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F. MARIAS & CRISTINA CERRADA: DE LA LOCURA DE AMOR, DEL COTIDIANO AMOR

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Fernando Marías (Bilbao, 1958) y Cristina Cerrada (Madrid, 1970) llegaron a Zaragoza con la desarbolada fuerza del cierzo y con dos nuevas novelas en las librerías: “El mundo se acaba todos los días” (Premio de Novela Ateneo de Seveilla; Algaida) del primero y “Calor Hogar S. A.” (Premio de Novela Ateneo de Sevilla) de la segunda, ambas publicadas por Algaida. Las dos novelas presentan algunos puntos de encuentro: son dos historias de amor, defienden la importancia del argumento y la creación de personajes ambivalentes, tamizados por la contradicción y la angustia.


         Fernando Marías se encuentra en un gran momento. Desde hace tres o cuatro títulos, desde que nos conocimos en Zaragoza, en Tarazona y luego nos volvimos a ver en Toledo, me envia sus libros. El éxito de los premios distingue sus últimos libros. A finales de la primavera ganaba el premio Anaya de literatura juvenil con “Cielo abajo”, una narración situada en la atmósfera de la Guerra Civil, y más tarde se alzaba con el prestigioso premio de Sevilla. “Todas mis novelas son distintas. ‘El mundo se acaba todos los días’ es una historia de amor que viven y recrean dos personajes: Miguel Ariza, dibujante de comics, y la presentadora de televisión Amparo Sanz. El libro se sitúa en 2015 porque eso me permite hablar de la televisión del futuro, desmesurada, y a partir de ahí Miguel recreará con un discurso muy masculino la historia de amor hacia Amparo que empezó el 11-M, una fecha que marca una inflexión en la historia de España, y que me permite que vaya hacia delante. El hecho de que el presente se sitúe en 2015 crea inquietud, resulta extraño y perturbador”.


Marías narra el reencuentro entre los dos amantes, sobre todo cuando Miguel, encerrado en sí mismo, sabe que Amparo se ha retirado a un pueblo de la costa a morir, porque está enferma de cáncer y va a verla porque “quiero abrazarte por última vez. Lo necesito”. El libro alterna los recuerdos, recompone la pasión, rememora el libro “Televisión y sangre” que publicó Amparo y aborda una suerte de descenso a los infiernos de un hombre que vivió al límite de la autodestrucción. “En este libro hay muchos elementos autobiográficos: como el protagonista, yo llegué a Madrid con 17 años; tuve una complicada relación con el alcohol, que estuvo a punto de dejarme turulato. En cierto modo, en este libro hay muchas cosas de lo que soy y lo que hecho, aunque no participé de todo lo malo”.
Marías tiene que inventar dos voces que se interfieren y se complementan y el libro avanza hacia un final casi inverosímil, grotesco, trágico. “Hay muchas cosas que me gustan en la novela: cómo Miguel se queda fascinado con esa voz que desmaya las sílabas al final de cada frase, cómo la espía, como la da con ella mediante un contacto que parezca casual. El libro entonces es como una novela negra o de espionaje. Y ahí reflexiono sobre lo desvalidos que están los personajes públicos, en cierta manera este espionaje es una variante de aquella idea de ‘se puede matar a cualquiera’. Y hay muchas más cosas, claro, como esa reflexión sobre la televisión del futuro que premia la mezquindad, los delitos sexuales, incluso los crímenes. Es posible que sea a sí, aunque yo creo que eso no va a ocurrir, pero los novelistas tenemos que contar excesos”.


Fernando Marías, que siempre elabora mucho la estructura de sus novelas, se confiesa lector de James Ellroy, Cormac McCarthy, Albert Sánchez Piñol o Adolfo García Ortega, “que es el novelista español que más me interesa”. Dice, a modo de compendio de su novela: “Me interesan las historias desgarradoras. Tengo tendencia a que mis historias acaben mal, pero las historias que acaban trágicamente resultan más conmovedoras. Perturban más los personajes que acaban trágicamente; los seres trágicos, como los perdedores, son los que mejor funcionan”. Sin embargo, a veces cambia de registro como hizo en su elogiado libro: “Cielo abajo”. “Ahí me propuse jugar con las reglas de la novela clásica y épica de aventuras para lograr que al lector se le saltasen las lágrimas. Alguna gente me ha llamado y me ha dicho que le había ocurrido eso. Y estoy muy feliz”. Fernando Marías ganó el premio Nadal con “El Niño de los coroneles” (Destino, 2001) y antes el premio Ciudad de Barbastro con “La luz prodigiosa” (1991), que fue llevada al cine.


Cristina Cerrada (Madrid, 1970) había destacado hasta ahora por la potencia de sus relatos breves, influidos por la maestría de Raymond Carver. “Calor Hogar S. A.” es su primera novela. “Mis historias de amor son mínimas, no son épicas. No me preocupa que sobresalgan tanto los aspectos nobles o épicos del amor, como los más fallidos y azarosos”. Cuenta la historia de Víctor Ripstein, empleado de una empresa de climatización, que es abandonado por su mujer Diana, que ha sido como protectora constante, una madre, alguien que se encargaba de hacérselo casi todo. Al poco tiempo debe hacer un viaje de trabajo a Próspera, y allí conoce  a Abril, con la que entabla una relación que pone en juego muchas cosas: su identidad, el compromiso, la fuerza del amor, las contradicciones, la angustia.


“El viaje a Próspera es una metáfora de la vida misma. Víctor no quería cambiar ni crecer, pero a partir de entonces debe tomar decisiones. Abril es como un personaje antagonista y allí vivirá una especie de oasis amoroso ambivalente. Al principio Miguel era egoísta, no sabía moverse en el mundo, debía ser protegido, y ahí, en Próspera, para a cuidar de los demás”. Al inventar Próspera, Cristina Cerrada pensó en un pequeño pueblo aislado, lejano, muy visitado y muy frío de los Pirineos o de Teruel. Rinde homenaje al cine, en concreto a la película “Mogambo”, se habla de la pasión de Clark Gable hacia Grace Kelly y Ava Gardner, y explica que el cine es esencial en su novela, que está organizada como una sucesión de planos. “También es muy importante el diálogo. Hemingway es el maestro del diálogo, que tiene una fuerza tremenda, y el estilo directo que uso procede de ahí. Si un diálogo es bueno,  una novela puede ser admirable, pero si te confundes, el libro puede ser horrible y ramplón. Yo con la novela he querido plasmar la angustia del personaje, pero sin decirlo. Adoro la sutileza, la elipsis. Creo en el argumento, que para mí es vital, no me gustan las novelas que desprecian la peripecia, y soy una decidida partidaria de la magia de lo cotidiano. Escribo pensando en no aburrir”.


Aficionada la narrativa anglosajona, en concreto Richard Russo, Richard Ford (uno de sus libros favoritos es “Incendios”) o Tobbias Wolf, elogia espontáneamente la limpidez narrativa de Javier Tomeo o Ignacio Martínez de Pisón.

*La fotografía, impresionante en su justo formato, es de José Miguel Marco, fotógrafo de HERALDO.

11/11/2005 01:17 Enlace permanente. sin tema

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