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HOMENAJE A ANTONIO ARTERO EN MADRID. (UN DIÁLOGO CON EL CINEASTA)

[Desde mañana, 13 y miércoles, y hasta el 21, en la Fundación Anselmo Lorenzo de Madrid se le rinde homenaje al cineasta aragonés Antonio Artero Coduras, el autor de 'Monegros', 'Trágala perro' o 'Cartas desde Huesca'.]

 

Antonio Artero fue de niño el hijo de la repartidora del pan. Su padre murió un poco antes de su nacimiento y él nunca conoció los secretos de una familia convencional. Ni siquiera estaba bautizado, lo que lo llevó a vivir con cierto disimulo. “Ella era republicana y muy antifranquista, claro”. De ahí brota su primer recuerdo: cuando tenía tres o cuatro años iba –con una familia de verduleros que lo había recogido- a visitar a su madre que estuvo presa durante seis meses en la cárcel de mujeres de la calle Manifestación y siempre le llevaban naranjas. El verdadero tesoro de su niñez, además del libro Corazón de Edmundo de Amicis que le regaló una profesora a los siete u ocho años, era aquel cine que Artero hacía con sus amigos en casa o en la calle, con tiras de los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín o El guerrero del antifaz.
-Cogíamos un tebeo, lo recortábamos y lo íbamos pegando en tiras, a veces incluso por atrás. Y luego lo enrollábamos en dos palos de polo de helado. Y a la caja le hacíamos un rectángulo, a modo de pantalla. Metíamos los palos por el interior de la caja y los íbamos haciendo rodar. Así le podíamos dar continuidad a la aventura. Al final, mi madre viendo mi gran afición, con diez u once años me compró un cine Nic con proyector y un buen puñado de películas más bien absurdas.
La vocación cinéfila de Antonio Artero había nacido en las tardes del Iris o del Monumental, en aquellas sesiones infantiles de cine del oeste.
-Vinieron unos amigos republicanos de mi madre de Barcelona, que habían sido represaliados y desterrados en Zaragoza, y el día de Navidad nos llevaron a mí y a mis amigos al elegante El Dorado a ver la primera película de Walt Disney, Blancanieves y los siete enanitos, a mediados de los años 40. Aquella cinta me golpeó mucho: era una película de terror absoluto que me provocó pesadillas. Por su color, por aquella madrastra tan mala. Pero en realidad, yo llegué al cine más bien por los tebeos porque el cine estaba muy lejano, luego aquel lío de las toleradas y no toleradas, y sobre todo por el juego de la caja de zapatos.
Una vez acabado el bachillerato, trabajó de botones en una oficina, luego en laboratorios Ártica de papillas y finalmente en el Banco de Bilbao. Sus inquietudes artísticas iban en aumento, de tal forma que frecuentaba una tertulia en el café Baviera con otros amigos como Ángel Azpeitia.

-Éramos víctimas de las ironías de Miguel Labordeta, que nos llamaba La Deposición. Nosotros surgimos por oposición al café Niké, del que decíamos que lo formaba un grupo de dinosaurios. Fundamos un teatro de cámara, el Cigarral. A Niké lo considerábamos lo establecido, el orden. En esa época estrené mi primer corto, La Herradura, sobre la Base Aérea Americana y lo presentó con valentía Guillermo Fatás Ojuel en el Cineclub de Zaragoza.

Artero acabaría pasándose a la tertulia DEL Niké, pero por aquellos días, en que ya se empezaba a pedir en la taberna la botella de vino con cacahuetes, veía a José Luis Borau que hacía peña vespertina en Casa Félix con José Pérez Gállego y Eduardo Fauquié, o iniciaba su amistad con José Luis Pomarón.
-Pomarón fue esencial para mí. De él aprendí técnica, aprendí a manipular una cámara. Era un técnico estupendo y un gran artesano. Yo creo que es el Hombre del cine en Zaragoza y apostó muy fuerte con Moncayo Films. ¿Víctor Monreal? Creo que son incomparables. Era un buen fotógrafo, un excelente profesional, pero no tenía el talento creador de Pomarón. Yo trabajé con éste como actor en El deseo de cristal. Algo más tarde, gané el premio de guiones Club Cinemundo. Te daban un dinero con el que podías hacer tu primera película, que fue Lunes, donde abordaba un timo de pisos que había vivido muy de cerca en la Zaragoza de los 50. En esa época ya me había pasado a Niké.

-Agregue su particular visión a la leyenda del café.
-Niké era un lugar de encuentro sin declaración alguna, sin programa. Los que andábamos por allí teníamos el estigma del marginado. Éramos sospechosos: sospechosos políticos, sospechosos poéticos, sospechosos sexuales, sospechosos pictóricos. Todos estábamos bajo sospecha. Y no es que el Niké fuera unitario, salvo en lo que concernía al rechazo al régimen. ¿Cuál fue la suerte del Niké? Pues que hasta el actual Rey, que también era un sospechoso iba allí casi todas las tardes a tomarse su té con pastas. Iba y se sentaba en la misma silla en que lo hacía Julio Antonio Gómez. Siempre nos lo contaba el camarero Ernesto, que era muy entrañable y muy alcahuete, “ha estado esta tarde con su hermana la ciega”, nos decía.

-Ha hablado de Julio Antonio Gómez...
-Sí. Qué puedo decirle. Murió de amor. Era la inmensidad, un hombre muy inefable. Todos conocemos su vida exterior; su vida íntima era infinita, era como una zambullida en el abismo.

-¿Qué relación mantuvo con Miguel Labordeta?
-Miguel Labordeta era cualquier cosa menos el poeta provinciano que algunos creen. Él nos traía esos poetas desconocidos y despreciados como Vladimir Maiakovski o César Vallejo. Sabía antes que nadie lo que estaba pasando en Europa o en el mundo en la poesía. Fue un magisterio continuo para mí, como lo fueron Manuel Rotellar, el citado Pomarón o Eduardo Faquié. Le dediqué a finales de los 80 una Biografía interior en TVE en la que intervenían su hermano José Antonio Labordeta, su hija y sobrina de Miguel Ana.

Artero ya estaba inmerso en la vorágine de la curiosidad, de las artes y del compromiso. Y eso le llevaba a frecuentar París siempre que podía. Visitaba a los exilados o la Cinemateca.
-Yo quería cambiar el mundo. Son esas cosas absurdas y maravillosas de los 18 años, aunque sigo pensando lo mismo. Empecé escribiendo una obra de teatro que envié al premio Lope de Vega, pero pensé que el cine podía llegar a más gente y ser más eficaz. Mi madre solía decirme: “Hijo mío, juegas contra los americanos y no tienes nada que hacer. Vas a perder”. Pero el cine me apasionaba cada vez más y me había propuesto estar en el mundo a través del cine.
El paso siguiente, en los primeros 60, fue dejar el Banco y trasladarse a Madrid, a la Escuela Oficial de Cine. Allí coincidió con Berlanga, Saura, Borau, Claudio Guerín, Pilar Miró. Volvió a dar muestras de su inconformismo, de su heterodoxia pertinaz.
-Realicé, entre otros trabajos, el corto Doña Rosita la soltera, que me cortó Fraga. Yo quise meter unas cuñas que situasen aquel drama, una crítica de la educación sentimental condicionada por la I Guerra Mundial, las famosas huelgas, la Semana Trágica de Barcelona. La obra es muy necrofílica. Pues bien, quise meterle unos apuntes del No-Do y de un documental de Fernández Cuesta, Vivir en Madrid, realizado por oposición al de Fredéric Rossif Morir en Madrid, pero Fraga cercenó esas cuñas.

-Borau tuvo un detalle muy hermoso con usted...
-Tengo una muy buena relación con él. Él mandaba una crítica para la última página del Heraldo de Aragón y a veces me encargaba a mí que la hiciese yo y firmaba Interino. Pero no sólo eso: cuando iba a pagar mi matrícula en la Escuela, siempre me decían: “Su matrícula ya la ha pagado el Señor Borau”. Él sabía de mis apuros económicos. Borau es una persona muy delicada y exquisita, de una bondad indescriptible. Siempre he sentido agradecimiento. Ni siquiera tienes que humillarte ni él deja que te humilles. Hay una cosa curiosa: Borau y yo fuimos los únicos que terminamos la carrera en tres años en la Escuela, que por otra parte era como una especie de espejo deformado del Niké, otro lugar de encuentro de marginados y sospechosos que solían cometer barbaridades. Y terminé la carrera porque necesitaba méritos para empezar a trabajar y ganar algún dinero. Estaba acuciado por el hambre, esa es la verdad.

Y para que no faltase la polémica que siempre acompañó su trayectoria, Artero era vigilado de cerca por el coronel Fernández Posada, del Servicio de Investigación Militar, quien descubrió que al joven cineasta le habían falsificado (y regalado) en Zaragoza el certificado de Reválida. Le hicieron un juicio en Zaragoza y fue expulsado, aunque cuando se hizo efectiva la sentencia ya había terminado los tres años de estudios en la Escuela, con espléndido aprovechamiento. Paradojas de la vida: su buen rendimiento académico le hizo acreedor de una beca para ir al festival de Cannes. Serrano de Osma, que era el decano, lo llamó al despacho y le dijo: “Con mucho dolor de corazón, no nos queda más remedio que darle la beca a usted, Artero. Pero no diga usted nada, que lo conocemos”. Y él, dulce e iconoclasta, lo decía todo.
-¿Cómo iban a amordazarme? Me preguntaban en Cannes cómo estaba el cine en España. “¿Cómo va a estar?”, les contestaba. “Está fatal, terrible. ¿Qué puede dar el franquismo en cine o en nada? La gente está luchando contra eso. Y lo que hay es el producto de la lucha a muerte contra el franquismo”. Claro, ya la había armado. Pero había muchos compañeros que me apoyaban. En la Escuela iba haciendo cosas: Trabajos de adolescente con una referencia explícita al fusilamiento de Grimau, que fue por entonces, Viaje de bodas, basado en un texto de Cesare Pavese. Yo creo que era un terrorista conceptual y sigo siéndolo todavía. Y empezaron a llamarme los productores y así pude hacer mi primera película, El tesoro del capitán Tornado, que me estropeó la censura. Era un filme infantil de gánsters y piratas. Ya no existe porque el Ministerio, con un aragonés al frente, Pascual Cebollada, lo destrozó. Cebollada ejercía el terrorismo de estado, era el censor máximo sobre todo del cine infantil. Ordenó un remontaje y yo saqué mi firma del filme. Al final hubo una pequeña traición de otro aragonés, Raúl Artigot, y él asumió la cinta como suya. Hizo mal en colocar su firma y no decirme nada, pero eso ya pasó hace años y no tiene importancia.
Unos meses más tarde, en la reunión de los Clubs de Cine que se celebró en Sitges, Artero insistió en su apuesta por un cine más radical –de allí saldría una especie de manifiesto “por un cine más independiente, al margen de las estructuras sindicales, estatales e incluso industriales, y por la absoluta libertad en la expresión cinematográfica”- que iba a cristalizar en Blanco sobre blanco (una proyección sin película en una pantalla completamente blanca) y en Del tres al once, un cortometraje hecho con las guías de proyección de dos rollos que le había regalado Pablo del Amo.
-El primero era una reflexión del cine, qué son las sombras chinescas y también sobre la destrucción del discurso representativo del cine. El segundo era una meditación sobre lo que no se ve, lo que se escamotea al espectador. Yo recuerdo que en el viejo Iris daba saltos de alegría cuando veía aquellos inicios de la película con colas, con números, con rayas. Decía: ¡Qué bonito! Esa experiencia cristalizó en el documental Monegros, cuando se decía aquello de “Atención, atención”.

-Monegros fue muy elogiado. ¿Qué pretendió hacer?
-El documental no es un documento. Siempre hay una mediación, que es la cámara. Yo cogí una realidad arquetipada y, a diferencia de lo que hizo Buñuel en Las Hurdes, quise ofrecer una negación de la realidad. Yo creo que al cineasta le es imposible dar la realidad. Con Monegros quise negar la existencia del documental.
Pero desde entonces, Artero ha seguido trabajando con pausas, con problemas de producción y con la misma osadía. Ahí están Trágala perro (1981) con Amparo Muñoz, un filme acerca de la apariencia y la superchería a través de la figura de Sor Sulpicio, y su última cinta, Cartas desde Huesca, con Fernando Fernán Gómez y Myriam Mezieres.
-Es una película que partió de Los papeles de Aspern de Henry James, en el que quise expresar el rechazo a la cultura como mercancía. El viejo anarquista se suicida antes de entregar los poemas póstumos al editor y después de haberlos quemado. Fue un homenaje a los viejos anarquistas y quise ofrecer una visión anarquista de la cultura, de la que me siento muy cerca. Odio la cultura como escaparate.

-Lo habíamos detectado. ¿Qué le queda por hacer?
-Mi gran sueño es el ‘Pedro Saputo’ de Foz, del que ya hice un fragmento en fabla en Pleito a lo sol. Es un libro que me emociona y que me descubrió Rafael Gastón, el padre de Emilio, el abogado, político y ex Justicia de Aragón. Y compañero de las noches del Niké.

--Celebramos un siglo de cine. ¿Cuál es el balance de un heterodoxo?
-Yo creo que hace cien años que se murió el cine. Cuando nació el cine hubo dos fenómenos: los Lumière, que eran el documento, la realidad. Y Méliès, que era la magia, el discurso destructivo. Ya ve quién ha ganado: los Lumière.

--¿Por qué es Aragón tierra de cineastas?
-Yo creo que Aragón es más rabelesiana que cervantina, más de imágenes que conceptual.¿Quiere decir eso que el aragonés tenga un ojo especial? Hombre, sería un ojo muy terrible.

-Sin embargo, usted parece que ha rodado poco y que se ajusta al cliché de vanguardista y maldito.
-No creo que haya rodado poco. Estoy contento en la medida de lo posible con lo que he hecho. Ahora bien, en los últimos años ha surgido la figura del director-productor, y yo intento aprovechar las pocas rendijas que me deja el sistema. No me queda más remedio que aceptar esos epítetos, muy a mi pesar. Pero yo no sé porque el cine ha tenido que desarrollar el discurso de la novela del siglo XIX: chico encuentra chica, chico pasa dificultades, chico se enamora de la chica. ¿Es que todo tiene que ser asó? El cine es específicamente un cine más temporal que narrativo. Y yo cuanto más narrativo veo el discurso, menos cine encuentro en la película.

--¿Cuál es su camino o su sueño de cine?
He tenido mis dudas acerca del cine que quiero realizar. A mí me encantaría que el cine fuese como el big bang: todo es según el lugar que ocupa el observador en el espacio y en el tiempo. Me encantaría hacer una película que fuese al revés, que empezase en la tumba y que terminase en el vientre de la madre del protagonista.

PASIONES PRIVADAS
--Háblenos de sus pasiones privadas: de películas y directores.
-Carl T. Dreyer, Tarkovski. Arthur Ripstein, de los de ahora; Bresson, Godard, que me ha enseñado mucho cine, Sträub, y Rosellini, por supuesto. ¿Mis películas? Francesco, juglar de Dios de Rosellini, La Gertrud de Dreyer, Crónica de Ana Magdalena Bach de Staüb o La zona de Tarkovski.

-¿Actores?
No he pensado nunca en ello. Quizá, por mitología, me quedaría con Michel Simon de El Atalante de Jean Vigo, el joven Marlon Brando y Louise Brooks.

--¿Cuál es su película ideal?
-La película que me hubiera gustado hacer es Crónica de Ana Magdalena Bach, de Staüb, porque es de lo más cinematográfico. Son las fugas de Bach contadas por su hija. No hay estructura narrativa, tiene una estructura temporal más cercana a la música que a la literatura.

12/03/2019 08:31 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

POEMAS DE RADA PANCHOVSKA

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RADA PANCHOVSKA

[Búlgara, nacida el 16 de agosto de 1949, es poeta, editora y traductora de poetas aragoneses, españoles y latinoamericanos. Ha estado muy vinculada a la Casa del Traductor de Tarazona, al que suele venir una o dos veces cada años. Por cortesía suya, ofrezco aquí una selección de sus poemas, traducidos al castellano por ella.]

 

 

 

 

DESDE EL BALCÓN

 

                Cuando se nubla la vista

                todo se ve definitivamente claro.

                                               Ángel Guinda

 

En la tienda china de una pequeña

ciudad, abrigada en las faldas pirenaicas,

una mujer árabe velada hasta los talones,

compró para sí misma un teléfono móvil,

con una alegría no disimulada escuchó hasta el fin

las instrucciones de la vendedora

en el idioma extranjero común para ambas,

y lo sujetó bajo el velo/la almalafa al lado de su oreja.

 

Una estudiante ha sido arrastrada en la Tele

lejos de las urnas de un voto no reconocido,

una mujer de edad gritaba en arrebato/abnegación

en medio de la avenida apoderada de trance.

La vecina de enfrente, su cabeza cubierta de un pañuelo,

con dos niñas, todo el tiempo/siempre lava, tiende la ropa,

parece que es feliz a su manera,

no protesta y saluda sonrientemente/alegremente.

 

Una chica y un chico llegaron en taxi

a la estación de autobuses. Mientras pagaba

la chica, el chico encendía un cigarrillo

y después ella corrió para los billetes.

Así es, cada cosa con su tiempo,

los tiempos también cambian.

¡Y en medianoche pasó bajo el balcón

un joven, llevando bajo el brazo un libro!

 

SOLO

 

                Bien lo sé, es mi destino: urdir fantasmas,

                temblorosos perfiles, formas huecas,

                curiosos arabescos que aquí dejo

                sorprendidos, clavados en la hoja.

                Y también estar solo. Estar muy solo.

                                                               Víctor Botas

 

No toda la sinceridad es justa.

Sin un poquitín de mofa se vive difícilmente.

El poeta a menudo se burla del destino

y la soledad se vuelve un iceberg de sueños.

 

Ser solo se sobreentiende por principio.

Solo con todos, simplemente superpoblado.

No sólo le son cercanos, sino son una parte de él.

porque él es el/un ciudadano de toda la tierra.

 

No le es apretada la soledad, le es a medida.

Esclavo de la hoja, él salva del olvido

lo dejado por atrás y lo venidero, pequeño y grande.

Y paga sin cicatear con la vida suya.

 

 

 

RADA PANCHOVSKA - poemas del libro Elegías cósmicas (2018)

 

 

 

 

TODAVÍA

 

Los problemas planetarios están a punto de reemplazar los sociales.

La humanidad se esquiva avergonzadamente de su pasado,

la Tierra madrecita se convierte en una madrastra.

El campo de tiro cósmico que habitamos en el cosmos

impasible, resquebraja la cascara de la civilización,

la cuenta atrás ha empezado. Para un despegue o para un acabamiento,

dime tú, todavía depende todo de cada uno.

 

 

 

 

SOBREVIVENCIA

 

Mientras las capas de hielo del planeta se desploman,

los desiertos avanzan, las fábricas vomitan un humo

del que el aire se asfixia,

 

mientras de los bosques han quedado unos paisajes,

los bienes naturales se hunden más abajo,

las plantas y los animales pierden posibilidades,

 

mientras el harto no cree al hambriento / en tiempos de higos no hay amigos,

los ricos desprecian los pobres o viceversa,

mientras unos pocos lo apilan todo, miles de millones amontonan hijos,

 

el planeta está en sus postrimerías.

 

Estalla en volcanes dormitados,

dibuja flores glaciales sobre los cristales,

 

¿será que ha llegado el tiempo de volvernos a las cavernas

o como los vagamundos cósmicos

fijarnos la mirada en el confín celeste?

 

 

 

 

EL LLAMAMIENTO

 

 

 

¡Oigan!, los políticos,

¡no me toquen el clima!

Es vuestro asunto con su país

que vais a hacer,

pero mientras estáis en este planeta,

habrá que tenérselo en cuenta.

 

Es que La Tierra no es ni nuestra madre, ni madrastra,

y no somos nosotros su preocupación, sino ella a nosotros.

 

Diremos simplemente que ella es un hogar

acogedor por ahora, para todos.

Y nosotros somos unos inquilinos ilimitados

por herencia.

 

Puesto que no habrá quien nos pida cuentas a nosotros,

es preciso firmar un contrato

con nosotros mismos, para seguir viviendo aquí.

Ya que allí de dónde sea que hemos venido,

no podremos volver

algún día.

 

 

 

 

11/03/2019 08:18 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

'EL SUEÑO DE LA RAZÓN' DE BERNA GONZÁLEZ HARBOUR

Las ‘Pinturas Negras’ de Goya son el mejor infierno para activar una mente criminal”



Berna Gonzáles Harbour publica ‘El sueño de la razón’ (Destino), una novela negra sobre el pintor aragonés





Berna González Harbour (Santander, 1965) es una de las damas del crimen en España. Alterna el periodismo en prensa, radio y televisión con la novela negra. Hoy presenta en el Museo del Prado ‘El sueño de la razón’, una novela inquietante de varios delitos que siguen un ritual vinculado a los dibujos y pintura de Francisco de Goya. Uno de los primeros crímenes es el de unos pavos; otro el de un perro semihundido, y otro, el que activa la imaginación de la comisaria María Ruiz -que acaba de volver de Soria, donde ha estado castigada-, es la muerte de un joven: una becaria, Sara Muñoz, Saramú, nacida en Zaragoza y obsesionada con la obra de Goya, tanto que lleva escritos sus lemas o textos en su piel: ‘Volaverunt’, ‘El sueño de la razón produce monstruos’... “’El sueño de la razón’ es una novela dedicada a Goya y recorrida por montones de detalles, algunos más visibles y otros menos, conectados con Goya. Que la becaria sea zaragozana es uno. Goya vino a Madrid y arrancó con pasión y dificultad, como ella”, explica Berna González Harbour.

La novela, en el fondo, es como un laberinto. O una sucesión de laberintos: los personajes recorren casas de okupas como La Dragona, pero también los subterráneos y las alcantarillas de Madrid, y a la vez hay un rastro, nada inocente, de la obra de Goya, desde los cuadros de ‘La pradera de San Isidro’ (1788) y ‘La romería de San Isidro’ (1820-1823) hasta el dibujo ‘¿Por liberal?’ (1810-1881). “Goya para mí es España, el genio que mejor representa lo que podemos ser o frustrar, lo que podemos brillar o ennegrecer, amar u odiar, manchar o admirar. En su obra y en su vida están todas las contradicciones que hoy también han aflorado y estallado en nuestro país”.

Hay novelas de trasfondo goyesco e incluso biografías novelas de la vida del pintor de Fuendetodos, pero nunca se había visto tan claro que su producción pudiese albergar un código secreto para los malvados o los asesinos en serie. Añade la escritora cántabra y subdirectora del diario ‘El País’: “Escribir es crear a partir de la realidad, a partir de deformar los contrastes. Y mi estado de ánimo, el estado de ánimo de mi novela, de mi comisaria María Ruiz y de este país creo que sufre precisamente la distancia entre esos contrastes que Goya nos enseñó. Goya es el mejor telón de fondo posible para una novela negra, la mejor inspiración. Goya es España hoy, no sé cómo no había ocurrido antes. Y las ‘Pinturas Negras’, el mejor infierno para desarrollar o activar una mente criminal”.

Al fin y al cabo, a Goya también le inspiraron el mal y los malvados. Así lo explica la autora: “Son el mal y los malvados de ese tiempo los que precisamente le inspiraron a él a viajar desde las bellas pinturas que hizo para los tapices en sus primeros tiempos hasta las ‘Pinturas Negras’. A lo largo de ese tiempo, cada vez más, fue reflejando los ‘Desastres’, el canibalismo, la muerte, el abuso, el desprecio, la ignorancia”. La novela no es ajena a los ecos de la Inquisición “porque él mismo la sufrió por su ‘Maja desnuda’, porque fue víctima de lo que él y otros de su época intentaban evitar, el oscurantismo, el absolutismo de nuevo”.

En la novela hay muchas más cosas: una fauna de desclasados que la crisis ha descocolado, entre ellos Eloy, que parece un ángel adolescente y enigmático en medio de la inmundicia, y Yago, “un hombre que se obsesiona con el arte hasta el punto de que quiere participar de él a través de la destrucción y no de la creación”. También se habla del impacto de las nuevas tecnologías y del ambiente universitario: “Me interesa el ambiente cainita que se respira a veces en la universidad, la endogamia, la falta de meritocracia. El profesor Salas, experto en Goya, nace de ahí, de intentar plasmar la arbitrariedad en la contratación de una becaria de la que se ha enamorado”.



 

08/03/2019 20:08 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

ENTREVISTA CON RAY LORIGA

Ray Loriga (Madrid, 1967) tiene vínculos casi secretos con Aragón. Revela, por ejemplo, que su abuela Concepción Echevarría era de Jaca y que se exilió en Venezuela. En ese país, tan convulso ahora, vivió también su madre, entre los 10 y los 23 años. Como nada es inocente, esos detalles familiares van y vienen en su novela ‘Sábado, domingo’ (Alfaguara), que presentó ayer en Cálamo.

¿Qué recuerdos tiene de su abuela?

Muchos. Pasábamos algunos veranos en Jaca, en casa de algunos familiares. Íbamos al huerto a coger cebolletas y otras hortalizas. Nuestra abuela nos llevaba a mis hermanos y a mí a comprar pasteles típicos de allí. Era una merienda deliciosa. También cosas de sus años en Venezuela.

Que aparece y reaparece en su novela.

Bueno. Hay cosas que están basadas en mi vida y en relatos de mi familia. Muchas cosas que son inventadas: un narrador no puede dejar huérfanos a los personajes y les inventa vidas, hechos, memoria.

Fernanda, una de las mujeres del libro, capital en un miserio del pasado, nació en Venezuela. ¿Hay algún Federico, nombre del protagonista, en su existencia?

No, no. Soy muy amigo de las tres hijas de Francisco García Lorca, Laura, Gloria e Isabel, y he querido hacerle un guiño y recordar a un poeta que siempre me ha emocionado. Por cierto, Federico, cuando era niño, me sonaba como un diminutivo. Lo que sí existió fue una prima que se llamaba Virginia.

-¿Se enamoraba usted de sus primas, como le sucede al protagonista?

-No, no. Estaba muy cómodo con ella, me gustaba su mundo, sus cosas, su sofisticación y su misterio. Más allá de que yo sea un heterosexual más o menos perfecto, me gustaban mucho las amigas de mis primas, su conversación y también sus tebeos. Las chicas leían ‘Judit’, llenas de amor y alegría, y nosotros leíamos a ‘Marvel’, relatos de héroes, peleas y aventuras, pero con poco amor.

-El Chino, el amigo de Federico, tiene algo de héroe turbio.

-Pertenece a ese grupo de gente que hacen las cosas y no piden permiso. Arrambla con todo, parece seguro de sí mismo y de su destino. Lo daba todo por hecho.

Me ha hecho pensar en usted en sus inicios: parco, no sé si desafiante, se ponía el mundo por montera.

Imagino que habla usted de los días de ‘Lo peor de todo’. Era una timidez enfermidad más que un exceso de seguridad o un pecado de arrogancia.

-Chino le llama ‘tontita’ a su amigo Federico...

-Sí. A mí eso casi me resulta encantador, un acto un poco inquietante de sofisticación y a la vez un juego entre los dos amigos. El libro también se plantea cómo a veces los débiles se protegen deliberadamente detrás de los fuertes.

-Sin embargo, aquí cuenta una historia de amor en dos tiempos. Hace 25 años y ahora.

Es cierto. Creo que esta, más que una historia de la culpa, es una historia de la duda, y aquí he buscado una voz natural, la del joven que yo era hace 27 años, para mirar al pasado. Esa voz no he tenido que forzarla: solo la he tenido que recordar. He mirado atrás sin ira. Me gusta decir una frase de Fred Astaire: está escrita como los bailarines que van a bailar como si no hubieran ensayado.

Regrese: Federico es candoroso y se enamora de su prima…

Sí. Y ella se le burla un poco. Antes, cuando pensaba que ella era la mujer de su vida, y ahora. Lo sigue toreando. Él la sublima y ella le advierte, se burla, le dice que no es necesario.

¿Es necesario la sublimación en el amor?

Claro. Si no hay algo de sublimación el amor no es divertido, no tendría el impulso que tiene, esos vaivenes tan gozosos, que animan tantas conversacionwes, esa especie de juego de ping-pong que es la pasión y la seducción. Amar también consiste en entretenerse mucho.

¿Tuvo algún libro en la cabeza?

No. pero sí el mundo de J. D. Salinger, todos sus libros, no solo ‘El guardián entre el centeno’, y los cuentos de John Cheever. Aquí también hay un clima de inquietud.

-Usted es guionista de cine, trabajó con Carlos Saura.

-Fue una experiencia maravillosa. Un productor me encargó el guión de ‘El séptimo día’, sobre los crímenes de Puerto Hurraco. Me pidió que pensáramos en un director y yo elegí a Carlos Saura. Soy seguidor suyo, de veras. Le mandé el texto y quedamos en el café Gijón. Me hacía mucha ilusión colaborar con él. Nos sentamos y me dijo: “¿Te importaría que cambie una secuencia de orden?”. Esa fue nuestra colaboración casi. Durante la presentación de la película fue cariñoso y amable. Ahora acabo de escribir un guión sobre el rey Faysal, joven, para Agusti Villaronga. ‘Born king’ (‘Nacido rey’).

 

08/03/2019 20:05 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

JESÚS RUBIO HABLA DE MACHADO

Jesús Rubio Jiménez publica en las Prensas Universitarias de Zaragoza uno de sus libros más exhaustivos: 'La herencia de Antonio Machado'. Aquí explica algunas de las claves del volumen, que aparece cuando se cumplen 80 años de la muerte del poeta en Collioure.

 

-"La herencia de un poeta son sus versos". ¿Cómo son los de Antonio Machado, qué tienen de especial, por qué han llegado tanto?

Seguramente porque inciden en las grandes preocupaciones humanas y lo
hacen con una cercanía que solo los grandes poetas tienen.
Pero también porque se convirtió para unos y otros en modelo -de eso
trata el libro- con lecturas interesadas por unas u otras razones.
Es indudable, además, qu epara los ciudadanos medios tuvo enorme
importancia la labor de los cantautores en unas circunstancias muy
concretas.

-Aunque el libro abarca del impacto del poeta entre 1939 y la muerte de Franco... De manera sencilla, ¿qué significaron en su vida Leonor y Guiomar, bautizada esta por cierto en Zaragoza?

Machado llega a Soria después de una juventud complicada. Encuentra más
que una pensión, una familia acogedora. Y allí una adolescente que lo
conmovió. Se le abrió un proyecto de vida fascinante, que se truncó y
que le afectó profundamente de por vida, acorde con la importancia que
tuvo. El caso de Guiomar es bien distinto.Una mujer con experiencia, pero
indecisa. Un Machado maduro a quien le debió tentar todo aquello. Una
interlocutora interesada en la literatura.
-¿Cómo y por qué se produjo la santificación de Antonio Machado?
Un aparte del libro trata sobre la creación de la imagen modélica de
Machado en distintos aspectos. Construida sobre lo más cotidiano a
diferencia de otros casos en que se construye sobre lo excepcional.
Cercano, inteligible (al menos en apariencia), no desligado d elos
problemas más cotidianos.

-¿Qué es un poeta cívico, cómo se comporta, cómo se lee su obra?
Entramos en el debatido asunto del lugar del intelectual y del artista
en general en su sociedad. En su caso, con creciente preocupación por
los problemas españoles y comprometido en la búsqueda de soluciones;
continuador de la buena tradición liberal institucionista; importancia
del hombre interior y a la vez de la mejora social en los diferentes
ámbitos d ela vida social; con sensibilidad para los menos favorecidos y
crítico con instituciones anquilosadas.

-Antonio Machado decía que ´"la poesía es palabra en el tiempo". ¿Qué quería decir exactamente, por qué es tan importante esa frase?

Somos tiempo, el tiempo que nos queda. La vivencia del tiempo con
conciencia es uno de los grandes temas de la filosofía contemporánea. El
tiempo no como abstracción, sino como vivencia (al fondo filósofos como
Bergson) con sus más y sus menos, con el compromiso suficiente con lo
que ocurre alrededor. Con la intimidad suficiente para hacerse e
intentar responderlas las grandes preguntas de toda existencia.

-Aunque es un poeta que ha influido en mucha gente: el propio Juan Ramón, el 27 o la generación del 50, una de las cosas que llama la atención es que Machado influyó en muchos artistas... De manera global, cómo se podría explicar eso, a quién marcó, por qué ejerció esa especie de protección ética...

Es la antítesis del poeta engreido; era cercano, silencioso y misterioso
a la vez (Rubén Darío dixit); a su alrededor se desarrollo una imagen de
hombre bueno, que además sus circunstancias acenbtuaron y en especial su
destino último.
-Citas y reproduces el gran retrato de Pablo Serrano. ¿Te parece una de las obras más impresionantes dedicadas al escritor?

Sin duda, por su propia potencia estética y por las circunstancias que
rodearon su creación y sobre todo su difusión con el fallido homenaje de
1966; la prohibición hizo que internacionalmente se interesaran mucho
por ella desde Rusia o desde Estados Unidos y que se hicieran diferentes
copias.
-Estás trabajando aquel Palacio, al que cita Machado. ¿Qué te lleva hasta él y qué has descubierto?

Preparando un comentario sobre el célebre poema carta que le envió
empezaron a llamarme la atención algunas cosas: su parentesco por parte
de sus esposas; su coincidencia en algunas ideas y sobre todo que fueron
"hermanos en el dolor" (así se refiere Palacio a Machado más de una vez:
a él se le murieron dos niñas pequeñas (Carmen y Rosario), una antes y
otra después que Leonor; tuvo cerca a don Antonio al igual que él lo
estuvo al morir Leonor; esto creó unos lazos fortísimos entre ellos.
De ahí pasé a intentar saber más de Palacio: su biografía: era aragonés
(nacido en Rasal, Huesca), llegó en 1901 a Soria como funcionario de
Montes y vivió allí hasta 1922 en que se trasladó a Valladolid, muriendo
en noviembre de 1936, de muerte natural). Tengo un dosier ya muy amplio
de documentos desde su nacimiento a su muerte y todos los destinos que
tuvo o los numerosos periódicos españoles y hasta americanos (La Nación
de Buenos Aires) donde colaboró.
Su obra como periodista es enorme; he censado ya uno 1200 artículos de
temática amplia, desde el intimismo más estricto, a la crónica social o
a una preocupación constante por asuntos regeneracionistas: la educación
(era maestro y fue profesor en escuelas de magisterio), las
comunicaciones (ferrocarriles), agricultura (pantanos, riegos, reforma
agraria, comercio de cereales); un costista trasplantado a Castilla
donde fue sin duda uno de sus mejores periodistas de temas agrarios; con
un nivel de escritura más que aceptable.

-¿como ves esa confrontación que algunos han querido hacer entre el conservador Manuel y el republicano Antonio?¿Cuál es tu valoración de ambos como poetas?

Forma parte de la discutida herencia con bandos enfrentados, familia
escindida (unos hermanos en el exilio, otros en España). Son dos buenos
poetas, aunque Manuel más interesante en los primeros años, después
perdió impulso.

-¿Les importan a las nuevas generaciones poetas como Machado?

Quiero pensar que sí, pero sin duda menos que a generaciones anteriores
como la mía, la nuestra.

-¿En qué invita a pensar su muerte en el exilio?

En cuan difícil es la convivencia en nuestro país donde la tolerancia no
acaba de enraizar. Basta mirar otra vez un poco alrededor. Hay quienes
se reservan el derecho a decir qué es ser español y qué no. Y la
facilidad en que están dispuestos a cambiar las palabras por pistolas.
Diálogo (pero no apariencias de diálogo urdidas por impostores) y
tolerancia son indispensables para la convivencia. Y diría más, para la
supervivencia. Diálogo con el otro y con uno mismo.

 

08/03/2019 20:01 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

SERGIO MORA PINTA Y CUENTA LA VIDA DE CHIQUITO DE LA CALZADA

Gregorio Sanchez Fernández es, para algunos, entre ellos para el palmero Arito Katana “el cómico más grande de todos los tiempos”. Lo dice en el libro ‘Las legendarias aventuras de Chiquito’ (Temas de Hoy), una biografía ilustrada del dibujante Sergio Mora, que aquí se convierte en biógrafo y narrador. Andreu Buenafuente dice, a propósito de esta alianza: “Sergio Mora es mi dibujante favorito y Chiquito un monstruo del humor. La suma es una multiplicación de surrealismo”. El periodista José María Rodríguez es un grann apasionado de Chiquito y retrata así a un hombre que se hizo tan famoso como Los Beatles y que ni podía ir al fútbol: “Chiquito era genio y figura. Porque era un genio y, también, nuestra primera figura del humor. Alguien que te arrancaba una sonrisa no solo con lo que contaba, sino con cómo lo contaba. Alguien que de joven fue capaz de enseñar flamenco a los japoneses y, ya de mayor, logró cambiar el vocabulario de todo un país. Y aunque no se consideraba un pecador, sí reconocía ser ‘un poquito fistro’. De Chiquito solo tenía el nombre. Más grande no se podía ser”.

En el fondo, Sergio Mora, a través de su personaje de ficción Arito Katana, coincide por completo con esta percepción y presenta al personaje con una variedad gráfica deslumbrante y con su peculiar colorido: hay secuencias de cómic, cartelería, retratos individuales y de conjunto, elementos de ciencia ficción, pop art, arte psicodélico, de circo y flamenco, y también se acerca al mundo de las series, como ‘Vacaciones en el mar’, o la movida madrileña.

El libro, en realidad, es una biografía de Chiquito pero también de Arito Tanaka. Es un libro de vidas paralelas: Arito habría sido el mejor amigo del humorista malagueño y por ello lo acompañó en sus grandes hitos y en algunos hechos que quizá sean falsos: ¿conoció de verdad Chiquito a Steven Spielberg, llegó a bailar con un fascinado Michael Jackson? Sergio Mora coloca al lado de sus dibujos un “fake ?”.

Gregorio Sánchez Fernández nació en Málaga, en el barrio de Calzada de la Trinidad, en 1932. Era hijo de un electricista sevillano y debutó a los ocho años como cantaor de flamenco en el grupo Capullitos Malagueños. Dejó el colegio muy pronto y lo pasó bastante mal. “Pasábamos más hambre que el sastre de Tarzán”, diría años después. Se quedó huérfano de padre a los seis años y de su padrastro no tenía los mejores recuerdos precisamente: “… era para mí un fenómeno, pero me llevaba a todos los sitios a cantar para llevárselo”. Decía chistes y cantaba por todos los palos, en los tablaos El Chinitas, La Taberna Gitana, Peña Juan Breva, y “venía la gente de los pueblos a escuchar flamenco”.

Aquel joven, que tenía el don de hacer reír, se fue a Torremolinos en los años 60, cuando empezaba a desmelenarse el destape. Allí, descubrió la picaresca y a los empresarios aprovechados. “Nosotros nos hemos tirado a lo mejor veintitantos años trabajando en tablaos y luego habían pagado tres o cuatro meses de seguros sociales”. Dijo que en aquellos días conoció a Malon Brando y al presidente argenitno Juan Domingo Perón.

De Torremolinos se fue a Marbella en un espectáculo de variedades, como cantaor. “Yo ya contaba mis chistes, era así de siempre. De hecho, en mi tiempo en los tablaos, entre actuación y actuación, yo solía ponerme a contar chistes para que no se aburriera la gente”. Más tarde pasó a Madrid, y actuó en el Teatro Calderón, en Circo Price y La Latina, en una ocasión en un cuadro con el joven Camarón en 1971. En medio, en el Teatro Chino de Manolita Chen, conoció a la bailarina Pepita, de 18 años, que sería la mujer de su vida. Años después, Chiquito diría: “Cuando vi a esa mujer en primera fila me dije: ‘¡Hasta luego, Lucas! Esta ya no se me va’”.

Chiquito también vivió durante dos años la gran aventura de su vida: se trasladó a Japón, aprovechando el boom del flamenco en el país. Le seguía persiguiendo el hambre: “Esa gente comía pescado crudo y hasta perro pecador. Pasé más hambre”. Regresó a España, ejerció de palmero más que de cantaor, y poco a poco, amenizaba todo lo que hacía con sus chistes. Por entonces, habría deslumbrado a Michael Jackson. Y actuó en el Rock Ola, donde bailó el ‘moonwalker’ y “los guiris y los modernos madrileños, con sus chupas de cuero, le hicieron coro dando palmas”.

Poco a poco su figura fue agigantándose hasta convertirse en todo un artista diferente, simpático, candoroso, ingenioso y chispeante. Estab a punto de nacer ‘El Pecador de la Pradera’. Sergio Mora, que no se ahora bromas ni talento ni un gran conocimiento de la época y de la ilustraciñón, dice que fue el productor y director Tomás Summers se “quedó fascinado al ver en acción a aquel bicho raro con más de 60 años, camisas estrafalarias y humor tan diferente a cualquier cosa”.

En Torremolinos presentaba “un show de palabras raras, sonidos guturales como ocuando aprietas un pato de goma, saltitos con la mano en las lumbares y sacudidas como de descargas eléctricas”. Con la ayuda de la televisión, y el programa ‘Genio y figura’, nació una auténtica estrella, que también haría cine. La muerte de su mujer le dejó hundido. Se consoló en el café Chinitas y con escasos fogonazos de humor. Aconsejaba, contra las guerras: “No pelearse, que está la cosa mu mala pero todo llegará a su sitio”.

Falleció el 11 de noviembre de 2017, a los 85, y Sergio Mora sospecha que España entero dijo: “¡Hasta luego, Lucas!”. José María Rodríguez recuerda su paso por Zaragoza: “Lo vi en el Príncipe Felipe y en el Auditorio, cuando vino con el Zaragoza Comedy, y qué estrella era sin que él fuera consciente de ello. La gente se reía antes de que contara un chiste”.

Tenía un carisma irresistible y era como metralleta de sonidos, onomatopeyas y gestos que cristalizaban en una forma personalísima de humor.

*La ilustración es de Sergio Mora.





 

05/03/2019 11:20 Antón Castro Enlace permanente. Ilustradores No hay comentarios. Comentar.

MARIANO GISTAÍN: UN DIÁLOGO CON SU NUEVA NOVELA DE FONDO

OCIO Y CULTURA

Mariano Gistaín: "Para un escritor la realidad

es fascinante, lo peor es tener que vivirla"

El autor barbastrense, nacido en 1958, columnista de HERALDO, del diario '20 minutos' y de 'Letras libres', regresa a la novela con ‘Se busca persona feliz que quiera morir’ (Limbo errante).

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¿Qué pasó con el escritor Mariano Gistaín de libros como ‘El polvo del siglo’ o ‘La mala conciencia’ en todos estos años?

He publicado con mi mujer, María Pilar Clau, que sigue vendiendo ejemplares de su longseller ‘La sobrina’. Juntos habíamos publicado ‘Agua y cielo’ o el ensayo ‘Lo mejor de Zaragoza’. No es fácil publicar este subgénero que me gusta –parece ciencia ficción casera pero luego sale un chino y edita el genoma en vivo–, y por eso agradezco a los editores de Limbo Errante, Víctor y Beatriz, su entusiasmo. Los veo tan contentos que hasta a mí me parece que el libro es bueno.

-Usted ha sido un precursor de internet, de los blogs, de la apuesta por las nuevas tecnologías, el ‘big data’, tan presente en su novela. ¿Cómo le ha afectado, qué le ha dado y qué le ha quitado?

Lo mejor de aprender HTML fue publicar en 10lineas.com la web de Labordeta y de tantos amigos en el año 2000 (aún se pueden ver esas páginas arqueológicas en Archive.org, incluyendo la antología de Alfredo Saldaña y Antonio Pérez Lasheras sobre Miguel Labordeta, con dibujo de Cano). Lo mejor de aquel frikismo fue poder frecuentar a Forges en el Congreso de Periodismo Digital de Huesca, que ahora anuncia su XX edición.

“He de decir que tengo 44 años y que me dedico a desaprender”. Así se define el protagonista de su novela… ¿Qué es lo que quiere desaprender?

Es admirador de Carlos Barrabés, que en alguna ponencia recomienda y practica desaprender con humildad.

Por cierto, he visto que la criogénesis, que sale en la novela como un tema central, es algo más que un delirio futurista, que existen investigadores y empresas que la ofrecen…

En 2016, cuando transcurren los hechos que cuenta el narrador, ya había en Valencia una web con ofertas. Hay varias empresas, es un sector emergente. Congelar la cabeza es más barato que el cuerpo entero. Nuestro mito de Walt Disney de la infancia se hace realidad, al menos en la primera parte. Ya veremos si resucitan.

¿Qué ha significado el Contenedor Creativo para usted y para Zaragoza, el de la calle Bolonia?

Un local alucinante que crearon dos amigos románticos: Fernando Vicente y Santi Jiménez solo quieren disfrutar de la vida, aprender, ser felices sin machacar a nadie… son unos santos laicos. Trajeron el mar a la calle Bolonia en forma de contenedores de barco. Tomeo, Labordeta y Félix Romeo hubieran disfrutado en ese hangar.

El protagonista de “Se busca persona feliz que quiera morir” dice que lleva cinco años sin hacer el amor y aquí parece resarcirse con varias mujeres: Irene, Rossi, quizá Claudia, Linda... ¿Cuál es el papel que juegan las mujeres en el libro en la vida de un hombre que parece conocer todas las derrotas?

Jóvenes científicas que operan al margen de los circuitos oficiales (esto ya lo inventó Mary Shelley) y que dependen de la financiación siempre azarosa, nada nuevo. En cierto modo es una novela empresarial, como todo ahora, o sea, realismo cuántico. Claudia, inversora global muy respetada en la ciudad, impone su ley a las jóvenes científicas. En esta novela las mujeres ya mandan. Linda, por ejemplo, dirige una agencia que fabrica realidades. El protagonista está desbordado por los hechos… y por Hacienda… pero le llega una buena racha sexual, lo que aumenta su perplejidad. Por ‘espoilear’, al final triunfa el amor, pero en otro formato.

Con la aparición de Claudia aparece también un giro capital en el libro: la presencia de Santos Palacios, que trabajó para Estados Unidos y conserva las llaves de la Base Aérea.

Ese hombre existe, yo hablé con él. Llevaba la compra a las mujeres de los pilotos americanos de la base, y a ellos los llevaba de juerga por Zaragoza. Pero nunca tuvo un contrato. Ese hombre escribió un informe delirante y luego desapareció.

Y surge un cuento que conduce a una sociedad o hermandad literaria secreta… ¿Ha querido meter una investigación policial, con homenaje incluido a Chandler y su libro ‘El largo adiós’, o plantear un texto que es tan literario como científico?

La vida misma, que se mezcla ella sola, y eso es lo bueno, la variedad, lo inesperado. Hay un personaje que tiene una empresa de limpieza y como se aburre ejerce de detective cultural: colecciona bombas de la guerra, busca el cráneo de Goya y usurpa el nombre de un poeta porque no le gusta el suyo.

¿Esa forma tan peculiar de ver el mundo, es del protagonista o del propio narrador? ¿Vivimos en una época de máxima deshumanización?

Al revés, nos estamos esforzando más que nunca en ser humanos, cuidadosos… Ahora matar o tirar colillas al suelo está muy mal visto socialmente. Quizá porque somos más civilizados, o porque nos sentimos vigilados. Creo que esta novela es hiperrealismo mental, cosas que pensamos o que nos piensan, cosas que nos pasan o nos van a pasar.

¿Cuál es para usted la importancia del humor?

El humor sale solo y nadie sabe lo que es. Como decía Buñuel, hay que dejar algo al misterio. Mi mujer se ha reído leyendo un párrafo de la novela así que ya estoy bendecido. La novela es buena y soy feliz.

El personaje principal es un auténtico fracasado… Cita a Ignatius Reilly. ¿Vivimos en un mundo que nos despersonaliza y nos roba el alma?

Yo no lo veo fracasado. De hecho, sería un personaje dichoso si le tocara la lotería. La ansiedad existencial y la angustia nihilista se pasan yendo de compras o tomando una cerveza. Houellebecq, que puede hacer ambas cosas, es un impostor. Pero no hay tiempo, no hay dinero… o no hay ninguna de las dos cosas. Eso lo refleja bien la novela, creo.

¿Qué pretende con la novela?

Todo lo saco de los periódicos y de los ensayos gordos que me pasan para acercarme a las corrientes de pensamiento. Desde el 11-S las agencias secretas privatizadas de Estados Unidos, y luego de los demás países, son el mayor negocio. La vigilancia da más empleo o subempleo que todo lo demás. Facebook tiene decenas de miles de precarios subcontratados censurando cosas a toda velocidad. Tienen treinta segundos para decidir si eliminan o no una foto o un texto. Para un escritor la realidad es fascinante. Lo malo es tener que vivirla.

¿Sabe dónde nos lleva este mundo cibervanguardista y no sé si utópico o distópico?

De momento estamos esperando a que la inteligencia artificial o seres de otros mundos nos den alguna pista. No vemos futuro.

Mariano Gistaín.José Miguel Marco

¿Cómo definiría a la Zaragoza de la novela? ¿Es tan moderna como parece proponer?

Zaragoza, que tiene una base americana dormida, utilizable en cualquier momento, y un campo de maniobras (gratis) de la OTAN es pieza esencial de la defensa de la Metrópoli y de Occidente. Zaragoza y Aragón son un mundo increíble. Paco Bono lo explica muy bien en su libro “El discreto encanto de la economía aragonesa”. Noticia de hoy: Saica ha comprado una fábrica en Turquía. Hay mucho talento investigando a tope. Tengo en el móvil la frase de Paul Knapp en Heraldo el otro día: “Zaragoza tiene todo para ser feliz, por eso me quedé”. Y si hay dudas, recurrir siempre a Labordeta.

FICHA DEL LIBRO

‘Se busca persona feliz que quiera morir’. Mariano Gistaín. Limbo Errante. Zaragoza, 2019. 253 páginas. 

01/03/2019 11:54 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

ELOY FERNÁNDEZ DESPIDE A GONZALO MÁXIMO BORRÁS EN ANDALÁN

Ha muerto Gonzalo M. Borrás Gualis

Eloy Fernández Clemente

Andalán.es

En la muerte de nuestro gran amigo y compañero en mil batallas (incluida este humilde web, como puede el lector consultar en nuestro archivo), uno de sus más antiguos compañeros evoca su figura, obra y pensamiento.

Conocía y quería a Gonzalo Borrás desde hace más de sesenta años, cuando el futuro catedrático e investigador, aragonés de Valdealgorfa, era un brillante seminarista en el Mayor de Zaragoza y su padre teniente de la Guardia Civil en Andorra, mi pueblo. Frecuentaba a sus tíos Pedro Mompel y Carmen Gualis, él maestro en el poblado de la Calvo Sotelo, como los míos, Manolo Franco y Josefina Clemente, que vivían al lado. Hicimos juntos los comunes de Filosofía y Letras. Y largas conversaciones sobre todo lo divino y humano nos acompañaron: sólo hace unas semanas han terminado, al verle marchar, sereno y lúcido hasta el final. 

De su carrera profesional, en la que ocupaba uno de los más respetados y prestigiosos lugares entre los catedráticos españoles de su especialidad, baste decir que, discípulo de Francisco Abbad y luego colaborador íntimo de Federico Torralba, al que sucedió, contribuyó decisivamente a crear y consolidar la rama de Historia del Arte, promover un valioso equipo de profesores, desarrollar excelentes cursos de estudios propios, defender como pocos nuestro rico pero expoliado y ruinoso patrimonio artístico, y analizar desde muchas perspectivas y en todas sus épocas el arte aragonés.

Tras su tesis de licenciatura en 1971 sobre La Guerra de Sucesión en Zaragoza (lo mejor sobre ese decisivo hecho), llegaron sus trabajos de campo, inventariando archivos o monumentos de Soria, Teruel, Calatayud, Borja, el arte románico en Aragón, los capítulos de 1982 sobre la Zaragoza musulmana y La ciudad gótico-mudéjar en la Guía que dirigía G. Fatás, o el análisis en 1984 de los Catálogos e Inventarios Artísticos de Aragón; sus monografías sobre pueblos y ciudades de Aragón.  Una de sus mayores preocupaciones fue la de divulgar con rigor, publicando a veces en colaboración libros de enorme éxito como el Vocabulario de términos de arte (con G. Fatás), Saber ver el arte (con Isabel Álvaro y Juan F. Esteban); su aportación al tomo Introducción General al Arte (Istmo, 1980); sus cursos en el ICE y en la Universidad de la Experiencia y las conferencias de los eméritos, en la serie “Mirar un cuadro” de TVE, en su Teoría del arte de Historia 16, sus tomos sobre El arte gótico para Anaya, traducido al italiano, para Espasa y para Alianza, su estudio con Fatás del célebre dibujo de Wyngaerde en el libro Zaragoza 156.

 

Fue sabio en muchas cosas, por lo que es difícil reexaminar su vasta y dilatada obra, de profundos y bien transmitidos conocimientos. Publicó, generoso, en una amplia serie de revistas de prestigio (mimó Artigrama donde publicó “La Historia del Arte, hoy” o “El papel del historiador del arte en la conservación y restauración de monumentos y obras artísticas”) y participó en numerosos encuentros, seminarios, simposios; en libros en homenaje a muchos profesores jubilados amigos. Sus alumnos recuerdan sus magníficas clases, sus legendarias visitas guiadas, las tesis doctorales que dirigió, su capacidad de entusiasmo y laboriosidad, que le llevaban a desempeñar numerosos trabajos de mucha más responsabilidad y esfuerzo que reconocimiento o retribución.

Pero, sobre todo, ha sido el gran estudioso del mudéjar, descubridor de su enorme interés y singularidad, difusor en bellísimas y decisivas publicaciones de lo que ha logrado sea hoy, declarado por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad. Citemos desde su primera síntesis en 1978, Arte mudéjar aragonés (Guara), los fastuosos tres volúmenes que, con el mismo tìtulo, editaron el Colegio de Arquitectos y la CAZAR en 1985, con cientos de planos, dibujos y fotografías; y una docena de importantes libros hasta la  Guía del mudéjar en Aragón, DGA, 1990, de la que hay versión francesa) hasta 1991 en que coordina y redacta el Epílogo del libro Teruel mudéjar, patrimonio de la Humanidad (Ibercaja) y en 1996 coordina El arte mudéjar, que editan la UNESCO e Ibercaja. Y desde ahí, por vínculos y explicaciones, se convertiría en un gran especialista en el arte islámico en general, análisis sobre el arte musulmán, desde su celebrado y singular libro sobre La Alhambra y el generalife (1989) a varios títulos prestigiados, algunos con colegas como Juan Sureda y Joaquín Yarza.

No rehuyó Gonzalo ningún compromiso cultural o político. Miembro de la Junta de Fundadores de Andalán, del Partido Socialista de Aragón, teniente de alcalde en el célebre primer ayuntamiento democrático que presidía Ramón Saínz de Varanda. Colaboró decididamente conmigo en cuanto le pedí: en Los Aragoneses (1977), la Guía Secreta de Zaragoza, director de sección en la Gran Enciclopedia Aragonesa y autor de dos espléndidos tomos (la primera, feliz síntesis, de Historia del Arte en Aragón) en la Temática. Durante diez años dirigió con ejemplaridad, delegando, fiándose de su gente, logrando respeto y anuencia en los políticos, el Instituto de Estudios Turolenses, al que dio brillantez y eficacia. Luego hizo lo mismo como director de la Institución Fernando el Católico, en la que reclamó mi colaboración para realizar una idea suya: la Biblioteca Aragonesa de Cultura. Amaba Aragón con racionalidad y hondura; la cultura aragonesa, sin adjetivos, sin capillas, sin provincialismos ni localismos cerrados.

Escribí hace veinte años que reunía Gonzalo una serie muy estimable de virtudes humanas y científicas contrapesadas por sus opuestos no menos importantes: viva inteligencia y excelente memoria, entusiasmo por las cosas y tempero, claridad de ideas y firmeza en defenderlas, empeño decidido por aquello en que creía pero sin alharacas ni fanfarrias, excelente buen humor y seriedad absoluta en lo profesional. Y tuvo, además de la compañía de un mujer amorosa y sencilla, culta y divertida, buenas costumbres de ser humano asequible y cercano, como haber siempre tiempo para atender a un amigo, pasear por parques y canales, dormir siesta religiosamente, y jugarse la cena en un buen guiñote.

Le recordaremos siempre, añorando sus consejos, su buen humor y su gran sentido de la amistad.

 

 

Palabras clave: Antonio WyngaerdeCarmen GualisFederico TorralbaFernando el CatólicoFrancisco AbbadGonzalo M. BorrásGuillermo FatásIsabel ÁlvaroJoaquín YarzaJosé Calvo SoteloJosefina ClementeJuan Francisco EstebanJuan SuredaManuel FrancoPedro MompelRamón Sáinz de Varanda 

01/03/2019 11:47 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

EN LA MUERTE DE GONZALO BORRÁS. BREVE AUTOBIOGRAFÍA

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BREVE AUTOBIOGRAFÍA

DE GONZALO BORRÁS

 

Natalio Bayo, que lo retrató en varias ocasiones, ha sido uno de los grandes amigos artistas de Gonzalo Borrás; De él decía hace unos días en HERALDO: "Gonzalo Borrás ha sido clave en mi vida y en mi obra. De él destacaría dos cosas: lo mucho que sabe, y lo cercano que es; qué bien narra la creación, con claridad y sabiduría.Él y Federico Torralba han sido para mí quienes mejor han sabido contar el arte”. Sánchez Vidal, Concha Lomba o Amparo Martínez, pongamos por caso, lo han reconocido como uno de sus maestros. Gonzalo Borrás, que acaba de fallecer a los 78 años, era uno de los grandes expertos del mundo en arte mudéjar, pero también ha sido un estudioso de la obra de Goya y comisarió, entre otros proyectos, una exposición del grupo ‘Pórtico’. A continuación, se ofrece una suerte de autobiografía, elaborada a partir de varias entrevistas con él, la última para el libro de los 75 años de la Institución ‘Fernando el Católico’, que dirigió entre 2001 y 2005 con el deseo de proyectar su gran sueño imposible: la creación del Instituto Aragonés de la Cultura.

 

EL HISTORIADOR. “Empecé a trabajar en el curso 1967-1968 en el Instituto de Calatayud como profesor adjunto interino de Geografía e Historia. Era un puesto de trabajo que me ofrecieron y que acepté porque en ese año había iniciado la realización de mi tesis doctoral sobre el Mudéjar en los valles del Jalón y del Jiloca. La inicié en el año 1966, y dejé de pertenecer al departamento de Historia Contemporánea, de Carlos Corona Baratech. No eran exactamente departamentos, eran cátedras. Pasé de la cátedra de Historia Contemporánea a la cátedra de Historia del Arte de Francisco Abbad Ríos, que había sido profesor mío y tenía un método muy peculiar: los alumnos le dábamos clase a él. Y yo, porque él era un profesor difícil y exigente, le di un curso completo.

 

DE LA HISTORIA AL ARTE. “El cambio fue muy sencillo. Bajando por las escaleras de la facultad me preguntó don Francisco Abbad Ríos: ‘Borrás, ¿quieres ser ayudante de Arte?’. Le dije: ‘Sí, don Paco, porque es lo primero que me ofrecen’. Decidí, de acuerdo con Abbad y con el grupo de personas que estábamos en la cátedra, renovar los estudios de Arte mudéjar en Aragón. Para ello acoté una cuenca mudéjar al valle del Jalón y del Jiloca. La tesis se titulaba: ‘Mudéjar en el Valle del Jalón y del Jiloca’. La defendí en marzo del año 1971 antes de que falleciera Abbad, que murió en enero de 1972. Él estuvo en el acto de defensa de la tesis, entonces los directores estaban en el tribunal.

 

FEDERICO TORRALBA. “Mi vinculación con la institución empezó en 1972 con la llegada a Zaragoza, como catedrático, de Federico Torralba. Era el director de la cátedra Goya, de la IFC. Le tenía mucha admiración. Sobre todo en su visión de la Historia del Arte, en sus planteamientos; podían considerarse poco académicos desde una perspectiva tradicional, la habitual en los catedráticos de universidades. Era un hombre que estaba interesado en el arte contemporáneo, en el arte actual, en las artes decorativas, en las artes extremo-orientales, especialmente en el arte japonés. Era una persona que cubría un amplio espectro de la historia del arte que yo no había visto hasta entonces.

 

INSTITUTO DE ESTUDIOS TUROLENSES. “Dirigí el Instituto de Estudios Turolenses de 1985 a 1995. Desde el punto de vista organizativo, la coordinación de todos los centros culturales de la provincia de Teruel. No necesariamente comarcales ni territoriales sino los que había. Se integró en todos los estudios turolenses desde el de Alcañiz y el del Jiloca, hasta gentes como el arqueólogo Paco Burillo, y sobre todo la revista Turia, con Ana María Navales y su actual director, Raúl Carlos Maicas. La revista ‘Turia’ ha podido sobrevivir gracias a la negociación para que se alojara en el seno del Instituto de Estudios Turolenses. Eso para mí es una gran satisfacción: haber podido integrar a todo el mundo. Con cualquier tipo de criterio que estuviera trabajando en cultura. Desde el punto de vista creativo, sin duda las ‘Cartillas Turolenses’”.

TERUEL. “En Teruel he recibido todos los reconocimientos posibles. Estoy muy agradecido. En 1995 me hicieron un acto de despedida cuando me marché. Y me regalaron un cuadro muy bonito que está en el Instituto, lo hizo Natalio Bayo”.

 

INSTITUCIÓN FERNANDO EL CATÓLICO. “Dirigí la Institución ‘Fernando el Católico’ de 2001 a 2005. Ahí hice una labor continuista y leal. Guillermo Fatás dejó más de 200 libros comprometidos en la IFC. Todos se publicaron. Para que se haga una idea, yo me pasé casi todos mis años en la dirección publicando los compromisos de Guillermo Fatás Cabeza, que puede estar bien tranquilo. Tuvo un sucesor que, con una fidelidad absoluta,  cumplió todos los compromisos que se habían adquirido. (…) Yo tampoco introduje ni creé ninguna distorsión ni a los jefes de sección ni a nadie. Procuré incentivar a todo el mundo y que todo el mundo se sintiese plenamente representado en la nueva dirección y que nadie tuviera ningún problema y, de hecho, todo eso funcionó maravillosamente”.

 

LA BIBLIOTECA ARAGONESA DE CULTURA. “Le pedí a José Antonio Labordeta que nos preparase en la Bolsa de Madrid una comida con Manolo Pizarro, porque le quería plantear un proyecto de Biblioteca Aragonesa de Cultura. Labordeta aceptó porque tanto él como Eloy habían sido profesores de Manuel. Pizarro se ofreció de manera inmediata, porque a mí no me conocía prácticamente pero a ellos les tenía auténtica veneración. En la comida le expuse el proyecto y él aceptó, me dijo: ‘Eso está hecho, poneos a trabajar’. Eloy en estos momentos, en el seno de la Institución FC, se abrió una nueva sección que se llama Biblioteca Aragonesa de Cultura, que no iba a depender de nadie, ni siquiera de la IFC. Eloy iba a ser el director plenipotenciario, con presupuesto de Ibercaja. El proyecto era para hacer 50 volúmenes bajo su dirección. (…)Una vez desarrollado el proyecto, que empezó en septiembre de 2001, le di a Eloy una de las pocas cosas que me parecían fundamentales, la tesis de Salvador Victoria, en la que era muy importante la etapa de París”.

 

INSTITUTO ARAGONÉS DE LA CULTURA. “Acabé con la IFC simplemente con una carta de dimisión al presidente Javier Lambán. Le decía que al no poder impulsar mi proyecto de Instituto Aragonés de la Cultura, desde la IFC, y acuciado por otras obligaciones académicas ponía mi cargo a su disposición. Tan a su disposición que estuvo más de un año sin nombrar a nadie. Lo cual demuestra que no hacía falta”. 

 

LECCIONES DEL PARANINFO. “Yo siempre había admirado las famosas lecciones que dan en universidades norteamericanas profesores de mucha sabiduría.  Hicimos tres ciclos. El primero de Juan José Carreras, de Historia, que fue maravilloso. Otro, de Domingo González, de Física, sobre los fractales, que fue una cosa excepcional; lo que pasa es que este es un territorio a físico y acientífico. Hicimos también uno de Medicina con Rafael Gómez Lux. Es decir, profesores de reconocido prestigio que se iban jubilando y que daban lecciones en el Paraninfo”.

 

EL MUDÉJAR. “Lo defino como el que se queda, el que permanece, aquel al que se le autoriza a quedarse mediante un pacto, un vasallo tributario. Los mudéjares eran, por lo regular, moros vencidos de origen aragonés, aunque también había árabes de diversas procedencias. “Básicamente, era una población autóctona la que se expulsó del país, cuya historia se remontaba al año 710, incrementada con población bereber y de otras etnias. El período mudéjar se iniciaría entre 1085, cuando se produjo en Toledo la capitulación islámica ante Alfonso VI, y concluiría en 1610, el año de la expulsión de los moriscos”.

 

EL ARTE MUDÉJAR. “Se trata de un legado de calado y amplitud. Hasta ahora se había despreciado lo más importante: la decoración. El arte mudéjar es decoración. En el arte mudéjar todo está revestido, sobre cualquier material y a cualquier escala, con inscripciones (el árabe es la forma de la palabra divina), con decoración geométrica, y ahí abundan los lazos, las estrellas, las formas vegetales, siempre estilizadas. El ciudadano, ante esta representación, no tiene que pensar ni discurrir: disfruta, se emociona”.

 

AUTORRETRATO. “Natalio Bayo  nunca se ha conducido como un artista, sino como un trabajador gráfico (…) Para mí ha sido un privilegio compartir tantas tardes de colaboración con él, en las que se iban consolidando nuestras afinidades electivas, y durante las que ambos nos autodenominamos ‘obrericos’ del libro y de la ilustración, con nuestro habitual saludo de entonces de ’obrerico’ uno(Natalio) y  ‘obrerico’ dos’ (un servidor)”.

 

28/02/2019 08:14 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

SOLEDAD PUÉRTOLAS: UN DIÁLOGO

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“Un escritor nunca está sosegado”

“En literatura nadie, nunca, te regala nada”

“Los enfermos morales, por lo general, son los otros”

“Tengo una sensación de extranjería con el mundo”

“Los relatos familiares son de misterio y a menudo escalofriantes. Y están envueltos en silencio”

“Escribir no es solo escribir: es dejar la mente un poco en el vacío”

“La memoria parece que es más detallada, más ajustada, y el recuerdo lo escoges tú, de ahí que muchos de mis libros sean como ráfagas”

 

Antón CASTRO

Es jueves en la Real Academia Española de la Lengua y todas las salas están ocupadas. Nos reservan para charlar la deslumbrante biblioteca de Antonio Rodríguez Moñino y María Rey. Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), académica desde 2010, aparece con un tomo menudo sobre Baroja, Lúcida melancolía (Ipso, 2017), un título que también se ajusta bien a la fragilidad de esta mujer que ganó el Premio Planeta en 1989 con Queda la noche y el Premio Anagrama de ensayo con La vida oculta (1993), un libro que la define. Ella es enferma crónica, misteriosa y solitaria. Huye de la escritura torrencial, le gusta envolverse de silencio y tiene un vínculo secreto con el azar.

-Dejemos hablar al azar. Empecemos por Pío Baroja. He leído que le marcó la niñez.

-La niñez, no sé. Más bien la adolescencia. Fue un descubrimiento. Nunca lo tomé como un autor clásico, sino como una continuación de mis lecturas, no me enfrenté a él con la sensación de que era de otro tiempo.

-¿Era un autor de su época madrileña ya?

-No, no. Es de mi época en Pamplona. Lo leí en ese entorno, en aquellos felices y largos tres meses de verano que solía pasar con mi familia en Pamplona. Era alguien que vivía cerca de la casa de mi madre en Vera de Bidasoa, como un personaje de mi familia, se hablaba de él en mi casa. Creo que empecé por Zalacaín, el aventurero y El mayorazgo de Labraz. Me gustó tanto que empecé a comprarme con mis ahorros, que no sé donde salían, los libros de Biblioteca Nueva, encuadernados en rojo, y a veces mi tía Sole, mi madrina y tan decisiva en mi vida, me regaló varios. Hacia los 20 años tenía toda la colección.

-¿Qué le atrajo de él?

-Entré en él a continuación de los libros iniciales, de los cuentos, de la novela policial de Agatha Christie, etc., hacia el filo de los 16 años. Me encontré con un lenguaje que era muy cercano, entendía esa voz barojiana.

-¿Por qué se titula el libro Lúcida melancolía?

-Porque eso es un poco Baroja, no. Yo quería buscar un título que expresara lo que para mí significa Baroja, y vi una lucidez en él y una melancolía, y a la vez también hay muchas otras cosas, pero creo que predominan esos asuntos. Es una mirada melancólica de quien no está contento, del que busca otra cosa. La melancolía es algo que se añora y no sabes qué es, es una enfermedad dura. La melancolía es la añoranza de lo imposible. Pero luego lucidez es lo que te permite, a partir de esa melancolía, percibir que tampoco es para tanto, que hay otras cosas, que no conviene desesperarse. Hay humor, hay poesía, hay mucha poesía en Baroja, mucha, interés por la vida; los tipos que desfilan por sus libros son descritos con enorme vivacidad.  Baroja está más interesado en la vida de lo que él cree. O de lo que él dice creer.

-La vida, dicho sea de paso, es la materia de Soledad Puértolas. Lo repite siempre.

-A Rosa Chacel le preguntaron de qué tratan las novelas, y dijo: “Las novelas no tratan de nada”. Está muy bien la contestación, pero quiere decir que las novelas tratan de todo. ¿Una novela es una historia, es un desenlace? Es una especie de mirada a la vida. Y de eso va mi narrativa.

-¿En qué momento se dio cuenta de que quería ser novelista propiamente? De niña ya escribía historias terribles de incendios, catástrofes, de terror…

-Quizá a la vuelta de Estados Unidos, de California, ya con un hijo, Diego, poco antes de morir Franco, fue cuando vi que la narración, la narración novelística, era el terreno que me interesaba mucho. De repente, me encuentro escribiendo una novela y percibo que eso me alivia, que me abre un camino para dirigir todas las inquietudes literarias que tenía. Hasta entonces había escrito poesía, cuentos, fragmentos de no sé sabía qué.  La novela era un cauce.

-¿Cómo fue la época americana en cuanto a formación, a experiencia, a percepción del mundo? ¿Qué aprendiste en Estados Unidos?

-Fueron tres años y son difíciles de resumir. Entre 1971 y 1974. Aunque se han quedado como en un paréntesis en mi existencia, tengo la impresión de que la vida se amplificó en todos los sentidos. Aquello no era mi familia, no era mi ciudad, no era mi pequeño mundo con mis dificultades, pero era muchísimo más que todo eso. Y se impuso una alegría de vivir mucho más palpable en todos los que me rodeaban. O así lo percibí yo.

-¿Percibía más alegría de vivir en California que en España?

-Muchísima más, sí. ¿Se puede imaginar la tristeza del contexto español? Nosotros llegamos a California, aún existía el movimiento hippie y entonces veías la música, los bailes, la naturaleza. Sí, sí. El mundo era distinto, no se parecía nada al laberinto de conspiración que vivíamos aquí. Aquí era Franco y contra Franco, y punto. Eso era todo. Aquí era aquello de “cómo se hace la revolución, cómo nos oprimen”, etc. Todo era verdad, pero era tremendo. Llegué allá y te encontrabas con más cosas: poder cantar, poder andar en bicicleta, disfrutar de la naturaleza. Disfrutar de la naturaleza creo que es de las cosas que más me dio California. Yo vivía en Isla Vista en Santa Bárbara, un barrio de estudiantes… Está arriba de un acantilado, en un barrio de casas bajas, sofás en la calle, música a todas horas, aquello era alegre, implicaba querer disfrutar de la vida. Íbamos a conciertos importantes: los Grateful Dead, Pink Floyd … Había muchos conciertos en el campus, nos sentábamos en el césped, con el niño recién nacido y, claro, era como desembarcar en un mundo inusitado…

-¿Qué leyó en esa época?

-Literatura española, ja, ja, ja. Como me metí en el Departamento de español, por fortuna, eso me permitió subsistir. Me dieron un trabajo y una beca para estudiar. Estuve con José Luis Aranguren y con Arturo Serrano Plaja. Fue cuando leí yo toda la literatura clásica española, de la que solo había leído fragmentos. Ahí me metí en El Quijote, en Don Juan, en San Juan de la Cruz, en Quevedo, en todos los clásicos.

-No deja de ser paradójico que se fuese al extranjero a descubrir la literatura española.

-¡A quién se le ocurre! Pero me vino bien, gracias al entusiasmo que te contagiaban aquellos profesores. Tuve una relación muy especial con los dos. Ellos estaban deseosos de tener alumnos interesados en la literatura española, alumnos que no fueron solo los americanos y, además, yo ya tenía la pulsión literaria. Fue estupendo. Ambos se tenían mucha simpatía pero no participaban del mismo mundo. Serrano Plaja era muy estricto, vivía en la propia ciudad de Santa Bárbara, mientras que Aranguren vivía en el barrio de estudiantes y era mucho más poroso con los estudiantes. Eran dos mundos en los que me sentí muy aceptada y muy estimulada. Tuve mucha suerte.

-¿Cómo fue el regreso a España?

-Fue poco antes de la muerte de Franco, y ya atisbé la España que iba hacia la Transición y no me dediqué, durante un año, más que añorar California, a maldecir el momento en que decidí volver. No se puede imaginar qué decepción volver a este país tan triste, en el que todo costaba tanto. Mi marido Leopoldo Pita pensaba lo mismo. Estábamos perplejos los dos. Fue horrible, pero fue una decisión que tomamos.

-¿Tuvo mucha participación en la Transición? La llamó el ministro Javier Solana.

-Eso fue mucho más adelante. Yo me sentía lejos de todo lo que estaba pasando en España, tenía esa nostalgia californiana que me duró mucho tiempo.  Lo que usted dice fue en 1982 y ya tenía otro hijo. Yo andaba en busca de trabajo, siempre haciendo remiendos, artículos, entrevistas, reseñas, comentarios, asomaba la cabeza por donde podía, para ayudar a subsistir. Y entonces ganaron los socialistas, y me dijeron que llamara yo al ministerio, que estaba Javier Solana preguntando por mí, y entonces efectivamente me dieron una cita. Me recibió y me dijo que iba a ser la encargada de hacerle los discursos, con otras personas. Me dejó atónita…

-¿Se conocían mucho?

-No, qué va. Nos conocíamos un poco por la familia. Tenía mucha amistad con un hermano suyo. Estuve con él creo que unos tres años. No llegué a completar la legislatura. Publiqué Burdeos (Anagrama, 1986) y creo que ya me fui porque, verdaderamente, yo no tengo ninguna vocación para estar cerca del  poder. No es lo mío. Empecé ayudando a hacer los discursos y poco a poco fui abriendo un campo nuevo que era el español en el mundo, me responsabilicé de esa área… Estaba contenta y aislada de la política, pero con todo veía que me quitaba mucho tiempo, y decidí que no valía la pena y que prefería centrarme en los libros.

-En 1980, si me permite decirlo así, casi como fogonazo apareció El bandido doblemente armado, que había ganado el premio Sésamo en 1979.

-Bueno, un fogonazo para los demás, para mí no. Bueno, estaba dentro de lo que yo estaba buscando. Menos mal que ocurrió. Yo estaba ahí, escribiendo y escribiendo como una posesa. Desde que llegué de Estados Unidos no paré de escribir. Tenía que darme a conocerme a conocer. El bandido doblemente armado fue la gran sorpresa y lo que yo andaba buscando. Tenía que salir, por narices. Y salió. El premio Sésamo era muy importante entonces.

-¿Le marcó caminos, le abrió muchas puertas, no?

-Esas cosas no se saben. Las puertas se volvieron a cerrar inmediatamente. En la literatura nunca he tenido la sensación de que los caminos estén allanados, ni que haya puertas abiertas. La puerta se abre y se cierra inmediatamente.

- Yo he tenido la sensación de que ha sido muy importante lo mucho que la ha mimado, la ha querido y la ha admirado Jorge Herralde, el editor de Anagrama.

-Ya, claro, sí, pero eso más tarde de El bandido doblemente armado. Tener un editor que te motiva, te estimula, y que le gusta lo que haces es impagable. Nunca me ha metido ninguna prisa, no es ese editor que te dice: “¿Qué estás haciendo ahora?”. No, jamás. Conmigo no lo ha sido. Solo que cada vez que le ha presentado un libro le ha gustado y eso me ha permitido seguir publicando y quizá algo más segura. Es un alivio inmenso.

-¿Y no se está como más sosegado?

-No crea. Yo no estoy sosegada nunca. Un escritor nunca está sosegado. Nadie te regala nada y nunca están las puertas abiertas. Lo creo y lo he vivido así, y además me parece lógico. La literatura nadie te la pide. No escribes una novela, pues no pasa nada. Saldrá otra. ¿Sabe usted cuántos novelistas hay en España? Vivimos rodeados de escritores. En España casi todos somos escritores. ¿Entonces? Sí, me ha dado mucha alegría que cada vez que he entregado un manuscrito lo ha aceptado y lo ha publicado. Y siempre he recibido esa aceptación con sorpresa. No he perdido mi capacidad de sorprenderme por eso. Escribir y que me publiquen aún me asombra. Tengo muchas decepciones, y quién no las tiene, es cierto, pero también tengo la alegría de gustar siempre o casi siempre. A Jorge Herralde, claro. Con todo, en este oficio nunca hay que dar nada por sentado.

-Ha dicho que todas las claves, todas las obsesiones, los temas, que ha tenido a lo largo de los años ya estaban en esa primera novela.

-Sí, claro, es normal. Es un compendio de todo lo que llevaba en mi cabeza. Estuve escribiendo desde que llegué desde Estados Unidos, que no acababa de cuajar. Es una novela sintética, breve, está todo muy comprimido, y de cada capítulo ves que hay un germen de muchísimo más. De mi mundo, de mi contención, de lo que me interesa: las relaciones, las admiraciones no correspondidas, los misterios de las personas que viven a nuestro lado, y por qué se suicidan o se enamoran o esperan, o qué se llevan con ellos cuando se mueren. La contención era una reacción contra un tipo de literatura que aún estoy en contra, que es la del torrente.

-De repente la infancia, la juventud, la adolescencia, empiezan a aparecer con mucha fuerza. Sobre todo en los cuentos: Recuerdos de otra persona, Gente que vino a mi boda, La corriente del golfo.

-Ya en El bandido doblemente armado están mis historias, retazos enmascarados de mi vida. Lo que sucede es que el cuento es un espacio mucho más manejable y puedo centrar el interés en un corto espacio de tiempo y en un lugar concreto, suelo escribir de cosas más pegadas a mi realidad, menos simbólicas. El cuento, al menos para mí, es menos simbólico. Tiene ese punto más realista. La novela, al ser una construcción, una casa, una arquitectura, siempre adquiere unas características más simbólicas. Podía ser al revés… Podía ser un cuento simbólico, que los hay.

-En 1982 publicó La enfermedad moral (1982), su primer volumen de relatos. Es un título que la define muy bien.

-Sí. No es mío: me lo dio mi marido Polo Pita. A veces es él quien me da los títulos. Un día, hablando de un pintor, Andrea del Sarto, en una biografía suya, se decía que su mujer tenía una potente enfermedad moral. Le impresionó tanto que me lo contó, y yo me pregunté qué misterio era aquel. ¿Qué sería? No lo explicaba más. Y me quedó eso como algo que definía mi propia relación con el mundo. Yo tengo que decir que los enfermos morales, por lo general, son los otros. Yo soy muy moralista, en el fondo. Tengo una moral muy fuerte.

-¿Qué quiere decir, qué implica eso?

-En que juzgo. Y una persona me parece que hace bien o hace mal. Y soy severa. Juzgo mucho, internamente; otra cosa es que me obligue a ser comprensiva a partir de ahí. Pero yo juzgo, y tengo más intolerancia interna de la que luego trato de manifestar.

-Usted, que recuerde, no ha tenido polémicas con nadie, ni disputas…

-Pero por eso. Como soy intolerante, en el fondo tengo que esforzarme por no ser así. Sí, sí, soy tremenda. Y para mí el enfermo moral es el que no sabe discernir entre el bien y el mal. Yo, desgraciadamente, lo sé, lo que pasa es que luego relativizo y tengo una potencia mental, o lo que sea, para convencerme de que todo esto es producto mío, de que es algo emocional. Tengo que luchar contra eso porque no sé por qué me arrogo la capacidad de juzgar.

-Pienso en su último libro, Chicos y chicas (Anagrama, 2016), y veo que hay muchos seres que tienen enfermedades morales.

-Sí, casi todos. Claro, y por eso me interesan esos personajes. Porque no los entiendo. Los enfermos morales son los que yo no entiendo… La enfermedad moral es no saber lo que es el bien y el mal. Y eso es una cosa difícil de saber. El bien y el mal es una convención. Los personajes pues se van haciendo con sus pequeñas enfermedades morales. Los más enfermos son aquellos que no entienden nada, que son fríos como témpanos, y que o hacen ningún esfuerzo por comprender a los demás. Yo no me considero una enferma moral porque me esfuerzo mucho por entender. Primero juzgo, tengo una opinión, y luego me esfuerzo para no juzgar, tengo que limar mucho mis juicios. La vida te marca mucho, y mis circunstancias también.

-Su segunda novela fue Burdeos (Anagrama, 1988).

-Burdeos es el extranjero. Es la ciudad extranjera. La idea del extranjero está en todo lo que escribo. Yo tengo una sensación de extranjería con el mundo. Burdeos es la ciudad que no conozco y que quiero desentrañar a través de mis personajes. Eso ya aparecía en El bandido doblemente armado, con nombres californianos y con cosas de Zaragoza, que es una combinación rara. Fuimos una vez con mi padre a Burdeos. Íbamos de camping pero rara vez de hotel, y en Burdeos estuvimos en un hotel. Recuerdo la imagen de asomarme al balcón y decir: “Estoy durmiendo en una ciudad francesa”. Era una sensación curiosa y casi la increíble.

-Otro de sus asuntos es la familia.

Siempre aparecen las familias. Es muy difícil prescindir de ellas.

-Sí, claro, pero en su caso es casi más importante lo que no cuenta que lo que cuenta.

-Desde luego. En las familias hay más misterio del que se dice. El misterio está en el seno de la familia, no solo en el exterior. Para mí el misterio empieza por la familia. Y yo soy una escritora del misterio. Los relatos familiares son de misterio y a menudo escalofriantes. Y a menudo están envueltos en el silencio.

-Para entonces ya había asimilado una determinada literatura, europea y norteamericana, Tabucchi, Stendhal, Salinger, el mundo del cine la había calado…

-El lenguaje del cine más que el mundo del cine. La manera con que el cine cuenta las historias sí. Nos da retazos, fragmentos. Yo no escribo como Tólstoi, contándolo absolutamente todo, que es maravilloso, por cierto, ya quisiéramos, hoy ya contamos con muchas imágenes, no solo el mundo del cine. Estamos rodeados de imágenes, no nos podemos regodear en las imágenes cuando las vemos ya. Hay un tipo de cosas que escribo que funcionan más con imágenes que con palabras.

-¿Nunca ha escrito guiones de cine?

No. En principio no me interesa nada. Hay tanta gente metida en el tinglado que yo no me veo capaz de lidiar ahí. Soy muy solitaria. Por eso a lo mejor me dedico a escribir. Me pierdo, no sé, me disuelvo. Necesito estar a solas. No me siento recluida para toda la vida, soy comunicativa, pero ese mundo me supera.

-Abordemos la aventura Planeta, ganó el premio en 1989 y publicó otra novela, Días del arenal, ¿qué significó para usted?

-Me dio más dinero del que yo nunca me imaginé que podría ganar con un libro. Y lo agradezco. Fue importante. La sensación de no ganar dinero es una de las sensaciones que tenemos todos los escritores. Para mí aquello fue una satisfacción personal. Me sentí gratificada. Y luego tuve la sensación de ser leída. Por otra parte, es verdad, me expuso en primera línea en la línea de la publicidad y la promoción, entrevistas, y eso es muy insatisfactorio porque nunca te encuentras reflejado del todo. Ni por lo que dices tú ni por lo que escriben o interpretan los otros. También ahí te sientes extranjera.

¿Tuvo la sensación de que perdía prestigio?

No. Esas son cosas que no me planteaba entonces ni ahora. No le dedico ni un segundo.  

-En 1993, ganó el premio Anagrama de ensayo con La vida oculta.  Ese libro es de mis preferidos con Una vida inesperada (Anagrama, 1997) y La señora Berg. (Anagrama, 1999). Fue como regreso a casa, ¿no?

-Se ajustaba al premio y volví.  Nada traumático. Jorge Herralde lo entendió. La vida oculta es un libro meditativo, de confesiones. Es un libro que surge del silencio. Creo que lo necesito para escribir y para vivir. Las reflexiones me centraron mucho y fueron capitales para mi escritura. Y Una vida inesperada y La señora Berg, novelas de ficción, también surgieron del silencio. En el fondo, yo no soy del todo yo, soy una persona que escribo. No voy a mostrarme a los demás. Me guardo lo que escribo. ¿Soy yo lo escribo? Sí y no. Hay una especie de mundos paralelos, lo que escribo y lo que vivo, y ambos son como una extraña doble vida. El azar es muy importante, me pesa. Me cuesta una barbaridad salir de mi mundo. Espero más. Me esfuerzo mucho. Yo soy una enferma.

¿Por qué aceptó ser académica en 2010?

Si te lo ofrecen, no vas a decir que no. Es bonito, me gustan muchos las palabras, escribo reflexiones, algún día publicaré mis cosas sobre el lenguaje. Pero venir aquí todos los jueves es muy duro para mí. Soy una enferma crónica desde niña. Tuve tifus a los tres años. No tengo defensas, lo cojo todo. Estoy siempre enferma. Rara vez me encuentro bien. En plenitud. Entonces, viajar, ir a los sitios, salir de mi casa me cuesta mucho. Hay enfermedades peores que la mía, por supuesto, pero eso no me quejo de nada.

La enfermedad, a secas, sin adjetivo, está en casi todos sus libros.

Una vida inesperada gira alrededor de la enfermedad. Y muchos relatos míos giran en torno a la enfermedad. Sin embargo, no me lo suelen recalcar. Creo que la enfermedad no se acepta. A mí me dicen que tengo cuento. No me acaban de creer. Me duele todo. Y tengo mis diagnósticos.

-Hablemos de la La señora Berg…

Es una novela sobre la admiración, el deseo, lo estimulante… Lo que de verdad no estimula son las personas. Eso es así. La Señora Berg es uno de mis personajes a los que les tengo mucho cariño. Sí, yo, como el joven, también siendo admiración por ella. Te causa como un alivio. Ese personaje me acompaña y es un motivo de vida también.

-Muchos de sus libros son autobiografías enmascaradas.

-Este de Baroja mismo, Lúcida melancolía. Bueno, en realidad, a veces hago libros de recuerdos. Yo no les llamaría ni libros de la memoria o diarios, son de recuerdos. El recuerdo es la invención, es lo que escoges. La memoria parece que es más detallada, más ajustada, y el recuerdo lo escoges tú, de ahí que muchos de mis libros sean como ráfagas. Confío mucho en la mente en reposo. Escribir no es solo escribir: es dejar la mente un poco en el vacío. Necesita silencio y apartamiento, y ahí, en ese territorio, cuajan las cosas. Sigo escribiendo. Acabo de entregar una novela, esencialmente de mujeres, que transcurre entre 1934 y 1969; creo que saldrá en otoño. Tengo 70 años y sigo en la brecha, con la sensación de que ya soy una señora a la que debe mimarse un poco. Soy mayor, con mis dolores y una nueva sensación de libertad.

 

*Esta entrevista se publicó en la revista 'Eñe', en 2018, cuando la dirigía Luisgé Martín.

 

17/02/2019 12:53 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

DIÁLOGO CON EL CUARTETO QUIROGA

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2019/02/14/conservatorio-superior-musica-aragon-referente-toda-espana-1292584-1361024.html

17/02/2019 12:42 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

JESÚS RUBIO HABLA DE 'LA HERENCIA DE ANTONIO MACHADO'

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https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2019/02/12/jesus-rubio-jimenez-antonio-machado-antitesis-del-poeta-engreido-1292083-1361024.html

"La herencia de un poeta son sus versos". ¿Por qué llegan tanto los de Antonio Machado?

Seguramente porque inciden en las grandes preocupaciones humanas y lo hacen con una cercanía que solo los grandes poetas tienen. Pero también porque se convirtió para unos y otros en modelo –de eso trata el libro– con lecturas interesadas por unas u otras razones. Es indudable, además, que para los ciudadanos medios tuvo enorme importancia la labor de los cantautores.

Aunque el libro abarca de 1939 a 1970. ¿Qué significaron en su vida Leonor y Guiomar?

Machado llega a Soria después de una juventud complicada. Encuentra más que una pensión, una familia acogedora. Y allí, una adolescente que lo conmovió: Leonor. Se le abrió un proyecto de vida fascinante, que se truncó y que le afectó profundamente de por vida. El caso de Guiomar es distinto. Era una mujer con experiencia, pero indecisa, y una interlocutora interesada en la literatura. Y él, un Machado maduro a quien le debió de tentar aquello.

¿Cómo y por qué se produjo la santificación del poeta?

Una parte del libro trata sobre la creación de la imagen modélica de Machado en distintos aspectos. Construida sobre lo más cotidiano, a diferencia de otros casos en que se construye sobre lo excepcional. Cercano, inteligible (al menos en apariencia), no desligado de los problemas más cotidianos. Tuvo sensibilidad para los desfavorecidos y fue crítico con instituciones anquilosadas.

Antonio Machado influyó en muchos artistas... ¿Por qué?

Es la antítesis del poeta engreído; era "cercano, silencioso y misterioso a la vez" (Rubén Darío ‘dixit’); a su alrededor se desarrolló una imagen de hombre bueno, algo que, además, sus circunstancias acentuaron y en especial su destino último.

Reproduce el retrato de Pablo Serrano. ¿Le parece una de las mejores obras que le dedicaron?

Sin duda, por su propia potencia estética y por las circunstancias que rodearon su creación y, sobre todo, su difusión con el fallido homenaje de 1966. La prohibición hizo que internacionalmente se interesaran mucho por la obra desde Rusia o Estados Unidos y que se hicieran diferentes copias.

Trabaja sobre José María Palacio, al que cita Machado. ¿Qué le llevó hasta él y qué ha descubierto?

Preparando un comentario sobre el célebre poema-carta que le envió, empezaron a llamarme la atención su parentesco por parte de sus esposas; su coincidencia en algunas ideas y, sobre todo, que fueron "hermanos en el dolor". Así se refiere José María Palacio a Machado más de una vez: a él se le murieron dos niñas pequeñas, Carmen y Rosario, una antes y otra después que Leonor; tuvo cerca a Marco al igual que él lo estuvo al morir Leonor; había unos lazos fortísimos entre ellos.

¿Qué ocurrió luego?

De ahí pasé a intentar saber más de Palacio. Era aragonés (nacido en Rasal, Huesca), llegó en 1901 a Soria como funcionario de Montes y vivió allí hasta 1922 en que se trasladó a Valladolid. Murió en noviembre de 1936, de muerte natural. Su obra como periodista es enorme; he censado ya unos 1.200 artículos de temática amplia, desde el intimismo más estricto, a la crónica social o a una preocupación constante por asuntos regeneracionistas y agrarios.

¿Cómo ve esa confrontación que algunos han querido hacer entre Manuel y Antonio Machado?

Forma parte de la discutida herencia con bandos enfrentados, familia escindida (unos hermanos en el exilio, otros en España). Son dos buenos poetas, aunque Manuel, más interesante al principio, después perdió impulso.

Importan a las nuevas generaciones poetas como Machado?

Quiero pensar que sí, pero sin duda menos que a generaciones anteriores como la mía, la nuestra.

¿En qué le invita a pensar su muerte en 1939 en el exilio?

En lo difícil que es la convivencia en nuestro país, donde la tolerancia no acaba de enraizar. Hay quienes se reservan el derecho a decir qué es ser español y qué no. E invita a pensar en la facilidad con que están dispuestos a cambiar las palabras por pistolas.

 

*La foto es de Guillermo Mestre.

 

17/02/2019 09:56 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

DIÁLOGO CON SANTIAGO LORENZO

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Santiago Lorenzo: "Uno tiene que aspirar a
pasárselo bien en el cielo y en el infierno"

El escritor (Portugalete, Vizcaya, 1964) autor de una de las novelas del año, ‘Los asquerosos’, recibió el viernes, en el Teatro Principal, uno de los premijos Cálamo.

 

 

Dice usted que no sufre, que es un escritor del placer y la diversión…

¿Eso ha leído de mí? En ocasiones, en mi vida personal, me han pasado muchas cosas… Cada vez menos dramáticas. Y cada vez que las recuerdo se me hace gracioso ese tío que está sufriendo ahí. Por eso me salen las novelas así. Yo me lo paso fenomenal escribiendo, en efecto, me cuesta trabajo no hacerlo. Pero sí, en mi vida pasada me han pasado cosas muy chungas y se me hace divertido recordarlas.

¿Se le hace divertido, se ríe de usted mismo?

Sí, me pasa que me acuerdo de cafradas que me han pasado, que me hecho yo o que me han hecho y que, cuando ya han pasado, me provocan grandes carcajadas. 

¿Usted tiene referencias, escritores que le ayuden?

A mí me gusta mucho leer a Benito Pérez Galdós y a Ramón Pérez de Ayala. Mucho. No sé por qué. Me parecen muy graciosos, grandísimos cómicos los dos, con esa cara tan seria que tenían…

¿Le divierten sus textos, de verdad?

Me parece que hay textos de ambos que son mucho más graciosos que el programa de Alfonso Arús, que no tiene ninguna gracia.

Ahora que dice eso, ¿cuando se está en un pueblo importa la televisión?

Yo no tengo tele. Veo un poco la tele en el ordenador pero de forma muy restringida. Todo te parece como si no consiguieras darle visos de realidad. Como si fuera una gran mentira.

¿Por qué se fue al pueblo? ¿Para encontrarse a sí mismo, por tranquilidad?

Por todo un poco. Me fui el 1 de agosto de 2012. Llevo seis años.

¿En qué se parece usted a Manuel, el protagonista de ‘Los asquerosos’?

En el afecto por la austeridad y en poco más. Él es un valiente y yo no lo soy. Él es mucho más joven que yo, le doblo la edad, y él está empeñando en investigar cómo es la soledad. A mí la soledad no me preocupa y me parece una gozada. Cuando voy a una ciudad, Valladolid, Bilbao o Zaragoza, llamo a mis amigos y me lo paso muy bien, claro, pero en realidad paso más tiempo solo que acompañado. Y soy feliz. Uno tiene que aspirar a pasárselo bien en el cielo y en el infierno.

Su libro, al margen de sus elementos satíricos y de esa propuesta de una vida extrema, también  parece que tenga algo de vuelta a la Arcadia…

En el libro se dice que no hace falta vegetación ni vida animal para construir la Arcadia de la que se habla en el libro. Se llega incluso a decir que el páramo de Chernobil, donde ya no hay nadie, también valdría. Hay un bucolismo de la soledad, pero creo que no hay un bucolismo de la naturaleza. Para disfrutar del placer de la naturaleza, mucho mejor que leerlo en un libro, es meterse en ella de cabeza. No hay una reivindicación sobre la naturaleza. No hay que ser bobos leyendo sobre ella, cuando la tienes ahí al lado y te está esperando. Es fabuloso ir a no mancharla y a disfrutarla.

Vamos a ver, usted en el libro cuenta la historia de un hombre, Manuel, que se despoja de cosas y cosas, y que hace un canto a la sobriedad, y a la vez surge algo y tampoco es tan feliz.

A la mitad exacta de la novela todo esto se quiebra por varias razones. ‘Los asquerosos’ no es un manual de supervivencia, es una novela de ficción donde, a un sujeto que está muy a gusto, le rompen el escaparate, le cagan los pájaros en la cabeza, todo se le tuerce. A mí me gustan las novelas en las que pasan cosas, en las que hay cambiazos y giros, y en efecto, en la mitad exacta de la novela, todos los logros del protagonista se van a ir por el sumidero. Pero va a tener suficiente corazón para responder a ello y hacer frente a la situación nueva.

Su libro, que es muy divertido y desternillante, es difícil de leer, hasta que se le coge el tranquillo. Hace usted creación de lenguaje, recupera palabras, fuerza la sintaxis… ¿Por qué hace todo eso?

Creo que tiene algo de razón, sí. Y la respuesta es que uno acepta su repipismo (de repipi) de la mejor manera posible.

Pero un repipi es como un afectado sin sustancia, ¿no?

Ese soy yo. Yo soy de lenguaje barroco y me tengo que dejar llevar. Intenté leer a Mújica Láinez y lo tuve que dejar. No podía con él. Yo he sido muy feliz leyendo ‘El Buscón’ de Quevedo, por ejemplo. El lenguaje me sale así de manera espontánea, lo fundamental para mí es no forzar absolutamente nada. No busco palabras en desuso, están en mi cabeza y salen. Si mi lenguaje distancia al lector, qué le voy a hacer. Las novelas están ahí para quien las quiera coger. Siempre vendo más de lo que pensaba.

¡Hombre!

A veces tengo la sensación de que el editor me paga más de lo que me debe.

Explíquenos que quiere decir ‘mochufa’, esa palabra que acuña.

La ‘mochufa’ sería como una celebración, sería como la sacramentalización de la horterada. Es la gente que grita y la gente que se cuela. Los caseros cabrones que están ahí intentando chuparte la sangre. La ‘mochufa’ es esa especie de dominguero al cubo.

Veo en su libro observación sobre la sociedad en la que se percibe la mirada de alguien que desconfía…

Eso está muy bien. Más que crítica de la sociedad, yo tengo desconfianza de la sociedad. Con la dosis de miedo que significa la desconfianza. Sí, ese es Manuel, alguien que desconfía de la sociedad.

 

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2018/12/30/santiago-lorenzo-uno-tiene-que-aspirar-pasarselo-bien-cielo-infierno-1285034-1361024.html

*La foto es de Guillermo Mestre.

17/02/2019 09:35 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

EL CUARTETO QUIROGA ESTRENA 'JOYCE'

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El Cuarteto Quiroga se une a Jörg Widmann

para el estreno mundial de ‘Joyce’, lo último de Peter Eötvös

 

El Cuarto Quiroga, Premio Nacional de Música de 2018, estrena el próximo 9 de febrero Joyce, última obra del profesor, compositor y director de orquesta húngaro Peter Eötvös. Es un encargo del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) y la Sociedad Filarmónica de Badajoz que contará con la participación del prestigioso clarinetista Jörg Widmann, uno de los artistas más solicitados de la escena musical contemporánea.

Joyce sonará por primera vez en el Auditorio Nacional de Música de Madrid (9 de febrero) y, un día más tarde, en Badajoz, dentro del X Ciclo de Música Actual que se celebra en la capital pacense. Además del esperado estreno de Joyce, el programa se completará con el Cuarteto de cuerda nº 2 de Bartók – obra incluida en Terra, último disco del Cuarteto Quiroga – y el Quinteto, op. 34 de Carl Maria von Weber.

La agrupación integrada por Aitor Hevia (violín), Cibrán Sierra (violín), Josep Puchades (viola) y Helena Poggio (violonchelo) acaba de iniciar una gira junto a la artista argentina Martha Argerich, que continuarán en abril por varias ciudades de Italia. En estos primeros meses del año, su agenda incluye actuaciones en numerosas ciudades españolas y europeas, una gira por Estados Unidos y la publicación de su sexto álbum, una antología de música de su género creada en el entorno del Madrid de Goya. El disco, que incluye primeras grabaciones de obras inéditas de artistas como Boccherini o Brunetti, fue grabado a mediados del mes de diciembre en Flandes y saldrá a la venta en el sello Cobra Records.

 

05/02/2019 09:27 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

ÁNGEL AZPEITIA: UNA ENTREVISTA

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[El pasado sábado por la mañana fallecía el crítico e historiador de arte Ángel Azpeitia Burgos (Zaragoza, 1933-2019), que trabajó durante 50 años ininterrumpidamente en 'Heraldo'. Hace algunos años, le hice esta entrevista, se publicó en la sección 'Clásicos y modernos' del dominical de Heraldo. La recuperó aquí; el funeral por el profesor de la Escuela de Artes y de la Universidad de Zaragoza tendrá lugar mañana a las 11 de la mañana.]

Ángel Azpeitia Burgos vive en museo particular de pinturas, esculturas, recuerdos, y muchos libros: habitaciones enteras repletas de catálogos, monografías de arte, volúmenes de narrativa y ensayo. Esos objetos que conforman una pasión, una forma de vivir y de estar en el mundo con curiosidad. En todas las paredes hay cuadros de pintores con los que ha conformado una sinfonía de amistad: Juanjo Vera, Daniel Sahún, Pascual Blanco, Martín Ruizanglada, Torcal, Manuel Viola, Julia Dorado, Eugenio Estrada, Virgilio Albiac o, entre otros, su amado Vicente Paricio, tan determinante en su vida. Él, antes de que apareciese en su vida HERALDO o la galería Libros de Víctor Bailo, fue uno de sus primeros estímulos. “Soy el quinto hijo de un médico de pueblo que no tenía ningún sentido práctico. Era un pequeño desastre con el dinero, yo creo que no cobraba a nadie. Había estado en Tauste y también en Calatayud”, dice el crítico e historiador del arte, que se recupera poco a poco de un infarto: en un rincón de su estudio reposa la silla de ruedas y de un lugar del techo penden unas anillas para sus ejercicios de rehabilitación. Dirá: “Cuando se ha sido tan activo, la dependencia es algo terrible. Es una experiencia dolorosa, de esas que te ponen a prueba en todos los terrenos”.

-Imagino que habrá tenido una infancia cómoda y culta...

-Cómoda no, pero culta sí. Mi padre se murió demasiado pronto y tuve que ayudar en casa. Mi madre era una mujer muy especial: había leído mucho, poseía un alto nivel de lenguaje y poseíamos una buena biblioteca. Aún conservo títulos de aquel fondo familiar. Estudié en Jesuitas y el arte empezó a interesarme un poco en el colegio. Con todo, mi primera escuela de arte fue el Casino Mercantil.

¿Por qué?

Allí veía las exposiciones de Vicente Paricio y nos hicimos muy amigos. Era un pintor social: hacía retratos elegantes y serios. A las damas las pintaba en traje de noche. También hacía paisaje y bodegón. Era una pintura fácil de entender.

-He visto que los pintó a usted y a su mujer María Luisa en torno a 1972.

-A María Luisa un poco antes. Decía que él solo pintaba lo que veía. Tuvimos que posar varios días para sus retratos al pastel. Fue muy curioso: él se preparaba varias conversaciones y temas para todos los días, y te daba conversación. Hablaba sin cesar de política, de arte, y tenía mucho sentido del humor y de la ironía. Veía un caballo que había un pintor famoso y decía: “Yo pinto mucho mejor los caballos”, y se reía. Recuerdo que me decía que cuando se hace un retrato el cliente se queda convencido del todo cuando sale guapo. Y él embellecía a las mujeres pintándoles los ojos más grandes y el cuello más largo. “A los hombres no se les pinta guapos: se les pinta importantes”, me decía.

-Por cierto, en el Casino Mercantil se presentó ‘Pórtico’ a finales de los 50.

No voy a mentir. No estuve en las primeras exposiciones de Pórtico, de Lagunas, Aguayo y Laguardia, aunque sí asistí a otra posterior donde solo estaban dos artistas, ahora no recuerdo con precisión: creo recordar un cuadro abstracto que me evocó una semana santa, vista desde arriba, con sus desfiles y sus capirotes.

¿Cómo se divertía en aquella Zaragoza amarilla?

Como podíamos. No teníamos casi dinero, y ahorrábamos varios días para poder salir de copas y de tascas de cuando en cuando. Pese a todo, salíamos: a mí me interesaba mucho la poesía y ofrecía recitales con amigos y en algunos salones. Teníamos entonces como pequeños mecenas que nos cedían un salón con piano. Yo escribía: gané un par concursos de poesía en Maristas y en la Facultad de Filosofía y Letras. No recuerdo las fechas, he perdido mucha memoria: soy un hombre de documentos y todo, todo lo tengo registrado en carpetas, fichas y ficheros y archivos. Era muy lector: de novela contemporánea o de ‘El paraíso perdido’ de John Milton. Antes de los veinte me había leído prácticamente toda la literatura clásica.

¿Quiénes eran sus amigos?

Alejandro García Anadón, José María Valdivia, que era pianista y hermano del escritor Eduardo Valdivia, venía de vez en cuando a nuestras reuniones. Recuerdo que íbamos a bares baratos como Casa Félix: allí tomábamos bocatas, vino y cacahuetes, muchos cacahuetes, y se permitía cantar.

¿Ya había entrado en la Universidad?

Yo soy un universitario muy tardío. Trabajé algunos años de comerciante de Ultramarinos y coloniales, pero al final entré en la Universidad. Me matriculé en Filosofía y Derecho, y dejé esta carrera en tercero. Antes de inclinarme definitivamente por Historia del Arte dudé mucho: quiso estudiar arqueología, entre otras cosas porque Antonio Beltrán Martínez era un profesor muy estimulante y activo y me había conseguido una beca para Francia y también estuve a punto de realizar una excavación en Nubia. También quiso ser geógrafo, pero finalmente opté por el mundo de la cultura. La universidad solo tenía un catedrático de historia del arte: Francisco Abad, era un clasicista que nunca se atrevió a pasar de Francisco de Goya. Hasta ahí podíamos llegar. Para entonces ya teníamos otra tertulia en el café Baviera.

¿Qué ocurría allí?

Hicimos una tertulia en el café Baviera. Yo no he sido de la Peña Niké, aunque estuve alguna vez. Nosotros también teníamos un grupo muy activo, tanto que fundamos un teatro de cámara, La Cigarra. Por allí andaban el cineasta Antonio Artero, el poeta Daniel Almárcegui, Alberto Castilla. Hacíamos piezas al aire libre: entremeses cortos y humorísticos. Recuerdo que en el Baviera había una escultura preciosa de Honorio García Condoy.

-Una de sus pasiones es el fútbol, en concreto el Real Zaragoza.

Me ocurrió una cosa muy curiosa. Cuando era representante de comercio visitaba muchos mercados, entre ellos el Mercado Central. Recuerdo que un día llegué por allí y dos vendedores discutían sobre el Real Madrid y el Barcelona. Y yo hice una observación sobre un jugador con un fatídico error: dije que jugaba en el Real Madrid  cuando lo hacía en el Barcelona. Hubo protestas a mi jefe, o por lo menos llegó a sus oídos mi metedura de pata, y él me sacó mi primer abono de socio del Real Zaragoza. Y estuve yendo, primero a Torrero y luego a La Romareda, muchos, muchos años.

-Cómo dio el salto a la crítica de arte.

Es casi un misterio. Fue en 1962 y yo era alumno todavía. El crítico de arte era Joaquín Aranda, se fue a Madrid a realizar unos cursos, y tenían que buscar un sustituto. Y un día me llamó Antonio Bruned y le dije que sí. Yo creo que le sugirió mi nombre una hermana de Andrés Galdeano, que era compañera mía de curso. Más tarde, regresó Aranda, pero no quiso hacer arte: se dedicó al teatro, al cine y a la literatura. Y aquí sigo: entonces la crítica de arte era diaria. O casi diaria.

Ha dicho usted que Francisco Abad no era un profesor avanzado. ¿Quién era su referencia?

Federico Torralba. No se puede decir que fuese mi maestro exactamente, entonces estaba en la Escuela de Artes, pero sí fue el gran defensor del arte contemporáneo en Zaragoza. Ese es uno de sus méritos. Esta ciudad le debe muchísimo. Lo difundía a través de su presencia en la Institución Fernando el Católico y de la Diputación de Zaragoza, estuvo muy cerca de muchos grupos y artistas, y más tarde fundaría galería. Yo empecé mi tesis sobre Marcelino de Unceta con Francisco Abad y la acabé con él.

¿Qué significó el periodismo para usted?

Yo he sabido mucho más cuál es la realidad artística a través de la crítica que de mis años como profesor.  El periodismo me conectó con la vida, con la calle, con el quehacer cotidiano de los artistas. Empecé a ver arte contemporáneo cuando empecé a ser crítico, no antes. El crítico de arte tiene una realidad inmediata con el arte. Y, en ese sentido, también fue más importante la Escuela de Artes que la Facultad: el hecho de que no hayamos tenido una Facultad de Bellas Artes ha sido un fallo terrible, esa ha sido una ausencia terrorífica sobre todo en un tiempo donde habría sido una lugar decisivo de formación. Pienso por un momento en la Escuela de Artes...

¿Por qué lo dice?

Hay varias generaciones de artistas que han sido, o son, profesores ahí o que se han formado entre sus paredes: Cano, Natalio Bayo, Pedro Giralt, Rubén Enciso, Vicente Villarocha o Pascual Blanco, que me ayudó en el tiempo en que yo estuve de profesor.

¿Qué crítico ha querido ser?

He cambiado mucho. Al principio, analizabas la obra en función de sus valores de ruptura o de novedad, qué elementos de modernidad y de vanguardia significa un proyecto. Más tarde, he intentado reflexionar sobre el binomio: lo que quiere hacer y lo que consigue el artista. A veces, hay artistas que te quieren hacer reír, y te hacen llorar. Y viceversa. Y poco a poco he acabado por desvincularme de problemas teóricos: mis críticas acompañan, sugieren, ayudan a ver. Y solo soy auténticamente crítico con las instituciones y con las políticas culturales. Me he vuelto más condescendiente.

¿Para que sirve el arte?

Es una manera de vivir. El arte es como el oxígeno: es imprescindible, al menos para mí. Imprescindible. Está en todo. Es compañía, es consuelo, es un latigazo de lucidez, es emoción. Y para mí también está ligado a la amistad y a un montón de amigos. A veces pienso que soy dadaísta. Los objetos de mi vida son mi arte y son un hilo de comunicación con un montón de artistas a los que  quiero y a los he seguido durante medio siglo.

 

20/01/2019 18:25 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

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