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SENDER Y MARCHAMALO: ALFONSO REYES Y SUS VIAJES

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En la inolvidable cita improvisada de ayer con Isidro Ferrer y Jesús Marchamalo, sobre todo por mi culpa, apareció una y otra vez en la conversación el libro Álbum de radiografías secretas de Ramón J. Sender, que acaba de reeditar Tropo, la empresa editorial de Óscar Sipán y Mario de los Santos. Esta medianoche, seguí releyendo el libro de Jesús, entre ellos este capítulo sobre Alfonso Reyes, un autor del que habla mucho Sender en sus memorias intelectuales publicadas por Destino en 1982 y cuya escritura le sugirió el editor Joseph Vergés hacia 1976, tal como recuerda José Domingo Dueñas en su prólogo. Sender recuerda que Alfonso Reyes estuvo en Jaca hacia 1929:

 

“En estos días de afluencia de veraneantes a los Pirineos, recuerdo un incidente que vale la pena referir y que me contó el mismo protagonista en el año 29. Ese protagonista era un distinguido hombre de letras mexicano que desempeñaba el cargo de embajador de México en Madrid. Se llamaba Alfonso Reyes. Murió en 1959.

En 1929,y en Madrid, me dijo que había estado pasando algunas semanas en Jaca y que, queriendo aprovechar la proximidad de Francia y hacer una escapada a París, pidió por telégrafo un coche patrulla a Pau, y como el telegrama lo firmaba Alfonso Reyes entendieron Alfonso Rey y le organizaron un tren especial. Condándolo, Alfonso Reyes, pequeño, gordo y jovial, reía a mandíbula batiente.

 

La mayor virtud de Reyes era la simpatía personal. Aunque poseía una vasta cultura, de la que usaba y a veces abusaba, no fue capaz de escribir nada original.  (…) Trató de llevar a México náyades, tritones y nereidas y los puso en los arroyos, pero a todos se los comió Talco, dios mexicano de las aguas. (…) Yo creo que Alfonso Reyes ignoraba el odio, el resentimiento y la inquina. Era ante todo un hombre bueno”.

 

Y éste es el texto sobre Alfonso Reyes que escribe Jesús Marchamalo y que glosa uno de sus viajes. Hablábamos y hablábamos y nos salían aragoneses, y sobre todo zaragozanos, por todas partes. Jesús se tronchaba, claro.

 

ALFONSO REYES, EL CAPITÁN DEL BARCO

 

Ocurrió en 1920. Viajaba en tren, hasta Milán, y en Burdeos cursó un telegrama al jefe de la estación de Lyon, solicitándole una plaza en el coche cama. Uno de aquellos compartimentos decimonónicos de la Wagon-Lits forrados de madera y terciopelo marrón, con espejos biselados y una bacinilla dorada, para males menores, oculta en un discreto mueble bajo el lavabo, que desembocaba en la vía.

Allí llegó el joven Reyes, de madrugada, ancho y soñoliento con su baúl,  para encontrarse con los empleados del ferrocarril formados en el andén, marciales como un destacamento de húsares, ante una alfombra roja que señalaba el camino al vagón. Cuando preguntó por aquel inesperado recibimiento le comentaron que estaban esperando al Rey. “¿A qué rey?”, alcanzó a decir. Y el jefe de estación, blandiendo un  telegrama que firmaba Alfonso Rey, exclamó con la misma voz que un barítono de opereta: “Al rey Alfonso XIII, mire”. Deshecho el equívoco, aquella improvisada compañía de honores se retiró mirándole mal, de arriba abajo –no demasiado arriba, como veremos-, porque ya entonces no abundaban los reyes en Europa, ni los cortejos, ni las alfombras rojas. 

Y es que no ocultaba, Alfonso Reyes, una involuntaria tendencia para provocar  malentendidos. Como esa vez en que le confundieron con un rejoneador del mismo nombre, lo que motivó la llegada a la legación consular en la que trabajaba de misivas a nombre de Monsieur Reyes, Ministre et Toreador. También de paso por La Habana, en otro de sus viajes como embajador, fue recibido en el puerto por los corresponsales de los principales diarios –fotos, entrevistas, autógrafos-, quienes saludaron al día siguiente en las portadas al inmortal autor de Los humildes senderos, libro que nunca había escrito, y que era obra de… Antonio Reyes, que también es ya casualidad.

Otra historia que contaba a menudo fue cuando le tomaron por un fantasma, en Roma. Estuvo un par de días hospedado en el Palazzo di Spagna, donde existía la superstición popular de que estaba habitado por el espectro del cura piccolo, de modo que cuando la servidumbre lo entrevió caminando, de noche, bajito y regordete (con perdón) por los corredores, medio borroso, empezaron a hacerse cruces y ristras de ajos. Siempre le pesó, eso sí, su falta de estatura, no la intelectual, por supuesto, sino de la de llegar a las estanterías de arriba, así que la única cosa que hizo prometer a la que sería su esposa fue que le daría un hijo más alto que él.

Y nada, de vuelta a México, jubilado del asunto plenipotenciario, se construyó una casa con biblioteca que acabó siendo una biblioteca con casa, tanto que sus amigos comenzaron a llamarla La capilla Alfonsina. Allí pasaba los días, como un capitán en el puente de mando; la mirada perdida en aquel horizonte de libros, un estante tras otro, ordenados y limpios, impasibles como los empleados de la estación de Lyon.

*Alfonso Reyes en su despacho con su instrumento favorito: un libro. Entonces tenía un perfil atusado de poeta romántico.
 

 

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