Facebook Twitter Google +1     Admin

DIÁLOGO CON SANTIAGO AUSERÓN

20200926075936-auseron.jpg

ENTREVISTA CON SANTIAGO AUSERÓN

 

-Si le parece, empecemos por su vinculación con Zaragoza.

-Nací aquí. Mi padre trabajó empezó de topógrafo en la Base Americana para construir las pistas de aterrizaje y luego los americanos pidieron personal que hablase inglés para administración y entretenimiento, y mi padre hizo el curso de inglés y se quedó en la Base, haciendo de “entertainer” para los soldados: bingo, espectáculos. Y eso nos proporcionó bastante información de primera mano.

-O sea que la pasión por el espectáculo la heredó de su padre...

- Lo cierto es que mis padres se conocieron haciendo zarzuela como aficionados. Después mi padre trató con artistas y orquestas: vivíamos el ambientillo del “show bussines” de cerca. Aunque la mayor influencia fueron los discos en casa: eran los discos que los amigos americanos le dejaban a mi padre o cuando venían a casa con ellos bajo el brazo. Teníamos información del primer Elvis, pero también de la orquesta de Duke Ellington, de Ella Fitzgerald. Había nombres muy fuertes que luego me siguieron influyendo a lo largo de los años, como Nina Simone. Toda aquella información en la mente de un niño zaragozano tarda mucho en expresarse y en adquirir carta de naturaleza.

-¿Qué lugares frecuentaba entonces?

-Además de música en casa, también recibía influjos a través de mis amigos de la calle con los cuales salía a las ferias. Había unos billares en El Tubo, en los que no me dejaban entrar. Veía aquellos tíos patilleros con jerseys de rayas y pantalones de campana, que ponían música en la máquina de discos. Me quedaba en la puerta y les pedía las canciones que me gustaban. Además, iba con mis hermanos pequeños y con mis primos ir a los autos de choque del Cabezo y a oír allí novedades. Me acuerdo perfectamente de la primera vez que oí “Satisfaction” de Los Rolling Stones. Y en la radio Marconi de mi abuela, en la calle Las Armas, oí los primeros Beatles. En el Cabezo recuerdo que había máquinas y el primer “soul” llegaba allí. En la máquina de la piscina de Torrero, donde íbamos algunos veranos, se oía la primera música ye-yé española. Antes de irme de Zaragoza, pillé los aires de una ciudad que estaba muy viva musicalmente.

-Pronto inició su vida errante...

-Nos fuimos a Asturias. Mi padre dejó la Base y recuperó su trabajo de topógrafo en la construcción en Obras Públicas. Vivimos en un pueblo que se llama Infiesto, de allí pasamos a Torrelavega, luego volvimos a Zaragoza, luego al Pirineo, a Jaca y Canfranc, volvimos a Zaragoza otro año y de aquí nos fuimos a Huelva donde estuvimos cuatro años, en la frontera del “Far West”: en la frontera con Portugal. Allí entré de aprendiz de delineante, de aprendiz de topógrafo, mientras terminaba el Bachillerato. Y desde ahí ya nos vinimos a Madrid.

-¿Cuándo nació su pasión por la filosofía?

-Nació en Huelva, mientras era delineante, en la oficina de un pueblo que se llama Villanueva de los Castillejos. En los ratos muertos, yo repasaba mis libros, tomé contacto con la filosofía en los textos de Bachiller. Al principio las teorías de Kant y todas aquellas cosas me sonaban a chino pero tenían algo atractivo y de misterio. Sentía una cierta atracción mental hacia eso. Había un delineante mayor que yo de Sevilla que me empezó a pasar algunas lecturas. Era un subversivo de la época. Fue muy curioso: a aquel pueblo deportaron a algún estudiante sevillano, por conflictos en la universidad, y se formó un ambiente especial: musiquero, venían los grupos de la región, muy “souleros”, de fervorosa inquietud juvenil.

-¿Cantaba ya o tocaba algún instrumento?

-Empecé allí: los amigos me empezaron a enseñar a manejar una guitarra con los rudimentos del fandango de Huelva. Y de los fandangos ya nos pasamos a intentar copiar algunas cosillas de los discos de los Kink. Mi padre hacía viajes a Sevilla, y nos traía discos a Luis y a mí, y algunos de ellos han sido influencias muy perdurables, particularmente recuerdo uno excepcional de Eric Burdon & The Animals, y discos de los Kink. Y empezábamos a enredar con el tocadiscos portátil y me compraron la primera guitarra española.

-La biografía de Radio Futura dice que comenzaron en 1980.

-Empezamos mucho antes, con escarceos, en 1970/1971, y con un homenaje a García Lorca. Tuvimos nuestros más y nuestros menos con la Guardia Civil, que nos decía que el “Romancero gitano” contenía textos provocativos. Luego vinimos a Madrid y entré en la Universidad. Había muy buen ambiente musical, más en la periferia que en el centro; el centro era muy pogre, contestatario, musicalmente un poco pesado. En los barrios obreros, mi hermano tenía un círculo de amigos, melenudos, muy activo musicalmente, que seguían la música de la Velvet Underground, la vía Lou Reed, la vía John Cale, todo lo que se llamó “La Escuela de Canterbury”, Kevin Ayers, Soft Machine, Phil Manzanera y Roxy Music, Brian Eno, un poco el rock sofisticado, tocando un poco el “glam” en su parte más literaria. Y David Bowie y también algunas bandas de rock duro. Yo había entrado en la Universidad un poco antes que ellos, y vivía en los ambientes contestatarios, me quedaba más con Bob Dylan y Leonard Cohen. De San Blas y del círculo de amigos de mi hermano me venía la música más intrigante, frívola en apariencia, pero con contenidos más inquietantes. Eran ya los últimos años del franquismo, nos estábamos metiendo en un ambiente de pre “nueva ola”.

-En 1977 se fue a París.

-Me fui a Vincennes a iniciar mi tesis doctoral sobre Antonin Artaud. Iba a estudiar a la estupenda biblioteca de La Sorbona, pero yo estaba matriculado en Vincennes, que era la universidad maldita. Me interesaba seguir el rastro de Gilles Deleuze, Jean François Lyotard, Chatelet, me apunté a los tres cursos, e inscribí la tesina sobre Artaud con Gilles Deleuze. Quería analizar “La metafísica en Antonin Artaud” a partir del tema de las imágenes y del pensamiento como espacio escénico. Hice una tesis a medias, porque pensaba en la posibilidad de quedarme a vivir en París, y convertirme en escritor o intelectual de oficio, pero en aquellos años fue el estallido del punk, del after punk, la “nueva ola” y todo eso. A partir de 1977 se vivió una efervescencia cultural y musical en relación con la música. En los viajes de vuelta a Madrid, y en las vacaciones, me quedé atrapado. Empezaban a sonar canciones más frescas y con más intención.

-Fue en esta época cuando conoció a la escritora Catherine François, su esposa.

-La conocí mucho antes, en 1974. Ella me inició en la lectura de los escritores franceses que más me han influido: la poesía del XIX, el romanticismo, el simbolismo, y todas las primeras vanguardias. Mi fascinación por Artaud se la debo a ella. Entonces, convalidó su carrera de letras aquí en España, y venía conmigo a la Facultad de Filosofía y Letras a seminarios sobre Nietzsche, Nietzsche y Borges, etc. Con ella me metí a fondo en el estudio de la cultura europea, me introdujo en el Romanticismo alemán. He estado muy pendiente de su propia escritura. Editamos, en edición de autor, en colaboración con Pre-Textos, “La ciudad infinita”, quedó un libro muy personal y enigmático, y luego Pre-Textos publicó su primer ensayo novelado sobre las tradiciones de la China antigua: “Caminos bajo el agua”, es de 1999, un texto denso, pero lleno de poesía. Pre-Textos también me publicó a mí “Las canciones de Radio Futura”.

-Háganos un balance de la larga década de Radio Futura.

-Nuestro lema era “Escuela de calor” porque nos lo tomábamos como un aprendizaje intenso y caliente. No podía ser de otra manera porque las carreteras españolas eran así. Los caminos del rock se iban construyendo conforme nosotros llegábamos también. Aquello era muy intenso, divertido y emocionante. Nos lo tomamos como un aprendizaje que consistió en tratar de realizar en lengua española lo que nosotros sentíamos en las canciones de otros medios: tratábamos adaptar a la métrica del español el modo de expresión que nos llegaba del soul, del rock o del rythm and blues. Nuestra idea era utilizar la canción popular como medio de experimentación y de creación. Queríamos hacer canciones más elaboradas, que permitiesen algo más de reflexión, jugar con la imagen, nos preocupaba la captación poética, la metáfora.

-¿Cómo no van a decir luego que Santiago Auserón es el rockero intelectual?

-Naturalmente en mi aproximación a la canción popular hay dos vías, trabajo como con dos manos. Un lado es el acercamiento adolescente natural, y otro es el aspecto de estudiante, que he mantenido vivo desde entonces. He ido buscando una acercamiento al papel de la lírica contemporánea, al papel de las canciones en el mundo actual y su posible incidencia...

-Creo que ahora está muy fascinado por el mundo de los trovadores...

-Sí. Desde hace algunos años, a lo largo de la experiencia de Radio Futura, estábamos muy interesados en buscar apoyos que dieran sentido a la búsqueda de una nueva canción en España. En lo musical empezamos a mirar hacia la negritud americana, próxima al fraseo español, primero Jamaica, con Bob Marley y el “reggae” a la cabeza, y luego Cuba. Nos metimos muy a fondo. Ese pulso negroide nos empezó a cautivar. Eso empezó a partir del 84.

-Tengo una curiosidad. ¿Cuándo Radio Futura titula su primer disco “La ley del desierto”?, ¿no estarían pensando en Aragón?

-Yo creo que se me fundieron varias imágenes: el páramo castellano, también los Monegros, y un poco La Mancha. También titulamos otro álbum “De un país en llamas”.

-¿Qué es lo que le lleva a crear un heterónimo? ¿O no podíamos decir que Juan Pedro es un heterónimo?

-Sí, lo es. Es un heterónimo que me sirve para canalizar tendencias un poco contradictorias: el lado público y vagabundo exigido por el trabajo en la carretera, y el trabajo de búsqueda, de sones, y compatibilizarlo de algún modo con la necesidad del trabajo privado, del estudio, de la reflexión, de ir poniendo cosas en limpio en los cuadernos. Son como dos mentalidades y dos actitudes que parecen opuestas e irreconciliables pero para mí son las dos verdaderas y las vivo como una especie de oscilación periódica, casi estacional. De hecho el ejemplo de los trovadores, por el cual me ha preguntado, me es muy grato porque en alguno de los textos de estudio (Martín de Riquer o Menéndez Pidal, sobre todo) he encontrado una situación semejante: el trovador era una persona que vivía seis meses de estudio y seis meses de juglaría para llevar y cantar sus propias canciones.

-Su carrera en solitario como Juan Perro ha pasado por fases muy diferentes: el jazz, una reivindicación de lo latino (fue usted, en cierto modo, quien lo puso de moda), lo fronterizo, la mezcla...

-En Radio Futura ya estaba eso. Hicimos temas como “Semilla negra”, que es una fórmula que provoca consecuencias posteriores, hay una relación simbólica entre “Semilla negra” y “La negra flor”. Con Radio Futura visitamos Cuba, trajimos muchos materiales, y nos dimos cuenta de que ahí había mucho lío en el son campesino que remite, en sus orígenes, a estructuras muy interesantes en lo melódico y en lo rítmico. Yo me lo tomé un poco como tarea más personal. Mientras que mis compañeros estaban pensando más en la deriva hacia lo electrónico, en el estudio casero, decidí ir más a Cuba a conocer los viejos soneros, la práctica, la música de tú a tú en su propio círculo familiar. Me gustaba cantar casi sin amplificación y la inmediatez de las músicas tradicionales. También me relacioné con los círculos flamencos de Madrid. Me interesaba desarrollar todo eso como vocalista y por la escritura.

-Usted posee una vocación poética inequívoca, ¿no?

-Sí, pero quiero ser muy cauto con eso. Hay una vocación creciente y una afirmación de la necesidad que yo tengo de leer a los poetas, por dos razones: una, por oficio, para tratar de escribir mejores canciones, y otra por razón de mentalidad porque hay realidades tan escurridizas -supongo que siempre ha ocurrido pero en los tiempos que corren se vive con mayor ansiedad, porque todo parece ocurrir de una forma muy veloz-, que siento la necesidad de capturarlas.

-Le hemos leído que las canciones son un barómetro sociológico más fiable quizá que los cambios políticos.

-Lo que ocurre es que hay patrones musicales, pequeños problemitas rítmicos, que resumen enfrentamientos de culturas, de etnias, de lenguas, y que decantan soluciones que duran mucho más que un imperio. Hay patrones rítmicos que atraviesan la historia con una ligereza increíble. No están asentados, no tienen territorio propio, viven casi mejor en los altos fronterizos y parece que se alimentan de ese extrañamiento, de saltar de un pueblo a otro, incluso a veces de saltar al pueblo del enemigo. He sentido la necesidad de remontar la tradición lírica que me permitiese escribir mejores canciones en castellano, desvelar algo del entramado rítmico latente en la lengua, en los versos, y con los patrones rítmicos de la música popular, que desaparecen, se echan al viento y se van. Ahí he encontrado mi temática, esto es lo que me obsesiona porque a la vez me lleva por el lado de la práctica musical, por el lado de la decantación del lenguaje en los versos, y también por el lado de la reflexión al intentar comprender algo dentro de esas oscuridades.

-¿Cuál es su estado natural: la insatisfacción, la curiosidad, la búsqueda o el riesgo?

-Supongo que una curiosidad enfermiza y doliente. Me veo arrastrado por corrientes que confluyen a veces y luego divergen. Vivo en la incertidumbre y en la indefinición. Lo central de mi carácter es esa especie de confusión o de oscilación entre un extremo y otro.

-¿Mr. Hambre sería también un “alter ego” que se abre camino en medio de esa confusión?

-Había un personaje así en alguna canción de Radio Futura, “Cara o cruz”, un Rufio Datura que era una prefiguración de Juan Perro; estaba en “La canción de Juan Perro”. Creaba heterónimos, figuras y personajes por la necesidad de personificar en alguien la búsqueda rítmica y melódica de la canción popular española contemporánea, por darle un rostro, y en ese juego entró Mr. Hambre, fugitivo, huidizo.

-No sé si se retrata de nuevo. Usted ha declarado: “Vivo una eterna adolescencia en la que no encuentro por donde tirar”.

-Sí me encuentro en esa sensación. Pero este impulso irremediable y cíclico ya me lo tomo con buen humor.

¿Le dice algo el nombre de Fernando Pessoa?

-Me gustan muchas cosas de él. Es un poeta por naturaleza. Lo comparo con Kafka, son dos funcionarios “poetas”. Tengo la sensación de que Fernando Pessoa necesitase heterónimos para, al fin, hacerse su propia encarnación poética. No he pretendido parecerme a Pessoa. Deben ser síntomas de escisión, pero estas cosas no son caprichos de uno mismo, sino de la madre naturaleza.

-Me ha sorprendido que un antiromántico como usted diga: “La herida amorosa tiene mucho que ver con el canto”.

-S, claro. El canto es una especie de sutura o de recubrimiento balsámico. Lo amoroso siempre conduce a algún tipo de herida por el mero entusiasmo de la naturaleza que te lleva de la querencia a los extremos dolientes inevitables, mientras no les pones remedio. Y casi nunca sabes cómo hacerlo. No he sido muy partidario del sentimentalismo ni de la expresión lírica que engorda el yo ni del lamento nostálgico. Prefiero vivirlo y cuando me toca expresarlo, hacerlo de un modo algo más impersonal.

-Otra frase: “Soy un extranjero de aquí”. ¿Es un extranjero en la música, en España, en Aragón?

-Del aquí. Mi manera de ser un aragonés errante o ciudadano español es disfrazarme de turista. Yo soy de la tribu como el primero, pero siempre tengo la querencia de irme un poco a los márgenes para ver las pasiones de la tribu y los sones que llegan de lejos.

-Su último álbum es “Cantares de Vela”. Parece que vuelve al jazz y al soul.

-De algún modo, mientras la canción en España se está poniendo cada vez más pesada porque tiende a la explotación de lo vulgar. Creo que hay un círculo de rockeros de cierta edad que necesita recuperar territorio. Y se vuelve a las fuentes. Ahí está la música negra, el rythm and blues, el jazz, que es la gran explosión de la música negra americana porque es donde se lleva a cabo la revolución drástica de poner en el terreno de la música popular toda la experimentación posible. De algún modo, tenemos que recuperar la memoria.

-Y su memoria, ¿es jazz?

-No es que pretenda ser jazzístico porque para eso hay que nacer, pero sí me gustan los discos, las atmósferas de jazz, su libertad de improvisación (sin exagerar), y el fenómeno en bloque de la negritud americana, que habla inglés o español. “Cantares de vela” es un término literario que he tomado de Menéndez Pidal, son unos cantares populares que llegan hasta Lope de Vega y también hay otra referencia en Gonzalo de Berceo, en un episodio en que los judíos van a decirle a Pilatos que ponga veladores nocturnos en el sepulcro de Cristo para que los discípulos no roben el cuerpo y digan que ha resucitado. Además me ocurrió que tras las giras de “Mr. Hambre” me pasaba las madrugadas en vela, y por eso muchas canciones han nacido con esa imaginería.

-Usted ha hecho defensa del humor negro y se ha identificado con Goya y Buñuel.

-Desde luego. Me siento cercano a los elegiacos, a los que saben enfrentarse a la negrura del mundo, pero no me gusta ni me parece oportuno el lamento airado del genio romántico. Me parece más pertinente llevar la elegía con algo de humor. O con el sarcasmo, que es una de las virtudes de mi tierra. Me parece una estrategia de pensamiento. A lo largo de los años, uno va entendiendo mejor la obra de Luis Buñuel, que ese cine en blanco y negro no sólo es en la película, sino también en el pensamiento. Es un poco el humor de Goya, naturalmente, pertenece a un talante tribal en el que me reconozco con gusto. Como me siento extranjero de aquí, me puedo permitir aprender algo de los míos con ánimo ligero, liviano.

-¿Se siente muy aragonés?

-Totalmente. Acepto mi ser aragonés con alegría. Reconozco los matices de mi tierra.

 

*La foto es cortesía de mi gran amigo Pablo Ferrer.

26/09/2020 07:59 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

CEES NOOTEBOOM, DISCURSO DEL PREMIO FORMENTOR

20200919064427-cees.jpg

LEYENDO EL LIBRO DEL MUNDO (*)
Cees Nooteboom
[Discurso leído en la entrega del Premio Formentor de 2020]
En el ahora en que escribo estas palabras, veo delante de mi ventana la pequeña rama de nogal que corté frente a esta aislada casa alemana en la que resido. Nunca me había fijado yo mucho en los nogales —a pesar de que mi nombre, Nooteboom, que en español significa «nogal», hubiera sido razón suficiente para ello—, y, por consiguiente, nunca había reparado en la belleza de las formas de sus hojas. Hace unos días coloqué esa elegante ramita delante de mi ventana por la que veo una hiedra exuberante, detrás de esta unos árboles altos, después un campo que el tractor del vecino recorre de un lado a otro, al fondo un bosque y más allá, en lontananza, los Alpes, pues esta casa está ubicada en un lugar apartado, en una zona rural de Baden Württemberg, que es uno de los estados de Alemania, como bien saben ustedes. Los discursos poseen siempre un entonces y un ahora, el entonces de la escritura y el ahora, es decir, ahora mismo, en que toca pronunciarlos. De ser así, me encuentro, en este momento, delante de ustedes en Formentor, el lugar que da nombre al premio que hoy recibo. Es posible que escuchen ustedes una leve vacilación en mi voz, porque el tiempo en el que vivimos es un tiempo incierto en que las cosas que damos por sentadas no siempre son seguras. Escribo estas palabras el último día del mes de mayo. Tal como están las cosas ahora, existe aún la posibilidad de que el virus que actualmente domina el mundo nos juegue una mala pasada, y, en tal caso, no estoy hoy, el 18 de septiembre, aquí en Palma de Mallorca delante de ustedes, sino en otro lugar, donde ustedes no están, lo cual sería de lamentar. La isla en la que se encuentra Formentor es vecina de mi isla, Menorca, que no es mía, por supuesto, aunque yo diga «mi» isla, pero sí es el lugar donde he escrito gran parte de mis libros y poemas en los últimos cincuenta años. De modo que el premio que recibo es para mí, en cierto sentido, como llegar a casa, con lo que no quiero decir que se me haya otorgado por esta razón, claro está, si bien estoy convencido de que la isla más pequeña ha sido una inspiración esencial para mi obra a lo largo de todos esos años.
Algunos días del año, en Menorca, cuando desde mi pueblo de San Luis me dirijo hacia el oeste en dirección a Ciudadela, avisto la forma de Mallorca, una atractiva figura geológica, ligeramente curva, que parece flotar sobre el mar, como una tentación. El viaje en barco de Ciudadela a Alcudia dura tres horas, un trayecto que he realizado con cierta frecuencia, pero mientras lo hacía nunca pensé en el Premio Formentor, hasta ahora, ahora que quiero expresar mi agradecimiento por este gran honor. A principios de la década de los sesenta, dos de los escritores que yo más admiraba, sin comprenderlos del todo, el irlandés Beckett y el argentino Borges, recibieron este mismo premio... Borges, el vidente ciego, se convirtió con el paso del tiempo en una figura mitológica, como la propia literatura, una constante fuente de inspiración, un ejemplo de erudición y de la posibilidad de jugar de una manera superior con todo lo que uno ha leído.
¿Cuándo se convierte uno en escritor? ¿Es gracias a la lectura o gracias a la vida? ¿O es por una combinación accidental o, por el contrario, intencionada de ambas? En el seminario donde cursé el bachillerato clásico yo no había leído ni a Borges ni a Beckett. ¿Influye la forma en la que discurre tu vida en la manera en que buscas tu camino en la literatura? Tenía yo suficientes razones para preguntarme esto, porque, al igual que muchos de mis contemporáneos nacidos antes de la guerra (soy del ‘33) que aún vivieron, de forma más o menos consciente, suficientes años de aquella época como para haber sido tocados por ella definitivamente, aquella guerra, sin que yo me diera cuenta entonces, se convirtió también para mí en una fuerza nada desdeñable que afectaría mi vida y, por lo tanto, mi escritura, a causa del inevitable caos que la acompaña. Mis padres se divorciaron en el último año de la guerra. Debido al hambre que azotaba a La Haya en aquel mismo año de 1944, mi padre, que moriría en un bombardeo de aviones británicos dos meses después, me había enviado con mi madre fuera de la ciudad, porque ahí todavía había algo de comer. Nuestra casa en La Haya sería destruida en este mismo bombardeo; todavía conservo en mi retina la imagen de aquel irreconocible montón de piedras.
Mi madre se volvió a casar en 1948 con un hombre extremadamente católico, por lo que me internaron en un seminario de franciscanos, y después, una vez que me echaron de ahí, en uno de la orden de Agustinos, y la palabra «orden» me la tomo aquí literalmente como la antítesis de «caos». Esto supuso un nuevo giro en mi biografía. En mi libro sobre Venecia, en el que comento una pintura de Carpaccio que representa a san Agustín como un escritor con la pluma levantada, es decir, en el momento de la inspiración, sostuve que él fue el mejor escritor entre los santos y el más santo entre los escritores. Así que no podría haber tenido yo mejor suerte, a pesar de que el amor entre los agustinos y yo no fuera perfecto y me expulsaran también de ahí, pero, con todo, estoy convencido de que la palabra Orden —ordinis Sancti Augustini— está bien elegida: por primera vez hubo orden en mi vida, tal vez gracias a los frailes, pero en especial gracias al horario estricto que impera en un seminario, y, con toda seguridad, gracias a los clásicos que allí me enseñaron y que ejercerían una influencia duradera en mi obra, que a partir de aquel momento, por el orden benéfico y por el caos que yo mismo me creé, se caracterizaría por una continua existencia nómada. Yo no podía imaginarme en una universidad, mi universidad sería el mundo. No creo que por aquel entonces ya quisiera ser escritor. Tanto el orden como el caos se convirtieron en parte de mi vida: el caos de estar siempre en camino unido a la necesidad de escribir sobre ese estar en camino, y mi obsesiva y tenaz curiosidad gracias a la cual aprendía idiomas mientras viajaba, a lo que contribuyó la base que había adquirido en los pocos años que había estudiado griego y latín y tres idiomas modernos en el seminario.
En septiembre del año pasado obtuve un doctorado honoris causa en Londres y a los estudiantes les expliqué, con un placer un poco perverso, aunque no fuera esta mi intención, que además de la universidad, existen formas ilegales de aprender o de adquirir los signos externos de erudición; pero aquí habla, claro está, el autodidacta, por no hablar de mi carrera de banquero, que inicié al irme de casa a los diecisiete años y que consistió en trabajar un par de años como joven empleado en un banco. Todo aquello no me aportó ninguna novela sugerente sobre la banca, pero sí me sirvió de algo. Y es que, algunas veces, cuando me permitían llevar dinero en bicicleta a unas ancianas de alta alcurnia, yo aprovechaba para hacer un gran desvío por un bosque donde me detenía junto un arroyo para, sí, ¿para qué? Para pensar, y a veces pienso que
mi escritura comenzó en aquel lugar, sin poner una palabra sobre el papel. Me sentaba allí y pensaba, una forma de absentismo y de clandestinidad que ahora sé que es parte integral de la escritura.
Pensaba en lo que realmente quería y en lo que había leído. Lo que me había quedado del poco tiempo que cursé la escuela secundaria era la avidez por leer libros, y cuando hoy vuelvo a mirar mis antiguos libros y las fechas que anotaba fielmente en ellos, me sorprende encontrar no solo a Sartre y a Faulkner o a los clásicos que estudié en el seminario, como Ovidio y Homero, sino también a unos cuantos escritores holandeses de los que ustedes desafortunadamente nunca habrán oído hablar, porque el neerlandés es un lenguaje secreto en el que hay que haber nacido para poder descubrir los tesoros ocultos de nuestra literatura.
En mi casa no se leía, al menos no aquellos libros que fascinan a quien más tarde será escritor. ¿Cómo funcionan esas cosas? Saltas de un libro a otro, algunos escritores no dejan de cautivarte a lo largo de toda la vida; tal vez no los comprendiste del todo cuando los leíste por primera vez y, para según qué libros, tuviste que aprender a captar los matices del idioma extranjero. Es una escuela dura en la que uno mismo hace de alumno y de profesor, una escuela que te acompañará toda la vida con descubrimientos siempre nuevos. Por aquel entonces no tenía yo muchos amigos literatos; vagaba por una inmensa selva, no para buscar, sino para encontrar. Uno de los libros más antiguos en el que anoté mi nombre es L´existentialisme est un humanisme de Sartre. ¿Entendí este libro en aquel momento? ¿Era mi francés lo suficientemente bueno? Llevaba años haciendo viajes en autostop con camioneros franceses, pero el discurso en las cabinas de los enormes camiones estaba más enfocado en el siguiente restaurante que en la filosofía, y, sin embargo, pienso que aprendí mucho de ellos. Recuerdo la obstinación por desviarnos de las rutas para ir a comer tal o cual especialidad culinaria local. Ahora, sesenta años después, leo en una biografía de Heidegger acerca de sus respuestas a Sartre, y algunas partes del rompecabezas empiezan a encajar; aquello que, con toda probabilidad, no entendí en su día se torna claro. Comprendí, por la prensa de aquellos días, que había varios autores franceses, como por ejemplo Simone de Beauvoir, que profesaban una gran admiración por William Faulkner. Ignoro si lo habían leído traducido o en su idioma original, pero para mí la lengua y el estilo de Faulkner eran un gran desafío, y no fue hasta más adelante, después de viajar por Misisipi y otros estados del sur y comprender cuán vinculados estaban la cultura de la América negra y el pasado esclavista en el mundo de Faulkner, cuando por fin hallé el acceso a su intenso y complejo mundo.
En cierta ocasión me encontraba yo frente a la enorme biblioteca de mi amigo alemán Rüdiger Safranski, autor de las biografías de Nietzsche y Heidegger, Hölderlin y E.T.A Hofmann, Goethe y Schiller. Estaba yo ahí cavilando un poco, con respeto y envidia, y se me ocurrió preguntar, probablemente en un tono de desesperación: «Rüdiger, pero ¿cuándo has leído todo esto?». Y él me contestó, como si llevara tiempo preparándose para esta pregunta. «Mientras tú leías el libro del mundo». En mi vida he tenido que responder con frecuencia a la pregunta de por qué viajo tanto, y, como reacción a la constante incomprensión hacia mi supuesta inquietud, he desarrollado un mecanismo de defensa que tiene que ver con mi pasado, con aquel par de años en el seminario. Gracias a este pasado, como no puede ser de otra manera, desarrollé una fascinación por los monasterios que me ha acompañado toda la vida, en especial por sus
variantes cada vez menos comunes, los monasterios con el bello nombre de «contemplativos», órdenes como las de los benedictinos y cistercienses, también llamados trapenses. El silencio que reina en estos lugares, la regularidad que en efecto me faltaba en mi inquieta vida, me atraían hasta tal extremo que me presenté —debería de tener unos dieciocho años— en un monasterio trapense situado en el sur de los Países Bajos para preguntar si podía ingresar en la orden. El abad, un hombre sabio, capaz de atravesar con su mirada mi alma inquieta, debió de llegar a la conclusión de que lo que a mí me movía no era la fe. Me entregó una historia de la vida de los santos en latín, una celda para dormir y un diccionario, y me encargó que tradujera un fragmento del libro. Al cabo de unos pocos días me largué de ahí, pero desde entonces no he dejado de visitar regularmente monasterios dondequiera que estén —Irlanda, Castilla o Japón—, y me he construido mi propio monasterio, sin cofrades, con la infinita serie de habitaciones de hotel que he ocupado: celdas para leer, escribir y pensar.
Hace mucho, en 1962, tuvo lugar un congreso literario en Edimburgo donde conocí a la escritora americana Mary McCarthy. Ella se hallaba entonces en la cima de su fama, y yo aún no estaba en ningún lado, pero en aquel encuentro, que se convertiría en uno de los más importantes de mi vida, ella debió de ver algo en mí, gracias a lo cual nació una amistad que se prolongó hasta su muerte. En el dédalo de mi defectuosa memoria creí que nos habíamos vuelto a encontrar en Formentor, cuando ella fue miembro del jurado en 1964, y mi admirado Gombrowicz uno de los candidatos. Lo del jurado y lo de Gombrowicz era cierto, sí, pero el encuentro tuvo lugar aquel año en Valescure y ella no votó por Gombrowicz, que contaba con el apoyo de un gran número de escritores, sino por Nathalie Sarraute, creo que sobre todo por su libro Tropismes, un título que ha dado nombre a una de las librerías francófonas fuera de Francia más bellas, me refiero a la librería Tropismes de Bruselas, donde compro mis libros siempre que visito la capital europea.
Las librerías, quisiera dejarlo claro aquí, son para los escritores una de las fuentes de inspiración más importantes. Si algo nos ha demostrado la pandemia es que el periodo de cierre de librerías ha convertido a los lectores y a los escritores juntos en tristes huérfanos, algo que ni Amazon ni internet pueden remediar, pues no son sino enfermeros en el hospital equivocado. Si me imagino el cielo, veo la imagen de una gran librería un poco desordenada donde unos libros dispersos en el suelo engendrarán otros libros. Pero ¿qué libros son esos? Borges y Nabokov nacieron en casas llenas de libros. ¿Es bueno eso? A mí me daba envidia y, sin embargo, no sé si es bueno. A mi madre le gustaba leer, pero no los libros que yo más tarde admiraría; así y todo, pienso que la imagen de mi madre absorta en la lectura de un libro me condujo hacia la literatura. Comoquiera que sea, algunos libros más vale leerlos a cierta edad. Mucho más adelante, afirmé en una de mis obras que al escribir uno siempre tiene en la mano a otros cien escritores, sea o no consciente de ello. Yo no fui capaz de leer a Borges hasta que la Collection La Croix du Sud de Roger Caillois publicó sus libros traducidos al francés, y no fui capaz de leer en francés hasta haber viajado infinitas veces con aquellos camioneros, porque mi francés escolar no bastaba. ¿Acaso mantenía yo conversaciones literarias con aquellos conductores? No, pero sí hice en aquellas cabinas otra cosa, igual de indispensable: escuchar las historias de otras personas. Y los relatos orales son libros todavía sin imprimir que te permiten acceder a la connaissance du monde, lo cual me lleva de nuevo a las palabras de Safranski acerca del libro del mundo.
Mis tres o cuatro cursos de educación secundaria me proporcionaron una base sólida que me permitió volver siempre a Heródoto, Catulo, Safo o San Agustín. Ahora bien, para enfrentarme al mundo vivo que me rodeaba, no estaba yo muy preparado; este lo tuve que descubrir por mi cuenta, lo cual solo es posible si uno se expone al azar. Y así fue como llegó a Ámsterdam un viejo director de escena, Pjotr Sjarov, que había sido alumno de Stanislavski. Nos trajo una representación de Chéjov tras otra, un recuerdo inolvidable, que más adelante retornó a mi poesía y que me hizo adicto al teatro. Con mis primeros ingresos tomaba yo cada año en Hoek van Holland un barco con destino a Harwich para asistir cada noche al teatro en Londres y casi anegarme en la extraordinaria riqueza de Shakespeare. Lo que comprendí entonces de aquella orgía lingüística shakespeariana no lo recuerdo, pero sí me ha quedado la fascinación por una lengua que es capaz de todo. Desde Londres hacía yo autostop a París, y recuerdo como si fuera ayer las primeras obras de Beckett, pero también las otras obras, tan diferentes y menos misteriosas, pero muy afiladas, de Anouilh y Adamov, con actores grandiosos como Serge Reggiani. No recuerdo gran cosa de las clases de literatura neerlandesa en mi escuela secundaria nunca acabada, pero la poesía de la generación de los 80 —y con ello me refiero a 1880, una generación literaria que, para la mayoría de extranjeros, es desconocida a causa de la inaccesibilidad de nuestra lengua—, sí me impresionó, en cualquier caso, me enseñó a leer poesía. Mucho más adelante encontré un antiguo cuaderno en el que había copiado cincuenta poemas de todo tipo, un cuaderno que podía llevarme fácilmente en mis viajes en autostop para leerlo y releerlo. Uno de los primeros grandes descubrimientos en mi propia lengua fue Louis Couperus, un escritor procedente de las Indias Orientales Neerlandesas, nuestras antiguas colonias, hoy Indonesia, que en el anterior fin de siécle escribió algunas novelas espléndidas, como De stille kracht (La fuerza oculta), en la que por primera vez penetraban los vientos del mundo tropical, una influencia que ya nunca me abandonó, como tampoco la que ejerció sobre mí Jan Jacob Slauerhoff, poeta maldito y médico de a bordo fallecido a temprana edad, y, que con sus soleares y fados melancólicos me evocó un mundo español y portugués que ya nunca más fui capaz de resistir y que no comprendí del todo hasta verme en un barco atracado en el puerto de Lisboa, convertido yo mismo en marinero, para zarpar hacia Surinam, con mis poemas en la maleta.
A mis veintiún años, en 1954, escribí mi primera novela: Philip y los otros. De esto hace ya 65 años y continúo escribiendo. En algún momento dije que uno debe esperar, aunque no sepa qué. En 1963 escribí mi novela El caballero ha muerto, que considero el fracaso más importante de mi obra. En este libro, el escritor se suicida después de fracasar en su intento de finalizar el libro que otro escritor había dejado inacabado. El libro era una sombra oscura y lejana de aquella primera novela que yo había escrito con total ingenuidad y sin recurrir a ninguna técnica literaria, lo que tal vez explica por qué cosechó cierto éxito en aquella época. La nueva novela con su triste desenlace recibió elogios a la vez que duras críticas, y tanto lo uno como lo otro estaba justificado. Yo sabía que tenía que escribir ese libro, pues de lo contrario hubiera proliferado en mi cabeza cual tumor maligno. Empecé a viajar, y, excepto mi poesía más o menos hermética, me situé al margen del ambiente literario habitual, y me dediqué a escribir sobre el mundo y sobre lo que veía en mis viajes. Budapest 1956, el Muro de Berlín 1963, París 1968, Sudamérica después de Cuba, y de nuevo el Muro, pero esta vez en 1989 y a continuación la Alemania unida… Durante los diecisiete años posteriores a mi abandono de la ficción se
publicaron muchos de mis llamados “«libros de viaje», reflexiones y meditaciones sobre mis viajes por todos los continentes, como mis libros sobre Japón y sobre España, El desvío a Santiago, y no fue hasta entonces, después de diecisiete años de silencio, cuando apareció Rituales, el libro que yo había esperado todo ese tiempo. ¿Acaso fui consciente de que lo esperaba? No, yo sabía que debía esperar, pero no sabía qué, a no ser que, sin saberlo, hubiera estado esperando el instante de la ficción. Y solo después de esto aparecieron mis otros libros. ¿Qué había sucedido entretanto?
Había vivido y había viajado. En un libro sobre el filósofo Ernst Bloch vi un capítulo titulado Ontologie des Noch-Nicht-Seins (Ontología del todavía-no). En esta historia que acabo de leerles, aparecen algunos recuerdos de juventud que proceden de la época del «todavía-no». Vi, leí, esperé, y después escribí, y respecto a esto último puedo decir que me sigue alegrando no haber leído a Proust antes de esta época, porque también Proust pertenecía a la espera. Cuando al fin estuve preparado para ello, quise leerlo en francés, lentamente, página por página, hasta el increíble final de Le Temps Retrouvé, que me recordó al éxtasis de un montañero que ha alcanzado al fin la cumbre del Himalaya. No era el francés de mis camioneros, pero hay que reconocer que sin tal experiencia mi comprensión hubiera sido menor, y la ironía póstuma de este conocimiento es que un editor francés me recomendó recientemente que leyera a Proust en inglés, porque al haber sido traducido ya tres veces a este idioma a lo largo del siglo, sería mucho más moderno que en francés: una equivocación.
Proust y Pessoa nos han enseñado que es posible repartir la vida entre varias personas y escritores; Kawabata y Mishima nos han demostrado que la literatura japonesa, tan diferente a la nuestra, puede ser también muy cercana; Celan y Joyce, sin olvidar a Heidegger, hicieron de la propia lengua el sujeto de su obra, un lenguaje secreto que se escribía y solo después se descifraba, convirtiendo así la lectura en una aventura sin fin. El tiempo del «todavía-no» ya lo he dejado atrás para siempre. Nunca fui capaz de definir ese tiempo con abstracciones filosóficas, lo cual tampoco hubiera sido posible en mi otra época, las de las cabinas de los camiones. La esencia del «todavía-no» pertenece a la espera, es gracias al «todavía-no» que la obra adquiere su definitiva forma. Quien elija la abstracción debe contar su historia de otra manera o, mejor dicho, convertirse en otro escritor.
Hace un instante, este discurso contenía, según el recuento de mi ordenador, 3333 palabras. Yo nací en 1933, un año fatal para la historia europea, y mis dos últimos poemarios contienen cada cual 33 poemas. Para huir de esa afectación numerológica con el número 3, añadí algunas palabras en relación con la cita de Ernst Bloch, y ahora les digo, sencillamente: gracias, Formentor, gracias a todos ustedes.
(*)
Discurso leído por Cees Nooteboom en el acto de entrega del Premio Formentor 2020
18 de septiembre de 2020
Traducción de Isabel-Clara Lorda Vidal

19/09/2020 06:44 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

JOAQUÍN CARBONELL, AL AMOR DE TERUEL

20200914072007-carbonell-por-rogelio-allepuz..jpg

Una hermosa foto de Joaquín Carbonell de una gran fotógrafo como Rogelio Allepuz, que trabajó con él en 'El día de Aragón'.

 

La primera imagen de ese Teruel intemporal, de vaguadas y masías, de precipicios y valles, de farallones como los Órganos de Montoro, de tardes melancólicas donde el tiempo se deshace gozosamente y libre entre las manos, se la debo a Joaquín Carbonell. A melodías como ‘Canción para un invierno’ y ‘Me gustaría darte el mar’, a ‘Paca del Cañizar’, de uno de los álbumes de mi vida. ‘Con la ayuda de todos’, que me reveló el humor, la desinhibición, la mirada a los parias, la sentimentalidad contenida y el lirismo. El primer pueblo turolense de mi memoria es Ejulve, en la puerta del Maestrazgo. Yendo hacia él, en la carretera que va de Andorra a La Venta de la Pintada, uno de mis cuñados paró el Renault-8 verde al lado de un mirador, bajamos y dijo: “Ese es el pueblo de Joaquín Carbonell, que tanto te gusta”. Impresionaba con su colmena de tejados y la aguja de la torre.

Joaquín me parecía evocador, narrativo, hablaba de algo que conocía muy bien por su condición de niño rural y de joven sediento de aventuras en Teruel. Tenía ingenio, sentido del humor, ironía, practicaba la somardería. Tras los años de música, se reinventó en la televisión, sobre todo a través del programa ‘Tres asaltos’, donde preguntaba y boxeaba. O ‘Musicaire’. Luego entró en ‘El día de Aragón’, donde hacía de todo: columnas, reportajes, le atraía lo insólito cotidiano. A la vez, leía todo cuanto podía, se aficionó al uso correcto de las palabras y parecía viajar por el diccionario y disfrutaba como un niño corrigiéndote el uso de tal o cual palabra. Sus amigos de entonces, a mediados de los años 80, eran Javier Barreiro, que tenía algo de preceptor de múltiples curiosidades, Miguel Pardeza, futbolista y algo más, fascinado en aquellos días por el esotérico Mario Roso de Luna y probablemente sonetista oculto, Jorge Valdano, que ya empezaba a conciliar literatura y fútbol, y la profesora de Literatura Maite Cacho. En 1990 entró en ‘El Periódico de Aragón’, en los tiempos de Juancho Dumall y Plácido Díez Bella (que había sido su director en ‘El día’), y descubrió la importancia de la televisión en la vida de la gente, a la vez que hacía reportajes con ese punto de humor y asombro que tanto le gustaban. En ‘El Periódico’ se midió en la entrevista ágil e intuitiva, vertiginosa. Era el nuevo Manuel del Arco.

Como quien no quiere la cosa, se revelaría hiperactivo. Gracias a Georges Brassens recuperó su ser esencial, el de músico que cuenta historias de su época e incrementó su bibliografía literaria: poesía, narrativa juvenil, ensayo, narrativa, biografía, libros misceláneos de humor, con Roberto Miranda. Pero nunca olvidó sus raíces: la infancia en Alloza, los paseos al calvario (donde irán a parar sus cenizas), la huella de un padre afable y protector, una madre, ahora centenaria que le sobrevive, a la que adoraba, el impacto del cine o la concavidad del cielo bajo la que los mineros, sonrientes y sucios, volvían a casa para perderse en el pan, en el beso o en la umbría de las oliveras.

 

14/09/2020 07:20 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

DIÁLOGO CON ELOY FERNÁNDEZ CLEMENTE

20200913145330-eloy.-celan.png

Recupero de mis archivos esta entrevista de 2010, podo después de la muerte de Labordeta.

 

Que te quieran en tu pueblo es lo más grande”

 

 

Me temo que los políticos no van

a seguir la lección de Labordeta”

 

 

 

Eloy Fernández Clemente (Andorra, Teruel, 1942) catedrático de Historia Económica recibe el viernes y el sábado un gran homenaje de su localidad, Andorra. Se publican libros, se organizan charlas y encuentros con jóvenes alumnos. El cofundador de ‘Andalán’, con José Antonio Labordeta, y director de la Gran Enciclopedia de Aragón, prepara sus memorias.

¿Cómo acoge este homenaje en su pueblo natal, Andorra?

Con mucha gratitud, emocionado. Que te quieran en tu pueblo es lo más grande. Y se han volcado, con mil deferencias y detalles. Hay un Ayuntamiento muy progresista y un grupo cultural extraordinario.

¿Qué recuerdos más vivos le vienen a la cabeza de Andorra?

Mi bisabuela Manuela murió cuando yo tenía cuatro años y me compraron un trajecito de mil rayas, luto de niño. La vista desde San Macario, las minas. Por parte de mi abuelo emparentamos con el célebre corredor “El Rey” y con la mujer de José Iranzo, el Pastor; y por mi abuela Concha Sauras, con el catedrático Juan Martín Sauras y su hermano Fermín, gran entendido en jota; el dominico Emilio Sauras, o los periodistas Juan Ramón Masoliver, Carlos Sauras, Ramón Mur y el estupendo poeta Manolo Estevan. Y me quedan allí unos tíos carnales muy queridos, Manolo Franco y Josefina Clemente, padres de nueve estupendos primos.

¿Le debe algo especial, intenso, inolvidable a su infancia rural?

Sí, los largos veranos en Alloza, a ocho kilómetros, donde mi abuela era maestra y mi padre lo había sido doce años en la República, la Guerra y primera posguerra. Era una isla de libertad, de juegos, paseos, amigos. Anchel Conte y Joaquín Carbonell, por ejemplo. Y mi hermana.

-Hablemos del influjo de sus padres, cultos, maestros. ¿Qué caminos le marcaron?

Estudiar sobre todo, bondad y educación, responsabilidad. Eran muy cariñosos y dulces. Mi padre me hubiera querido ingeniero, arquitecto, médico, pero comprendió que fuera feliz con las Letras, la Historia, el periodismo.

-¿Cómo nació en usted la atracción por el periodismo?

Siempre anduve fundando periódicos que escribía a mano, coleccionando fotos, ordenando datos, leyendo cuanto diario o revista caía en mis manos. Creo en el poder transformador de los medios. Trabajé con dieciocho años en la revista “El Pilar” y en Radio Popular de Zaragoza, y cuando fui a Madrid, en 1963, a terminar Letras, me matriculé en la Escuela de Periodismo de la Iglesia, mejor y más abierta que la oficial.

-¿Y esa inclinación permanente al conocimiento, al mestizaje de saberes?

Hoy por desgracia está mucho más limitada que en los años de formación y juventud. He tenido siempre tanto que escribir y hacer, que quedaba poco tiempo para leer. Aun así he leído mucho, he viajado bastante, me sigo preguntando por el sentido de todas las cosas, asombrado por el progreso de la Ciencia, mucho más que de la solidaridad. Es más fácil entender el mundo que mejorarlo.

-¿En qué medida ha sido la palabra curiosidad la clave de su vida?

Era la necesidad de estar bien informado, de saber por dónde van los tiros, qué opinar de muchas cosas. La ausencia o escasez de grandes maestros me obligó siempre al autodidacticismo. Soy un gran mitómano… sin apenas mitos que admirar y seguir sus pasos.

-¿Quién le descubrió Aragón? ¿Hay una voz, un maestro, un libro, un detonante, o es una cadena de cosas, pasajes y personajes?

Mi padre fue un guía estupendo. Hice toda la primaria en la Escuela Costa de Zaragoza, con buenos maestros y un director excepcional: Pedro Arnal Cavero, que nos inició en muchas cosas: el propio Costa, los riegos, la lengua aragonesa, la Naturaleza, el amor a los animales, la corrección. Luego en Escolapios, la Normal, Letras, tuve buenos profesores (el P. Muruzábal, Sanjuán, Frutos), que me abrieron a otros ámbitos.

-Empecemos por algunos de sus temas iniciales: Costa, Nipho…

Costa, de quien vamos a celebrar el centenario de su muerte, es asombroso por su enorme capacidad y esfuerzo titánico: sobresaliente en muchas ciencias sociales, de haberse dedicado a una sola hubiera sido un genio universal. Nipho crea a mediados del XVIII el primer diario de España; maestro, pues, en mis afanes periodísticos, en que ha habido otros.

Usted, como Labordeta, es un ciudadano tamizado por Teruel. Se ha escrito mucho de ello, se ha contado y recontado, pero, a modo de balance, ¿qué significó Teruel, qué le dio, cómo le transformó?

Me dio realismo, cercanía al Aragón real, duro y difícil, años de mucho trabajo docente pero también de encuentro con gentes como él, maestro y amigo extraordinario, y otros más, y discípulos estupendos. Allí sembrabas, y brotaban plantas espléndidas, era “muy buena tierra”.

Ya que estamos en Teruel y en el embrión de ‘Andalán’, vayamos con Labordeta. Usted era y ha sido como el hermano entrañable que le nació en otra familia. ¿Cómo lo veía, qué retrato desde la cercanía se le impone, cuál era su secreto?

Mi padre y mi tío Eloy, muerto en el frente de Teruel, habían sido internos del Colegio Santo Tomás, de don Miguel Labordeta, padre; la madre era de Azuara, como ellos, y don Miguel había ido mucho a casa de mi abuelo Luis, veterinario, para “festejar” con la futura doña Sara. Un primo de ella casó con una hermana de mi padre. Y Juana era varios cursos más en Letras y la conocía. Labordeta tenía un secreto: se mostraba absolutamente como era; decía siempre lo que pensaba, aunque le creara problemas. Era cultísimo, tenía muy buen juicio crítico sobre literatura, historia, política, te daba siempre suaves consejos y te prestaba libros. Y nunca se creyó importante, a pesar de que lo era, y mucho.

¿Qué supuso ‘Andalán’: como aventura ideológica, periodística y cultural?

Una maravillosa escuela de periodismo práctico, de ciudadanía política, de aragonesismo y cultura. Y un vivero de grandes amigos. Esa generación está hoy culminando sus vidas profesionales, muy logradas.

Has estado a punto de meterse en política de partido. ¿Ha lamentado alguna vez no haberlo hecho de lleno?

Jamás. Sólo milité en el PSA, año y medio. He sido rechazado (aunque las ofertas salieron de ellos, no de mí) por el PSOE y el PCE, y visto cómo funcionan por dentro prefiero votar discretamente y ver con pena qué democracia más imperfecta tenemos aún.

Has sido y es muchas cosas: catedrático, periodista, historiador, investigador constante, amigo, referente, editor de la ‘Gran Enciclopedia de Aragón’ o de la Biblioteca Aragonesa de Cultura. ¿Dónde está su mejor autorretrato o, por acumulación, en la suma de todos?

Creo que en la suma. Trabajar a tope para conocernos mejor, amar más nuestras cosas y luchar por ellas, pero sin fanatismos ni separatismos. Al revés: el mundo es muy hermoso, todo.

¿Cómo miras desde la leve lontananza de los días el proyecto de la GEA?

Creo que para su época fue un modelo, que imitaron en Cantabria, Extremadura, Canarias. Reuní un equipo director excelente y unos 600 colaboradores, y tuvo un nivel muy alto. Luego, ha sido una barbaridad la edición reducida, suprimiendo la autoría de las voces, un verdadero atropello, y así se ha consagrado en la versión actual on-line.

¿Y la BArC?

Fue un intento, quizá fuera de tiempo, de aportar nuevas perspectivas, actualizaciones, grandes reportajes y síntesis. No fue perfecta, pero hubo bastantes títulos de interés.

Ha publicado un sinfín de libros. En compañía de otros y en solitario. ¿Cuáles son sus favoritos?

Todos son hijos. Pero especiales: La Ilustración aragonesa, Aragón contemporáneo, Estudios sobre Joaquín Costa, los dedicados a Portugal y Grecia, Gente de orden, Aragoneses en América, y la última Historia de Aragón que editó La Esfera hace dos años.

Durante muchos años ha estado reflexionando y pensando Aragón. ¿Hacia dónde va Aragón? ¿Estamos en un tiempo de grandes esperanzas o de inmensas atonías, de lasitud, de utopías abotargadas?

Ni una cosa ni otra. Hemos cambiado y mejorado mucho, falta esa perspectiva que da la Historia, que por indicios es muy buena. Pero de “quejicas” hemos casi pasado a demasiado frívolamente “autosatisfechos”, salvo con la crisis. Necesitamos más presión en lo cultural, educativo, investigador, hay mucha materia prima.

Del aragonés se dice que es individualista, saturnal, descreído, que solo es capaz de unirse en el no. ¿Cómo analiza el eco de la muerte de Labordeta, el inmenso cariño desplegado? ¿Se pueden leer esos gestos en alguna clave?

Impresionante. La gente reaccionó como en los grandes momentos, sin ninguna instrucción, espontáneamente. Sabían que era alguien cercano y grande, el aragonés más conocido y querido, aquí y fuera. Me temo que los políticos no han tomado nota, no van a seguir esa lección.

¿Cómo analiza el historiador la designación de Marcelino Iglesias como secretario de organización del PSOE? ¿Y la designación de Eva Almunia, mediante la política de hechos consumados?

Hace mucho que no escribo de política pura y dura. Creo que se valora en Iglesias lo poco conflictivo con su partido y el Gobierno, su imagen de pacificador, sereno, correcto, y haber anunciado su abandono en Aragón sabiendo que repetía casi seguro. Hubiera preferido que Eva Almunia, que estimo buena candidata de su partido, lo fuera tras un proceso más diáfano y democrático, que los partidos rehúyen cautelosos (véase Madrid).

Está a punto de publicar el primer tomo de sus memorias. ¿Con qué Eloy Fernández nos vamos a encontrar, qué vamos a descubrir?

Un joven ávido de saber, de hacer bien las cosas, de cambiar el mundo a su pequeñísima escala. Y profundamente cristiano, que evoluciona hacia un duro y frustrado agnosticismo, ante una Iglesia Católica decepcionante. Y, a través de mis andares, lo que un muchacho, un joven, veía, leía, oía, descubría, en la tremenda España franquista, entre 1942 y 1972, que es lo que abarca el primer tomo, que saldrá en Navidades.

¿Qué ha significado el cine en su vida? ¿Cómo lo ha disfrutado?

Muchísimo. Primero entraba del todo, luego lo analizaba todo, hoy disfruto sin tanta lupa. Me ha gustado todo lo interesante, de Buñuel a Bergman, de Hitchcock a Woody Allen.

Siempre ha sido un gran lector. Qué autores le han hecho disfrutar especialmente, los cuatro o cinco claves, y por qué…

Americanos (Mújica Laínez, Carpentier, Borges, García Márquez), portugueses (Pessoa, Torga, Saramago, Lobo Antunes), Anglosajones (Lawrence Durrell, George Steiner, Ian McEwan), españoles (Marías, Vila-Matas, Millás), aragoneses (Pisón, Conget y varios más). Y en general las memorias, viajes y todo lo policíaco.

Sus historiadores modélicos. O sus modelos de historiador, el espejo en que te veías…

En el mundo, de Marx a Hobsbawm, docenas. Españoles: Tuñón de Lara, Juan José Carreras, Josep Fontana.

Dos o tres libros de historia que deberíamos leer todos alguna vez.

El Mediterráneo de Braudel, como un modelo; los tomos sobre las revoluciones burguesas y la industrialización de Hobsbawm y una excelente Historia de España que estamos publicando, perdón porque pertenezco a su Consejo, en Marcial Pons/Historia.

¿Cómo son, de veras, los aragoneses?

Formales y divertidos, somardas y audaces, cultos y sencillos.

Qué lugar ocupa Aragón en España y cuál debería ocupar.

Un lugar discreto, ya sin tópicos. Se nos ignora y se nos relega porque somos pocos y mansos.

El hecho sucedido entre nosotros que más le conmueve.

La guerra civil.

¿Quién es su personaje histórico, aragonés, más amado?

Joaquín Costa. Y ahora, ay, se nos ha ido a la gran Historia Labordeta.

¿Qué ha significado Marisa Santiago en su vida?

Todo. Es lo más importante que me ha pasado. Su compañía hace que no enferme de soledad, que era mi tendencia antes. Y, como digo medio en broma, a su lado no me he aburrido jamás.

 

 

13/09/2020 14:53 Antón Castro Enlace permanente. Temas aragoneses No hay comentarios. Comentar.

EN EL ADIÓS DE JOAQUÍN CARBONELL

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-y-cultura/2020/09/13/fallece-joaquin-carbonell-figura-clave-de-la-cultura-popular-aragonesa-1395069.html

13/09/2020 08:45 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

JOAQUÍN CARBONELL EN EL PRINCIPAL. 50 AÑOS EN LA MÚSICA

El 13 de noviembre de 1973 fue una fecha mítica para la canción de autor. En el Teatro Principal cobraba vida de manera muy oficial un movimiento que ya tenía canciones, conciertos y reivindicaciones a sus espaldas: actuaron, entre otros, José Antonio Labordeta, Tomás Bosque, La Bullonera, Pilar Garzón, Renaxer, Tierra Húmeda y Joaquín Carbonell. Y a ese concierto empezó refiriéndose el músico y poeta de Alloza en la celebración de sus 50 años en la canción. Estuvo acompañado por una excelente banda: José Luis Arrazola, guitarra eléctrica; Coco Balasch, contrabajo; Enrique Casanova, batería; Roberto Artigas, ‘Gran Bob’, ukelele, armónica y banjo; Kalina Fernández, violín, y Richi Martínez, piano, teclados, voces y dirección musical.  Carbonell es, según Matías Uribe, “a mi juicio, el cantautor español más sólido, maduro, inventivo en la escritura y la voz en plena forma de este milenio, aunque los laureles se los lleven otros”.

El cantante de Alloza, ante el teatro lleno, dijo que estaba emocionado y nervioso. Y se arrancó con dos temas antiguos muy turolenses, que metieron al público en materia poética: Carbonell ha descrito muy bien esas tierras turolenses de olivo, almendro, masadas y pueblos solitarios, heridos por una campanada al atardecer.

Dijo que es posible que en la sala hubiese algún joven cantante que dentro de medio siglo pudiese recordar aquel concierto. Saludó al presidente Lambán y a las autoridades y les pidió apoyo para la cultura. Con Lambán tuvo un detalle de cortesía: recordó que era un gran entusiasta de la canción de autor y que se sabía sus letras mejor que él, que las fue leyendo toda la noche en el atril. Carbonell, que domina muy bien la puesta en escena (recordó a un puñado de músicos que se han ido en los últimos tiempos (Luis Margalejo, Juan Linacero, José Luis Cortés Panoja, Luis Amador ‘Pichurri’…, entre otros, en una suerte de obituario al modo de los Goya, y les dedicó ‘Dónde estabas tú’) Y cosechó nuevos aplausos. Que se multiplicaron cuando cantó a coro ‘La peseta’, y felicitó a los asistentes, entregado a ese repaso de sus temas: ‘Los versos de Pablo Neruda’, ‘Canción para Dimitri’, ‘Soy un género chico’, ‘El gorila’ (ahí evaluó algo más bajo a su coro), ‘A tu madre no le gusta, un blues clásico que fue uno de los mejores momentos musicales de una banda soberbia, de las que da gusto oír.

Los temas siguieron sonando, hasta llegar a momentos inolvidables: una nueva versión de ‘Me gustaría darte el mar’, ‘Canción para un invierno’, otro himno a su provincia, y esa apoteosis que es y fue ‘De Teruel no es cualquiera’. Dijo que todo lo que es se lo debe a Teruel, que su provincia lo tiene todo, y que encarna el futuro, que lo espera todo de Teruel. Aplausos a rabiar. Hizo una versión de Serrat y, poco antes de la despedida, recordó que los cantantes se inspiran en la realidad, en los periódicos, que quieren y deben estar al lado de la gente, y atacó ‘El sonajero de Martín’, y abogó porque “nos dejen enterrar en paz” a todos los muertos.

Joaquín Carbonell contó con mucha gracia diversas historias de la censura y los censores, recordó una noche en La Mandrágora en que Joaquín Sabina, del que tiene algunos ecos en diversos momentos, fue su guitarrista, hizo una versión de Serrat, glosó algunos versos de Labordeta, recordó a Sanchis Sinisterra, que le habló de Dylan, Atahualpa Yupanqui y de los cantautores, y se fue feliz. Inundado del cariño del público, orgulloso de sus músicos. Carbonell hizo un muy buen concierto, quiso tocar temas de todos sus discos, se versionó a sí mismo y dejó la huella de lo que es: un creador de canciones con argumento claro. Canta a la vida y al amor, con un cinismo sentimental, como quien no acaba de creérselo del todo, canta al paisaje y a la tierra, canta a los humildes –‘La Paca del Cañizar’ y ‘Pascual’, entre otras-, fabrica himnos con facilidad y se compromete de inmediato con las cosas que impactan. Brassens ya está es su ADN y Carbonell usa un humor somarda, que puede ser jocoso, festivo o puramente satírico. Está de voz como nunca y se siente el rey del escenario. Querido y respetado.

Oí y sentí el concierto al lado de dos grandes seguidores y amigos de Joaquín: Luis Alegre y José María 'Cuchi' Gómez. Eso tampoco le pasa a cualquiera.

 

*Retrato de Joaquín Carbonell por Guillermo Mestre.

 

12/09/2020 07:26 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

DIÁLOGO CON PILAR PALOMERO

Un diálogo con Pilar Palomero, directora de 'Las niñas'.

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-y-cultura/2020/08/31/pilar-palomero-soy-una-contadora-de-historias-en-imagenes-que-estan-al-servicio-de-la-emocion-1393212.html

31/08/2020 19:06 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

MIGUEL ÁNGEL ARTIGAS: EVOCACIÓN DE JOSÉ MIGUEL IRANZO

Un estupendo artículo de Miguel Ángel Artigas sobre el cineasta José Miguel Iranzo, fallecido de cáncer el pasado lunes, y enterrado en su pueblo de Villarquemado, donde se había retirado con absoluta discreción. José Miguel tenía 63 años y entre otros títulos había hecho cortos como 'Mayumea' y 'Témpora violetas', y documentales, con Joaquín Carbonell de guionista, sobre José Antonio Labordeta y el Pastor de Andorra, José Iranzo.

 

https://www.diariodeteruel.es/noticia.asp?notid=1026495&secid=6&fbclid=IwAR1bhwf6KK0ADUtpp-rY1vFCJRVR1gaUmOApfQPk83uiDCYM7hawk6NZ11c

14/08/2020 06:41 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

'PAISAJES PASAJEROS' DE SANTIAGO ARRANZ

Santiago Arranz: Paisajes pasajeros*

Pinturas recientes 2019/2020

Estudio Las Maigüalas - Castejón de Sos– Huesca

Agosto - Septiembre 2020

 

¿Qué cosa pretendemos al decir que un paisaje pintado nos parece fascinante? ¿Lo decimos sólo por el placer? No, es porque queremos hallar una explicación a algo, pero a algo, que sin duda, será siempre inexplicable.

Robert Walser, los hermanos Tanner.

Paisajes Pasajeros es mi más reciente proyecto artístico y el primero que se va a exponer al público en mi taller de Las Maigüalas, en Castejón de Sos.

Con este proyecto piloto pretendemos, junto a un grupo de profesionales del arte, intelectuales y galeristas afines, consolidar un ciclo de exposiciones monográficas dedicadas a otros artistas, durante los meses de verano, que se irán sucediendo a lo largo del tiempo. Prestaremos especial atención a aquellos creadores con más de 30 años de actividad artística y cuya sensibilidad sea capaz de proyectarse sentimentalmente en la naturaleza, haciendo de ésta la inspiración de un ciclo de exposiciones y libros que se irán presentando.

Paisajes Pasajeros es un recorrido por las 4 estaciones del alma y resume en 100 cuadros el trabajo que me impuse a lo largo de un año: la observación del territorio en el recorrido que va desde mi vivienda en Castejón, a la finca Las Maigüalas, donde se encuentra mi taller.

Durante este periodo de tiempo, he ido observando y pintando las transformaciones de la naturaleza a la que la pandemia ha regalado momentos estelares, alcanzando, este año en particular, un esplendor de belleza inusual, si bien la idea germinal que me animó fue anterior a estos acontecimientos, siendo el primero de estos cuadros pintado ya en el verano de 2019, justo después de concluir mi anterior exposición dedicada a Lorca y a su obra Poeta en Nueva York*.

Con este nuevo proyecto, me planteo el reto contrario a mi manera de proceder habitual, al alejarme de la literatura, que ha marcado buena parte de mis trabajos y sustituir las cualidades simbólicas de ésta por el mero placer de la contemplación, a la vez que recupero un medio sencillo de expresión, muy querido para mí como es la pintura.

El paisaje, visto desde el alma, se eterniza en la repetida caducidad de las estaciones y mientras las convicciones de todo tipo parecen desvanecerse engullidas por la naturaleza, mi posición es la de aferrarme a ella en la necesidad de ser dos y lo mismo - paisaje y contemplador.

El proyecto, tal y como se ha concebido para este espacio, consta de 100 cuadros de pequeño formato, el mayor de los cuales no excede los 30 cm y se desarrolla en un montaje perimetral que recorre todo el estudio, un cubo blanco en el que se distribuyen las obras en una secuencia, en torno a cuadro central que representa un árbol, el primero que pinté, y el único de gran formato. Metafóricamente nosotros somos las hojas, los cuadros pequeños, que desfilan en torno a este árbol totémico que se queda y permanece, para renovar la vida desde la pintura, en este discurso sin fin de lo efímero. Pintura que surge de los sentimientos, antes que de los pensamientos, cuando nosotros también formamos parte de esa naturaleza, sin ningún propósito, subrayando ésta vez, desde el lado salvaje, la certeza de que no hay filosofía ni literatura que no provenga del corazón.



Santiago Arranz

Castejón de Sos, julio 2020



* Trabajo que se expuso en la Fundación Pons de Madrid a finales del año pasado y de la que ha quedado un hermoso libro publicado en Barcelona por Ámbit: Santiago Arranz, tras Lorca por Nueva York. Obras 2017-2019.

(No hay inauguración. Visitas concertadas llamando al Tel. 600716129).

 

 

 

01/08/2020 15:49 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

UNA NOTA SOBRE MARÍA DUBÓN

20200801154655-maria-dubon.jpg

María Dubón: el archivo de sombras de una vida de mujer



La escritora zaragozana publica ‘La muerte es el principio’, un poemario que explora un periodo oscuro de su existencia



María Dubón, entre otras detalles, dice de sí misma que es “bloguera desde 2003, mantiene diez blogs de temáticas diferentes: actualidad, filosofía, literatura, campañas solidarias, opiniones de autores, feminismo, fotografía, reseñas literarias y uno dedicado a su querido Oscar Wilde”. Añade que “ha escrito nueve novelas y media, colaborado en varias antologías. Ha publicado más de cuatro millares de artículos en revistas españolas y extranjeras, ensayos, poemas, reseñas, varias plaquettes, sus relatos eróticos rozan el millón de descargas…”. Y con todo, insiste, “es, como bien pueden imaginarse, una perfecta desconocida”. Entre otros libros suyos, su poemario ‘Puta’ (La fragua del trovador) fue muy leído y comentado y tiene dos ediciones. A María Dubón, que es muy activa en talleres y en colaboraciones con asociaciones y proyectos solidarios, parecen atraerle los márgenes: esos lugares donde la vida avanza con furia, con contradicciones y con bofetadas de injusticia e inquietud.

Ahora publica en el sello La Fragua del trovador ‘La muerte es el principio’, un libro de poemas que “fui escribiendo durante un periodo negro de mi vida, de esos que todos hemos de afrontar alguna vez y en los que se van sucediendo, uno tras otro, los contratiempos y las desgracias, hasta que llegas a un punto en que te fallan las fuerzas y la falta de ánimo te conmina a tirar la toalla. Tuve que vaciarme. Dejar atrás mi existencia anterior para dar cabida a la nueva. Tuve que ‘morir’ para seguir viviendo. Resucité, renací, me rehíce. No quedaba otra. Y aquí estamos, todavía en pie, ¡viva!”, explica. Por algo su poemario lleva por pretítulo: ‘En ocasiones, para nacer hay que morir’.

Este libro como explica María Dubón se remonta a un período anterior a su traslado a Zaragoza Y ese estado de ánimo, esos vaivenes de la vida y del alma, son los que aborda la poeta, y cuenta, en clave lírica y con una sinceridad dolorida, el relato de una mujer que se mira al espejo y no se reconoce. Solo ve su condición de extraña, percibe el miedo y la proximidad de la muerte, que avanza con todas sus expresiones: carnales, simbólicas, metafóricas y alegóricas. El infierno es uno mismo y también pueden serlo los otros. O el otro.

María Dubón abre el armario de la conciencia de quien está instalada en el drama. Es hondamente desdichada, y ese va a ser el asunto central de su libro. “El corazón desesperado / puede saltar por la ventana”. También se percibe con las alas rotas, y el miedo irrumpe una y otra vez con sus matices. ¿Por qué lo siente, a quién teme, por qué no se atreve a huir o a volar, acaso tiene pánico, literalmente, a sí misma? Apunta: “El miedo es un trapecista / colgado de una telaraña”. Y más adelante, en ese intento constante de hallar respuestas y asideros, de respirar, se percata de que “la vida no puede pasarse a limpio, / la mía está llena de erratas”.

Hay un abatimiento de fondo, físico y metafísico, una inseguridad y una sensación de culpa o de presencia de “los fantasmas que me aterran”. ‘La muerte es el principio’ es la crónica de una situación crítica, autodestructiva, y es una catarsis: expone una situación abisal y a la par es una tentativa de salir de ahí. Cuando la protagonista de los poemas parece salir del acoso, del maltrato, del clima insoportable de una relación viciada (situaciones así imagina el lector porque la autora tampoco quiere ser explícita: lo es, con abundancia, en el clima insoportable de vivir), del extrañamiento en la convivencia, cuando hurga en la caja de agravios, se da cuenta de que “no creo en mi resurrección”, y tampoco parece creer en la libertad ni se atreve a abrazar la esperanza, aunque el amor, un nuevo amor, llega y da vida. Tan presa del sufrimiento está, tan desposeída de autoestima, que incluso duda de que esa aprición pueda ser real.

La disposición de los poemas es curiosa. El grueso está ordenado de forma vertical, como es habitual, y hay otros, que son como latigazos, elementos de reflexión o cortes en el texto, y se imprimen de manera horizontal. Es como si le dieran oxígeno al lector en un clima asfixiante, erizado de dolor, de insatisfacción y de desconcierto entre los amantes. También son las composiciones de versos más largos.

Al final, tras esta suerte de vía crucis existencial y obsesivo, de reconquista de la alegría de sentir y de sentirse, la poeta adquiere conciencia de que la literatura es la mejor terapia. Dice: “La distancia entre la vida y la muerte es un poema”. María Dubón se atrevió a huir porque sintió la llamada del amor, de la ilusión, de la escritura, y este libro, en el fondo, es un archivo de sombras que llevaba dentro y exigía ser expulsado.



LA FICHA

La muerte solo es el principio’. María Dubón. La fragua del trovador. Zaragoza, 2020. 80 páginas.



ABRÍ EL ARMARIO



Abrí el armario

y la muerte me cayó encima.

El lavabo se atascaba de sangre.

¿Qué derecho tiene la vida a vencerme?

Tengo que inventarme afectos,

soñar que la lluvia me recita versos,

que unos labios rozan mis párpados.

No puedo dormir porque tengo miedo,

el corazón desesperado

puede saltar por la ventana.





ESCRIBO DE TI



Escribo de ti,

las palabras se derriten

y bebo de la página

un trago de texto.

Me enveneno de ti

en las riberas del infierno,

en la tragedia transparente

veo tus ojos que aún brillan.



LA HORA VIOLETA



La hora violeta es una hora concreta y sin tiempo,
dura tanto como uno puede soportarla,
parece que acaba y se estira,
acaba y sigue existiendo.
La hora violeta dura lo que dura la pena,
lo que aguanta el alma,
lo que puede resistir el cuerpo.
Entonces languidece y se va
pero antes ha teñido el horizonte
de un color que cuesta lavar.
Tras la línea el abismo negro,
la caída sin fondo,
el cansancio de la lucha,
casi la muerte o la muerte misma.
Sabes que el sol no es cruel,
sale para todos menos para ti,
al fondo del pozo no llega su luz
ni llegan los brazos ni las voces.
La hora violeta es una puerta,
lleva a una vida donde no hay vida.

 

 

01/08/2020 15:46 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

ALFREDO CASTELLÓN PROTAGONIZA EL NUEVO NÚMERO DE TURIA'

20200713083402-alfredo-castellon.-guiillermo-mestre-2004-08-30552637-.jpg

[Texto de Raúl Carlos Maícas.] El nuevo número de la revista cultural TURIA tiene como principal objetivo rendir un necesario y merecido homenaje al cineasta y escritor Alfredo Castellón. Un atractivo y sincero reconocimiento colectivo que le rinden un total de 22 autores y que reivindica el interés y la vigencia de una obra literaria, cinematográfica y televisiva que supone una de las contribuciones más originales a la cultura española contemporánea.

 

A través de 200 páginas de textos inéditos, TURIA pone en valor la figura y la obra de Alfredo Castellón, el cineasta que siempre se sintió escritor. Fue la suya una personalidad fascinante, a un tiempo insondable y transparente. Capaz de convertirse en un fiel amigo y un verdadero admirador de la gran María Zambrano y de deslumbrar a una entonces jovencísima Marta Sanz, hasta parecerle “el hombre que parecía recién llegado de las montañas”. Fue también Alfredo Castellón el realizador que cambió la forma de hacer cultura en televisión, con programas como “Estudio 1” o “Mirar un cuadro” o el director de cine que cosechó éxito internacional con su película “Las gallinas de Cervantes”, adaptación de un cuento de Ramón J. Sender sobre la vida de Cervantes y sus mujeres.

 

TURIA pretende redescubrir a los lectores tanto la original obra literaria, cinematográfica televisiva, como la singular vida de Alfredo Castellón. No en vano, y como escribe Rosa Burillo en el artículo que abre el monográfico que le dedica TURIA, “Alfredo era un soñador. Pero también era un superviviente, un hombre práctico y equilibrado en el día a día, que tenía perfectamente ordenadas las carpetas azules donde guardaba su obra”. Además, escribía por necesidad, por un profundo sentido de la justicia y, a pesar de su agnosticismo, caminó siempre hacia la luz, quizá como un eco de la espiritualidad de Zambrano que sin duda Alfredo Castellón compartió.

 

TURIA informa, por otra parte, de la cancelación provisional de la presentación prevista en Zaragoza. Si la situación de la pandemia de coronavirus lo permite, se intentará llevar a cabo antes del mes de noviembre o se suspenderá definitivamente.

 

UN SUMARIO REPLETO DE TEXTOS Y AUTORES DE INTERÉS

 

Además del espectacular monográfico dedicado a Alfredo Castellón, el nuevo número de TURIA brinda un sumario repleto de lecturas y autores de interés. Así, las páginas de la revista se enriquecen con textos originales de importantes autores internacionales. Entre ellos, citar la selección de la correspondencia inédita del gran escritor británico Philip Larkin o la presencia de un nuevo valor de la narrativa en lengua inglesa, Isabella Hammad,

 

 

 

 

 

que ha conquistado a la crítica norteamericana y británica con su primera novela “El parisino” y de la que TURIA ofrece en primicia un fragmento en español.

 

Otros protagonistas de la nueva entrega de TURIA son autores como Mario Benedetti y Miguel Delibes, sobre cuya obra se publican artículos originales de Eva Valero y Mario Crespo López.

 

También da a conocer textos narrativos inéditos de Luis Landero, José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón, Eloy Tizón, Elvira Navarro y Joaquín Berges.

 

TURIA ofrece igualmente a los lectores poemas inéditos de, entre otros, Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Chantal Maillard, Manuel Rico, Francisco Ferrer Lerín, Martín López-Vega, Carlos Pardo, Basilio Sánchez, Fernando Sanmartín y David Mayor.

 

Especialmente recomendables son las dos amplias entrevistas exclusivas que TURIA publica con dos nombres propios de la cultura muy relevantes: los escritores Ana Blandiana y Sergio del Molino. Ambos conversan acerca de un amplio repertorio de temas de interés. Así, mientras la rumana Blandiana asegura que “hay que luchar contra la censura interior”, del Molino está convencido de que “la literatura autobiográfica ayuda a expiar culpas”.

 

La artista plástica zaragozana Lina Vila, una de las creadoras de mayor proyección y consolidada trayectoria, es la encargada en esta ocasión de enriquecer gráficamente TURIA.

 

TURIA ha conseguido convertirse, tras 37 años de vida, en una de las revistas culturales de referencia en español. Tiene difusión nacional e internacional y por sus páginas han pasado más de mil autores de diversas procedencias estéticas e ideológicas, lo que da idea de la riqueza y pluralidad de sus contenidos. En reconocimiento a su labor, la revista obtuvo el Premio Nacional al Fomento de la Lectura.

 

TURIA es una revista de periodicidad cuatrimestral que tiene una edición en papel y otra digital (web y Facebook). Está publicada por el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación de Teruel y patrocinada por el Ayuntamiento de Teruel y el Gobierno de Aragón.

 

ALFREDO CASTELLÓN: UN SOÑADOR DE IMÁGENES

 

Una aproximación plural, rigurosa y sugerente a Alfredo Castellón (Zaragoza, 1930 – Madrid, 2017) es la propuesta que realiza la revista cultural TURIA. Un amplio conjunto de trabajos, tanto creativos como ensayísticos, así como de testimonios reveladores, brindan las claves de su personalidad y de su obra. Además, permiten ofrecer al lector una imagen íntegra y completa de quien siempre matizó su sabiduría, su entusiasmo y su creatividad con una sobredosis de elegante timidez. Esa postura vital de honradez y discreción sin duda le granjeó un injusto desconocimiento que merece ser reparado. Y a esa tarea se aplica ahora la revista TURIA y sus colaboradores.

 

Nadie mejor que la profesora Rosa Burillo, aragonesa como Alfredo Castellón pero al igual que él residente en Madrid y titular de Literatura Norteamericana en la Universidad

 

 

 

 

 

Complutense, para coordinar este espectacular monográfico que valora y sitúa en el lugar que le corresponde a un hombre de grandes y diversas inquietudes creativas que siempre tuvo por norma la sencillez y la humildad. Rosa Burillo no sólo conocía perfectamente la obra sino que siempre mantuvo una estrecha relación con Alfredo Castellón, que se intensificó aún más durante los últimos años de vida de éste. Así, en el artículo introductorio que publica en TURIA, y que titula “El niño prisionero de las arañás”, traza un perfil muy completo de Alfredo Castellón y analiza las características del ingente trabajo que desarrolló hasta su muerte. Una tarea que realizó con determinación y naturalidad durante las distintas etapas de su vida. No en vano, parece que Alfredo Castellón siempre se acogió a esa máxima de su admirada María Zambrano: “La pregunta es el despertar del hombre”.

 

El monográfico es muy completo y están tratados todos los temas que entendemos fundamentales para comprender la importancia de la obra de Alfredo Castellón. Y quienes se ocupan de ello son personas que conocieron muy bien su trabajo. También TURIA aporta valiosos testimonios y textos inéditos de y sobre el propio Alfredo. Se trata así su labor en el cine y la televisión (con artículos de César Gil Covarrubias y Vicky Calavia, Emilio Casanova, y José Luis Orozco), en la narrativa y el teatro (sobre la que escribe Antón Castro), su etapa en Italia (de la que se ocupa su amigo Silvio Maestranzi) y un amplio y plural repertorio de temas y testimonios de quienes le conocieron bien, como la que fuera su pareja sentimental durante algún tiempo, la italiana Marienza Binetti o la escritora Marta Sanz.

 

Especial interés ofrece el artículo de Pedro Chacón Fuertes en el que se analiza su relación fundamental con María Zambrano a través de los testimonios epistolares. Una correspondencia que se aporta en TURIA y que confirma la sintonía de Castellón con ella, desde que se conocieron en 1954 en Roma hasta la muerte de la brillante e inolvidable filósofa malagueña. Así, en una carta fechada el 23 de abril de 1983, Alfredo Castellón escribe: “María, en todos estos años no he dejado de recordarla con cariño, con mucho cariño. Los años de Roma fueron para mí de enorme importancia, quizá los años más felices de mi vida, y sin duda alguna usted y su hermana Araceli contribuyeron a que lo fueran. A veces en estos años cuando alguna vez he paseado en Roma por la Piazza del Popolo me he entrado en el café que hay en su antigua casa, y he recordado sus palabras, sus consejos. Y me doy cuenta de la suerte que tuve al conocerla y de lo mucho que influyó en mi vida”.

 

Completan el monográfico una estimable serie de artículos originales cuyos autores, tanto españoles como italianos, contribuyen con testimonios reveladores acerca del trabajo y la rica personalidad de Alfredo Castellón: Silvio Maestranzi, Eloy Fernández Clemente, Ángel Guinda, Luis Alegre, Ismael Grasa, Pablo Pérez RubioJosé Luis Gracia Mosteo, Eva Puyo, Mariano Gistaín, Javier Cinca Monterde, Chuzé Inazio Felices Maicas y Feliciano Llanas.

 

Además, TURIA reproduce una selección de poemas, microrrelatos y aforismos inéditos de Alfredo Castellón realizada por Rosa Burillo.

 

Cierra el homenaje una útil y pormenorizada biocronología elaborada por el periodista Juan Domínguez Lasierra, muy vinculado a Alfredo Castellón.

 

 

 

 

 

 

 

MARIO BENEDETTI Y MIGUEL DELIBES

 

El sumario de TURIA se abre, en esta ocasión, con un oportuno artículo sobre Mario Benedetti (Paso de los Toros, Uruguay, 1920 – Montevideo, Uruguay, 2009), con motivo de cumplirse el centenario de su nacimiento. En él, la profesora Eva Valero revalida un argumento indiscutible: Benedetti “es un referente de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, al tiempo que un ejemplo paradigmático de civismo y de resistencia ante la dictadura, la de su país, que determinó su exilio y su tránsito vital por diversas geografías”

 

Otro centenario importante, el del nacimiento de Miguel Delibes, permite a TURIA analizar su obra. Y lo hace a través del artículo titulado “Miguel Delibes: claves de su vigencia”. En él, el profesor Mario Crespo López subraya que Delibes es un “punto fundamental desde el que observar medio siglo de literatura española (el que va entre 1948 de “La sombra del ciprés es alargada” y 1998 de “El hereje”). Además, en Delibes se aprecia un triple compromiso: ético, social y estético.

 

TEXTOS INÉDITOS DE LUIS LANDERO, ISABELLA HAMMAD, PHILIP LARKIN, JOSÉ MARÍA CONGET E IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

 

Entre el buen surtido de lecturas inéditas que ofrece TURIA sobresale un avance de lo que será la correspondencia inédita en español del gran escritor británico Philip Larkin: “Cartas a Monica Jones”, que aparecerá editada por La Umbría y la Solana. Este conjunto de cartas es utilísimo para conocer mejor la verdadera personalidad de uno de los poetas más aclamados del pasado siglo.

 

También la revista ofrece en primicia en nuestro idioma a un nuevo valor de la narrativa en lengua inglesa, Isabella Hammad, que ha conquistado a la crítica norteamericana y británica con su primera novela “El parisino”, que será publicada el próximo año por Anagrama. El lector encontrará aquí una historia deslumbrante, inspirada en el bisabuelo paterno de la autora, en torno a las peripecias vitales de un palestino afrancesado. Pero el argumento va más allá y permite adentrarse en las claves de los seculares conflictos de Oriente Medio.

 

Además, TURIA publica textos narrativos inéditos de relevantes autores españoles como Luis Landero, José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón, Eloy Tizón, Elvira Navarro y Joaquín Berges.

 

UNA SELECCIÓN DE LA MEJOR POESÍA ESPAÑOLA ACTUAL

 

La nómina de poetas españoles actuales que participan con textos inéditos en TURIA es espectacular por su cantidad y calidad. Todos ellos representan la diversidad y riqueza de las distintas generaciones y estéticas que conviven hoy en nuestro panorama poético: Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Chantal Maillard, Manuel Rico, Francisco Ferrer Lerín, Martín López-Vega, Carlos Pardo, Basilio Sánchez, María Alcantarilla, Vanesa Pérez-Sauquillo, Juan Manuel Macías…

 

 

 

 

 

 

En el ámbito aragonés, citar los nombres de Fernando Sanmartín, David Mayor, Jesús Jiménez Domínguez y Marta Domínguez Alonso, entre otros.

 

LA VIGENCIA DEL NIHILISMO DE CIORAN

 

En el apartado que TURIA dedica al ensayo, merece una atenta lectura el artículo de Manuel Arranz sobre la actualidad del pensamiento de uno de los grandes ensayistas europeos de nuestra época: Emil Cioran. Este año, además, se cumple el 25 aniversario de la muerte de este escritor y filósofo rumano en lengua francesa. Un autor al que Fernando Savater contribuyó enormemente a dar a conocer en España. La lectura de Cioran no deja indiferente a nadie que lea sus reflexiones sobre sus temas favoritos: el destino de los pueblos, la decadencia, el fanatismo, el suicidio, la imposibilidad necesaria de la filosofía, etc. Su nihilismo y su manera aforística de filosofar, nos deberían seguir fascinando hoy.

 

ENTREVISTAS EXCLUSIVAS A ANA BLANDIANA Y SERGIO DEL MOLINO

 

Ana Blandiana (Timiçoara, Rumanía, 1942) es ya una figura legendaria de la literatura rumana, en la que ocupa un lugar comparable al de Anna Ajmátova o Vaclav Havel en las letras rusas o checas. Destacada opositora al régimen dictatorial que gobernó muchos años su país, Blandiana es una de los escritoras más sugestivas y originales del panorama de la cultura en Europa. Autora de libros de poesía, narrativa y ensayo, su obra ha sido traducida a veinticinco idiomas y ha obtenido numerosos y relevantes premios en distintos países.

 

Blandiana se muestra crítica con el presente que vivimos. Así, en la conversación que TURIA publica y que ha sido realizada por el también poeta Jordi Doce, nos dirá: “el arte y la literatura de consumo de nuestro tiempo han creado una forma de subcultura que sale en todos los medios, la televisión, las redes sociales, y que aniquila la cultura de una forma semejante. Hoy sigue siendo imperativo luchar por la verdadera cultura”.

 

El escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979) es, por derecho propio, uno de los nombres más destacados de las letras y el periodismo español de nuestros días. Cuando acaba de llegar a las librerías una nueva novela, “La piel”, y todavía está muy reciente su biografía “Calomarde. El hijo bastardo de las luces” mantiene para TURIA una conversación sin desperdicio con el también periodista y escritor Juan Carlos Soriano. Gracias a ese diálogo intenso y revelador conocemos más a fondo a a este madrileño trasplantado a Zaragoza, ciudad en la que reside.

 

Si hay un libro que marcó un antes y un después en la obra de Sergio del Molino es “La hora violeta”. La leucemia que acabó con la vida de su hijo Pablo poco antes de que cumpliera dos años le condujo a escribir ese libro que conquistó a miles de lectores. Reconoce que lo escribió en condiciones muy desesperadas: “En trance y casi, casi, sin ninguna pretensión literaria. O sí. O con todas las pretensiones literarias del mundo. Ahí desarrollo una idea para mí elemental: que la literatura es una misma cosa con la vida. Y la literatura es significativa en la medida en que exprese bien todas las rarezas y las asperezas de vivir”.

 

 

 

 

 

 

 

En 2016, con “La España vacía”, inauguró una serie de libros y reportajes sobre el éxodo rural en nuestro país y el desequilibrio de la balanza demográfica. Sergio del Molino, que dio el pistoletazo de salida a otros autores, considera espantosa e innecesaria la corrección “vaciada” que han impuesto, después de publicado su libro, los movimientos sociales y medios de comunicación.

 

JAVIER SIERRA ESCRIBE SOBRE CRISTÓBAL SERRA

 

TURIA publica un sugerente artículo de Javier Sierra sobre Cristóbal Serra, uno de los autores más raros y geniales de las letras españolas. Bajo el título de “Cristóbal Serra, profeta de la ocultura” se analiza la obra de un autor de prestigio pero poco leído y que, según el ganador del Premio Planeta 2017, hay que situar como una de las estrellas de difícil clasificación que brillan dentro de la inconmensurable galaxia de la literatura española “a las que solo un término de cuño reciente –‘ocultura’- ayuda a entender mejor”.

 

Además de los anteriores contenidos, TURIA ofrece al lector la sección habitual denominada “La isla”, con fragmentos del diario de Raúl Carlos Maícas enriquecidos gráficamente por Isidro Ferrer. También se mantienen las dos secciones dedicadas a temas y protagonistas aragoneses. Cierra el sumario de la revista una amplia sección de crítica de libros, “La Torre de Babel”, donde se analizan las novedades editoriales de mayor interés en materias como narrativa, ensayo y poesía, tanto de autores españoles como de otros países.

 

 

AFORISMOS INÉDITOS DE ALFREDO CASTELLÓN

 

El nuevo número TURIA publica un espectacular conjunto de textos inéditos de y sobre Alfredo Castellón. Entre ellos destaca una amplia muestra de sus originales aforismos, nunca publicados hasta ahora y de los facilitamos hoy una breve selección muy reveladora del pensamiento y la capacidad de escritura de su autor.

 

Tu talento mejorará si tienes la generosidad de reconocer el del prójimo.

 

El mundo está acatarrado y cualquier día estornuda y nos lanza a todos al espacio sin cordón umbilical alguno.

 

Es una pena que las personas que nacen sensibles no cultiven su espíritu. Si no lo hacen, todos perdemos algo.

 

La agricultura peinaba a la tierra con cariño, pero llegó la industria y le despeinó la entraña.

 

No confíes en lo exacto, en el hombre exacto, en el tiempo exacto, en la vida exacta...

 

Hay personas que se afanan en aparentar. ¿Pero el qué? Como no sea su imbecilidad.

 

No debes de privar nunca a una mujer de su primer deseo.

 

 

 

 

 

 

Si el espíritu tuviera brazos al primero que abrazaría sería al solitario.

 

El insensible es un enfermo del alma.

 

En el inconsciente de don Quijote estaba la vida, en cuanto llegó su consciente desapareció.

 

Los labios comen de todo, bueno, malo... pero cuando ya no lo hacen, mastican tierra.

 

No esperes el grito del árbol, la rosa, el laurel, hasta que despierten del sueño.

 

La apariencia es el vicio de la clase media.

 

Cuantos más “demonios” tenga el hombre escondidos en su barriga más originalidad transmitirá a su digestión.

 

Perteneces a una familia, has crecido con ella, los quieres, pero... despréndete de los cariños posesivos, empobrecen.

 

Aprendí a poner el odio a la distancia deseada, pues el amor ya tiene tomada esa medida.

 

Debemos ser partícipes de todo, convivir con todo. Que todo nos invada.

 

Y dentro de la velocidad de la luz, la palabra amor se alargará hasta desintegrarse en granitos de alegría.

Yo me arrodillaría para humillarme ante la naturaleza, esperando la bendición de un olmo o un manzano, por ejemplo.

 

La felicidad es monótona, por eso no conviene alargarla demasiado.”

 

 

13/07/2020 08:34 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

SYLVIA PENNINGS EN LA CASA AMARILLA

20200712161226-ramas-y-raices-2020.-tinta-china-sobre-papel-70-x-100-cm.-sylvia-pennings.jpg

Sylvia Pennings|Emboscarse

 

Exposición: 7 de julio - 30 de septiembre, 2020

Inauguración: 7 de julio, a las 19 h

 

Emboscarse: ser bosque, activar la mirada crítica, nunca ocultarse. Hay bosques allí donde somos bosques, allí donde somos ingobernables: hay bosques en cualquier lugar donde sea posible oponer resistencia. Los bosques pintados o dibujados en blanco y negro de Sylvia Pennings convierten a La Casa Amarilla en un bosque, en un escenario de reflexión y de crítica.

 Sylvia Pennings | Emboscarse 

Una de las preocupaciones de Sylvia Pennings, a lo largo de su trayectoria, ha sido la de abordar en su trabajo la progresiva falta de atención en la actual sociedad de la información a conceptos tales como intuición, reflexión o sabiduría; conceptos ya en desuso ante las posibilidades que brindan los dispositivos de conocimiento inmediato más avanzados. Por eso Sylvia Pennings decidió regresar a los bosques, lugares sagrados y escenarios de narraciones y relatos que cuentan nuestra historia olvidada, refugios que permiten la desconexión, e invitan a regresar al origen y ser partícipes del vínculo que nos une a lo natural.

 

Sylvia Pennings pinta y dibuja bosques de árboles que dejan al descubierto las raíces profundas que los mantienen unidos a la Tierra, y alzan sus ramas hasta lo más alto, en una compleja red de interconexiones que los activan en un continuo y apenas visible movimiento. Urge aprender a sentir la inteligencia vegetal, el rumor de la memoria compartida entre los árboles del bosque de la que forman parte quienes deciden encaminarse con ritmo lento por entre sus claros y umbrías. La fotógrafa checa Jitka Hanzlová utilizó una expresión especialmente afortunada al referirse a su proyecto Forest, que encaja muy bien con las obras de Sylvia Pennings: "silencio orgánico", en alusión al extrañamiento que provoca reconocerse en un lugar de sonidos y voces nunca escuchados. El sentimiento puede ser tan grande que llegue a provocar miedo. Un miedo ancestral. El tiempo se enreda cuando penetramos en el bosque; el presente remite al pasado que nos anuncia lo que está por llegar. "Camino hacia atrás para ver el futuro", escribió Hanzlová. Sylvia Pennings pinta y dibuja senderos que se bifurcan en el interior del bosque, siempre a la espera de ser paseados. [Chus Tudelilla, julio 2020]

 

12/07/2020 16:12 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

'CUENTOS DE TEMPORADA': E. NAVARRO

20200711071922-ernesto-navarro.-cuentos-de-temporada-portada.png

Ernesto Navarro escribe y pinta sus ‘Cuentos de temporada’

 

El autor distribuye 22 cuentos a lo largo de los doce meses del año y hay de todo: amor, vampiros, viajes y veranos

 

En las guardas de respeto del libro ilustrado, de formato gigante, ‘Cuentos de temporada’, Ernesto Navarro, escritor e ilustrador, y editor de Pintacoda, ha colocado los doce meses del año y escribe en rojo un título que alude a uno de los 22 textos que forman este libro, divertido, fresco, lleno de guiños (del tipo, ‘Mies y Zaha decidieron irse a vivir juntos’, y así arranca ‘La Casa’), de bromas, de emociones y de risas.

El polivalente Ernesto Navarro ya había publicado ‘Laszlo’, la historia de un artista callejero que se movía en un mundo variado y marginal, y ‘Cuentos de Navidad para niños y padres’, ambos en el sello Pintacoda, en los que medía su capacidad de creación y su tendencia a los juegos literarios y a la referencias más o menos cultas, sin que eso aleje al lector.

Cuentos de temporada’ continúa su línea de sorpresa y paradoja. En el primer texto, ‘El día del libro’, dice en la frase incial: “Aquel veintitrés de abril, por primera vez, mi tío Aldo no trajo un libro”. Y a partir de ahí crea una narración donde rinde homenaje a Gutenberg y al mismo volumen que el lector empieza a leer. Luego se sumerge en otras historias: la del vampiro panadero, llamado Olegario, que debe enfrentarse a la noche de San Juan; el relato de la niña Gracia, que se zambulle en la piscina y se convierte en un pez.

Hay cuentos humorísticos, incluso crueles, pero también miradas casi costumbristas a lo que podría ser un día largo en un pueblo. O en la fiesta de la vendimia. Aborda un cumpleaños, se narra un embarazo con misterio, se cuenta el primer día de clase en la Escuela Robótica Infantil Y un viaje de Navidad por Manhattan. También anima, casi con microcuentos, el relato ‘La gran nevada’; el más corto dice: “Diana construyó un muñeco de nieve con paja, vino el lobo y lo sopló”.

Si Ernesto Navarro es imaginativo y juguetón en sus relatos, si piensa en sorprender y cautivar al niño, en la parte gráfica es, cuando menos, versátil. Se maneja en varios registros: es capaz de aproximarse al cartel, al retrato, a la ilustración pura y dura, a la viñeta, como en el citadoLa gran nevada’, y maneja por igual el retrato en solitario, como pasa en ‘Las golondrinas’ y con el moscardón Romeo en ‘San Valentín’, y las multitudes, como sucede en ‘Rompida de la hora’, donde plantea un ritual de tambores y bombos y túnicas violetas. Ernesto es un ilustrador claro y variado, puede ser clásico y moderno, transgresor y tradicional, y tiene sentido del color, de la composición y, por supuesto, de la ironía.

Parece que siempre esté dispuesto a dar otra vuelta de tuerca a todas las cosas. Hasta a su propio libro. Anota en un guiño de metaliteratura: “De esta manera, reuní 22 historias que encuaderné con la ayuda de mi madre. Cosimos las páginas en pliegos y añadimos unas bonitas cubiertas de cartón forradas en tela”.

 

11/07/2020 07:19 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris