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CRÓNICAS DE LA EXPO / 9. DOS CITAS CON GAMONEDA

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El viernes por la noche, más de una década después de nuestro último encuentro, fui a ver a Antonio Gamoneda al hotel Palafox. Le grabamos una entrevista para Borradores y para Artes & Letras. Antonio, tan galante, estaba alegremente perplejo: había cuatro mujeres para atenderlo, o cinco si sumamos a Chus Marchador, fotógrafa de El Periódico de Aragón: Carolina Cebreiro y Carmen Marín, del Pabellón de España, Mari Carmen, operadora de cámara de Aragón Televisión, y Aloma Rodríguez, que quería conocerlo y hacerle unas fotos.

 

Gamoneda, tras el premio Cervantes de 2006, lleva un año y medio largo sin mucho tiempo para escribir: va de aquí para allá con un sinfín de obligaciones y proyectos. Dentro de poco tendrá que viajar un mes y medio por Latinoamérica; y antes, próximamente, dará un curso de poesía en la Universidad Menéndez Pelayo: “Me comprometí, un poco a la ligera y porque estaba lejos, con un ciclo de nueve conferencias. La estoy escribiendo de hotel en hotel, durmiendo menos de lo justo. Ya se han apuntado alrededor de 60 alumnos”.

Con Gamoneda hablamos un poco de todo: de sus libros iniciales, de la figura de su padre, el poeta modernista y periodista de “La voz de Asturias”, Antonio Gamoneda, que falleció en 1932, cuando él tenía un año. Gamoneda dijo que su padre no había sido un fantasma para él, pero que su madre de  vez en cuando le recordaba historias y anécdotas en las que se veía vibrar el amor. Gamoneda nació en Oviedo, pero pronto se fue a vivir a León, que sería la ciudad de su vida. Hubo un instante en que se confesó un “Poeta proletario de provincia, y a mucha honra”. Hacia 1936, cuando se inició la Guerra Civil llegó el momento de empezar a leer, y en su casa solo había un libro: Otra más alta vida el poemario, de factura clásica, de su padre, que había publicado en 1919. Y así descubrió el placer y la belleza de la palabra. Y además, en medio del conflicto, vio la leva de gentes, intuyó las ejecuciones, a través de su balcón y de lo que oía. Más tarde, estudió en los Agustinos de León, y los catorce años lo dejó todo por dos razones: acumulaban propaganda nazi en sus alacenas y, lo que era peor, “practicaban una pederastia más o menos encubierta. Así de claro”. Salió de allí y entró a trabajar de botones y de recadero en un banco. Poco a poco, estudiando, leyendo, haciendo un tenaz meritoriaje, Gamoneda fue alzándose, sin perder jamás la conciencia de clase. E iba publicando sus poemas, aunque muchos de sus libros, por la censura o por la autocensura, quedaban inéditos. Hablaba el autor de piezas como Blues castellano y de Descripción de la mentira, el libro donde rendía homenaje a los desaparecidos de su niñez, a sus antepasados derrotados o silenciados.

 

Hablamos de la antología Edad (Cátedra, 1998), de ese volumen espléndido que es Libro del frío (Siruela, 1992), inspirado en una idea de la muerte como una especie de frío de vivir, como amenaza, como serena contemplación del adiós que se acerca con su crudeza invernal; hablamos de la nieve, como elemento simbólico de su existencia y del paisaje leonés, y hablamos aún, entre otras cosas, de los años en que la vida no le sonreía y se presentó, y ganó, hasta tres veces un certamen poético de Ejea de los Caballeros. Al final, le mandaron una carta amable con la siguiente nota: “Le agradeceríamos que no se volviera a presentar a este galardón”.

 

Hablamos de Andrés Laguna, que le inspiró con Dioscórides su Libro de los venenos” (Siruela, 1995), y de las memorias de infancia que ya ha terminado y que aparecerán, lo más probable, en Galaxia Gutenberg, donde publicó su poesía completa. Y hablamos del premio Cervantes, que agradece. Y citó como uno de sus libros capitales las Geórgicas de Virgilio. Y los Cantos de Leopardi.

 

Y ayer, en la Tribuna del Agua, Gamoneda recordó que la poesía era “un no saber sabiendo”, como había dicho San Juan de la Cruz y que en el fondo, sin ser explícitamente un poeta del agua, “del agua somos todos”. Señaló que el agua se ha hecho presente en su obra, y quizá el término que mejor se adaptase a Julia Uceda, a Olvido García Valdés fuese, también, el de “poetas en el agua, poetas para el agua”, y reclamó “agua para todos”, agua pública y no de las sociedades anónimas para obtener sus sabrosos dividendos. Y antes de alcanzar ese momento de cenit con “Ha de llover” (“Ha de llover jamás y siempre con desesperación agraria (…) Ha de llover, está lloviendo”), contó algo muy sutil, que recordaba a su madre Ana Lobón: “El valor tiene valor para una vida infantil. Y yo tenía la sensación de que el agua me hablaba. Tenía la necesidad de entender el agua, qué me decía. Un día le dije a mi madre que el agua me hablaba, pero no le entendía”. Aseguró que el sonido del agua hacía crecer en él una especie de sensación sonámbula. La música del agua está llena de palabras y el poeta espera descifrar la verdad de ese mensaje.

 

Luego, Antonio Gamoneda se desmelenó con un poema civil: “Ha de llover”. Con un poema río contra la muerte y la injusticia, contra el olvido.

*Noni Benegas y Julia Uceda, en primer término. Atrás, Olvido García Valdés, Antonio Gamoneda y el vicecomisario José Tono Martínez, durante la visita al Pabellón de España. La foto corresponde a los servicios de prensa del Pabellón.

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