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DANIEL SAHÚN: UNA VIDA EN LA ABSTRACCIÓN

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Soy amigo de Daniel Sahún (Zaragoza, 1933) desde hace casi dos décadas. Amigo y admirador absoluto de su pintura. Y de su timidez, y de su pequeño estudio, y de esa pasión permanente por el trazo y el gesto. Como alguna mucha gente, durante algún tiempo pensé que Vera y Sahún era la misma persona, un único pintor. Son uno en dos, son dos en dos, son Juan José Vera y Daniel Sahún: son artistas múltiples y complementarios que asumen el legado de una tradición y la ensanchan. Poco a poco, quizá a través de la amistad con sus hijos, fui conectando más con la obra de Sahún, fumador, solitario, apasionado por la música y casi siempre sigiloso. Una vez me pidió un texto para un catálogo, y fue una de las experiencias más difíciles. ¿Qué palabras se le podían poner a una pintura tan abstracta, de sesgos informalistas, tenebrosa al principio, pero con ráfagas de claridad luego? ¿Qué vocablos debía usar para hablar del niño asustado que había en el hombre, para hablar de las pesadillas y de la lenta asimilación de un dolor antiguo, de las visiones casi alucinadas de la infancia y la juventud, de la huella espiritual, saturada de enigmas? 

En cada catálogo he aprendido mucho. Siempre hay que buscar un punto de vista, una teoría. Sobre todo, he aprendido a respetar a cada artista, a sumergirme en su mundo, he intentado ponerme en su piel. Daniel Sahún viene de la abstracción de Pórtico, del Grupo Zaragoza, en el que militó desde 1963 a 1967 al lado de gentes como Juan José Vera, Ricardo Santamaría, Hanton González. Y viene del collage, del uso de detritos y derribos, de las arpilleras, de un expresionismo que a veces tiene algo de cristal, de luminosidad apabullante y lírica. Daniel Sahún es un pintor difícil, sin anécdota, telúrico y rabioso, pero apasionado: un pintor que aprendió con Santiago Lagunas, con quien trabajó de delineante, un pintor del color y del gesto, un pintor arrebatado que sigue el camino de la intuición, la mecánica íntima de la pulsión de la sangre, de la urgencia de vaciarse. 

“Sahún. La construcción incesante de la pintura” es el título genérico de la Antológica que se inauguró ayer en el Palacio de Sástago, consta de más de cien obras del creador, abarca todos sus periodos, y ofrece cuadros extraordinarios. Varios, bastantes. Es una exposición llena de sorpresas, de tensión, de intensidad cromática. La sala final de papeles es estupenda. El artista estaba feliz (y habló casi menos de lo justo: dio gracias y mostró su sonrisa modesta), igual que la diputada Cristina Palacín y el comisario Manuel Sánchez Oms. Y en el fondo, tratándose de un trabajador incansable y discreto, de una afabilidad sin resquicios, de un místico pagano embrujado por el jazz, casi todo el mundo estaba muy contento. Luis García Bandrés analizaba cuadro a cuadro y se deslumbraba en cada sala. Su actitud, tan sincera, refleja un estado de ánimo, una convicción y una forma de querer y admirar a Daniel Sahún bastante unánime.

*La foto es del servicio de prensa de la Diputación de Zaragoza.

12/05/2007 09:41 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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