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TENIS, ORENSANZ Y LAS OLIMPIADAS

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Ayer, muchos años después de un inolvidable peloteo y partido en el Parador Nacional de Teruel, volví a jugar al tenis con el médico Pedro Abad, que además es primo del bibliófilo y escritor José Luis Melero. Nos conocimos en Cascante del Río, luego coincidimos en Híjar y finalmente hemos seguido viéndonos, ya un poco menos, en Zaragoza. Y un día quedamos a jugar en Teruel: Pedro es un tenista, que juega varios días a la semana. Jugamos bajo un sol insoportable y terrible de seis y cuarto a siete, tras la gesta de Carlos Sastre en Alpe d’Huez. Peloteamos largo y tendido, por el puro placer de golpear la bola. A pesar del calor y del cansancio inevitable, me lo pasé de cine. Me encanta jugar al tenis. No podría ganarle a Pedro, en modo alguno, pero aún conservo un poco el viejo toque. Hace años, con Miguel Presa, jugaba dos o tres días por semana junto al río Huerva, y aquellos días de tenis y tertulia, forman parte del puñado de buenos recuerdos que uno tiene. Como aquel partido en Teruel, como el entrenamiento de ayer en Stadium Casablanca.

 

Anoche, hacia las dos de la mañana, me llamaron de la Fundación Ángel Orensanz de Nueva York para que hablase de su obra, de su personalidad y de su lugar en la escultura en Aragón y en el mundo. Hablé durante unos doce minutos porque a esa hora –con la presencia de Jesús Pedro Lorente, que acaba de publicar un libro sobre él, y de Eduardo Capapé, entre otros muchos- se le rendía un homenaje en su fundación. Dije, entre otras muchas cosas, que Ángel Orensanz encarna el artista espectáculo: es un torrente de ideas, de conceptos, alguien que encarna el poder y el desorden de la imaginación. Y recordé sus cuadernos de trabajo, donde hay dibujos de animales, de seres humanos de ojos asombrados, aforismos, números de teléfono, bocetos de esculturas monumentales; en los últimos tiempos, con absoluto entusiasmo, Orensanz hace dibujos expresivos y expresionistas que hablar del tormento del hombre.

 

Y a esa hora, antes de acostarme, se me ocurrió encender la televisión. En La 2 acababa de empezar un programa monográfico sobre la historia de los Juegos Olímpicos. Soy un enamorado absoluto de las Olimpiadas desde hace años. Las sigo desde Munich. Anoche, contaban cómo surgió el movimiento olímpico, cómo lo concibió Coubertain, cómo se desarrollaron los distintos juegos, y se hacía especial incidencia en los Juegos de Berlín de 1936, donde triunfó Jesse Owens. También se hizo un inventario más o menos rápido de campeones y de instantes inolvidable, se analizó el tema del boicot en Moscú y Los Ángeles, y se abordó la incorporación de la mujer a los juegos, algo que no quería Coubertain. Finalmente, uno de los capítulos más impresionantes fue la relación entre el cine y la televisión y los juegos; ahí se abordó la importancia de la figura de Leni Riefensthal, que rodó mejor que nadie unos juegos olímpicos, con todo tipo de efectos y de cámaras, con los procedimientos más profesionales e ingeniosos. El programa recordó que la realizadora hizo apología del nazismo y ella dijo que con sus cámaras habían trabajado hasta seis meses antes para realizar Olympia. El programa se detuvo en el modo en que los cámaras captaron la tensión de los músculos y las fibras de Owens: era un ejercicio preciso y naturalista de captación del esfuerzo y el afán de victoria. Y, por cierto, se contó la camaradería entre Jesse Owens y su amigo, el saltador alemán Lutz Lang, que le aconsejó como batir para no quedar eliminado en las pruebas de calificación. Lang fue castigado luego por Hitler y murió en combate creo que en 1943.

 

Me quedé con muchas figuras, pero una de las que más me impresionó fue la velocista Fanny Blankers-Koen, que obtuvo cuatro medallas de oro en Londres en 1948. Con ellas inició una pequeña historia de los campeones olímpicos.

*Jesse Owens, que conquistó cuatro medallas de oro en Berlín 1936, acaba de vencer en una de sus pruebas y es captado minuciosamente por el equipo de Leni Riefenstahl, que está tendida en el suelo con una cinta en el pelo. Desde luego, nazi o no, no se le ve contrariada ni ofendida, sino hondamente interesada en las reacciones del campeón negro.

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