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FERMÍN ARRUDI, 'EL GIGANTE ARAGONÉS'.

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[En Aragoneses ilustres, ilustrados e iluminados (DGA, 1992) hablaba de un personaje fascinante como Fermín Arrudi. Aquel libro, uno de mis favoritos de los míos, estaba ilustrado por Cano. Aquel texto, ‘Fermín Arrudi o el coloso de la música’ lo integré en Los seres imposibles ( Desitno, 1998). Mi admirado Juan Gavasa, cronista, viajero, editor y pensador constante, escribía hace varios días un estupendo artículo sobre Fermín Arrudi y la novela que le ha dedicado David Dumall, un joven escritor jacetano. Aún no tengo el libro, pero lo conseguiré de inmediato. Mientras, cuelgo aquí el artículo de Juan Gavasa, cuyo blog es realmente estupendo y ejemplar por muchas razones. ]

 

Por JUAN GAVASA

Fermín Arrudi, el gigante de Sallent, es uno de los personajes más célebres de la historia popular del Pirineo aragonés. Su desmesurada altura, 2,29 metros, marcó por completo su vida y le arrastró al territorio de la leyenda, donde se convirtió en una figura casi mítica con un potencial literario tan poderoso como su estatura. Autores como el inolvidable Rafael Andolz o Antón Castro habían indagado en su vida, pero ahora el jacetano David Dumall explora el registro novelesco de Arrudi con una novela –la primera que publica-, en la que repasa los episodios más relevantes de su intensa peripecia vital. La vida del gigante sirve a David Dumall para dibujar un aguafuerte de la sociedad pirenaica de finales del siglo XIX, inmersa en pleno desconcierto ante los avances tecnológicos y el desmoronamiento de la sociedad tradicional. La propia figura de Arrudi bien podría ser la metáfora de ese tiempo de incertidumbre.

“Era una figura titánica, colosal, legendaria, como si fuese arrancada de la mitología griega, salida del monte Yda, lanzada en medio de la sociedad actual pero exornada de carne y hueso y vida regularizada". La prensa de principios de siglo, tan amante de la épica, la perífrasis y la metáfora, describía con este derroche de imaginación a Fermín Arrudi, el gigante aragonés. Nacido en Sallent de Gállego en 1870, su monumental estela es hoy uno de los iconos más popularizados del Pirineo. Pero Fermín no era sólo un cuerpo interminable, impropio de su época y su entorno. Detrás de su inmensidad cegadora habitaba un ser inquieto y sensible, preocupado por conservar y difundir las raíces culturales de su tierra, obsesionado por ser algo más que una mera atracción de feria. Y no hay duda de que lo fue.

Pese a que amasó una respetable fortuna mostrando su anatomía por medio mundo, Paris, Nueva York, Viena... Fermín siempre rehuyó de esta servidumbre que le obligaba a interpretar el personaje extraordinario que detestaba. Cuentan que en aquellas interminables giras su rostro se teñía de tristeza y pudor, acomplejado por las sonrisas, la soledad y la enorme admiración que provocaban sus más de dos metros de altura. Esa introversión se volvía en exultante vitalidad cuando regresaba a Sallent, cuando volvía a su casa y se encontraba con sus paisanos. De cada viaje traía regalos para todo el pueblo, un extenso anecdotario cargado de extraordinarias vivencias y, sobre todo, más ganas de no salir nunca más del valle.

En los montes de Tena Fermín pasaba largas jornadas practicando la caza (osos, sarrios...), en los campos de la familia. Su formidable anatomía era más valiosa que cualquier máquina y en los ratos de ocio sacaba su diminuto guitarrico y entonaba jotas que hablaban de amor y la tierra chica. París fue el escenario idílico donde conoció a Louis Carle Dupuis, la que sería poco después su mujer. Con ella vivió los años más felices, aquellos en los que la prosperidad económica le permitió construir su propia casa en Sallent, comprar un pequeño ganado y prolongar sus estancias cada vez más. Cuba, Nueva York, el mayor éxito de su vida, y otra vez el Pirineo. Esta vez para siempre.

Seis hombres portan a duras penas su féretro por las estrechas calles que conducen a la iglesia. Tenía 43 años y la huella que dejó en Sallent fue tan grande como su cuerpo. El párroco del pueblo, Mosen Miguel, se olvidó de la fría burocracia para escribir en el Libro de Difuntos su partida de defunción: “...Fermín Arrudi Urieta, era conocido con el nombre de “Gigante Aragonés” por su extraordinaria estatura: dos metros veintinueve centímetros, y por el anillo de su dedo pasaba holgadamente una moneda de diez céntimos. Su calzado medía cuarenta centímetros de largo por dieciocho de ancho; levantaba pesos que cuatro hombres robustos no podían mover...”

 

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gravatar.comAutor: Niggerman

Sí, la historia de Arrudi es un verdadero puntazo... que nos recuerda que los gigantes verdaderos son pocos, muy pocos.

Propicio 2009 y felicidades por la cincuentena que se recordaba unos insertos más abajo.

Fecha: 02/01/2009 10:19.


gravatar.comAutor: JM Morales

Estupendo personaje, estupenda reseña, quizás alguien como él un día habite en Tellerda... y habrá que estar a la altura de tan magnifico y sensible ser.

Fecha: 11/01/2009 17:04.


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