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CARMEN ESTEBAN, EN BARCELONA

Carmen Esteban Navarro siempre da gracias a la vida porque le ha permitido descubrir la pintura y uno de sus atributos esenciales: el color. Desde muy joven sintió el magisterio de su tío Manuel Navarro López, vinculado a la Escuela de Bellas Artes y al Estudio Goya. “Era un hombre exigente y trabajador. Al principio parecía no darle importancia a las cosas que yo hacía. Pero a poco a poco me llamaba y me decía: ‘hace días que no me enseñas lo que haces. Quiero verlo’. Siempre me animaba. Solía darme un consejo: ‘Sé fiel a ti misma y a tu sentido del color. Eso es fundamental. No copies a nadie’”.

Así, con su magisterio y con la búsqueda constante, con su pasión por Mark Rothko, Van Gogh y Sorolla, con su atracción hacia el arte oriental y los jardines japoneses, Carmen ha ido buscando sus formas, sus tonalidades y su mundo. Ha tenido una vida itinerante que la llevó por diversos lugares, pero en cuanto pudo fijó su residencia en Zaragoza, instaló su taller y empezó a sentirse muy cómoda con el óleo. Recuerda que hasta su madre tenía facilidad, “aunque no pintó nunca, y en la misma casa, durante un tiempo, vivía mi tío”.

Carmen acaba de terminar una exposición en Miami, de una treintena de piezas que siguen la gira por Estados Unidos de la mano de un galerista que ya la llevó dos veces a Nueva York; se ha hecho un libro catálogo de casi un centenar de página. A la vez expone en Barcelona, en Crisolart galleries (Balmes, 44-46), en una amplia colectiva con el escultor Hernández Pellisa y con la pintora Mercedes Castro. Su pintura mezcla la figuración y la abstracción, pero le gusta decir que línea, “y el tratamiento de las flores”, es cada vez más abstracta.

“Me ha costado encontrar mi sitio. Como pintora busco la emoción y la belleza. Transmitir, contagiar sensaciones. Busco un registro propio, una forma personal de acercarme a la pintura”, señala, como si quisiera subrayar la medida de su ambición, y explica que en Miami ha expuesto, además de óleos de sus temas esenciales, obras en un papel especial de Samarkanda, con el que hace una producción más íntima: fulguraciones cromáticas, sensaciones, flores, espesuras de oro y sueño, intuiciones abstractas...

“En Barcelona expongo una selección de piezas de los tres últimos años: hay dos cuadros de orquídeas del Japón, y uno de mis cuadros más queridos, ‘Casa del lago’, cuadros de flores. La naturaleza me encanta. El paisaje forma parte de mi vida y de mi sensibilidad, y lo traslado siempre a mi pintura. Me interesan las posibilidades de la realidad”, recuerda. Pero hay más cosas: casi una docena de cuadros de fondos marinos, que tanto le interesan y le estimulan. “El mar es otra forma de paisaje. A mí me emociona y me gusta situarme ahí, en ese lugar, donde puedo jugar con la abstracción y la figuración. Me ha costado mucho llegar aquí, a esta estética, a este modo de trabajar. No vivo de la pintura, pero me alimento de ella, tengo una ilusión inmensa, y mi gran sueño es que se valore mi pintura. Que llegue al espectador y a la crítica”. Por ello, cada exposición es una oportunidad y una confrontación, “sobre todo conmigo misma y con mi evolución”, anota. El artista se mide a diario con la luz y el color estremecido. Y ella, tan soñadora, también lo hace con la delicadeza y con los olores del edén que escapan de sus lienzos. 

 

*La foto del cuadro la tomo de aquí:

http://www.planocio.com/uploads/24581-aragon-redaragon120521_77_30.JPG

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