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NADAL: EL MEJOR DEPORTISTA ESPAÑOL. Por SANTANA

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Me gustaría escribir un artículo sobre Rafa todos los días de la semana, todas las semanas del año, todos los años... Naturalmente, si lo hiciera, usted lector podría terminar dudando si estoy loco o no. Yo le puedo contestar ya mismo a esa cuestión: sí, estoy loco; estoy loco por Rafa. He vivido todos sus triunfos cerca o lejos, la mayoría de ellos muy cerca, pero le aseguro que ninguno me ha hecho vibrar como el de ayer (si exceptuamos Wimbledon, por razones obvias).

Y entre tanta vibración me arriesgo a asegurar que Rafa es ya para mí el mejor deportista español de todos los tiempos. Intento dejar a uno y otro lado el especial cariño que siento hacia él desde que era un chavalín y la admiración por su familia; y caigo en la cuenta de que mi adoración no disminuye para nada una realidad que para mí es incuestionable: el oro olímpico se produce sólo seis años después de que se convirtiera en el tenista del mundo más joven en ganar un partido en un torneo ATP.

Entre estos dos logros, las enormes toneladas de éxitos extraordinarios que para mí le catapultan ya mismo hacia otra medalla de oro (al mérito deportivo) y, por supuesto, al Príncipe de Asturias. ¿Hay otro deportista español que haya logrado tantas cosas en tan poco tiempo? ¿Hay otro que haya superado con tanta contundencia, regularidad y sencillez a los mejores de su época?

Ahora que ya es número uno del mundo deberíamos caer en una cuenta quizá injusta: la carrera descomunal de Rafa y la voracidad con que elimina rivales y récords apenas permite un momento para reflexionar sobre la brutalidad de lo que está haciendo.

La obtención de un oro en los Juegos debe ser, desde mi humilde opinión, el instante adecuado para echar un ratito la vista atrás: produce vértigo, pone los ojos como platos y los pelos de punta. Es complicadísimo lo que ha logrado, porque el suyo es un mundo muy difícil. Es muy grande lo que ha logrado porque en su universo hay tipos muy grandes. Y cada paso que suba en esa escalera dorada tendrá más valor.

La verdad es que me atrevo a decir, y yo le bromeo con eso, que en el fondo tiene algo de suerte, la suerte de que no haya un Rafa Nadal a la vista y que le apriete por detrás. Y es precisamente esto lo que imprime a Rafa una imagen que a mí me parece única en la historia del deporte español. Hecha esta pequeña reflexión tras lo que ha logrado, lo que puede venir es impresionante. Si lo consigue y alguien sigue dudando de que es el mejor deportista español de la historia entonces es que ya no sólo yo estaré loco.

Rafa se marcha hoy mismo hacia el US Open, y se marcha para intentar ganarlo. Ese invierno tendrá la Copa Masters y la final de la Copa Davis. ¿Se imaginan? Por supuesto que tengo en la mente a Severiano Ballesteros, a Miguel Indurain, a Ángel Nieto... A esos elegidos de mi país que durante una época asombraron al mundo. Con toda mi admiración y mi respeto hacia ellos, creo que Nadal ya ha excedido aquellos asombros, aquellas glorias.

Y también creo que pasarán muchos años hasta que el deporte español vuelva a mirar y a sentirse tan orgulloso como se siente hoy, y desde hace ya tiempo, de este genio humilde y maravilloso. Dice el espectacular Michael Phelps que su mejor recuerdo de estos Juegos no son sus ocho medallas, sino cuando Rafa le fue a visitar en la Villa Olímpica para felicitarle. Y es que ser el mejor deportista no sólo tiene que ver con los títulos o los oros, sino también con la forma de encajar en tu entorno. Y es que Rafa convierte en oro todo lo que toca. Por algo será.

 

[Nota mía: No las tenía todas conmigo antes de la final de ayer. Rafael Nadal había jugado seis veces contra Fernando González, y se habían repartido las victorias. Daba la sensación de que el chileno le había tomado la medida. Ante Djokovic, Nadal contó con algo de suerte en los últimos juegos: parecía que el serbio iba a ganar. No ganó. Y ayer, Nadal jugó un tenis arrollador: variado, intenso, con continuas aperturas, con numerosos golpes definitivos. Sinceramente, nunca me pareció Nadal tan bueno, con la raqueta en la mano. Con esa variada suerte de golpes, de todos los colores: un prodigioso passing, una búsqueda constante de las crucetas, el constante cambio de golpe, hasta pareció que sacaba mejor. La de ayer fue una victoria pletórica: Nadal, ante un González nada desdeñable, sobre todo en el segundo set (que se anotó el español por carisma, concentración, clase, una pizca de fortuna y una inmensa fe en sí mismo), realizó un partido magistral. No sé si es el mejor deportista español de todos los tiempos, pero sí tiene la facultad de incrementar su palmarés un día sí y otro también y de rozar el más difícil todavía. Es de la pasta especial y misteriosa de los grandísimos competidores.]

*Este artículo de Manuel Santana aparece hoy en el suplemento especial de las Olimpiadas de El mundo.

 

 

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