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Antón Castro

EN LA MUERTE DE LA PINTORA MARÍA PILAR BURGES

EN LA MUERTE DE LA PINTORA MARÍA PILAR BURGES

[Ayer fallecía en su ciudad, Zaragoza, la pintora María Pilar Burges. La entrevisté en 2006, en dos tandas; la entrevisté apareció el 17 de diciembre de ese año en la serie "Clásicos y modernos". Ya entonces se fatigaba mucho. Ha seguido escribiéndome; hace poco me mandó dos grandes fotos de su visita a Fayón con motivo de los últimos frescos. Me mandaba “dos ampliaciones en color de 30 x 42. (…) Esos frescos son el ‘florón’ de una anciana pintora. Tengo mucho que decir sobre ellos –precisamente en el siglo XXI. A ver si hablamos frente a mis obras. Ya te contaré”. Por atrás añadía otros datos. Quería publicar su tesis doctoral, pensaba si tenía fuerzas para emprender la tarea de hacer una antológica (le insistí varias veces, hablé con Carmen Bartolomé de Cajalón, con su sobrina Mary Burges y con Jaime Esaín acerca de ello)  y quería volver a escribir teatro. Cuelgo aquí la entrevista, que ha sido el material más directo para recomponer su existencia en la necrológica que aparecerá mañana en Heraldo.] 

“PINTAR HA SIDO UNA AVENTURA:SIEMPRE HE PINTADO DE VEDAD” 

María Pilar Burges Aznar (Zaragoza, 4.02.1928) encarna el espíritu de creación. La pintura ha sido su oficio y su delirio. Su padre, Juan Antonio Burges, ya le guardaba sus dibujos de niña, y uno de los mayores sofocones de su infancia nació de una escena de película: había amontonado un montón de cuartillas, de tarjetas y de papeles de publicidad en el balcón de la casa de la calle Roda, hoy Santa Isabel, y de golpe se levantó un golpe de cierzo que se llevó los dibujos, los esbozos, las manchas por los aires. María Pilar Burges se deshizo en lágrimas: “Siempre he sido muy realista, como mi padre. Me di cuenta de que perdía todo aquel material para siempre”. Su padre tuvo un gesto de sabiduría y de “sincera compasión”. Le dijo: “No te preocupes. Harás muchos más y mejores que éstos”.  

-Con un padre así cualquiera, ¿no?
-Heredó la representación de Martini Rossi de mi  abuelo, al que conocían como “el hombre de Martini en Zaragoza”. Mi abuelo paterno vivía en una espléndida casa con jardín, es posible que le tocase la lotería, y debía tener un antepasado inglés o escocés, el bisabuelo o tatarabuelo Ivo, que se llamaba Burgess. Mi padre heredó su trabajo: era un hombre formidable, jamás pegaba a un niño, había sido boy scout de la rama más inglesa. Fue uno de los fundadores del Iberia, conservo por ahí el acta de fundación escrita por dos caras que se redactó en unos bancos de la plaza del Pilar, y además era protector de boxeadores, financió en algún momento a José Oto, que venía bastante por mi casa. Mi padre y yo éramos ambos muy discutidores y muy lectores. Él tenía más experiencia que yo, pero rara vez le daba razón. 

-¿Llegaban a enfadarse?
-A veces. Recuerdo que, en una ocasión, discutimos tanto que yo me enfadé y tiré del mantel y arrojé toda la vajilla de la mesa. Vi cómo se le ponían blancos sus claros ojos azules, y yo también me quedé horrorizada. Mi madre dijo: “No habléis hasta que no hayáis tomado el primer plato”. Fue durante la Guerra Civil, que no fue lo peor: lo terrible vino luego con la posguerra porque no quedaba absolutamente nada. 

-¿Cómo influyeron sus padres en su vocación?
-Fuimos cinco hermanos. Dos se murieron pronto. Yo recuerdo que mi padre me llevó a oír al jotero navarro Raimundo Lana y a ver los ballets del marqués de Cuevas. Cuando reproduje unos fragmentos  de “El lago de los cisnes”, creo que con bastante exactitud, mi padre se quedó obnubilado. Allí aprendí o intuí algo decisivo: el movimiento en el espacio, que no sólo afecta a un bailarín o a un actor, sino a un pintor. Mi madre era una gran lectora también, había tenido una modesta formación en piano y francés, pero lo que le gustaba era la lectura. Leyó a Simone de Beauvoir en francés y una vez me dijo: “Creo que así habría escrito yo”. Era una magnífica anfitriona: hablaba de aviación y parecía que hubiera volado. 

-Sigamos.
-Estudié con las monjas de Santa Ana, y llevaba aquel uniforme negro con cinturón rojo. A los catorce o quince años conocí al ilustrador y dibujante Manuel Bayo Marín. Le enseñé algunos de  los dibujos que había hecho en 20 minutos. Me dijo: “Cuando cada dibujo de éstos te cueste una semana ya serás pintora”. Tenía su estudio en la calle Pabostría; me enseñó el trabajo con la herramienta y el cuidado académico, y a enseñó a rotular y a tener sentido del espacio para la composición. 

-He leído que estudió con Joaquina Zamora.
-Fue siempre muy amable conmigo. Estuve con ella alrededor de tres años, y cuando opositó para obtener una plaza de profesora me dejó en su puesto. Fue ella quien me dio la idea de enseñar, y sé que le gustaba mi manera de estar en el estudio, mi ambición, las ganas que tenía de aprovechar el tiempo. Me decía: “No todo es habilidad manual”. Por entonces iba a escuchar los ensayos de la pianista Pilar Bayona a Radio Zaragoza. Tenía muchas ganas de aprender. 

-Creo que también conoció a Francisco Marín Bagüés.
-En varios momentos. Recuerdo una ocasión que me lo encontré en la calle y cogimos un buen capazo. Yo estaba a punto de marchar a Roma y él me dio una peseta para que la tirase en la fontana de Trevi. Yo quería ampliar mis estudios y marcharme a Madrid o Barcelona. Para reunir un poco de dinero empecé a dar clases de Matemáticas, Latín y Química, y además iba a perfeccionar mi técnica artística al Museo de Zaragoza... 

-¿Qué hacía allí?
-Copiaba, me aprovechaba de todas las figuras. Joaquina Zamora me había dicho que yo dibujaba muy bien, pero que tenía una resistencia innata a pintar, al color. Allí me convertí en una buena copista. Contaba con la complicidad del conserje señor Enrique, que era muy amable. 

-¿No andaba por allí el propio Marín Bagüés?
-Sí, claro. Lo veía mucho en el Museo, donde tenía su estudio. Había retratado a Feliciana, la hija del conserje. Era un hombre prudente, discreto. Cuando tomaba confianza, resultaba un hombre maravilloso. Él estuvo en algunos jurados que me dieron algunas de mis becas. 

-Con una, la “Francisco Pradilla” de la Diputación de Zaragoza, partió a la Escuela San Jorge de Barcelona.
-Probé inicialmente en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, que a mí no me atraía porque había visto una exposición y todos sus pintores me parecían iguales. Me presenté a las pruebas y me encontré con un montón de gente mayor que yo que necesitaba la titulación para dar clases. En realidad, me alegré. Yo hacía cartelitos de rotulación para los escaparates de zapatería. Me decía Joaquina Zamora: “Qué bien te salen los zapatos”. Al final me salí con la mía: me fui a estudiar a Barcelona en septiembre de 1951.  

-¿Qué aprendió allí?
-Las mujeres éramos una quinta parte, y eso para mí era ideal. Los hombres siempre me han gustado como colegas, como creadores, como compañía. Trasnochábamos mucho e íbamos a todos los  espectáculos del Liceo que podíamos; nos colocábamos en la denominada “cazuela”. A mí siempre me han interesado mucho la ópera y el teatro, y he trabajado mucho en figurinismo. En Barcelona aprendí a valorar el color, la irisación de los colores madreperla del cielo de Barcelona, donde el aire es húmedo. Allí encontré las vibraciones intermedias de color. 

-¿Quiénes fueron sus  amigos?
-Muchos. ¿Querrá creer que tuve la oportunidad de conocer y de tratar a José Mallorquín, yo leía y disfrutaba con sus “mejicanadas”? Un día me hizo un cargo muy curioso: quería que le dibujase 180 dibujos de trajes regionales, muy bien documentados, para hacer cajas de cerillas. Se trataba de un trabajo muy laborioso y exacto. Busqué a pintores como José Gumí y Ramón Lluis para que me ayudasen. Con Gumí se estableció una camaradería especial, una complicidad. Todos nuestros compañeros de entonces estaban convencidos de que Gumí y yo nos casaríamos pero no fue así. Aprendí las técnicas del arte mural con Francisco Labarta y Miguel Ferré. 

-¿No hizo por entonces el mural de Fayón?
-Sí. Leí un anuncio, alrededor de 1954 o así, en HERALDO. Era un anuncio del Obispado de Lérida para la ermita del Pilar de estilo neogótico. El arquitecto era Rodríguez Mijares, tenía fama y era muy bueno. Preparé un proyecto sin consultar con nadie, lo mandé y ganó. Lo hicimos con mis compañeros. Y hace muy poco dirigí desde aquí otro proyecto para dos nuevos frescos con Juan Baldellou, aunque esta vez no pude estar a pie de obra. 

-De Barcelona se fue a Roma.
-Ya había estado en otras ocasiones. Para mí la pintura ha sido una aventura en la te podías estozolar o desgraciar porque siempre he pintado de verdad, pintaba toda yo, entregada y de cuerpo entero. He sido una profesional. Soy pintora por realización y he querido aprender, investigar, conocer las técnicas. Hice muchas cosas: trabajé en publicidad, fui dibujante de envases, figurinista, me asocié con una modista. Creo que he sido uno de los pintores más vendidos en Zaragoza y desde Zaragoza. Represento a una generación y eso también es porque hice todos los pasos. Me entendí muy bien con el arquitecto Santiago Lagunas, con el dramaturgo José Giménez Aznar, tuve una academia, la Escuela de Artes Aplicadas Burges, desde 1957 a 1971, y he intentado vivir de acuerdo a una frase de Borges, que tengo ahí colgada: “No hay otra virtud que ser valiente”. No sé si le he respondido a su pregunta... 

-Se ha definido muy bien. Estábamos en Roma, con una pensión de perfeccionamiento del Gobierno de Italia...
-Fue increíble. Tengo cientos de fotos. Vivíamos en un régimen de pensionado en los pabellones para jefes que se habían utilizado en las Olimpiadas de Roma-1960. Era una ciudad de arquitectura moderna con aparcamientos, teatro, cine, piscinas, jardines, y yo tenía un taller muy grande. A mí me llamaban “España”, aunque había otras chicas. Había gente de 72 países. Los edificios eran de grandes cristales, y de repente veías toda Roma, con sus luces, con sus edificios, con su monumentalidad. Expuse algunas obras inspiradas en “Poeta en Nueva York” y en las casidas de García Lorca, del “Diván del Tamarit”. En aquella estancia maravillosa coincidí con el doctor Fernando Solsona, que estaba pensionado en radiología. 

-También ha estado vinculada con París.
-Estuve muchas veces, a lo mejor por temporadas de un mes. Hubo épocas en que no podía comprarme una cerveza. Acudí a las funciones de Marcel Marceau. Era una gran andarina: salía muy temprano de casa, hacía entre doce o catorce kilómetros. Me gustaban la ciudad, la comida, el arte. Allí descubrí toda la tradición decimonónica, y allí tuve un anfitrión especial como Fernando de Nadal, que había pertenecido a la Tertulia del Niké. ¿Puedo decirle una cosa? -

Desde luego.
-Creo que hemos hablado mucho del pasado. Yo he hecho de todo en la pintura: retratos, me parece que he tenido la interioridad necesaria para captar el alma de los retratados. Quizá mi mejor época sea la del hiperrealismo situacional, y siempre me he sentido ilustradora, de lápiz y grafito. 

-¿Y ahora, cómo se ve?
-A  mí me deslumbra el presente una y otra vez. Y lo que realmente me preocupa es el futuro. Estoy feliz, sorprendida, y ahora me he dado cuenta de que tenía demasiadas cosas que hacer. Querría publicar mi tesis de Bellas Artes sobre el proceso creador, poner el  ascensor de mi casa en uso, hacer radio por teléfono, escribir una o varias obras de teatro todavía, y hacer un buen salto de la “pescadilla” en una piscina de gran profundidad, mejor en agua termal. 

*Esa foto tan pequeña es de la ermita del Pilar de Fayón.La obra de María Pilar Burges, por desgracia, no está digitalizada ni catalogada.

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