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LIBRO DE CAVIA, MAÑANA EN EL PATIO DE LA INFANTA

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         "SOBAQUILLO" O EL CRONISTA ILUSTRADO

 

 

Mariano de Cavia fue comparado con Mariano José de Larra, "Fígaro", y elogiado con absoluta sinceridad por Azorín, Vicente Blasco Ibáñez, que "llegó a definirse como su mejor amigo", Leopoldo Alas "Clarín" y Miguel de Unamuno. El autor de Del sentimiento trágico de la vida, resaltó en más de una ocasión su dignidad y su independencia, la pureza de su empeño de periodista, su inteligente desdén de las glorias humanas. Mariano de Cavia fue un tipo bastante pintoresco por su audacia y su comportamiento, por su calculada toma de distancia de las vanidades literarias y por el uso casi humorístico de seudónimos. Cuando impartía lecciones de gramática firmaba como "Un Chico del Instituto"; desde la barrera, en los toros, era "Sobaquillo", pero otros nombres suyos fueron "Hababuc Humbugman", "Patricio Buenafé", "Armando Avivecia", "Isidro Abroñigal" o "Lope Egusquiza".

         Nació en Zaragoza, en la calle Manifestación, en 1865 y se educó en Carrión de los Condes (Palencia). Regresó a su ciudad con 15 años e inició la carrera de Derecho. El periodismo debía llevarlo en la sangre: colaboró en todos los medios de la ciudad ("Revista de Aragón", "Diario Zaragoza", "Diario de Avisos"), llegó a fundar una publicación humorística; cuando había probado su pericia, su buen estilo literario y una incisiva mirada sobre la política, que no abandonó nunca, fue tentado desde Madrid. En diversos medios de la capital --"El liberal" al principio, "El imparcial" durante casi una década y "El sol", desde 1917 hasta su muerte en 1920-- desplegó una intensa actividad como comentarista político, como cronista de urgencia que redactaba a vuela pluma con finura y contundencia, con ese sarcasmo que convivía con la malicia y el candor, y como crítico taurino, oculto bajo el seudónimo "Sobaquillo", como ya se ha dicho. Sus artículos aparecieron en libros como "Azotes y galeras" (1891), "Salpicón" (1892) o en el volumen taurino "De pitón a pitón" (1893). De carácter póstumo son "Grageas" (1921), "Fija y da esplendor" (1922), "Chácharas", (1923). Entre otros trabajos, es autor de "Cuentos de guerrilla" (1897), que definió literalmente como "olla de cuentos". "Mi único deseo, al verlos metidos en faena, es que no se diga de ninguno de ellos que le salió el tiro por la culata", escribió.

         Su lucidez y la enorme capacidad de trabajo que poseía --aplacada un tanto bajo un barniz de escepticismo o atemperada bajo un talante liberal, rebosante siempre de erudición y conocimiento de lenguas-- hicieron de él uno de los periodistas más importantes de Madrid. Quizá el más reconocido. Y una prueba de ello es que algunos trabajos de su sección "Plato del día" fueron trasladados al teatro con enorme éxito. Su perfil también se antojaba atractivo: exhibía un vestuario atildado, casi de dandy, vivía en un hotel, no procuraba la fama (solía comentar con un menosprecio teatral: "Dejen vivir") y había sido uno de los primeros intelectuales que había puesto una casa a su inmensa biblioteca. Dicen de él que poseía una portentosa memoria, que sabía los chismes y las anécdotas de medio mundo y que los contaba como nadie. Lucía una formidable cultura humanística y un ingenio a prueba de bomba, que se mezclaba con la imaginación y la osadía. Una de las mejores pruebas lo fue su artículo de 1891 en "El Liberal": "La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio del Museo de Pinturas", en el cual narraba un incendio imaginario del Museo del Prado, que era una denuncia de sus débiles sistemas de seguridad y que ocasionó un enorme impacto social que obligó a revisar los métocos contra incendio.

         Por otra parte, Mariano de Cavia ocultaba un fracaso de amor: se enamoró de la joven Pilar Alvira, mantuvieron un fogoso noviazgo, hasta que se entrometió la familia de la joven. En la dolorosa separación, dicen los biógrafos, se prometieron lealtad eterna: ambos, presos de melancolía, conservaron la soltería hasta el fin de sus días.

         Tal era su prestigio que en 1916 le llovieron los honores: el rey Alfonso XIII le entregó la gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII, Zaragoza se acordó de que era uno de sus hijos más ilustres y la Real Academia Española le concedió el sillón A. En ese momento, apenas rebasado el medio siglo, Mariano de Cavia ya padecía los síntomas de la parálisis que acabaría con su vida. Entre eso, y su individualismo, y quizá su pereza final, eludió el ingreso: no llegó a incorporarse a la docta institución por la que tanto había hecho erigiéndose en defensor del castellano con su buena prosa, con su búsqueda de los matices y de la precisión, y con sus artículos constantes en defensa del idioma. Enrique Pardo Canalís, en el prólogo a su libro "Mariano de Cavia. Antología" (IFC, 1980), señala: "La defensa del idioma por Cavia, casticista de excepción, rebasa estrictamente los límites de una campaña, pues podemos decir que fue constante preocupación de su actividad periodística o, si se quiere mejor, la campaña de toda su vida". Curiosamente, aragonés acérrimo (y a veces instalado en exceso pero con absoluta sinceridad en los tópicos: el Pilar, la jota, los Sitios, los héroes de la Independencia, la Zaragoza baturra), había previsto hablar del "lenguaje aragonés" en su discurso de ingreso, no en vano, sus textos están llenos de usos, giros y palabras de su tierra.

         En 1917, dio otro paso decisivo en su trayectoria. Muchos lo consideraban "la joya exquisita de la prensa española" porque lo mismo escribía de Velázquez, que de Zorrilla, Gayarre, Campoamor, Pablo Sarasate, Rubén Darío, Verdaguer, Marcelino de Unceta, o prologaba con brillantez un libro de Eusebio Blasco. Se incorporó a "El Sol", que sería su última publicación y, en sentido figurado, su tumba. Falleció en 1920, envuelto en un halo de prestigio y de profesionalidad irrefutable, inmóvil y doliente. Una de sus últimas fotos en vida ha dado la vuelta a los libros: se le ve en un evocador vehículo en el balneario de Alhama de Aragón. El alcalde y doctor Ricardo Horno Alcorta -padre de otro futuro alcalde de la ciudad, Mariano Horno Liria, y de dos ilustrados como el médico Ricardo y el periodista Luis Horno Lirica-, trajo su cuerpo a Zaragoza y lo expuso en la Facultad de Medicina para que recibiese el último homenaje de su gente, antes de ser enterrado en Torrero y antes de que Zaragoza, "la siempre adorada Zaragoza", "su madre Zaragoza", le erigiese un busto de José Bueno. Zaragoza siempre estuvo en su corazón y con ella muchos aragoneses como Baltasar Gracián, que tanto le había influido en su estilo y en su socarronería, Joaquín Costa, o Francisco de Goya, al cual le dedicó páginas espléndidas, igual que hizo cuando cerraron el Pilar, tras unos incidentes en julio de 1901, o cuando advierte que "La jota se muere".

         Uno de los aspectos más celebrados de su trayectoria fueron sus crónicas taurinas. En recuerdo de su figura y de su pasión por la fiesta, un grupo de personas muy heterogéneas de Zaragoza -con Ricardo Lafuente a la cabeza- fundó la Asociación Cultural Mariano de Cavia, cuyo empeño es la defensa de la tauromaquia y de la cultura en un sentido amplio del término y la vindicación de la figura del periodista y escritor, para el cual solicitan una calle, la calle que perdió a mediados de los años 80. Pero también proyectan la reedición de sus obras, poco a poco, habida cuenta de que en las bibliotecas públicas aragonesas Cavia brilla más bien por su ausencia, y sus libros están descatalogados o resultan inencontrables. De ahí que ahora inicien esta trayectoria de recuperación del periodista con la edición facsímil de uno de los libros que más amó: "De pitón a pitón", una selección de una treintena de "crónicas cornamentales" de Sobaquillo, que publicó Fernando Fé en 1893.

         ¿Qué es de "Pitón a pitón" exactamente? De entrada, habría que decir que es una maravillosa lección de periodismo taurino, imaginativo e impresionista, vibrante y subjetivo, que se acompaña de bonitas ilustraciones de Ángel Pons. En el jocoso texto, "Mis memorias íntimas" de 1889, dice: "Lo único que me permitiré decir -para aclarar la vista a algunos- es que no soy escritor taurino propiamente dicho, sino un guisandero que da más importancia a la salsa que a los caracoles". Se llamaría a engaño quien pensase que "De pitón a pitón" contiene críticas taurinas; son más bien textos de esto y de aquello, un tanto cosmpolitas casi siempre ("el cosmopolitismo lo invade todo, y hasta en materias toreras se echa de ver su influjo", escribe en el prólogo), en los que Cavia narra desde historias de toreros -su favorito era Lagartijo, e inventó el término taurino "media lagartija", también admiró a Frascuelo-, como la peripecia del diestro español que se bate a espada con un mexicano, redacta cartas burlescas a amigos, o glosa las que recibe. Saluda la aparición de libros como "La escuela de tauromaquia y el toero moderno" de su paisano Pascual Millán, y ofrece visiones tamizadas con su bisturí crítico: "El toreo, como todas las instituciones sociales, está atravesando un período de transición. Nadie sabe adonde vamos a parar... En esto de parar, lo único averiguado es que no hay un solo torero que pare los pies. Y como los pies son tan esenciales y fundamentales en la 'forma poética', de ahí que no sea fácil saber dónde aprieta el zapato a nuestros lidiadores". Y además, "Sobaquillo" bromea una y otra vez con su creador Mariano de Cavia, al que llama "mi inseparable amigo, compañero, y aun creo que pariente". Estamos ante una recopilación muy original que hace honor a un hombre inteligente y lúcido, que nunca renunció ni al desparpajo ni a la ironía, porque pensaba como Luis Buñuel que un día sin risa es un día perdido y que la mejor manera de explicar las cosas y la vida es mediante la socarronería, que es otro manera de llamar al humor en Aragón.

14/05/2008 12:07 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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