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Antón Castro

VIRXILIO VIEITEZ: HA MUERTO EL OJO DE LA TRIBU RURAL

VIRXILIO VIEITEZ: HA MUERTO EL OJO DE LA TRIBU RURAL

Ha muerto Virxilio Vieitez, el gran fotógrafo universal de Soutelo de Montes, donde nació en 1930. Se destacó, especialmente desde mediados de los 50 hasta principios de los 70, como fotógrafo de una comarca, de la tribu del campo, con una técnica sin artificio: un retrato frontal y estático, apoyado a veces en el fondo de una sábana blanca, en un fondo de flores o de impresiones coches de los indianos o de los emigrantes de su zona que volvían. Nació en el seno de una humilde familia. Con 16 años, ya se metió albañil y se apuntó a las obras del aeropuerto de Santiago, que empezaba a levantarse; poco después inició ese destino inevitable del gallego: emigró a Cataluña, aunque antes residió en algunos lugares del Pirineo aragonés, donde trabajó como mecánico, y fue entonces, a los 18 años, cuando adquirió su primera cámara en una de las localidades aragonesas: una Kodak de cajón de 6 x 9.

Más tarde, se trasladó a Palamós y colaboró de ayudante de Julio Pallí. Es fácil suponer que con él aprendió mejor la técnica: realizaba paisajes y retratos a paisanos, algo que ya había hecho antes con los compañeros del taller. En 1955 decidió volver a casa y creó su propio estudio de fotografía. Poco a poco iría mejorando sus equipos: Compró una Retina y finalmente una Rolleiflex. Su trabajo estaba claro: se centró en la comarca, en los paisanos, en los humildes oficios de la vida rural, y le interesaba todo: la llegada de los actores y titiriteros, el fútbol, las fiestas y los bailes, las romerías, el regreso de los emigrantes, las bodas, bautizos, comuniones y velatorios. Detrás de cada una de sus fotos hay una historia conmovedora: por ejemplo, la de esa señora que posa ante la radio. Esa instantánea tenía un fin: un hijo emigrante le mandó a su madre un giro para que se comprase una radio y ella llamó al fotógrafo Virxilio Vieitez para que diese fe de la compra.

A nada le hacía ascos. Iba de aquí para allá con su Lambretta y con su 1500 en pos de fotos. Cuando hubo que incorporar el retrato al carné de identidad, él realizó cientos, miles, de una gran sobriedad, con su famoso “pano branco” o tela blanca al fondo y con un impacto seco, sin puesta en escena. Era un retratista objetivo, casi frío, de encuadre y disparo inmediato, creo que a quien se parece es a August Sander, o a Walker Evans, y también tuvo la audacia o la intuición de crear un fondo muy peculiar para sus fotos: la ornamentación floral, incluida la berza, el parral, el árbol frondoso o esos coches tan característicos y opulentos de los indianos.

Vieitez no debía ser la alegría de la huerta, pero sí un extraordinario y preciso fotógrafo directo, que no efectuaba muchos disparos. Acumuló a lo largo de su vida más de 80.000 negativos que metió en cajas de metal. A finales de los 70 se acercó al color y a mediados de los años 90 su hija Keta Vieitez lo sacó del anonimato. Manuel Sendón y Suárez Canal editarían su obra, y a partir de entonces daría la vuelta al mundo y llegaría a ser comparado, por su austeridad, por su mirada intensa y sin artificios, por el componente metafísico que hay en su paleta social y documental, con Cartier-Bresson. Virgilio Vieitez aceptó todo el eco en España, Europa e incluso Nueva York con estupor y con gratitud. Recuerdo cuando una espléndida exposición de su obra en el Canal de Isabel II: la vi planta por planta, tomé notas, pensé en todos mis familiares, y cuando ya me había ido -más identificado con Galicia que nunca, y con sus fotógrafos Pacheco, Ksado, Manuel Ferrol, Manolo Banco, etc.- volví a hacer todo el recorrido. Era una exposición que hablaba de mis antepasados, de mi padre, de mi madre, de mis hermanos, era una exposición que hablaba del retrato como revelación esencial del ser humano, como una forma de desnudo, como un mirada sobre el hombre inscrito en el paisaje, en un territorio, en una forma de entender el mundo y las pequeñas cosas de cada día.

Desde entonces, Virxilio Vieitez ha asomado numerosas vez a este blog. Ha sido elogiado y reconocido por doquier: desde Publio López Mondéjar hasta Cristina García Rodero Le he testimoniado una y otra vez mi admiración, mi afecto y mi pasión por sus fotos, esas que son el retrato de un pueblo, de un tiempo, de una época eminentemente rural.

 

ESTE TEXTO LO PUBLIQUÉ EL 29.04.2006

 

La anécdota era estrictamente real.

[Mi fotografía favorita de Virxilio Vieitez es la que aquí se ve: se titula “San Marcos” y está datada en 1958, y presenta a un mujer de aldea con su niño rubio, ante un coche de indiano y junto a un perro. Curiosamente, Manuel Seara de Castro nos hizo a mi madre y a mí una foto parecida ante un autobús, en medio del jardín de la romería. Mi madre, que acababa de entregarme una armónica recién llegada de Montevideo, donde vivía y trabajaba mi madrina Mercedes, me envío aquella foto minúscula a Zaragoza en un sobre, no me percaté y acabó en la papelera. Cada vez que miro esta foto me veo a mí, veo a mi madre, pienso en el  fotógrafo y veo el pazo de Armentón (Arteixo, A Coruña), aquel donde la lluvia arañaba con sus babas las hojas del limonero, la lija de las higueras, la escalada abrupta de las enredaderas. ]

 

 

1 comentario

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