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HOLYFIELD-TYSON. CRÓNICA DE UNA PELEA MÍTICA*

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EL ELEGIDO DE DIOS 

Un gesto premonitorio precedió al nuevo combate del siglo: Mike Tyson tenía tantas ganas de acabar que, cuando emprendió el camino del ring, mostró su mirada de caníbal, alzó con desprecio su cuello de búfalo y soltó un fiero manotazo a uno de sus excéntricos acompañantes que parecían mafiosos con camisas de lunares negros, sombreros de fieltro y botines de charol. Se le vio ya, en el túnel que precedía a la debacle, airado, roto por los nervios, excitado por la sospecha del miedo. Antes había salido Evander Holyfield con su majestuoso porte de atleta griego; se le vio caminar armonioso y tranquilo con su batín lila. Fue recibido con un clamor unánime; la gente estaba con él y lo comprobó unos instantes después: el nombre de Tyson quedó sepultado bajo un desdeñoso y apabullante abucheo. El mundo entero había apostado por El terror del Garden, 25 a 1, todos los periódicos americanos --salvo uno-- vaticinaban su triunfo por la vía rápida, y los promotores también: Tyson recibió treinta millones de dólares y Holyfield sólo once.        

Pero íntimamente muchos soñaban con una victoria del ex--campeón: aquel guerrero de corazón de león de 34 años, un hombre ejemplar que no sabía lo que era enfrentarse a un paquete ni que nunca había visto correr ante él, como una liebre aterrorizada, a ninguno de sus rivales. La gran mayoría de los 16.325 espectadores reconocieron sus atributos de púgil a la vieja usanza: fibroso, audaz, rápido y valiente. En aquella noche de sudores compartidos, algunos recordaron sus esfuerzos para llegar hasta allí: sus interminables sesiones en la piscina, sus miles de kilómetros a lomos de una bicicleta, su modélica actitud dentro y fuera del cuadrilátero, su furia tranquila, quizá por ello engañosa. O esas peleas que él hizo siempre épicas, ganase o perdiese: sus tres enfrentamientos con Riddick Bowe, su disputada derrota con Michael Moorer, sus encarnizadas pero hermosas y dignas contiendas con Georges Foreman, el sargento indomable Ray Mercer o Bobby Czyz.
        

No hubo miradas de odio. A Holyfield no le gustan las bravuconadas; todas las había gastado ya su adversario cuando dijo, antes y después del pesaje, que sólo podría ser vencido si se quedaba sin una mano. El boxeador de Alabama se había pasado demasiadas horas estudiando los gestos de su contrincante, midiendo sus pasos en los vídeos, observando cómo mece la testuz, cómo avanza con la espalda tiesa y un ademán de gorila, cómo saca con un movimiento inapelable pero en corto, brutal como una demolición, sus mazas de carne y piedra. Y en esas horas de gimnasio --hizo de todo como siempre, incluso efectuó sesiones agotadoras de danza y esquiva con bailarines profesionales, y vio varias veces el combate entre Cassius Clay y el predicador Cleveland Williams en 1966, el combate más perfecto que haya efectuado jamás un peso pesado-- descubrió los puntos débiles de Tyson: su pálida inteligencia, su fragilidad mental cuando no logra impactar, su boxeo caliente y poderoso pero enceguecido, pugilismo de vendaval y tejón que no cesa, pensó, la desesperada vehemencia con que busca el final.
        

Había tensión, fuego en el cuadrilátero, ira antigua, el aroma de intensidad carnal que se le exige a una gran velada. El combate, desde los primeros instantes, desde antes de que Mitch Halpern les recordase cómo debían comportarse y lo que la humanidad desvelada esperaba de ellos, parecía condensar la leyenda y la sangre de otras peleas inmortales: aquel Clay--Frazier del 8 de marzo de 1971 en el Madison Square Garden, cuando El Loco de Louisville saltó por los aires en dos ocasiones, a pesar del rugido de la muchedumbre; la noche en que Rocky Marciano pulverizó el cuerpo oscuro de Joe Louis; la furia innombrable que se cruzaron sobre el tapiz Marvin Maravilla Hagler y Ray Sugar Leonard, el tigre y la mariposa; la épica sangrienta de las batallas a muerte casi entre Jack La Motta, Toro Salvaje, y Sugar Ray Robinson en los años 50.
        

Mike Tyson estuvo a punto de reventar Las Vegas (y a todo el planeta despierto) con un golpe a los diez segundos: se echó hacia el centro del ring y buscó el mentón de su oponente, no le cazó de milagro. A partir de ahí, Evander Holyfield se agigantó: advirtió a Tyson que no iba escapar y que tenía unas grandiosas ganas de gresca, pero en su terreno y a su modo. Es decir, gresca librada con astucia, con ligereza diabólica y con parsimonia, pero lejos del cuerpo a cuerpo. Holyfield tejió un laberinto inaccesible a la pegada de Tyson, enfrió la batalla, le desafió una y otra con ganchos contundentes y dominadores a la contra, y tuvo la sangre helada de no enmarañarse en el clinch. Si el otro se removía en pos del golpe recto, le trababa con los brazos; le tendía una emboscada y le martilleaba la cara con calculada obstinación desde la distancia.
        

A Mike Tyson le asomaron, lentamente, los primeros fantasmas. Y el presagio de otra noche funesta como aquella de Tokio en 1990 empezó a robarle el pensamiento. No encontraba huecos en el musculoso cuerpo del enemigo ni flancos de acceso a su barbilla. Si en alguna ocasión impactaba, se encontraba con una sucesión de respuestas inmediatas que le hacían retroceder, que le magullaban el cerebro y su opaco entendimiento. Casi sin quererlo, se hallaba aprisionado entre sus bíceps o intentando escabullirse de su bruñida calva. Miraba y miraba, pero no descubría ni un sólo resquicio de temor en su oponente. Al contrario, cada segundo que pasaba, Holyfield parecía tornarse más desafiante, más seguro de su trabajo de derribo sin prisa. Tyson respiró un poco en el quinto asalto y creyó, tal vez, que no todo estaba perdido; su adversario había acusado el peso de sus mazas y por primera vez había ganado en la puntuación parcial.
        

Sin embargo, esa interpretación había sido un espejismo. En el segundo minuto del sexto asalto besó la lona y aguardó, con tanta palidez como sorpresa, la cuenta de protección. Le habían temblado el vientre, las nalgas y las estrellas del destino. No se encontraba, estaba fuera de sitio y Holyfield empezaba a ser el que siempre había sido: un boxeador en línea, académico y rítmico, dominador y bailarín, un gigante insaciable desde el centro de la lona que ignora el retroceso o cualquier otra suerte de cobardía. Aquélla --se percató de inmediato-- no se parecía en nada a la legendaria noche de Tokio; entonces había perdido él mismo por exceso de mala vida y escasez de gimnasio ante el desconocido y fugaz James Buster Douglas, por puro menosprecio, pero aquí le estaba ganando el otro: un boxeador tallado en bronce, descaro y preparación, un gladiador con clase y oficio que creía en sí mismo. Su nombre se alzaba desde el fondo de la tierra y aleteaba por todos los rincones de su cerebro como un gigantesco pájaro de rencor: "Holyfield, Holyfield, Holyfield", vociferaba la multitud que le odiaba y que se sentía feliz, oceánica, imparable, ante su fracaso.
        

La sangre que le brotaba por la ceja y la entereza del aspirante, se lo dejaron claro: Holyfield, el bueno de la velada, el elegido de Dios, iba a ganar. El décimo round fue demoledor: Iron Mike recibió una combinación interminable de golpes, el vendaval que le habría correspondido desatar a él y se quedó turulato, con el mentón triturado, sonámbulo; sólo le salvó el sonido milagroso de la campana. Se sentó en el rincón con el rostro ardiente, los miembros debilitados, tragándose la rabia, las vanas bravatas, arañándose el último escozor de la poca jactancia que le quedaba. En ese momento, no era nadie y soñó (o creyó soñar) que sus preparadores lanzaban una toalla de redención como quien lanza una paloma derribada; sin duda entonces recordó su sórdida y desamparada niñez de degollador de palomas: se vio a sí mismo retorciéndole el gaznate del animal, palpando el bulto pegajoso, la suciedad brusca y sanguinolenta que se adueñaba del claro plumaje. Soñó con una toalla de salvación, decíamos, pero eso no sucedió y volvió a salir para ser humillado; en esos segundos acelerados que se anticipan al gong postrero, atisbó a su rival: estaba entero, con la fortaleza renovada y la determinación de un criminal. Y se preguntó quién le había vuelto a traicionar o, sencillamente, por qué no le había respetado, por qué no se dijo a sí mismo que Evander Holyfield, el atleta de Alabama, el mensajero de Dios, era un profesional insobornable, amasado con inteligencia y sacrificio, el tipo más duro y más listo al que se había medido jamás.
        

Un minuto después, Mike Tyson era sólo una mole sin respuesta, una sombra disuelta en despojos e impotencia, un mito apaleado y un hombre al fin, una criatura vulnerable. En algún instante, cuando todos celebraban al nuevo ídolo y el speaker anunciaba la frase mítica --la frase que estremeció a Clay cuando era un niño y empezaba a saber quién era Rocky Marciano: The heavyweight champion on the world is... Evander Holyfield-- se acercó a su esquina y lo miró a los ojos: "Sólo quiero estrechar tu mano y tocarte. Tengo por ti el mayor de los respetos".


         Evander Holyfield le dijo que se sentía orgulloso de haber ganado al mejor peso pesado del mundo, que le agradecía que le hubiese dado aquella oportunidad y buscó a su mujer, que también es su médico y su psicólogo. La besó y le pidió una gorra que llevaba esta leyenda: Jesus is Lord. (Jesús es el Señor). Miró a todos y dijo: "He aquí mi talismán. Mi golpe secreto. Sabedlo".

 *Hace algunos años escribí este relato para un volumen colectivo de autores argentinos y aragoneses, y lo recupero aquí. Hace algunos días vi de nuevo la película "Marcado por el odio", con Paul Newman, y recuperé el gusto por las películas de boxeo de mi infancia, que veía con mi padre. En la foto, la modelo Heidi Klum con Evander Holyfield.

08/08/2007 21:29 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: Blanca Bk

Muy bueno el texto y muy buena la foto. ;)

Fecha: 09/08/2007 12:15.


gravatar.comAutor: Mike tyson

Admito que Evander Holyfield a sido uno de los mejores boxeadores,pero por favor,no lo compares con el mitico mike tyson su rapidez pegada. resistencia y su tecnica.Si gano el combate ,pero no lo gano al mike de los buenos tiempos de los 80 de ese mike k fulminaba a sus enemigos que los masacraba.I el señor holyfield tuvo suerte en la revancha de ser descalificado porque mike tyson se lo estava llevando por delante a el elegido de dios eso es todo ,por favor ,no agas comparaciones de este tipo.
Mike Tyson el mejor boxeador de todos los tiempos

Fecha: 19/08/2008 02:20.


gravatar.comAutor: hector jara

aquel que diga que Tyson es superior a Holyfield no entiende de boxeo, Evander peleó con Bowe, con Foreman, con Moorer, con Ray mercer , destruyó facilmente a buster douglas , aguantó 24 rounds con lenox lewis,.....tyson fue destruido por lewis facilmente, por años intentó Holyfiel cuando mas joven pelear con tyson pero este lo temia y lo rehuia, tyson nunca peleo con verdaderos campeones excepto un viejo holmes y un buen campeon como trevor berbick, iba a durar 10 rounds a Bowe y probablemente iba a ser noqueado por foreman, además mordió a holyfield en la segunda porque sabia que iba a pique....por favor si no entienden no opinen, descubren su ignorancia boxistica.

Fecha: 06/09/2014 03:19.


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