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UNA CITA CON REMBRANDT EN EL PRADO

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Rembrandt siempre ha sido uno de mis pintores.

Desde que me dejaron una monografía, oscura, de Noguer.

Lo he ido viendo aquí y allá, con sus colores granates,

Con ese fogonazo de luz blanca que parece surgir

Del fondo de la tierra, con ese temblor de lumbre

Que se esparce y se disuelve en el paisaje o en los interiores.

Nunca le he perdido la pista. Nunca he perdido

El interés por sus atmósrferas tensas, sombrías,

Que se construyen, brochazo a brochazo, como un gran montaje escénico. Como una ópera, como el escenario de un crimen

O el principio de una gran escalera de caracol.

 

Hace algunos años estuve en Ámsterdam. Anduve toda la mañana

Bajo la llovizna. De aquí para allá, entre los canales y las bicicletas,

Dejándome llevar. Por fin di con el Rijksmuseum y con Rembrandt.

Avasallador en su “Ronda de noche”, hiriente en su intensidad,

En ese naturalismo que brota de las vísceras y del desgarro de vivir.

No me quería ir de allí. Avanzaba hacia delante y hacia atrás.

Me sentía partícipe de aquella noche, de aquella ronda,

Y vi al artista al acecho, entre los soldados y sus armas:

Jocoso, burlador, orgulloso y a la vez sabio de artificios.

 

Esta mañana he entrado en el Museo del Prado

Con la perplejidad en los ojos, con el asombro nuevo.

Vi ese primer autorretrato, a la manera oriental,

que es homenaje, parodia y guiño a Rubens,

y ya me quedé atrapado: el gesto, la teatralidad, la levedad

de las facciones, la certeza de que ha elaborado una chanza.

Y luego avanzas, paso a paso, como si te frotases los ojos:

te deslumbra casi todo, la anécdota bíblica, la trama,

la construcción del encuadre, la llegada de la luz,

la caligrafía precisa de los gestos y el brillo encendido de las miradas.

Y, en algunas escenas, percibes la violencia, la ira,

La expresividad tantas veces buscada,

Ese modo de situar a los personajes en un espasmo de soledad

Y de concentración, como si fueran místicos o eremitas en un rincón.

Rembrandt es el pintor del movimiento, del gesto,

Y es el poeta de las sensaciones, el soñador sonámbulo.

 

Cuando llegas a “Betsabé”, igual que te sucede cuando

ves a “Artemisa” con esa claridad de pan o de luna en el centro

de su rostro, te quedas absorto: ese cuerpo tranquilo

encendió la líbido del rey David. Él la llamó, la besó,

se estremeció en sus goznes y mató a su marido.

Ella, confiada, ofrece el pie en sitiado abandono a su aya.

Y al final, transido de luces y de sueños,

Golpeado por los ecos del renacimiento,

Ves al pintor  a punto de irse del mundo:

Al pintor con su gorro, al pintor como Zeuxis,

Aquel griego del siglo V que buscaba la hermosura

y un día, inesperadamente, halló la extrema fealdad

en un cuerpo viejo. Dicen que murió de risa. De espanto.

De miedo tal vez a no saber ser el cronista de la carne

Macilenta, humillada por el paso de los años.

Rembrandt también se ríe: de sí mismo, de lo que fue,

De lo que nunca llegará a ser. De lo que nunca quiso ser.

O, arruinado y vencido en el amor por tanta muerte,

Sencillamente esboza ese rictus impreciso

De los que se creen vencidos del todo

Y han perdido la fe en el combate.

 

Ese cuadro, toda la muestra, revela la categoría

de un artista. Su condición de genio.

Su vocación de amanuense del delirio,

Su pasión irreductible por la untuosa luz del crepúsculo.

Pocos, muy pocos, sabían convertir la vida

en ese gran teatro de las emociones,

en ese laberinto indescifrable del que no querrías salir.

El próximo martes se inaugura en el Museo del Prado la exposición Rembrandt. Pintor de historias, cuyo comisario es Alejandro Vergara, jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte (hacia 1700). La muestra consta de 40 obras, 35 pinturas y 5 estampas, que proceden de 20 museos y colecciones privadas de todo el mundo. El Prado solo tiene una obra de Rembrandt (1606-1669): “Artemisa”, que adquirió el Marqués de la Ensenada y luego pasó a Carlos III. El Museo del Prado nació de las colecciones reales. La muestra, patrocinada por el BBVA, se acompaña de seis cuadros de Rubens (dos), Tiziano, Veronés, Ribera y Velázquez.

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