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JOSÉ-CARLOS MAINER, DEL XX Y EL XXI

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José-Carlos Mainer: «La situación se remontará porque los medios materiales para hacerlo existen»

El catedrático de Literatura y director de varias colecciones es un estudioso de España y sus paradojas. Medita sobre el 2020 y el futuro que viene

 

 

¿Cuál es su primer balance del 2020?

A bote pronto se me presentan una serie de sentimientos a veces contradictorios: impotencia, inseguridad, temor, enojo…

¿Ha sido el año de la máxima fragilidad o ha sido otra confirmación de que la vida está siempre pendiente de un hilo?

Hablar de fatalidad tiene siempre algo de resignación y yo prefiero pensar en una fragilidad que tenga responsables: algo va mal en el progreso de la humanidad –al lado de otras cosas que están muy bien– al no prever un desastre y algo falla en la educación de los seres humanos cuando reaccionan con flaqueza, credulidad o egoísmo.

Se ha dicho mucho que de esta saldremos mejores. ¿Qué piensa?

Me remito a lo dicho: me parece que, en líneas generales, no saldremos mejores.

¿En casos como estos para que sirven la literatura y la historia? ¿Y la cultura?

La imagen que las artes y la cultura han tenido de las catástrofes colectivas ha sido en general pesimista: pienso en Daniel Defoe, H. G. Wells, Albert Camus o José Saramago… Pero también recuerdo que ese pesimismo suele salvar a alguien más lúcido o más abnegado. Por supuesto, la frecuentación de la historia del pasado o del presente, como el disfrute de las obras artísticas, nos reafirman siempre en nuestra dignidad de seres humanos.

Se paralizó prácticamente todo. ¿Había habido situaciones parecidas o eran más bien del campo de la ciencia ficción?

Es cierto que nunca ha habido una situación parecida tan rodeada de altavoces y cámaras. Seguramente, la llamada gripe española de 1918 dejó más muertos que los que dejará la pandemia actual y fue tan universal casi como esta. Pero aquella no paralizó la vida social ni engendró tanto miedo y tanta superchería… En aquel entonces la humanidad contaba con la existencia del sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Le eran experiencias más familiares que lo son ahora.

En una esfera cultural y literaria ha habido cosas que se han detenido: las ilusiones puestas en los centenarios de Galdós y Delibes, por ejemplo. ¿Ha servido de algo su celebración amortiguada?

Es una pena porque Galdós y Delibes, cada uno a su modo, son espléndidas experiencias de humanidad, con lecciones muy vivas para este país que amaron tanto. Pero yo creo que han estado presentes: en las exposiciones que les dedicó la Biblioteca Nacional, por ejemplo, o en el caso de Galdós en el reciente homenaje del Instituto Cervantes. Ha sido triste, sin embargo, el caso del Premio Cervantes de 2019, el poeta catalán Joan Margarit, al no celebrarse el acto oficial de Alcalá de Henares, la exposición que le acompañaba y una presencia más constante en la prensa. Margarit ha escrito con sabiduría y coraje sobre la experiencia de envejecer, sobre la muerte de un ser querido (su libro Joana, dedicado a su hija, es estremecedor) o sus memorias sobre la miseria colectiva de una guerra civil y la primera posguerra (‘Para tener casa hay que ganar la guerra’).

¿Qué hechos, premios, publicaciones le han emocionado o gustado?

Afortunadamente han sido bastantes… La circulación de los libros sigue dando sorpresas: son los vehículos mejores de la buena literatura (la red se va conformando con la literatura de recetario y nula exigencia) y en plena pandemia, se han vendido bien los libros y han salido novedades. Aquí mismo, tres paisanos nuestros –José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón y Agustín Sánchez Vidal– han publicado estupendos relatos. Y Olvido García Valdés y Eloy Sánchez Rosillo han sido fieles a sus temas poéticos en otros dos libros magníficos. Y Jorge Carrión ha publicado un buen ensayo sobre lo que está pasando: ‘Lo viral’.

La política, ¿ha salido bien parada o ha mostrado más que nunca su egoísmo y su sectarismo? Parece que la España de Gil de Biedma antepuso su propio sálvese quien pueda y el azote al rival al hecho de hacer piña ante una adversidad común.

Así ha sido. En pleno apogeo del nacional-populismo (en sus variantes presuntamente izquierdista y manifiestamente fascista) la política ha demostrado su bajísimo nivel: peleas tabernarias en el parlamento, exhibiciones de presunta madurez a través de declaraciones larguísimas, cambios de opinión inmotivados y generalizada satisfacción por haberse conocido… Hablo de España, por supuesto, pero lo mismo podría decirse de Estados Unidos, del Reino Unido, un poco de Italia y de Bélgica…

¿Qué le ha emocionado especialmente de la sanidad pública?

He tenido ocasión directa de apreciar –precisamente en estos días– la calidad humana, la abnegación y la entrega del personal (médicos y auxiliares) del Hospital Miguel Servet. Y me complace poder decirlo aquí: tenemos una sanidad pública que merece, además del reconocimiento de todos, los medios que se le escatiman desde los recortes de 2010. Los que aplaudían a nuestros sanitarios desde los balcones, cuando el primer confinamiento, sabían lo que hacían.

¿Cuál ha sido el comportamiento de Aragón en el panorama nacional?

No creo que haya sido nada especial; en general el carácter regional suele tender a la ponderación y tiene cierta alergia a los altibajos de ánimo. Eso es bueno en tiempos de tanta incertidumbre y tanta propensión al alarmismo.

¿Qué porvenir nos espera, cómo remontaremos la crisis, el miedo? Ahora llegamos a la Navidad, al Fin de Año. ¿Cómo ve estas celebraciones, hoy tan anómalas?

Es indudable que la situación se remontará porque los medios materiales para hacerlo existen. Lo que quede del miedo de estas jornadas, de la sospecha de todo y de la docilidad ante los bulos, ya es harina de otro costal. El baile de decisiones políticas en torno a las fiestas navideñas y las demasías de las gentes –compras, viajes, celebraciones…– han sido un espectáculo penoso de inmadurez colectiva.

¿Qué reflexiones le anima que el país más rico del mundo sea uno de los de mayor contagio también?

El país más rico del mundo es una admirable sociedad que se ha constituido a base de un individualismo feroz, de una elevada autoestima colectiva y de una competitividad tan cruel como eficaz. Donald Trump no cayó del cielo… Y aquí al lado de nosotros, Boris Johnson ha confiado durante mucho tiempo en la eficacia de la «inmunidad de rebaño» (hasta que las cifras de muertos fueron insoportables) y sueña con un acuerdo general de comercio con Estados Unidos que le libre de tener que tratar con Macron y Merkel…

¿En qué cree que ya nos ha cambiado la vida para siempre?

No lo sé. Pienso más en lo que saldrá gravemente dañado de los días vividos: la restauración y los bares, el turismo, las empresas de viajes, el cine en pantalla, la música en directo. Antes decía que los libros y los libreros han sobrevivido más o menos bien; ojalá pudiera decir lo mismo del teatro (una víctima de la que se habla demasiado poco), o de las salas de exposiciones más creativas y arriesgadas.

La opinión pública se enfrenta con recelos a la vacuna. ¿Hay motivo?

Creo que aquellos recelos fueron provocados por lo prematuro de las encuestas… y por el catastrofismo de los medios que ‘contagiaron’ a sus encuestados. Otra cosa es que toda esta carrera de las grandes compañías farmacéuticas haya tenido más de lucha por el lucro (y por orgullo patriótico también) que de competición científica, como en los tiempos de Louis Pasteur y Hedwig Koch.

 

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