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RECUERDO Y HOMENAJE A JUAN JOSÉ CARRERAS

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Recupero aquí este texto que publiqué en ‘Heraldo’, donde daba noticia del último ciclo de conferencias que impartía Juan José Carreras Ares en el Paraninfo de la Universidad. Ahora acaba de aparecer el libro de homenaje ‘Razones de historiador. Magisterio y presencia de Juan José Carreras’, en edición de Carlos Forcadell Álvarez, uno de sus grandes discípulos con Julián Casanova, Ignacio Peiró, Miguel Ángel Ruiz Carnicer y Carmelo Romero.

 

 

“El mundo es como un texto”

 

 

Juan José Carreras es, esencialmente, profesor y estudioso de la Historiografía, maestro de alumnos. Su discreción e irónica visión de la vida le ha llevado a escribir poco, pero su don de lenguas, el gusto por la erudición y la reflexión han hecho de él un punto de referencia inexcusable, un diletante útil, un conversador infatigable. Su despachos –tanto el de su casa como el de la Facultad- tienen color, aroma y fascinación. Conviven los 39 volúmenes de “El Capital”, azules y en alemán, con Rosa Luxemburgo y las interminables piernas de Madonna o Marlene Dietrich. También están Lenin o Walter Benjamín, al que nos traducirá directamente de su lengua original, y sus notas en tinta negra: esquemas, apuntes para organizar un discurso. Con ese folio pespunteado entre las manos se sienta ante el público y usa su memoria y su gusto por la interpretación, y larga a sus anchas.

Carreras tiene una biografía apasionante: su padre, militante de izquierda galleguista, fue fusilado por la espalda cuando intentaba huir de la cárcel. En casa vivía un tío melancólico que gritó de entusiasmo: “Teruel republicano”. Carreras se trasladó a Madrid y fue un adolescente de Ateneo, contestatario, que frecuentaba a los escritores de los 50: Fernández Santos, Aldecoa, Sánchez Ferlosio. E incluso participó oblicuamente en la fuga de Cuelgamuros; unos días antes del suceso, conversó con uno de sus organizadores, Paco Benet, hermano del escritor; juntos visitaron el terreno. La escapada la perpetraron Nicolás Sánchez Albornoz y Manuel Lamana con dos bellas señoritas americanas: Barbara Mailer y Barbara Probst-Solomon. Se había decantado por la Historia Medieval y marchó a ampliar estudios a Heidelberg. Vivió en el cuarto en que había vivido Karl Jasspers y coincidió con Emilio Lledó. Estuvo allí once años y al cabo de unos años ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza. Mañana, a las 20 horas, inicia un novedoso ciclo de conferencias en el Paraninfo con el título “Seis lecciones de Historia”.

         “No es un ciclo sobre la historia que ha pasado, sino sobre cómo se ha escrito la historia de la historia que ha pasado”. Dice que su interés por la disciplina se entiende a la luz de su propia biografía intelectual: la de un español que debía familiarizarse con el pensamiento alemán, con la República de Weimar o con la historia del nazismo. “Forzosamente estaba un poco de espectador de privilegio, intentando juzgar los contenidos y los comportamientos”. Desde entonces, se decantó por el estudio de Mommsen, Ranke o Marx. Sus trabajos han cuajado en un volumen antológico: “Razón de Historia. Estudios de historiografía” (Marcial Pons / PUZ, 2000).

         Con ese bagaje y una extensa travesía de fondo, acudirá Carreras para inaugurar las “Lecciones del Paraninfo 2002”. Abrirá el fuego con “La sombra de Aristóteles y el espíritu de San Agustín”. “Nosotros, como los latinos, somos herederos de los griegos. Siempre se había hablado del fantasma de Aristóteles, y la Poética y la Retórica. La suya es una sombra, más que un fantasma, que se proyecta hasta nuestros días. El consideraba la historia como ‘la relación veraz de cosas que han pasado’. Decía que a Heródoto se le ponía en verso y seguía siendo historia. En una segunda definición, sostenía que la historia no tiene la dimensión filosófica de la tragedia, que trabaja con hechos e individualidades, y con categorías universales, por lo cual la Historia tampoco es ciencia”. No obstante, la historia tiene siempre una dimensión de generalidad y de ejemplaridad para el porvenir. Los historiadores griegos escribían del presente, no del pasado, y la jerarquía de sus fuentes era lo que habían visto o lo que había oído de alguien que había visto los hechos. En ese periodo ya existía una dicotomía que iba a mantenerse hasta el siglo XIX prácticamente: el historiador era el que escribía y confeccionaba un relato, y había el erudito, el gramático o el arqueólogo que buscaban en las fuentes, que investigaban. “Los grandes eruditos morían en el anonimato, y los historiadores a veces tenían grandes funerales”. La visión de San Agustín, tan sometida a la Verdad de Dios, no excluía “una historia mundana abandonada a su propia inercia”.

         La segunda charla abordará “La historia de la razón, razón de la historia en la modernidad” se centra en que “la evolución natural de la historia es el progreso”, aunque está contaminada de obstáculos, y desarrolla en parte la convicción de que “el siglo XVIII fue un siglo de historia; de historia filosófica, razonada”, que tenía un inequívoco parentesco con la Ilustración. “La ilusión del método” (III lección) parte del siglo XIX y de esa visión romántica que se opone a la Revolución Francesa y a la Ilustración y recupera “el pasado por el pasado mismo”. Desentierra la Edad Media, que para Voltaire había sido “un erial de lobos y señores feudales”, algo que también hará más tarde el pensamiento liberal. “En este momento, el historiador se profesionaliza y surge en Alemania el seminario, donde los profesores que son funcionarios del Estado deben formar alumnos en seminarios especializados”. Desde entonces, el historiador es el hombre que trabaja sus propias fuentes, la erudición y la exposición.

         “La historia: triunfante, acosada, seducida” (IV) registra el triunfo de la historia después de la II Guerra Mundial, bajo el prisma de que “los hechos son sagrados, las opiniones son libres” (algo que ya habían insinuado los positivistas). “La historia desde abajo, la historia desde dentro” (V) retoma postulados de los historiadores sociales ingleses, franceses y marxistas, que habían hecho historia desde abajo pero desde afuera., y alude a la mirada atónita de Walter Benjamín, quien sostenía que “la historia debe aceptar el hecho del fracaso”. Y en su última comparecencia abordará “El Ángel de la historia”, que incluirá un repaso a las nuevas direcciones de la historia. “La tendencia dominante es la hermenéutica: es decir, la interpretación del sentido de los textos, y el mundo también se ve como un texto”.

         En este viaje, complejo, elevado, salpimentado siempre de un rico anecdotario, también abordará temas como el nacionalismo. “Nunca ha existido una nación vasca ni un Euskadi independiente, pero en el momento en que un montón de personas cree en eso es un factor operante. Lo que encuentro absurdo es combatir esa postura con razones de tipo histórico. Hay que preguntarse si es factible, operativo, si existen argumentos racionales. Y eso es una decisión política”.

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gravatar.comAutor: Fernando

Juanjo era un tipo extraordinario, a quien tuve la inmensa fortuna de poder tratar durante los cursos de verano de la UIMP, en Santander.

Fecha: 16/06/2009 18:57.


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