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MIGUEL ANGEL MOTIS: UN DIÁLOGO

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El historiador y profesor de la Universidad de San Jorge Miguel Ángel Motis Dolader, uno de los grandes expertos en judaísmo y director del proyecto Sefarad, publica ’Vivencias, emociones y perfiles femeninos. Judeoconversas, inquisición en Aragón en el siglo XV’ (Dikinson S. L.).

 

¿Cuál es el punto de partida del libro, qué te interesaba contar y analizar?

Aunque parezca paradójico en un comienzo pretendía escribir una novela histórica –aspiración que mantengo viva– inspirada en los cerca de quinientos procesos inquisitoriales que he consultado a lo largo de mis años de estudio. Si bien, consideré que si me doctoraba previamente en Antropología, esa disciplina, unida a la Historia, me daría una visión mucho más plural y poliédrica para analizar las personas que discurrían ante el tribunal del Santo Oficio. En suma, quería analizar a través de las manifestaciones de mujeres singulares, a través de sus propias palabras, su mundo interior, sus miedos y anhelos, no meros arquetipos. Dicho de otro modo, una historia de los sentimientos femeninos en un contexto muy determinado.

-Se constatan, desde las primeras páginas, lugares comunes, que se creía que “la mujer es inferior al hombre, pues procede de él y le está subordinada”. Sin embargo, el libro es casi una demostración de lo contrario ¿no?

Es absolutamente cierto, la monografía creo que rompe, en buena medida, con el tópico de una mujer dependiente que pasa de la tutela del padre a la de su marido. Son mujeres capaces de afrontar su propia vida, especialmente en el hogar, pero no solo, donde una parte sustancial de esa autonomía la obtienen gracias a las redes de sororidad, de la amistad femenina. Curiosamente las viudas, que son las protagonistas de mis historias, gracias a los fueros de Aragón, que les permite administrar los bienes de su marido, se convierten en auténticas mater familias, en las rectoras de la unidad familiar, no solo en lo que respecta al destino de sus hijos sino en la asunción de las riendas económicas que ahora lidera.

-Recuerdas que hasta la Cábala sostenía que “el mal habita en la mujer”. ¿Cómo se llega a una consideración así?

En realidad, en el primer relato bíblico (Génesis 1,1-2,4) al narrar la creación del ser humano, se utiliza la expresión «carne de mi carne y hueso de mis huesos», lo que implica idéntica naturaleza de mujer y hombre; una identidad de destino y de dignidad. De hecho, la Shejiná, expresión de la presencia de la Divinidad, es femenina. Es solo tras la influencia de la mitología helenística cuando la versión más tardía (Génesis 2:4-3:24) establece la prelación «primero Adán, luego Eva», asumida por la literatura rabínica y escolástica, consolidando la preeminencia del varón, siendo el pecado original el inicio de una valoración moral entre varón y hembra. A partir de entonces en la narrativa de la Europa Occidental late una evidente misoginia, fundada en el patriarcado de tradición grecorromana, que se afianza en las tres religiones del Libro, respaldada por la patrística, la mística alegórica de la Cábala, o la teología islámica.

-¿Por qué eran ellas las depositarias de las creencias?

El judaísmo impregna toda la vida de la persona, no deslinda creencias o prácticas religiosas de su existencia cotidiana. Es además, una religión que se vive en comunidad y especialmente en el hogar, que es verdadero santuario para las mujeres, no tanto en la sinagoga, a la que los varones sí tienen obligación de asistir. A la mujer se le encomiendan los mandatos que tienen que ver con lo doméstico y la familia. Incluso es ella quien enciende las velas del Sábado con las que se inicia al atardecer, en que aparecen las primeras estrellas, esa jornada santa. Es ella quien inicia a sus hijos en las primeras oraciones y cánticos, educa sus sentidos, en la observancia de los ayunos y en el sentido de las celebraciones… En las fiestas se exaltan los valores femeninos de la casa, la familia, el linaje, lo interior, lo íntimo, máxime cuando son las que elaboran los alimentos, que constituyen un material simbólico de lo sagrado. Lo cotidiano se transforma mediante el ritual; lo doméstico se transforma en público al colectivizar el festejo. Eres judío por ser hijo de una madre judía, no porque practiques el judaísmo, de ahí la importancia de la familia y la memoria. El judaísmo quizás más que una religión de Dios es una religión de la Palabra.

-¿Qué traumas conlleva la conversión y por qué siempre las conversas, especialmente, estaban bajo sospecha?

Aunque nunca es acertado generalizar, de ahí que una parte de la Tesis que espero publicar en breve, contempla las microhistorias de cada biografía, porque se pierden los matices, los varones son más pragmáticos, ya que con la conversión pueden alcanzar todos los derechos que contemplan los fueros y convertirse en súbditos aragoneses, no solo vasallos del rey, escalando una parte de ellos puestos significativos en la elite mercantil del Reino. La mujer, por el contrario, es más doméstica, no le encuentra sentido cambiar de un cosmos de valores en el que se siente acogida, y lo hace muchas veces por proteger a sus hijos, mantener unida la familia o no quedar desamparada tras el bautismo de su marido. La conversión para muchas de estas personas supone perder su identidad y prescindir de unas prácticas que le confieren seguridad; sentir que la familia, los amigos y los vecinos pasan a ser extraños. Los inquisidores suelen decir que cuando las mujeres se reúnen sin presencia masculina se dedican a “confabular”, lo cual es de por sí sospechoso.

-¿Por qué se daba ese fenómeno de la conversión al cristianismo, que solía acarrear, tal como escribes, “efluvios de llanto”?

La conversión supone una transmutación del universo de las creencias y de los valores, muchos de los cuales –la Trinidad, la virginidad de María, la crucifixión, la eucaristía, el sacramento de la confesión, los santos, etc.– eran incomprensibles e, incluso, chocaban frontalmente con sus convicciones más íntimas. Una vez que toman el bautismo, son dejadas a su suerte y no reciben catequesis, sin embargo, mantienen los vínculos parentales, amicales y profesionales con los judíos. Así, sienten una profunda melancolía pues es una especie de renuncia a su identidad. Se sienten transterradas; en una periferia mestiza, nómada. Muchas necesitan apaciguar su llanto con otras mujeres como ellas, necesitan su consuelo. De hecho, es habitual su retorno a unas costumbres, a su cultura, pues son las únicas que conocen y dan sentido a su presente.

-¿Por qué te has centrado, sobre todo, en 24 viudas?

Antes de comenzar la investigación necesitaba seleccionar el perfil de las personas específicas, para ello partí de una serie de premisas. En primer lugar, escogí la década 1484-1492, por ser el período fundacional, y porque todavía no se había promulgado el destierro de Sefarad, de modo que conversos y judíos seguía compartiendo espacios. Además, son conversas de segunda generación, es decir, sus padres eran judíos, de modo que el judaísmo lo conocían solo a través de los ecos de la infancia; de ahí su necesidad de recordar olores (el potaje o hamín) o sonidos (las salmodias) de la niñez. Tercero, quería centrarme un tipo de conversa triplemente marginada por ser mujer, descendiente de judíos y viuda.

¿Por qué se da ese ensañamiento de seres marcados, por lo general, por la indefensión? Cuentas que les expropias casi todo y se vende en almoneda pública…

Gran parte de las viudas son penitenciadas –las sentencias absolutorias son mínimas–tras abjurar de sus errores públicamente en el interior de las iglesias o en los Autos de Fe, aunque las sospechas de judaización fueran leves. Ello entrañaba, por lo común, el que gran parte de sus bienes –con los que debían alimentarse en sus estancias en la Torre del Trovador o en las cárceles episcopales–fueran confiscados, colocándolas en una situación de pura subsistencia. Ello les sitúa en el umbral de la pobreza, cuando no en el ostracismo social, obligándolas a la reagrupación familiar tras perder su casa y trasladarse al hogar de sus hijos, padres, yernos o suegros. La situación es más desesperada cuando ejecutan también los bienes del marido y del progenitor, al punto de que será la Inquisición quien tenga que proveerle de alimento y suscriba las dotes de sus hijas doncellas.

-Dentro del carácter micro biográfico del volumen, hablas de la importancia de la intimidad, de las cocinas, de relaciones más o menos secretas de puertas a dentro. ¿De qué eran sospechosas?

En la intimidad del hogar las mujeres recobran su voz al encontrarse con otras mujeres con las que se sinceran. Las sospechas nacen muchas veces en la mente de los inquisidores o en la celosa vigilancia que son sometidas por sus vecinas, para quienes lo que no está presente en el espacio público es sospechoso. Es en la intimidad femenina donde siguen reconociéndose a través de celebraciones como el sábado, la alimentación, la oración -las judías oran cantando- y las creencias compartidas. Las confidencias circulan con mucha fluidez en los ámbitos privados, pues ellas encuentran en la palabra escuchada la intimidad emocional que precisan. Esos son momentos claves para mi investigación porque hablan en primera persona del femenino singular sobre su constelación de creencias, frustraciones, aspiraciones…

-¿Cómo se materializaban las herejías? ¿Cuáles eran esas prácticas mágicas que movilizaban al Santo Oficio?

El Santo Oficio persigue no tanto la herejía como a los herejes, donde la heterodoxia se fija mediante estereotipos construidos sobre manifestaciones externas, equiparando costumbres y creencias. Es decir, interpretar el fuero interno a través de un vademécum de conductas. No obstante, a lo largo de estas páginas creo que demuestro que la anatomía de sus supuestas herejías predomina no un componente dogmático o doctrinal, sino cultural y creencial, pues practican y apelan a ritos y creencias transmitidas de generación en generación, como los usos culinarios, la observancia sabática, los ayunos o las normas de pureza. A ello se unen los lazos de socialización que les permite paliar la soledad, la melancolía, la añoranza o la tristeza. Muchas son prisioneras de su pasado o su vulnerabilidad radica en ese tiempo pretérito de su vida ya vivida, donde nada pueden hacer por reconducirlo, pues se les juzga en ocasiones por lo que fueron, no por lo que son o desearían o hubieran anhelado ser.

-¿Cómo actuaba el Santo Oficio, cómo era ese radar complejo del sistema de escuchas?

Desde que se proclama el Edicto de Gracia, que disponen de un tiempo, en torno a cuarenta días, para declarar cuando se instala el tribunal en la ciudad y auto inculparse. Sin embargo, la conversa cae en una trampa letal, pues no solo debía confesar las prácticas heréticas -en gran medida prácticas culturales que aprendieron de sus madres, hermanas y abuelas-, con la garantía de aplicarle una sentencia más leve, sino que tenía que identificar las personas que hubieren participado en dichos actos. Bastaba con la mera sospecha que propagaba el virus de la murmuración y de las denuncias anónimas. De ahí que los inquisidores preguntaran si sabían, presentían, habías visto o había oído decir, considerando pruebas inculpatorias la pura subjetividad de las conductas.

-¿Cuáles son las historias que te parecen especialmente conmovedoras, marcadas por una arbitrariedad violenta, sin piedad?

Se aprecia una relación dialéctica –un pugilato desigual– entre la procesada y el inquisidor, que se traduce en un juego de estrategias. El magistrado imparte justicia basándose no solo en la doctrina sino en sus propias convicciones, en su percepción valorativa. Saben que luchan por su vida, que deben seleccionar los episodios de su línea argumental, minimizando los efectos de un enfrentamiento –la resistencia pasiva es la primera vía–, sin que se descubra la estratagema. Se trata de sortear la presión para no denunciar a familiares y amigos, buscando la benevolencia y el perdón del magistrado, pero sin simular (fingir) o disimular (ocultar).

-¿Cómo se podían salvar las mujeres, en qué casos eludían la cárcel?

Es cierto que las penas son más leves en el caso de las mujeres -la condena a la hoguera es muy superior entre los varones- y que la cárcel muchas veces se limitaba a un confinamiento en casa o en la ciudad, y transcurrido cierto tiempo se podía condonar por determinadas misas y rezos. En la confesión se describe un discurso patriarcal, disfrazado de paternalismo, donde las conversas al dirigirse a los magistrados acatan –o fingen hacerlo– la jerarquía institucional, colocándose en un plano de inferioridad al invocar clemencia y su condición de pecadoras con el fin atenuar la condena. Superando la primera fase de confusión, tras su detención, reconstruyen su discurso, en muchas ocasiones ayudadas por otras mujeres que comparten celda y que le brindan su experiencia. En un mundo pleno de gestualidad, el inquisidor quiere percibir señales que delaten que el dolor es verdadero y no fingido, entendiendo que las lágrimas lavan la culpa y la redimen; que el magistrado escuche lo que desea que brote de sus labios.

-En el libro se ve, que el fenómeno de la sospecha y la persecución se daba en todo Aragón: en las tres provincias, en Calatayud, Daroca, Monzón…

Desde sus inicios el Santo Oficio no necesita un gran despliegue de medios. Se basa en el conocimiento de la naturaleza humana tan dada al rencor y la delación. En cada ciudad o villa importante de Aragón, en las primeras décadas -más tarde se racionalizará la planta de los tribunales en Zaragoza y una porción de las tierras turolenses pasarán a depender de Valencia-, se instala un tribunal de distrito permanente o itinerante que recopila información a través de unos recursos mínimos (inquisidores, párrocos y familiares) y especialmente de los vecinos, que dispensan una inagotable fuente de información, paliando la precariedad de los medios con que contaba. La Inquisición logró desarticular numerosos linajes de conversos en aquellas localidades en que habían accedido a la oligarquía ciudadana y a los cargos concejiles. Fue especialmente contundente en Teruel por su defensa de los fueros.

 

-¿Servía de algo, de verdad, la confesión?

Debemos diferenciar dos confesiones: la sacramental -en la que los conversos, como gran parte de la sociedad cristiana, no creen- o la judiciaria. En la primera el inquisidor puede comportarse en este período como un confesor y suele ser más magnánimo, pero esta instancia desaparece cuando se ha producido la acusación de un tercero o a llegado a oídos del tribunal. La confesión y la abjuración ante el tribunal, para que surta algún efecto, tiene que ser persuasiva, convencer al fiscal y al magistrado, utilizar determinados códigos -asumir el castigo, suplicar misericordia, llorar, ponerse de rodillas, reconocer la naturaleza pecadora de la mujer- de su sinceridad. Si eso se produce puede evitarse la cárcel y la confiscación de la totalidad de los bienes.

-¿De qué eran culpables, si pueden decirse así, estas mujeres desamparadas? Les recriminan, incluso, que defiendan a los padres y a sus hijos...

En la Inquisición prima el principio de la presunción de culpabilidad, donde la mera sospecha podía ser causa de incriminación y donde las acusaciones eran secretas. Esas mujeres debían defender su inocencia, ante unos inquisidores son expertos en fracturar solidaridades una mera delación supone que se desmorone la cohesión de todo un linaje o una familia. Llama poderosamente la atención que una delatora muy valiosa para el tribunal es el servicio doméstico, ante cuyos ojos nada se puede ocultar, sin olvidar a sus antiguos correligionarios que, por ende, no estaban bajo la jurisdicción inquisitorial. Son ellos, y no otros, los que podían identificar perfectamente las conductas calificables de herejía. Es probable que sin la Inquisición, con un poder fabuloso, ya que controlaba el fuero interno de las personas, los conversos se hubieran ido paulatinamente integrándose en el tejido social, como venía sucediendo desde comienzos del siglo XV.

-¿Cuál es la lección para nuestra vida contemporánea de un libro como este?

Los libros de historia siempre tienen plena actualidad porque contamos el pasado desde la hermenéutica del presente para nuestros contemporáneos. Por sintetizarlo en dos ideas: el ser humano comparte los mismos miedos que el siglo XV, como es la soledad o la fragilidad humana, en segundo lugar, si somos capaces de empatizar y comprender al Otro, al distinto, podemos ver en ellos una parte de nosotros mismos. Es lo que denomina el desembarco en el nosotros. Se aprecia que tanto judíos, cristianos y musulmanes comparten unos fundamentos éticos que derivan de la Ley de Moisés.

-¿Cómo ha sido tu investigación, qué revelaciones esperan en los archivos y en los documentos?

Si Borges manifestaba que imaginaba el Paraíso como una inmensa biblioteca, al modo en que la describe magistralmente la de Alejandría Inés Vallejo, yo añadiría una insondable estancia con los documentos que ha habitado la Historia, pues a través de sus escrituras se ahonda en sus memorias, en sus recuerdos y sus realidades. Cuando entras en un archivo, pierdes la noción del tiempo y eres capaz de trascender los siglos para encontrarte con tus personajes y dialogar con ellos. La Historia no solo requiere fuentes sino imaginación, necesita imagen y palabra, pero ante todo necesita el milagro de la escritura como huella de su existir.

-Sé que es una pregunta difícil, porque sería para escribir cientos y cientos de páginas… Si tuvieras que decirlo en un telegrama, ¿cómo era aquel siglo XV, donde todo el mundo recela y tantos y tantos delatan?

El siglo XV, donde la ciudad es un mundo abreviado, es una centuria paradójica. De un lado eclosiona de modernidad pues comienzan a labrarse espacios de individualidad enclavados en una red vecinal -las redes sociales de la época-, pero donde todo el mundo se conoce y donde es difícil mantener secretos. Esto es cierto en especial cuando emerge la imagen del Otro a través de los judeoconversos que se sitúan en un espacio liminar, en el margen.

 

*La foto de Miguel Ángel Motis, explicando el judaísmo en Tarazona, es de Javier Bona.

 

 

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