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NUEVO NÚMERO DE 'LABERINTOS'

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LA LUZ OSCURA:

“UNOS AMORES DE SWANN”, DE MARCEL PROUST[1]

 

José GIMÉNEZ CORBATÓN**

 

 

            Me limitaré en este trabajo, dadas sus dimensiones, a llevar a cabo un breve análisis de los celos en la narración titulada “Un amour de Swann”, que constituye la segunda parte del primer tomo de À la recherche du temps perdu, situada entre “Combray” y “Noms de pays: le nom”. Escribir sobre Proust, sin duda el escritor francés más importante del siglo XX, es tarea dilatada y paciente, tanto o más que leerlo y traducirlo. Proust ofrece muchas lecturas: abre sin cesar caminos zigzagueantes que conducen a otros inesperados, senderos que, como ramificaciones pobladas de frutos, unen los caminos en apariencia más dispares. Para describir la complejidad del mundo social que retrata, teje con minucia una prosa original, única, inconfundible y, sin duda, difícil de emular. Una prosa que no se puede separar de la pintura y de la música de su tiempo[2].

            Swann conoce a Odette de Crécy, futura madame Swann, en el salón de los Verdurin, burgueses ridículos (desde su nombre mismo) y pretenciosos que mantienen un círculo de amistades, un “cogollito”[3] de notable mediocridad. Odette encaja a la perfección en ese clan. Swann no tardará en darse cuenta de que la mujer, bella y pretendidamente coqueta, mantiene gustos y opiniones vulgares, y que no se expresa con auténtica finura. ¿En qué se basa pues la seducción que Odette ejerce sobre Swann, un diletante experto en arte que se codea con la mejor sociedad francesa, con las viejas familias que han dictado desde siempre los modos elegantes y las normas de comportamiento en el mundo de las relaciones?

            Swann idealiza a Odette. Inventa una imagen de Odette que no es real. Todo empieza con la famosa frase musical de la Sonata de Vinteuil, un fragmento que suele interpretar cierto pianista asiduo del salón de los Verdurin. Swann transforma esa frase[4] en “el himno nacional de sus amores”[5]. No le hace falta conocer el resto de la Sonata, le basta con ese movimiento. La propia Odette asume ese aura que va a adornar su relación: “¿Qué necesidad tiene usted de lo demás [...] El trozo nuestro es ése” (263).

            Pero esa idealización, que casi se puede calificar de alucinatoria, no es sólo musical. Es también pictórica, lo que no podía ser de otro modo dado que Swann, como ya he dicho, se considera un experto en ese arte (mantiene inacabado, desde hace años, un estudio sobre Vermeer de Delft[6]): “[Swann] Colocó encima de su mesa de trabajo una reproducción de la Céfora, como si fuera una fotografía de Odette. Admiraba los ojos grandes, el rostro delicado, donde se adivinaba la imperfección del cutis, los maravillosos bucles en que caía el pelo por las cansadas mejillas, y adaptando lo que hasta entonces le parecía hermoso de modo estético a la idea de una mujer de verdad, lo transformaba en méritos físicos que se felicitaba de encontrar todos juntos en un ser que podía ser suyo. Esa vaga simpatía que nos atrae hacia la obra maestra que estamos mirando, ahora que él conocía el original de carne de la Céfora, se convertía en deseo, que suplía al que no supo inspirarle al principio el cuerpo de Odette. Cuando se estaba mucho rato mirando al Botticelli[7], pensaba luego en el Botticelli suyo, que le parecía aún más hermoso, y al apretar contra el pecho la fotografía de Céfora, se le figuraba que abrazaba a Odette” (269-70).

            Muy pronto Swann dudará de la verdad de ese amor sublimado en arte. Vive la voluptuosidad de estar enamorado, una sensación dilettante que, además, le cuesta dinero, pues tiene que ayudar de continuo a Odette en sus dispendios. Pero este último hecho no hace sino aumentar la excelencia de la relación: Proust la compara con el placer que sienten las personas que dudan sobre si les gusta o no el mar, pero que se convencen de la necesidad de frecuentarlo y se conforman satisfechas con el mero placer de pagar cien francos diarios por la habitación de la fonda desde la que podrán gozarlo.

            Odette se convierte, así, en un objeto comprado. Swann entiende que ese bello objeto debe ser admirado por otros hombres (lo contrario significaría que quizá no revestía tanta importancia). Pero esa veneración ajena trae consigo “un deseo doloroso de dominarla enteramente, hasta en las más recónditas partes de su corazón”; de ahí que, en franca y humillante contradicción, le pida a Odette que lo haga “invulnerable, mientras su amor durara, contra las embestidas de los celos” (323).

            Los celos no tardan en ser convertidos, en la mente de Swann, en una razón más que le permita activar su propia inteligencia. Los celos conllevan la pasión por conocer la verdad: ¿le engaña Odette? ¿Le miente? Indagar es propio de seres inteligentes, de mentes que hacen suya la pasión de la verdad. “Y cosas que hasta entonces le habrían abochornado: espiar al pie de una ventana, quién sabe si mañana sonsacar diestramente a los indiferentes, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, le parecían ahora métodos de investigación científica de tan alto valor intelectual y tan apropiados al descubrimiento de la verdad como descifrar textos, comparar testimonios e interpretar monumentos” (326).

            Claro que esa luz requiere un constante alimento. Quien experimenta los celos estará dispuesto a recibir con regocijo todo lo que los nutre, “aunque fuera a costa suya”. Swann acosa y agobia a Odette con sus dudas, con sus preguntas, con la deriva de sus sospechas, pero siempre regresa a ella, “tan cariñoso y sumiso como antes”, dispuesto a hacer las paces. De ese modo, Odette se acostumbra “a no tener ya miedo a desagradarle, hasta irritarle, y cuando le parecía bien le negaba los favores que más en estima tenía él” (361). La luz se transforma en oscuridad: es el celoso el que se convierte en víctima de su obsesión, en juguete del amante al que ha pretendido convertir en objeto permanente de su investigación “inteligente”. Si la Odette de carne y hueso había sido reemplazada, en el origen del amor, por una frase musical o por la figura de un fresco renacentista italiano, ahora son los propios celos los que ocupan su lugar: cuando Swann contempla la fotografía de Odette, le cuesta reconocerla en carne y hueso. Ya no ve a Céfora. Ya no relaciona la frase de Vinteuil con los sentimientos que Odette provoca en él. La amada se confunde “con la preocupación dolorosa y constante que en su seno sentía” (365). Y parece como si la brecha que en el corazón de Swann abren los celos no tuviera fin: al final del camino aguardan incluso los que provoca aquel “otro yo que Odette había querido” en el momento de conocerlo, antes de que empezara el martirio. Nostalgia de un amor limpio, imposible. Celos de aquel “sí mismo” que Odette amó al principio.

            Los celos son pues incompatibles con la luz. Swann insiste en que sólo quiere confirmar sus sospechas, que eso le basta para afianzar su inteligencia, pero esas sospechas son inagotables, no tienen límite. Se aferra al conocimiento, busca una luz que sólo le conduce a más y más oscuridad. Una oscuridad que, irremediablemente, se convierte en ceguera: el celoso se deleita incluso en imaginarse ser el agente provocador de otros celos ajenos: “Una noche que, cediendo a las órdenes de Odette, volvieron juntos a su casa, cuando ella entretejía en sus besos palabras de apasionado amor, tan en contraste con su sequedad de ordinario, a Swann le pareció de pronto que oía ruido; se levantó, buscó por todas partes, sin encontrar a nadie; pero ya no tuvo valor para volver junto a Odette, que, entonces, en el colmo de la rabia, rompió un jarrón y le dijo: “Contigo no se puede hacer nada”. Y a él le quedó la duda de si su querida tenía a alguien oculto para hacerle sufrir de celos o para excitar su sensualidad” (438).

 

*Artículo publicado en LABERINTOS, Revista semestral de Humanidades, n. 20, Año X, Diciembre 2009. Dossier dedicado a “Un dolor de Swann”. Zaragoza, I.E.S. Élaios.

 

**Le he perdido a José Giménez Corbatón, miembro del consejo editorial de ‘Laberintos’ –autor de libros como ‘El fragor del agua’, ‘Tampoco esta vez dirían nada’, ‘La fábrica de huesos’ y ‘Licantropía’, entre otros títulos-, que me envíe su artículo de este nuevo número de esta cuidadísima publicación. Y aquí está. La foto es de Allen Jenkins.



[1] He seguido la traducción de Pedro Salinas (que el lector puede encontrar en Alianza Editorial), pues me parece que no ha sido superada por otras más recientes, como traté de demostrar en “Leer, traducir y editar a Proust” (Riff-Raff, Revista de Pensamiento y Cultura, Zaragoza, nº 21, 2ª época, Invierno 2003, pp. 6 a 20), donde comparé las últimas versiones de Mauro Armiño (Valdemar) y de Carlos Manzano (Lumen) con la canónica del poeta de la Generación del 27, que se ocupó de los dos primeros tomos de En busca del tiempo perdido, los titulados Por el camino de Swann y A la sombra de las muchachas en flor, y de una parte del tercero, El mundo de Guermantes, volumen que completó el también escritor exiliado José María Quiroga Pla.

[2] Una aproximación a esa prosa puede leerse en la primera parte del trabajo citado en la nota anterior.

[3] El término, muy acertado, es de Pedro Salinas.

[4] Frase que algunos lectores de Proust (entre ellos, Pablo Neruda) han identificado con el “Allegretto ben moderato” de la Sonata para violín y piano en La Mayor de César Franck. Pero es muy posible que Proust pensara también, al describir su magia, en Saint-Saëns (Sonata para violín y piano en Re Menor) e incluso en Wagner. Reynaldo Hahn, a quien Proust adoró, se inclinaba, muy en particular, por el primero de los dos. Proust, por cierto, se inspiró, en parte, para describir los celos de Swann, en su propia relación con este compositor venezolano (véase al respecto la edición anotada por Antoine Compagnon de Du côté de chez Swann, Paris, Gallimard, Folio Classique, 1998).

[5] Marcel Proust: En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Traducción de Pedro Salinas. Madrid, Alianza Editorial, 1966, 4ª edición: 1972, p. 262. En adelante, todas las citas de “Unos amores de Swann” estarán extraídas de esta edición, e indicaré la página, entre paréntesis, en el propio texto.

[6] Proust le escribió a Jean-Louis Vaudoyer: « Depuis que j’ai vu au musée de La Haye la Vue de Delft, j’ai su que j’avais vu le plus beau tableau du monde » (Edición de Antoine Compagnon –nota 3-, p. 494).

[7] Se trata del fresco titulado Pruebas de Moisés, pintado por Sandro Botticelli en la Capilla Sixtina de Roma entre 1481 y 1482, en el centro del cual aparece la figura de Céfora, la hija de Jetro, quien, acompañada por su hermana, es defendida por Moisés de unos pastores que les impedían abrevar sus rebaños.

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gravatar.comAutor: mayusta

José Jiménez Corbatón, como siempre, magnífico. Un artículo que merece esta difusión. Gracias, Antón.

Fecha: 28/11/2009 16:59.


gravatar.comAutor: mayusta

Giménez (con G). Perdón por el lapsus

Fecha: 28/11/2009 17:45.


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