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MARCELO FUENTES DESDE LA CIUDAD SIGILOSA

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 Marcelo Fuentes podría ser el paseante solitario que anda de aquí para allá con un cuaderno secreto y algunos lápices en busca de un rincón propicio. Anda y desanda las calles, se detiene en una esquina, contempla la inmensa mole de un edificio varado en el centro de la ciudad: como si fuera un faro, un estandarte o un refugio de multitudes que rara vez asoman a las ventanas. En cuanto encuentra la posición del pintor, Marcelo Fuentes extrae sus cuadernos y mira. Se fija en la atmósfera de luz y extrañamiento, en la porosa geometría de las cosas, en la impresión de soledad que lo invade todo. No sabe con certeza si sueña la ciudad o si la ciudad lo sueña a él entre el aire, la soledad y sus muros.

Ahí, plantado, con los ojos del alma y los del cuerpo bien abiertos, araña líneas, esparce manchas, alza viviendas y añoranzas. La suya es una pintura de sensaciones, hechizada y ceñida a la claridad última del crepúsculo, una pintura de paisajes de inefable añoranza, composiciones de la melancolía. Marcelo Fuentes es un poeta-pintor: esculpe el silencio y la soledad, labra línea a línea los cartílagos de una ciudad metafísica.

Marcelo Fuentes es un excepcional y parsimonioso dibujante que halla en la arquitectura la materia central de sus obsesiones. La materia central, la calma trascendida y sus arabescos. En cierto modo, podría decirse que es un heredero de Boccioni, Carrà y Hopper, que se mueve en ese campo visual de afinidades cromáticas y de desamparo, y que posee la sutileza de Morandi: otro maestro del arte de observar, de penetrar en la esencia de los objetos y de sentir, otro paciente artesano de la forma y su caligrafía espiritual. El mundo de Marcelo Fuentes es evocador y a la vez sigiloso: nadie mira desde las terrazas, no se oye un grito, los besos se esconden igual que las mujeres hermosas que van de paseo, pero siempre hay una aureola de recogimiento y de inquietud. Las suyas son ciudades otoñales, o invernales, con sus oleajes de sombra, ciudades que tienen algo de escenario de un exilio o de desarraigo al que no resulta fácil ponerle razones ni palabras. Su obra, ya sean los dibujos, los óleos o los grabados, retrata a un artista reconcentrado, a un artesano de pulso y de perplejidad, que habita volúmenes y precipicios con la doliente serenidad de la pureza.

A Marcelo le apasionan la arquitectura, la fotografía y la literatura. Ha trabajado con distintos creadores como el fotógrafo Bernard Plossu, con otro fotógrafo como Juan Peiró, con el escritor Carlos Pérez. En cada una de estas colaboraciones se percibe una extensión de su mundo más íntimo y de su cuidadosa técnica. Es otra forma de asomarse al exterior. Marcelo Fuentes es un artista coherente y apacible, de una rara intensidad, incluso cromática, que se enfrenta a la ciudad como se enfrentaría al mar: sin volverle la cara, dispuesto al cuerpo a cuerpo, seguro de arrebatarle la humanidad, la belleza, todo el silencio de un canto.

 

 

*Marcelo Fuentes expone estos días en la galería Finestra de Ana y Mamen Gil, que está en la calle Zumalacárregui. Este es el texto para ese catálogo.

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