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JOAO: UN CUENTO DE GIOVANNA RIVERO

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João

Giovanna RIVERO

 

En realidad, todo ha empezado mirando cómo el abuelo hunde los carrillos sorbiendo el fuego del cigarro, formando pequeños cráteres, infiernos diminutos, en el cilindro de tabaco. Tose un poco y escupe a un costado. Le dicen que debe dejarlo, pero el abuelo está decidido a sorberse todo el fuego del mundo, de a poco, sin prisas pero sin pausas.

João lo entiende. Es pequeño y cualquiera puede contarle las costillas, pero a los diez ya es posible comprenderlo todo, especialmente si has viajado en tren, si has cruzado el monte, si te han picado las víboras y tu propio abuelo ―dientes podridos, respiración enferma― te ha tenido que chupar el veneno verdoso, como la flema, algo que no ya no estás seguro si es pus o un sueño. João mira el empeine de su pie izquierdo y reconoce la dentadura desigual del abuelo, el modo en que el incisivo se hundió, mientras João se liberaba en la inconsciencia.

João comprende el placer del abuelo metiendo calor en la garganta, quemando las cosas que seguramente ha  amado. João no ha conocido a su madre. El abuelo puede acabarse cajetillas completas de Astoria, las demás marcas le hacen cosquillas. João comprende eso. El abuelo, además, le enseña qué significa cada infierno: “cama”, “taças”, “crime”, “dinheiro”, “vingança”.  João sorprende al abuelo diciéndole que también puede ver “traições”. El abuelo se fuma otro pucho y pareciera que levanta una oreja, como un duende, para escuchar mejor el anuncio de los grillos. Pero João sabe más y mejor que los grillos.

 João piensa de sí mismo que es un adulto.

Los han traído hasta Santa Cruz para hacer un trabajo. Una mujer quiere que alguien muera, alguien a quien odia. João ya sabe reconocer entre el odio y los simples ajustes. “Se a senhora odeia a alguém, a senhora quer que seu sofrimento seja longo. Se é sua dignidade a que está ferida, a senhora procura que se suscite uma  tempestade, rápida, mortal, que a alivie”.

El abuelo y João van hasta la quinta de la mujer. Los alojan en una casa vieja pero llena de comodidades, algo que no es del todo real. La mujer dice que pueden quedarse allí hasta que el trabajo esté consumado. João no sabe si soportará los noventa días que el abuelo ha establecido como plazo. A João le gustan los árboles y las quebradas, pero la casa le parece horrible. El permanente zumbido eléctrico de un neón que atrapa mosquitos, hipnotizándolos, haciéndolos estallar como cenizas, le produce asco. Prefiere que le piquen, como la víbora. João quisiera decirle al abuelo que no necesitan hacer ese trabajo. En la frontera siempre es posible arreglárselas. João no quiere escuela ni zapatos nuevos. A João no le aburre mirar al abuelo fumando. João está inquieto allí y no sabe por qué.

“Vamos pronto, avô”, le ruega João. La piel oscura del abuelo se arruga, las cejas blancas no le iluminan la mirada.

El abuelo dice que los trabajos comprometidos se cumplen.  Ganarán mucho dinero, vivirán en Puerto. El abuelo atrae la cabeza del niño y la aprieta contra su pecho. João tendrá una mejor vida. João pregunta qué cosa ha apostado el abuelo. En la quinta, extrañamente, hay árboles y ríos, pero no animales. El abuelo dice que todo saldrá bien. Ou Você não acredita?

João acredita. João es todo fe.

Esa noche, João se levanta con pisadas de tigre, desde el umbral ve dormir al abuelo sobre el catre raquítico, apenas una colcha gris sobre la parrilla, pues ha tirado el colchón demasiado blando al piso. El abuelo farfulla cosas,  la respiración se interrumpe por un segundo y el abuelo se vuelca hacia la pared, definitivamente hundido en el trance egoísta del sueño. João saca los atados de cigarrillos y sale hasta el umbral de la horrible casa. Es agosto y los pastizales no se parecen al monte de la frontera. Son largos, como llamas, pero están secos.

João saca un pucho y lo frota. Fuma. Es la primera vez que fuma. Le gusta ver cómo, a causa de su joven respiración, se van formando los cráteres que le revelan cosas.

Você é o filho do fogo” le dijo un día su abuelo. Miraban fascinados el momento en que el sol topaba el agua. El pie de João había comenzado a descamarse, pero la piel nueva era aun más morena.

João se adentra en los pastizales y sorbe con furia el pucho, como lo ve a hacer al abuelo cuando está trabajando en serio. Sopla João hacia los cuatro puntos cardinales, no descuida su camino ni su espalda.

Las pequeñas astillas de fuego se esparcen en el campo y las espigas secas comienzan a cobrar vida como si João se hubiera convertido en un Dios. Un Dios frágil pero severo.

João hunde los carillos como el abuelo, tose, escupe. Todo ese campo muerto ahora vive. Y es suyo.

João ve su cara morena en el pozo más profundo del cigarro. Pero su cara desaparece de inmediato en la avanzada roja del mundo que va creando con su respiración. João piensa que eso jamás podrían enseñárselo en la escuela.

João comprende las apuestas del abuelo y las suyas propias. A los diez ya se te ha abierto el alma.

João siente calor pero no miedo. Largas y obedientes, las espigas de fuego se doblegan a los pies de João y comienzan a lamerle el empeine marcado, las piernas flacas y morenas, el estómago, el cuello de criatura sin madre. 

El corazón de  João comienza a latir con el ritmo de una música que escuchó alguna vez.  Siente ganas de llorar, pero no es saudade o dolor. La luz anaranjada del campo pinta chispas en el pelo azabache crespísimo. “O filho do fogo”, susurra el niño, fascinado ahora con esa sustancia que él mismo ha creado y que lo abrasa con ternura, de manera total, sin dejar para el imposible futuro ni un solo hueso o siquiera la insinuación de un cartílago. En ese momento, para João, todo es perfecto, todo está muy bien, nada falta y no está solo, como si acabara de nacer.

*Me gustó mucho el libro de relatos de Giovanna Rivero, 'Niñas y detectives', que publicó a principios de verano Bartleby, el sello del infatigable Pepo Paz. A través de su editor, la escritora me ha mandado este relato. Cosa que le agradezco. La foto es del brasileño Tiago Santana.

 

 

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