, la dependencia es algo terrible. Es una experiencia dolorosa, de esas que te ponen a prueba en todos los terrenos”.

-Imagino que habrá tenido una infancia cómoda y culta...

-Cómoda no, pero culta sí. Mi padre se murió demasiado pronto y tuve que ayudar en casa. Mi madre era una mujer muy especial: había leído mucho, poseía un alto nivel de lenguaje y poseíamos una buena biblioteca. Aún conservo títulos de aquel fondo familiar. Estudié en Jesuitas y el arte empezó a interesarme un poco en el colegio. Con todo, mi primera escuela de arte fue el Casino Mercantil.

¿Por qué?

Allí veía las exposiciones de Vicente Paricio y nos hicimos muy amigos. Era un pintor social: hacía retratos elegantes y serios. A las damas las pintaba en traje de noche. También hacía paisaje y bodegón. Era una pintura fácil de entender.

-He visto que los pintó a usted y a su mujer María Luisa en torno a 1972.

-A María Luisa un poco antes. Decía que él solo pintaba lo que veía. Tuvimos que posar varios días para sus retratos al pastel. Fue muy curioso: él se preparaba varias conversaciones y temas para todos los días, y te daba conversación. Hablaba sin cesar de política, de arte, y tenía mucho sentido del humor y de la ironía. Veía un caballo que había un pintor famoso y decía: “Yo pinto mucho mejor los caballos”, y se reía. Recuerdo que me decía que cuando se hace un retrato el cliente se queda convencido del todo cuando sale guapo. Y él embellecía a las mujeres pintándoles los ojos más grandes y el cuello más largo. “A los hombres no se les pinta guapos: se les pinta importantes”, me decía.

-Por cierto, en el Casino Mercantil se presentó ‘Pórtico’ a finales de los 50.

No voy a mentir. No estuve en las primeras exposiciones de Pórtico, de Lagunas, Aguayo y Laguardia, aunque sí asistí a otra posterior donde solo estaban dos artistas, ahora no recuerdo con precisión: creo recordar un cuadro abstracto que me evocó una semana santa, vista desde arriba, con sus desfiles y sus capirotes.

¿Cómo se divertía en aquella Zaragoza amarilla?

Como podíamos. No teníamos casi dinero, y ahorrábamos varios días para poder salir de copas y de tascas de cuando en cuando. Pese a todo, salíamos: a mí me interesaba mucho la poesía y ofrecía recitales con amigos y en algunos salones. Teníamos entonces como pequeños mecenas que nos cedían un salón con piano. Yo escribía: gané un par concursos de poesía en Maristas y en la Facultad de Filosofía y Letras. No recuerdo las fechas, he perdido mucha memoria: soy un hombre de documentos y todo, todo lo tengo registrado en carpetas, fichas y ficheros y archivos. Era muy lector: de novela contemporánea o de ‘El paraíso perdido’ de John Milton. Antes de los veinte me había leído prácticamente toda la literatura clásica.

¿Quiénes eran sus amigos?

Alejandro García Anadón, José María Valdivia, que era pianista y hermano del escritor Eduardo Valdivia, venía de vez en cuando a nuestras reuniones. Recuerdo que íbamos a bares baratos como Casa Félix: allí tomábamos bocatas, vino y cacahuetes, muchos cacahuetes, y se permitía cantar.

¿Ya había entrado en la Universidad?

Yo soy un universitario muy tardío. Trabajé algunos años de comerciante de Ultramarinos y coloniales, pero al final entré en la Universidad. Me matriculé en Filosofía y Derecho, y dejé esta carrera en tercero. Antes de inclinarme definitivamente por Historia del Arte dudé mucho: quiso estudiar arqueología, entre otras cosas porque Antonio Beltrán Martínez era un profesor muy estimulante y activo y me había conseguido una beca para Francia y también estuve a punto de realizar una excavación en Nubia. También quiso ser geógrafo, pero finalmente opté por el mundo de la cultura. La universidad solo tenía un catedrático de historia del arte: Francisco Abad, era un clasicista que nunca se atrevió a pasar de Francisco de Goya. Hasta ahí podíamos llegar. Para entonces ya teníamos otra tertulia en el café Baviera.

¿Qué ocurría allí?

Hicimos una tertulia en el café Baviera. Yo no he sido de la Peña Niké, aunque estuve alguna vez. Nosotros también teníamos un grupo muy activo, tanto que fundamos un teatro de cámara, La Cigarra. Por allí andaban el cineasta Antonio Artero, el poeta Daniel Almárcegui, Alberto Castilla. Hacíamos piezas al aire libre: entremeses cortos y humorísticos. Recuerdo que en el Baviera había una escultura preciosa de Honorio García Condoy.

-Una de sus pasiones es el fútbol, en concreto el Real Zaragoza.

Me ocurrió una cosa muy curiosa. Cuando era representante de comercio visitaba muchos mercados, entre ellos el Mercado Central. Recuerdo que un día llegué por allí y dos vendedores discutían sobre el Real Madrid y el Barcelona. Y yo hice una observación sobre un jugador con un fatídico error: dije que jugaba en el Real Madrid  cuando lo hacía en el Barcelona. Hubo protestas a mi jefe, o por lo menos llegó a sus oídos mi metedura de pata, y él me sacó mi primer abono de socio del Real Zaragoza. Y estuve yendo, primero a Torrero y luego a La Romareda, muchos, muchos años.

-Cómo dio el salto a la crítica de arte.

Es casi un misterio. Fue en 1962 y yo era alumno todavía. El crítico de arte era Joaquín Aranda, se fue a Madrid a realizar unos cursos, y tenían que buscar un sustituto. Y un día me llamó Antonio Bruned y le dije que sí. Yo creo que le sugirió mi nombre una hermana de Andrés Galdeano, que era compañera mía de curso. Más tarde, regresó Aranda, pero no quiso hacer arte: se dedicó al teatro, al cine y a la literatura. Y aquí sigo: entonces la crítica de arte era diaria. O casi diaria.

Ha dicho usted que Francisco Abad no era un profesor avanzado. ¿Quién era su referencia?

Federico Torralba. No se puede decir que fuese mi maestro exactamente, entonces estaba en la Escuela de Artes, pero sí fue el gran defensor del arte contemporáneo en Zaragoza. Ese es uno de sus méritos. Esta ciudad le debe muchísimo. Lo difundía a través de su presencia en la Institución Fernando el Católico y de la Diputación de Zaragoza, estuvo muy cerca de muchos grupos y artistas, y más tarde fundaría galería. Yo empecé mi tesis sobre Marcelino de Unceta con Francisco Abad y la acabé con él.

¿Qué significó el periodismo para usted?

Yo he sabido mucho más cuál es la realidad artística a través de la crítica que de mis años como profesor.  El periodismo me conectó con la vida, con la calle, con el quehacer cotidiano de los artistas. Empecé a ver arte contemporáneo cuando empecé a ser crítico, no antes. El crítico de arte tiene una realidad inmediata con el arte. Y, en ese sentido, también fue más importante la Escuela de Artes que la Facultad: el hecho de que no hayamos tenido una Facultad de Bellas Artes ha sido un fallo terrible, esa ha sido una ausencia terrorífica sobre todo en un tiempo donde habría sido una lugar decisivo de formación. Pienso por un momento en la Escuela de Artes...

¿Por qué lo dice?

Hay varias generaciones de artistas que han sido, o son, profesores ahí o que se han formado entre sus paredes: Cano, Natalio Bayo, Pedro Giralt, Rubén Enciso, Vicente Villarocha o Pascual Blanco, que me ayudó en el tiempo en que yo estuve de profesor.

¿Qué crítico ha querido ser?

He cambiado mucho. Al principio, analizabas la obra en función de sus valores de ruptura o de novedad, qué elementos de modernidad y de vanguardia significa un proyecto. Más tarde, he intentado reflexionar sobre el binomio: lo que quiere hacer y lo que consigue el artista. A veces, hay artistas que te quieren hacer reír, y te hacen llorar. Y viceversa. Y poco a poco he acabado por desvincularme de problemas teóricos: mis críticas acompañan, sugieren, ayudan a ver. Y solo soy auténticamente crítico con las instituciones y con las políticas culturales. Me he vuelto más condescendiente.

¿Para que sirve el arte?

Es una manera de vivir. El arte es como el oxígeno: es imprescindible, al menos para mí. Imprescindible. Está en todo. Es compañía, es consuelo, es un latigazo de lucidez, es emoción. Y para mí también está ligado a la amistad y a un montón de amigos. A veces pienso que soy dadaísta. Los objetos de mi vida son mi arte y son un hilo de comunicación con un montón de artistas a los que  quiero y a los he seguido durante medio siglo.

 

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