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DALÍ Y LORCA: UNA PASIÓN TRÁGICA

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A PLENO SOL. ‘Querido Salvador, Querido Lorquito’ (Elba) es el volumen de la correspondencia entre el pintor y el poeta, su historia de amor imposible en algo menos de medio centenar de cartas. Tuvo su gran momento en Cadaqués, en el verano de 1927.

 

 

La pasión erótica y trágica de Lorca y Dalí

 

 

 

Salvador Dalí y Federico García Lorca en Cadaqués en el intenso verano de 1927. 

 

Antón Castro

Salvador Dalí (1904-1989) y Federico García Lorca (1898-1936) vivieron una apasionada historia de amor, de amistad y de complicidad artística e intelectual que sigue generando debates y dando lugar a libros como ‘Querido Salvador, Querido Lorquito. Epistolario, 1925-1936’ (Elba. Barcelona, 2013. 268 páginas), la crónica de lo que “fue un amor erótico y trágico por el hecho de no poderlo compartir”, tal como explicó el propio Dalí en una carta a ‘El País’ en 1986. La edición, tan minuciosa como apasionante, es de Víctor Fernández y de Rafael Santos Torroella.

Dalí y Lorca, de buena familia, se conocieron en la Residencia de Estudiantes en 1923. La amistad surgió de inmediato por “total antagonismo” de ideas, de concepción artística, de personalidad. La fascinación fue recíproca y eso se percibe en una correspondencia que explica también la intrahistoria de la generación del 27, el surrealismo, los putrefactos (término acuñado por Pepín Bello) y los caminos tan distintos que seguirían cada uno. En el volumen se cita varias veces a Agustín Sánchez Vidal, quien recuerda “el poder de zapa” del cineasta aragonés, que logró arrancar a Dalí del lado de Lorca, “iniciando inmediatamente una colaboración conjunta que desemboca en las dos obras maestras del cine surrealista: ‘Un perro andaluz’ y ‘La edad de oro’”.

El epistolario recoge cartas y postales de Lorca, de Dalí, de Anna Maria Dalí (con Lorca tuvo una gran amistad; el poeta sí vivió una experiencia sexual con Margarita Manso), del padre de ambos y de Lidia Noguer, una amiga de la familia y de Eugenio d’Ors, que le felicita por el éxito de ‘Mariana Pineda’, la obra teatral que se estrenó en 1927 en el Teatro Goya del Centro Aragonés de Barcelona con decorados del propio Dalí y con Margarita Xirgu de primera actriz.

El epistolario presenta dos caracteres muy distintos: el de un malabarista verbal, afectuoso, que se siente cómodo en las relaciones familiares (“Nuestra casa tiene ya algo de la calidad de tu amistad”, le dice Dalí a Lorca desde Cadaqués en 1925), y el de un pintor, un auténtico Dalí esponja capaz de teorizar sobre arte e iconografía –Miró, Vermeer, San Sebastián, las nuevas tendencias, Fortuny…- y de elaborar juegos de palabras y de componer versos. En medio quedan los sobreentendidos, la tensión del amor y el sexo, las colaboraciones y el deseo de verse. Dalí empieza tratando a Lorca de “hermano”; luego le pide “escríbeme mucho cada día, o cada dos días. Yo a veces ya casi lo hago”. Y en ese mismo noviembre de 1925, le manda un dibujo y esta dedicatoria: “Para Federico García Lorca, con toda la ternura de su hijito”. En septiembre de 1926, Dalí le dice desde Cadaqués: “Adiós, te quiero mucho, algún día volveremos a vernos, ¡qué bien lo pasaremos! Escribe. Adiós, adiós. Me voy a mis cuadros de mi corazón”.

El epistolario es mucho más intenso y apasionante en 1927. En julio Lorca responde una carta de Dalí, que empieza a impugnar cada vez más la obra poética del granadino, y le dice: “Me he portado como un burro indecente contigo que eres lo mejor que hay para mí. A medida que pasan los minutos lo veo claro y tengo verdadero sentimiento. Pero esto solo aumenta mi cariño por ti y mi adhesión por tu pensamiento y calidad humana”. Quizá fue entonces cuando Lorca expresó su deseo carnal a Dalí. Otro experto lorquiano, como Mario Hernández, observa a propósito de esta carta: “En el último momento había sucedido algo en Cadaqués, durante el mes de julio, que había enturbiado o puesto una nube en la íntima relación con el amigo”. Quizá lo que había pasado se lo contaría algunos años después Salvador Dalí al escritor Max Aub, que trabajaba en una novela sobre Buñuel. “… Federico, como todo el mundo sabe, estaba muy enamorado de mí, y probó a darme por el culo dos veces, pero como yo no soy maricón y me hacía un daño terrible, pues lo cancelé en seguida y se quedó en una cosa puramente platónica y en admiración”.

Esta admiración pareció resentirse de manera abrupta cuando en septiembre de 1928 le remitió su lectura crítica del ‘Romancero gitano’, que no le gustaba como tampoco le gustó a Buñuel: “Tu poesía está ligada de pies y manos a la poesía vieja. Tú quizá creerás atrevidas ciertas imágenes, o encontrarás una dosis crecida de irracionalidad en tus cosas, pero yo puedo decirte que tu poesía se mueve dentro de la ‘ilustración’ de los lugares comunes más estereotipados y más conformistas. (…) Federiquito, en el libro tuyo que me lo he llevado por esos sitios minerales de por aquí a leer, te he visto a ti, la bestiecita que eres, bestiecita erótica, con tu sexo y tus ‘pequeños’ ojos de ‘tu cuerpo’ (…) Te quiero por lo que tu libro revela que eres, que es todo al revés de la realidad que los putrefactos han formado de ti… (…) Adiós. Creo en tu inspiración, en tu sudor, en tu fatalidad astronómica”.

La carta siguiente de Lorca es del verano de 1930. Le pide que se vaya con él a la ciudad que le inspiraría ‘Poeta en Nueva York’.  Le dice que le gustó muchísimo “el timo que ibas a dar a mi familia y es lástima que no te enviaran el dinero”. Añade: “Una vez rota mi cadena de estupidez, cuando me meto en la cama me siento más fuerte que nunca y más poeta que nadie”. Apenas volverían a verse; en una carta de 1934, Dalí le dice: “Gala tiene una curiosidad terrible de conocerte”. Ni Lorca ni Buñuel sentían simpatía hacia ella.

Iconoclasta y excéntrico, cuando le comunicaron el asesinato de Lorca, Dalí dijo: “¡Olé!”. La expresión es una espiral abierta a todas las conjeturas. Víctor Fernández dice: “El fantasma de Lorca siguió acosando a Dalí a lo largo de su vida”.

EL ANECDOTARIO

 

Platero y yo. Al menos en dos cartas dirigidas a Lorca, Salvador Dalí arremete contra Juan Ramón Jiménez (1881-1958) y contra su libro ‘Platero y yo’. Agustín Sánchez Vidal publicó en ‘Luis Buñuel: obra literaria’ (Heraldo de Aragón, 1982) la carta que le dirigieron al poeta que se reproduce en las exhaustivas notas del libro. Dice así: “Nuestro distinguido amigo: Nos creemos en el deber de decir –sí, desinterasadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por arbitraria. Especialmente, ¡MERDE! Para su ‘Platero y yo’, el burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado. ¡MIERDA! Sinceramente. Luis Buñuel. Salvador Dalí”. De ese libro –que levantó ronchas en Moguer por su defensa de los humildes- se cumple ahora un siglo. Alfredo Castellón Molina le dedicó una película.

 

26/08/2014 13:23 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

VALLCORBA: EL EDITOR INFINITO

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El pasado sábado fallecía el gran editor catalán, un profesional de impronta europea, que ha creado sellos tan importantes como Quaderns Crema, Sirmio y Acantilado. Confeccionó un vasto catálogo que refleja un espíritu inquieto, una gran pasión por la cultura y sus oficios.

 

 

Jaume Vallcorba, el editor infinito

 

Antón CASTRO

Algunos han dicho de Jaume Vallcorba (Tarragona, 1949-Barcelona, 2014) que era el editor más elegante de España. Y eso es mucho decir en un país donde hay grandes profesionales como Manuel Borrás (Pre-Textos), Jorge Herralde (Anagrama), Beatriz de Moura (Tusquets), Jacobo Siruela (Siruela primero y ahora Atalanta) o, entre otros, Chusé Raúl Usón, el editor del sello zaragozano Xordica, que cumple ahora veinte años.

Poseía Vallcorba, en Quaderns Crema y en Acantilado, dos de los catálogos más impresionantes y variados, de las letras catalanas en el primer sello, y de las letras universales en el segundo. Vallcorba, profesor en diversas universidades (Lérida, Barcelona, Burdeos), experto en los trovadores y la ‘Chanson de Roland’ entre otros asuntos, llegó a la edición en 1979 cuando fundó Quaderns Crema; ahí publicó a Quim Monzó, Sergi Pàmies o al aragonés Francesc Serès, y a clásicos como Ausias March y a Josep V. Foix. En 1987 creó un sello en español, Sirmio, donde publicó a un joven autor como Javier Cercas, que resumía su tesis doctoral en el libro ‘La obra literaria de Gonzalo Suárez’. La editorial, pulcra, bellamente concebida, trabajada hasta el último detalle, pasó un tanto inadvertida. En 1999, ese aventurero de la lectura que siempre fue Jaume Vallcorba, decidió crear una nueva editorial, en cuyo exterior dominan dos colores, el rojo y el negro: Acantilado. El éxito no se haría esperar. Los libros eran, y son, preciosos, sugerentes, con personalidad. Acantilado nació con la vocación de perdurar: tanto como objeto físico cuanto por la calidad de sus contenidos. El editor no era muy partidario de entrar en la batalla libro digital versus libro de papel, pero tenía claro su afán: deseaba que sus volúmenes, impresos en un papel con ph neutro, durasen cinco o seis siglos.

Jaume Vallcorba era elitista y a la vez era honesto. Nunca quiso ser popular, pero sí juicioso, refinado, de amplio paladar intelectual. Sabía arriesgar (y se arriesgaba: solía decir que una de las claves de su oficio era perseverar) y tenía olfato. Más que importarle el éxito inmediato, le interesaban la labor de fondo, el rescate, el catálogo, la compañía en la que viaja cada escritor. Cultivaba la curiosidad y la intuición. Creía en los arrebatos del azar desde una premisa elemental: “editar es amar. La felicidad me visita cada vez que me llega, de las prensas, un nuevo libro en el que he trabajado”. Acantilado es un sello impresionante que está marcando una época. Vallcorba siempre fue un perfeccionista y esta editorial –de tantos frentes abiertos: estéticos, geográficos, temáticos…- es un buen ejemplo. Él fue de los primeros e introducir a todos los técnicos que intervenían en la realización de un libro, especialmente al departamento de ortotipografía, a los diseñadores. De Acantilado conmovieron muchas cosas: el diseño exterior, esa combinación perfecta de colores sobrios y elegantes, la caja y la puesta en página, y atrajo y atrae muy especialmente la nómina de autores y de libros. Vallcorba es un buscador de tesoros y de miradas.

En sus colecciones pueden verse distintas direcciones de trabajo: hay clásicos como Michel Montaigne con sus ‘Ensayos’, James Boswell y Eckermann, Chateaubriand y sus ‘Memorias de ultratumba’, presentados en dos volúmenes y en estuche, o los ‘Diarios’ de Leon Tósltoi, pongamos por caso. Está un enciclopedista de hoy como Marc Fumaroli. Aunque quizá uno de los autores de mayor éxito sea Stefan Zweig: sus memorias ‘El mundo de ayer’ es un libro conmovedor que explica el drama judío, el amargo destino de un hombre talentoso, el miedo y el impacto del exilio, y ha tenido impacto y ventas. Vallcorba recuperó, y aún recupera, muchos de sus libros, entre ellos ‘Castellio contra Calvino’, una hermosa defensa de Servet y la libertad de expresión, y también ha apostado por Kafka, Hermann Hesse, Apollinaire, Seferis y por Joseph Roth, el autor de ‘Leyenda del santo bebedor’.

Acantilado se ha preocupado de mirar hacia las literaturas de la Europa del Este, y se ha encontrado con figuras de la talla de Danilo Kis, Ivan Klíma, Adam Zagajewski o el húngaro Imre Kertész, al que le concedieron en Premio Nobel. También recuperó la obra del escritor y guionista norteamericano Budd Schulberg, ahí están sus memorias ‘De cine’ o novelas como ‘El desencantado’ y ‘La ley del silendio’; ha publicado dos volúmenes de relatos de Dino Buzatti y de Natalia Ginzburg, o un libro como ‘Para leer a Cervantes’ de uno de sus maestros: Martín Riquer. Otro de sus referentes fue el oscense José Manuel Blecua, editor de Francisco de Quevedo.

Lector de Italo Calvino y de Jorge Luis Borges, Jaume Vallcorba, poeta y crítico, se declaró en una ocasión un pesimista moderado. Apostó por jóvenes creadores como David Monteagudo, Berta Vias Mahou, Pablo Martín Sánchez, Andrés Neuman, Javier Vela y, entre los extranjeros, Peter Stamm, el escritor suizo que recibió el premio Cálamo. El fondo de Acantilado es tan deslumbrante que para algunos es la editorial ideal: siempre ofrece joyas, libros que habían pasado inadvertidos o que son casi trabajos de una vida, como sucede con algunas obras de Ramón Andrés, un sabio de la música, o de Rafael Argullol, como ‘Visión desde el fondo del mar’. Nunca le asustó publicar libros de mil páginas o más.  Su penúltimo sueño ha sido editar a Georges Simenon al completo.

A modo de balance de su oficio, dijo una vez: “Mi vida es entusiasmo, gusto y pasión”. Jaume Vallcorba moría el pasado sábado a consecuencia de un tumor cerebral. Perdió la partida de la vida, pero ganó la de la inmortalidad de las letras.

 

EL ANECDOTARIO

 

Aragón. Jaume Vallcorba, Premio a la Mejor Labor Editorial de 2002, ha estado muchas veces en Aragón. Vino con Javier Cercas a presentar a la librería Cálamo ‘Relatos reales’ y ‘El inquilino’; estuvo con Jorge Herralde cuando le editó ‘Opiniones mohicanas’, acudió algunas veces a la cena de los premios Cálamo y participó en los VI Encuentros Literarios de Albarracín, donde expuso las claves de su trabajo. En Acantilado, en los últimos tiempos, han aparecido varios autores aragoneses: Sandra Santana publicó ‘El laberinto de la palabra. Karl Kraus en la Viena de fin de siglo’ y la académica Aurora Egido acaba de ofrecerles a sus lectores ‘Bodas de Arte y de Ingenio. Estudios sobre Baltasar Gracián’, toda una suma de trabajos, de puntos de vista, de conocimiento, sensibilidad y de lucidez crítica en torno al autor de ‘El Criticón’. Si el catálogo de un editor es su mejor autorretrato, el de Jaume Vallcorba es poliédrico, fascinante, casi enigmático. Fue un sembrador de prodigios y de sensibilidades. 

 

*Este texto aparece hoy en Heraldo de Aragón. La foto es de Moliner, de EFE.

26/08/2014 11:09 Antón Castro Enlace permanente. Editoriales No hay comentarios. Comentar.

MORATHA Y MAJARENA EN LA MINA

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A PLENO SOL. El ilustrador Moratha y el guionista e historiador Luis Majarena, ambos darocenses, publican un curioso tebeo: ‘Mina romana. Cueva del Hierro’, que constituye un viaje en el tiempo y un elogio de ese personaje tan veraniego como el guía turístico

 

Viaje al corazón de la mina

 

Antón CASTRO

El cómic vive un buen momento. Casi todo se asimila mejor con dibujos, dinámicos y divertidos, y textos breves en un tebeo. Eso parecen pensar Luis Majarena, guionista y documentalista, y Moratha, dibujante, ambos darocenses. Majarena ha pasado de escribir artículos sesudos de divulgación histórica a realizar guiones de novela gráfica. Moratha, que ha creado personajes como el Porrero medieval, que ha hecho trabajos sobre Goya o Van Gogh o el tebeo ‘El Compromiso de Caspe’, «lleva más de veinte años dibujado mañana, tarde y noche», como le gusta decir. Ahora se han vuelto a reunir, no solo en las tertulias de su villa medieval, sino alrededor de un proyecto: ‘Mina romana. Cueva del Hierro’, que propone un viaje al corazón de esa gruta que está ubicada en el pequeño pueblo conquense de apenas 50 habitantes.

El cómic tiene algo de viaje en el tiempo y es un homenaje, lleno de guiños de humor y picardía, a los guías turísticos. El de aquí, Martín, posee un don: sabe fabular, enriquece sus historias con una atmósfera de cuento y cierra sus ficciones con un desenlace inesperado o sencillamente con una pregunta. Así, los turistas o viajeros, que pueden llevar un perro llamado Tigretón o estar inmersos en una relación de noviazgo o coqueteo amoroso, se quedan un tanto perplejos. Ese es el ardid que usa el guía turístico de este cómic, que les presenta a los espeleólogos, les muestra las estalactitas, mientras desgrana múltiples historias en el interior de una gruta de más de 200 metros, por la que han pasado 200.000 personas en los últimos años.

El dibujante y humorista Moratha señala: «La idea salió del alcalde del pueblo que también es uno de los promotores que hicieron de esa mina un lugar turístico. Estuvo en Soria y compró un cómic anterior nuestro: el de ‘Thurrakos’. Le gustó, le pareció que este método era una buena manera de promover la mina y nos encargó nuestro tebeo». ‘Thurrakos’  (Cornoque, 2012) era una historia de celtíberos que firmaron Morata y Majarena tras visitar Mara y Numancia y trabajar a lo largo de seis meses. El investigador Alex Hernaiz dice, a modo de prólogo, que la idea les rondaba por la cabeza desde que en el año 2000 «visitamos el Museo de la Minería de la Unión y allí nos hicimos como un ejemplar de un pequeño tebeo de cuatro páginas que resumía por orden cronológico la historia del pueblo y sus minas». Moratha ha hecho muchas más páginas que cuatro con su chispeante sentido del humor y su buen gusto por el color. Una pareja de turistas, más seria, exclama poco antes de entrar en la cueva: «Ahí tengo apuntadas más de mil preguntas para hacerle al guía».

El historiador y guionista Luis Majarena señala: «El guion lo hicimos después de visitar la Cueva del Hierro, en la que el guía explica las características generales. Esa explotación tiene una continuidad en el tiempo y nos planteamos imaginar los personajes que a lo largo de las distintas épocas pasaron por allí». Cuenta Majarena que los niños y los adultos del tebeo son inventados, pero los personajes y los sucesos históricos son reales. Agrega: «En todas las épocas hemos intentado reflejar la sociedad en la que se vivía, así que históricamente todos los sucesos están documentados –dice-. Pongo algunos ejemplos: el yerno del novelista Miguel de Cervantes tuvo una ferrería, el marqués de Urquijo obtuvo la explotación de los Altos Hornos de Beteta... Dicho eso, evidentemente las aventuras que pasan son noveladas y todo ello con un hilo conductor: ese pico que pasa generación tras generación». Y que aparece y reaparece en las distintas historias del tebeo.

Los autores, en páginas muy narrativas y con muchas viñetas, abordan la vida de los celtíberos y romanos, en términos de esclavitud y producción; la Edad Media, donde se cruza una historia de amor con el arte de fabricar espadas y con una batalla a punto de comenzar; la caída de la nobleza en la edad moderna, donde se incorpora una visita a la ferrería de Santa Cristina; hay alusiones al fuero de Cuenca, a los vagones, a la electrificación... «Todo eso está documentado y reflejado en el cómic. Tuvimos cuidado de los más pequeños detalles. He aquí un caso. Unos niños se van a bañar a la balsa de la ferrería porque tienen fiesta. No se podrían ir a bañar si las fiestas fueran en invierno, evidentemente», dice Majarena.

El libro ofrece muchos datos útiles: «Los mineros dejaban las rocas de cuarzo y caliza como pilastras naturales», apuntan los autores. Concluye Mejarana: «Por lo que respecta a los visitantes y los guías, cogimos arquetipos y los hemos ido actualizando. Durante años enseñé Daroca a bastantes grupos y gentes y me he inspirado en mi propia experiencia».

Cuando acaba la visita, una joven atractiva y moderna resume: «¡Qué hermosa ha sido la visita!».

el anecdotario

La ferrería. Era una antigua instalación siderúrgica o un pequeño horno donde se transformaba el mineral de hierro en metal. Su existencia se remonta a la prehistoria, como se dice en el cómic; la ferrería muere con los altos hornos a principios del siglo XX. En Aragón hubo siderurgias de monte e hidráulicas en Sierra Menera y Ojos Negros, en el Moncayo, en Albarracín, en Bielsa, por citar algunas localidades. Los autores explican, en cada secuencia histórica, el vínculo de la mina con la vida: «Este es el otro que chupa del hierro», dice un personaje en los tiempos de los romanos, poco antes de que se produzca un crimen. «Fui a por agua como cada mañana y me encontré al encargado muerto. Tenía clavado este pico», revela otro.

 

 

18/08/2014 20:06 Antón Castro Enlace permanente. Ilustradores No hay comentarios. Comentar.

LAUREN BACALL: HEROÍNA DE CINE NEGRO

[A PLENO SOL. Esta semana, tras el suicidio de Robin Williams, fallecía a los 89 años la intérprete de ‘Tener y no tener’ y ‘El sueño eterno’. Vivió doce años con Humphrey Bogart y ocho con Jason Robards. Encarnó la clase, la elegancia y el fulgor de Hollywood. Recibió el Oscar honorífico en 2009.]

 

 

Lauren Bacall

Una heroína de cine negro

 

Un retrato veraniega de una actriz que destacó en el cine de intriga, pero también en la comedia y el melodrama.

 

Antón CASTRO

Lauren Bacall (Nueva York, 1924-2014) era bella, diferente, distinguida, tenía unos ojos verdes y un rostro anguloso. Era fotogénica y todo un desafío para los fotógrafos. Sintió la llamada del cine y fue acomodadora de una pequeña sala y luego modelo. Estudió arte dramático y allí coincidió con un joven Kirk Douglas, de quien estuvo locamente enamorada, según ella; él, muy elegante, diría 60 años después: “intenté seducirla sin conseguirlo”. Diana Vreeland, la directora de arte de ‘Harper’s Bazaar’, vio algo especial en su rostro y en su cuerpo interminable, dibujado con leves curvas, airoso y plano de pecho. La eligió para la portada de la revista y allí iba a verla otra mujer audaz: Nancy ‘Slim’ Keith, la segunda esposa del director Howard Hawks; al parecer advirtió a su marido de que esa joven podía ser lo que andaba buscando. La llamó, la vio y la oyó: le disgustó su voz atiplada, nasal e imperfecta y se lo dijo.

Lauren, que había dejado de ver a su padre a los diez años, le pidió consejo a Hawks. Al cabo de dos semanas, tras muchos ensayos y una tenacidad que define su carácter y el tamaño de su ambición, acudió a verlo de nuevo. Parecía otra: usaba una voz ronca y sensual, penetrante, que no tardaría en convertirse en una de las más cautivadoras del cine negro. Hizo ‘Tener y no tener’ (1944) con Hawks, donde tendrá otro de los encuentros decisivos de su vida: su compañero de reparto era Humphrey Bogart, un cuarto de siglo más viejo que ella, infelizmente casado con su tercera esposa, Mayo Methot, víctima de la bebida, y uno de los mitos de Hollywood. Había química en el plató y fuera de él. Química, atracción irresistible, electricidad, fascinación recíproca. Y allí, tras una de esas miradas de abajo arriba que ya son leyenda, se hicieron amantes. Se casaron en mayo de 1945.

Durante doce años fueron una de las grandes parejas de Hollywood: realizaron otras tres películas inolvidables de atmósfera criminal: ‘El sueño eterno’ (1946), de Hawks, tan perturbadora y compleja que hasta los guionistas (entre ellos, el futuro Nobel William Faulkner) desconocían quién había matado a un personaje, ‘La senda tenebrosa’ (1947), de Dalmer Daves, y ‘Cayo Largo’ (1948), de John Huston. En ellas, la Flaca era un emblema femenino del cine negro: era distinguida, exhibía una perfecta caída de ojos y sabía caminar con un contoneo de caderas tan personal como sugerente. Solía encarnar personajes un tanto ambiguos, envueltos en pura intriga, desafiantes e independientes. Quizá pocas veces haya sido tan sofisticada una actriz con el cigarrillo en la mano o en la boca, y ella poseía un grandioso labio inferior.

Trabajó en otras películas: ‘Cómo casarse con un millonario’ (1953), una comedia de Jean Negulesco, ‘Mi desconfiada esposa’ (1957), de Vincent Minnelli, y ‘Escrito sobre el viento’ (1956), de Douglas Sirk, entre otros títulos. Ahí ensayó otros personajes en clave cómica o melodramática. Ensanchó su registro y afirmó su elegancia. Se ha dicho hasta la saciedad que renunció en parte a su carrera para vivir una gran pasión con Bogart, con quien tuvo dos hijos. Él enfermó de cáncer de pulmón y falleció en 1957. Luego tuvo una relación amorosa con Frank Sinatra, casado con Ava Gardner, que estuvo a punto de concluir en matrimonio. Al principio, la vivieron en secreto y con culpabilidad, pero luego el crooner y actor rechazó el compromiso secreto, cuando lo vio publicado en ‘The Examiner’. Pensó que la Flaca, a la que había invitado a firmar Betty Sinatra en un restaurante, se había ido de la lengua. Ella lo cuenta así en sus memorias: “Sinatra me salvó del completo desastre que habría sido nuestro matrimonio. Probablemente era más listo que yo: sabía que no funcionaría. Pero la verdad es que se comportó como un auténtico mierda. Era demasiado cobarde para contar la verdad: que había descubierto que era demasiado para él, que no podía manejarlo. Yo lo habría entendido (espero). (...) De todas formas, fue una especie de tragedia con final feliz. Después de un mal principio, ahora nos tratamos de forma amistosa. (...) siempre sentiré algo especial por él. Los buenos momentos que pasamos fueron tremendamente buenos”.

Lauren Bacall nunca volvió a ser la misma. Su carrera bajó algunos peldaños: siguió haciendo cine, se pasó al teatro a Broadway, donde triunfó plenamente, pero nunca se alejó de Hollywood. Se casó en 1961 con Jason Robards, que también sufría dependencia del alcohol, y alumbró a su tercer hijo. Se separaron al cabo de ocho años y poco a poco, sin volver a ocupar un puesto destacado, fue rehaciendo su vida y su trayectoria. En 1992 recibió el Premio Donostia, en 2009 el Oscar Honorífico, y colaboró con cineastas como Barbra Streisand, con ella hizo ‘La mujer de las dos caras’ (1996), por la que fue nominada al Oscar, con Robert Altman o el difícil Lars von Trier, en dos ocasiones.

“Ser viuda no es una profesión”, dijo una vez esta mujer con clase, gran sentido del humor y alguna que otra extravagancia: quiso llevarse un jamón entero para el Edificio Dakota con portes al Festival de Cine de San Sebastián y pidió, bien entrada la madrugada, una batidora para preparar sus medicamentos. Era demócrata, se posicionó frente a McCarthy y ‘la caza de brujas’ y era prima de Shimon Peres, presidente de Israel. Eso sí, encarnó el glamur, la sofisticación, la belleza asombrosa de una época, la delgadez más deseada. Era la penúltima diosa mortal de Hollywood.

 

EL ANECDOTARIO

Amor en Madrid. A Lauren Bacall le gustaba mucho España. Después de la muerte de Bogart y de la ruptura con Sinatra, tal como cuenta en su libro inédito aquí ‘Now’ (1994), vino a España con su amiga Nancy ‘Slim’ Keith. Se hospedaron en una suite del hotel Castellana Hilton, “con un dormitorio a cada lado”, y salieron a divertirse “a un gran local de flamenco de Madrid donde había algunos españoles desatados”. Uno de ellos –“joven y guapo, aunque no demasiado, muy agradable”, dice-, se encaprichó de ella e inició el acoso, que continuó en otro lugar. Cansada, Nancy se fue al hotel. Al cabo de un rato, el español “insistió en subir al ascensor conmigo, y en mi puerta insistió en entrar para tomar una copa más. Y entró. (...) Slim estaba sentada en la cama, leyendo, con la puerta entreabierta. Él me besó y tras un poco de roce amistoso pensé que era hora de que se fuera”. Pero no quiso irse. Lauren pidió ayuda a su amiga y le dijo: “¿Y ahora, qué hago?”. Su amiga contestó: “Hazlo”. Agrega Lauren: “Así que lo hice. (...) No creo que hubiera podido hacer algo así con nadie más”. No se sabe quién fue el afortunado.

 

-La 1 foto es de aquí: 

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/e2/Lauren_bacall_promo_photo.jpg

-La 2 foto es de aquí: 

http://31.media.tumblr.com/tumblr_maf2j9Gmwg1qbsbnoo1_500.jpg

17/08/2014 14:33 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

MARY PAZ: ARTE, LEYENDA Y DRAMA

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[A PLENO SOL. La increíble y breve historia de una bailarina, actriz y cantante que fue una de las estrellas de posguerra. Bailó con Raquel Meller y Concha Piquer, cantó con Lola Flores, actuó con Juan de Orduña. Murió a los 22 años y fue despedida por una multitud en Madrid.]

 

Mary Paz

La estrella interrumpida

 

ARCHIVO HERALDO & R. GÓMEZ GASCÓN

 

 

En la historia del espectáculo en Aragón hay figuras enigmáticas, de vida breve o escurridiza. Ejemplos de ello, muy distintos, serían la actriz de cine mudo Ino Alcubierre, la actriz, guionista y productora Natividad Zaro o la actriz, cantante y bailarina María Paz Gascón (Zaragoza, 1923-Madrid, 1946), que fue conocida como Mary Paz y que fue elogiada por figuras de su época como Rafael de León, que sentía debilidad por su modo de cantar, por Tomás Borrás, que le dedicó una intensa necrológica, casi de enamorado, en ‘ABC’ a los tres días de su muerte, el 15 de marzo («Bailó sin ruido y sin mover el aire (...) Bailarina en fuga de la vida que ejecutaba su simulacro de ascender», decía) o Melchor Fernández Almagro, gran amigo de Lorca, entre otros. Falleció, a consecuencia de una septicemia, tras una urticaria que cogió en Granada por comer marisco en mal estado, cuando tenía poco más de 22 años. Las gentes la encumbraron y la colocaron al lado de bailarinas como Marienma, Encarnación López ‘la Argentinita’ o Antonia Mercé ‘la Argentina’, entre otras.

Fue una niña prodigio. A los cinco años se presentó en el Teatro Parisiana, cantó ‘Ramona’ y bailó un charlestón. Allí volvería a actuar con uno de los espectáculos que Concha Piquer paseó por España en la inmediata posguerra. El crítico de HERALDO, tal como contaba Pedro Zapater en un artículo evocador publicado en 2012, decía: «Mari Paz, casi una niña, no es una promesa. Es realidad de una danzarina excepcional».  En 1933, según señala uno de sus mejores estudiosos, Javier Barreiro, ya estaba con su familia en Barcelona y tomó clases de danza con Pauleta Pamies. La guerra civil española cogió a los Gascón en Madrid. Actuó en el Teatro de la Zarzuela en vísperas de la contienda y luego participó en un festival organizado por la CNT, con grandes figuras del momento como Estrellita Castro, Pastora Imperio y Miguel de Molina. En retaguardia, melancólica y sacrificada, trabajó sus cualidades tanto en danza española como clásica. Igual bailaba piezas de León, Quiroga y Quintero que escenificaba obras de compositores como Beethoven, Chopin o Granados.

Sería su paisana turiasonense Raquel Meller quien la incorporase a su elenco. Y de ahí dio el salto al cine cuando la vio Carlos Fernández Cuenca, que se prendó de su encanto personal. Terciopelo, fotogenia y dulzura. Era bella y garbosa, y la hizo debutar en una película un tanto atípica: ‘Leyenda rota’ (1939). Trabajó con Juan de Orduña, que luego se convertiría en uno de los directores más famosos y versátiles del régimen; hacía de joven francesa a la que gustaba la canción española. El propio Orduña la reclamó para ‘Suite granadina’ (1940), donde mostraba su ligereza y su elegancia de bailarina en un trabajo sobre las fuentes de Granada, basado en los versos de Villaespesa. Más tarde, el violinista y director de orquesta, y cineasta ocasional, Rafael Martínez del Castillo, hermano del director Florián Rey y de Guadalupe Martínez, arreglista de jotas y canciones para el cine, contó con ella para otro cortometraje musical: ‘No te mires en el río’ (1941), donde bailaba sobre un fondo de bulerías. Aún haría otra película más, ‘El triunfo del amor’ (1943) de Manuel Blay; lució su hermosa y bien timbrada voz. Encarnaba a una cantante de éxito casada con un boxeador.

Al parecer era una mujer (de «penumbroso gesto elegante», según Borrás) con muchas cualidades artísticas, capaz de realizar escenografías e inventar números musicales. Iría labrando su fama en espectáculos mixtos en las compañías de Raquel Meller, de Concha Piquer y más tarde en varios espectáculos dirigidos por Quintero, León y Quiroga: en 1942, lideró ‘Cabalgata’, donde Lola Flores cantó ‘El lerele’; al año siguiente, fue la principal figura de ‘Arte español’, y el año de su adiós estrenó ‘Cancionero’ en el Teatro Reina Victoria, en el que bailaba ‘Gloria a la petenera’. En ese número premonitorio moría y el pueblo, representado por cantantes y bailarines, la llevaba en hombros a la tumba. Barreiro, en su libro ‘Voces de Aragón’ (Ibercaja, 2004), dice: «La gente lloraba y aplaudía de pie. Como al poco se produjo su prematura muerte, muchas artistas corroboran la fama del mal fario de la petenera y se enconaron en su negativa a interpretarla». En la red hay páginas dedicadas a este mito y a esa superstición tan de la época. Cantó ante Franco en la Granja de San Ildefonso de Segovia y en el palacio de Oriente de Madrid.

María Paz Gascón Cornago, una de las mujeres más talentosas del espectáculo en España, moría en su casa de la calle Santa Isabel y sería trasladada al cementerio de la Almudena a hombros, en medio de una multitud. Se le hizo un mausoleo por suscripción popular, que contó con la generosidad añadida de Celia Gámez: organizó una función para recaudar fondos a los tres meses de su óbito. Mary Paz estaba llena de proyectos: preparaba una gira por Latinoamérica e iba a ser la protagonista de ‘Lola se va a los puertos’ (1947) del propio Orduña, donde la reemplazaría Juanita Reina. Tomás Borrás cerraba así su poético e intenso artículo de página tres de ABC: «No pisó, resbalaba».

 

el anecdotario

 

Las cosas del querer. Fue de las primeras intérpretes de la canción ‘Las cosas del querer’, que muchos años después inspiraría a Jaime Chávarri dos películas, en 1989 y 1995, con Ángela Molina y Manuel Bandera. Debía ser pura melodía. Dice Borrás: «María Paz (sic) era, como la melodía del oboe, miel y dulzura de melodía de sentimientos».

Amor. No se le conocieron amores, salvo un joven y fugaz militar. Barreiro recoge una leyenda: se dijo que había muerto por un aborto clandestino que se le había practicado; al parecer se habría quedado embarazada de un obispo con el que mantenía relaciones. Él mismo lo desmiente así: «aunque tal tipo de episodio no era insólito en la vida de los artistas, en este caso no responde a la verdad».

 

17/08/2014 00:45 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

EL NIÑO QUE QUISO VOLAR

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[A PLENO SOL. ‘El Principito’ es uno de los libros más singulares de la literatura. Su autor lo redactó en Nueva York en 1943; apenas un año después, en Marsella, era derribado por la aviación alemana. Han pasado 70 años. Peter Sís le dedica un libro ilustrado magistral al piloto y escritor.]

 

 

Saint-Exupéry

El niño que quiso volar

 

Antón CASTRO

Érase una vez un niño que nació en 1900, en Lyon, Francia, en un tiempo en que el hombre soñaba con volar y empezaba a hacer sus primeros aviones. Se llamaba Antoine, tenía tres hermanos y se quedó huérfano de padre a los cuatro años. Era tan soñador como aventurero. Le gustaba leer, viajar con la imaginación, escuchar historias y adentrarse en los castillos. Quería ser piloto. Tenía el pelo rubio y su familia –que pertenecía a la nobleza: sus padres eran condes- lo llamaba el Rey del Sol. Adquirió un hábito infrecuente: despertaba a los suyos para leerles sus últimos poemas.

Muy pronto quiso fabricar su propia nave; como había hecho Clement Ader, que había construido un avión a vapor en 1890, se alzó del suelo pero no voló; como harían Orville y Wilbur Wright en Carolina del Norte en 1903. O Louis Blérito en 1909, que «fue el primero en volar de Francia a Inglaterra». Le gustaba mucho la bicicleta; con doce años, le añadió unas sábanas sujetas con varas de mimbre para que se elevase, sin fortuna. No le importó: tarde o temprano sería piloto. Casi todos los días iba pedaleando hasta el aeródromo donde se probaban los aparatos. Un día un joven piloto lo dejó ir en su aeroplano. Se dio cuenta de que le encantaba el cielo, sería un coleccionista de estrellas, y que le gustaba mucho mirar abajo. Dicen que Antoine no pensaba más que en volar.

Se matriculó en Arquitectura, pidió que lo mandasen a aviación en el servicio militar, pero no lo logró. Su madre acabó pagándole clases particulares con instructores de vuelo para aprender a pilotar (surcará el aire en un Farman F-40 y en un Soptwith), y antes de conseguir su primer trabajo de mecánico en una empresa de correo aéreo, viviría diversas peripecias: se estrellaría en mayo de 1923 con un compañero, y saldría ileso, y llevaría pasajeros que querían gozar de una vista panorámica e inolvidable de París. Era feliz. Y lo sería más cuando un editor oyó sus aventuras y le pidió que las escribiera: así nacería su primer libro, ‘El aviador’ (1925), al que seguirían otros como ‘Correo del Sur’, ‘Vuelo nocturno’, ‘Piloto de guerra’, ‘Ciudadela’, etc., por los que recibió importantes galardones.

Después de trabajar de mecánico asumiría un hermoso cometido: transportar, en solitario, el correo de Francia a España. Luego también lo haría por casi toda Europa y por parte de África Occidental. Sus sueños empezaban a cumplirse con un sinfín de anécdotas, de accidentes, de viajes temerarios y de aterrizajes forzosos, como el que sufrió en el Sáhara, con un compañero: anduvieron por el desierto unos días, víctimas de las alucinaciones, hasta que los encontraron los beduinos. En realidad, ya entonces vivía de milagro. Uno de los episodios más fascinantes de su biografía lo vivió en el aeródromo de Cabo Juby (al sur de Marruecos, en el Sáhara occidental), del que era responsable: habitaba una choza de madera, se rodeó de animales salvajes que domesticaba y convertía en sus mascotas. Tenía una jarra, una palangana, bastantes libros y un gramófono. Una vez al mes recibía provisiones de Canarias y rescataba a aviadores que habían sido derribados. Por su sentido de la conciliación, lo llamaban Capitán de los pájaros.

Así, en forma de cuento, el escritor, cineasta y dibujante Peter Sís (Brno, Checoslovaquia, 1949) aborda ‘El piloto y el Principito. La vida de Antoine de Saint-Exupéry’ (Sexto Piso. Traducción de Raquel Vicedo), que tiene diversos niveles de lectura: uno, sencillo, para los más pequeños, y otro, lleno de matices y de curiosidades, para todos los públicos. Lo que impresiona es la parte gráfica o visual: la puesta en escena, los cielos estrellados, los desiertos, los mapas del mundo, los objetos, la soledad de los accidentes, la superficie esmeralda del mar o el modo de explicar cómo su avión planea por un cielo de fuego mientras abajo avanzan los bombarderos nazis. Exúpery también estuvo en la guerra civil española.

Peter Sís, que recibió el premio Hans Christian Andersen de 2012 y firmó en Sexto Piso el ‘El coloquio de los pájaros’ (2012), nos recuerda en pequeños dibujos de contexto la trayectoria de Saint-Exupéry, la letra menuda de una vida apasionante, sus amigos (especialmente Guillaumet y Leon Werth, a quien le dedicará ‘El Principito’), las dificultades que tenía para acomodarse en la cabina, donde escribía y leía, porque medía 1.88, y nos dice que se casó con la escritora y pintora Consuelo Gómez Carrillo (1901-1979), en 1931; sería ella quien le inspiraría la rosa de ‘El Principito’.

Ese libro se publicó en abril de 1943, en francés e inglés. Lo redactó en un tiempo de crisis (en su país habían sido cuestionados su amor a Francia y su valentía por el propio De Gaulle) y ha vendido más de 145 millones de ejemplares. Peter Sís dice: «Compró una pequeña caja de acuarelas y empezó a trabajar en un libro ilustrado sobre un niño de pelo dorado». Desapareció un 31 de julio de 1944, tras despegar de Borgo (Córcega) en un Lockheed P-38 Lightning, con el fin de controlar las posiciones de los nazis, que habían invadido su país en 1940. Peter Sís concluye: «Era un hermoso día (...) Puede que Antoine encontrara su propio planeta reluciente cerca de las estrellas». Han pasado 70 años y era, como ahora, verano.

 

el anecdotario

Olé tus libros. La vida de Saint-Exúpery sigue envuelta en la leyenda. Varias personas, desde 1998 hasta ahora, hallaron pertenencias del escritor y del avión que pilotaba en Marsella. Incluso ha habido varios militares (como Robert Heichele y Horst Ripper) que han dicho que lo habían derribado. En cualquier caso, ‘El Principito’ es uno de esos libros especiales que busca respuestas, que habla del sueño y de la imaginación, del amor y de la amistad y que sigue conquistando lectores. En Zaragoza existe una librería, Olé tus libros, cuyos dueños, María Jesús y Víctor, sienten auténtica veneración por el volumen. Tienen ejemplares en todos los idiomas. Han hecho una nueva edición en formato cuadrado y le han encargado las ilustraciones a Juan Bauty, que ha hecho interpretación muy personal, con mucho color.

 

 

*Ilustración de Peter Sís. El texto se publica hoy en Heraldo de Aragón.

 

15/08/2014 13:01 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

DONOSO, WACQUEZ, AYÉN Y EL BOOM

[A PLENO SOL. Xavi Ayén (Barcelona, 1969) ha publicado uno de los libros del verano: ‘Aquellos años del boom’ (RBA. Pemio Gaziel, 2013), donde narra las conexiones de autores como García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa con Barcelona, pero también con la localidad turolense, donde vivió y creó José Donoso.]

 

 

Donoso en la ONU de Calaceite

 

Sergio Vila-Sanjuán, escritor y crítico especializado en novela negra y best-seller, asegura que ‘Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo’ (RBA, 2014) de Xavi Ayén (Barcelona, 1969) es “el mejor libro de periodismo cultural que se ha escrito en España”. Sabe bien de lo que habla el premio Nadal-2012 y director de ‘Culturas’ de ‘La Vanguardia’: entre otras cosas fue alumno de aquellos talleres literarios, muy creativos y de mucho debate, que impartía José Donoso en Sitges en los años 70, poco después de haber vivido en Calaceite. A los años de Calaceite dedica Xavi Ayén un intenso capítulo sobre las ramificaciones del Boom –eso que se conoce como la explosión universal de las letras latinoamericanas y del realismo mágico a través de figuras como Borges, Rulfo, Cortázar, Sábato, García Márquez, Vargas Llosa...- en la localidad del Matarraña: allí vivió y escribió casi cuatro años, entre 1971y 1975, el autor de ‘Tres novelitas burguesas’, ‘Casa de campo’ y ‘El obsceno pájaro de la noche’ con su mujer María Pilar Serrano y allí viviría años después, y moriría de sida, el escritor y traductor Mauricio Wacquez, todo un personaje, como se ve en el capítulo ‘José Donoso y el jardín de la neurosis’.

De Vargas Llosa, “su gran amigo barcelonés”, es una frase antológica: “Donoso cultivaba su neurosis como otros cultivaban su jardín. Diría, asimismo, que su mujer también se dedicaba a abonar las neurosis de su marido”. Ayén, entre otros datos, dice que el novelista es “ciclotímico abrupto” y los Donoso son “enfermos pero también hipocondríacos (...) El punto débil de José era el estómago y el de María Pilar era el útero (...) La úlcera del escritor ha venido martirizándolo desde finales de los años cincuenta”. Ella intentará apoyarse en Mercedes Barcha, la esposa de García Márquez, para acudir a los médicos; él se alía con la agente literaria Carmen Balcells, de la que siempre recelaba. Quizá aquí conviene recordar una frase de Rosa Regàs: “Donoso era torturado, como sus novelas”.

Si algo queda claro en este libro minucioso, lleno de detalles, de personajes, de títulos y de incidencias humanas y literarias, es que José Donoso (1924-1996), que había dado clases en Estados Unidos, es uno de sus personajes más complejos: complejo, atormentado, acaso postergado, invadido de demonios, y uno de ellos era, sin duda, su homosexualidad. De esa pulsión, que se había revelado en varias ocasiones, derivada una sensación de dolor, de desgarro y de clandestinidad; en sus diarios habla de ello y Ayén dice que le contó a su esposa sus inclinaciones antes de casarse.

Escribe el periodista y crítico: “Un día de 1971 Donoso se desplazó por primera vez al ignoto pueblo de Calaceite, en la comarca aragonesa del Matarraña, fronteriza entre Teruel y Tarragona. Iba a visitar a su traductor al francés, el elegante y acaudalado Didier Coste, quien trabajaba para Gallimard”. Donoso quería comentarle algunas dudas de su novela ‘El obsceno pájaro de la noche’ (1970); el novelista iría varias veces a la localidad, “entre viñas y olivares, “de casas de piedra, congelado en el siglo XVII”. Y, junto a Didier Coste, que lleva una cuidada barba de pocos días y luce pajarita, acabará enamorándose del pueblo”.

Donoso y su mujer compraron tres casas por 100.000 pesetas (600 euros), “ruinosas y contiguas”, y se instalaron allí, donde vivirían entre 1972 y 1976 porque reducían sus gastos a “una décima parte”. Dice Ayén: “El jefe de obras es el alemán afincado en el pueblo Klaus Wagner, que también reconstruirá más tarde las casas de la periodista Elsa Arana y del escritor Mauricio Wacquez”. Ayén cuenta otros detalles como algunos recelos “entre carpetovetónicos y xenófobos” que padeció Donoso. Lo eligieron un año pregonero de las fieras de Santa Espina y fue insultado por algunos paisanos: tuvo que oír “comunista”, “rojo” y “lárgate”, entre otras lindezas, y se hablaba de que era enemigo de Pinochet. Entre sus amigos se hizo famosa su casa, y especialmente su jardín. Donoso atrajo a los medios de comunicación al lugar que se convertiría muy pronto en “el Cadaqués de secano” y otros intelectuales y artistas empezaron a comprar casas allí. En sus diversas hornadas, Ayén recuerda al grafista suizo Yves Zimmermann y su esposa Vigna Kuoni, a Luis Buñuel, que iba mucho e intentó adaptar la novela de Donoso ‘El lugar sin límites’, al poeta y editor Antoni Marí, a los pintores Ràfols-Casamada y María Girona, a la historiadora del arte Natacha Seseña, al editor Gustavo Gili y por supuesto a los poetas y profesores Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate. El “bullicio cosmopolita” acentuaba los rumores: Calaceite parecía la ONU, como dijo un vecino. “Se recuerda –dice Xavi Ayén- el paso por el pueblo del actor Pablo Rabal y de Carlos Fuentes, Juan Benet, Luis Goytisolo, Carlos Barral (su prima, la pianista Isabel Rocha Barral, también cuenta con casa allí), Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Luis Rosales, Ana María Moix, Colita...” No figura en esta enumeración Vargas Llosa, pero sus hijos también iban y María Pilar Donoso jugaban con ellos y “hasta bromeaba con casarse, de mayor, con algunos de ellos”.

En la pareja Donoso-Serrano y Pilarcita había demasiadas sombras, como contó la joven en su novela ‘Correr el tupido velo’ (Alfaguara, 2010), donde desveló muchos secretos de familia y la tensión entre sus padres. El libro le costó el divorcio y finalmente el suicidio. Al parecer, José Donoso regresó a Calaceite en 1996 a casa de Mauricio Wacquez, de quien había estado enamorado al menos platónicamente. Ayén dice que “le recuerdan andando despacito, arrastrando los pies, con la cara blanca como la cera y su figura de extrema delgadez”. Poco después moriría “el personaje más trágico del boom”.

 

EL ANECDOTARIO

 

Memoria de Wacquez. Para Xavi Ayén, el escritor y traductor Mauricio Wacquez (1939-2000) fue la otra gran figura de Calaceite. Un hombre histriónico, vitalista, arrollador, que vivía con su compañero Francesc, químico, que murió mientras enterraban al autor chileno. Ambos fallecieron de sida, como recuerda Ayén en su excepcional trabajo de 876 páginas. Natacha Seseña dice que gesticulaba como Dalí, que era muy aparatoso. Y el Premio Cervantes Jorge Edwards, que frecuentó la localidad, dice: “Frente a la austeridad donosiana, a su mueca de duda, a su sentido de los límites, Wacquez representaba el sentido de la alegría, la euforia contagiosa, una risa que estallaba y que parecía que se desgranaba escaleras abajo por gradas de piedra redondeadas en inviernos interminables”.

-La foto 1: http://i1.ytimg.com/vi/IN3RZzAPNs8/0.jpg

-La foto 2: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/TIEMPOS-FELICES-SONRISA-ARROPAN-ADOPTADO_CLAIMA20120312_0217_4.jpg

-La foto 3: http://sintierra.files.wordpress.com/2007/09/wacquez.jpg

14/08/2014 11:13 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

MORRISON O LA REBELIÓN DEL ROCK

A PLENO SOL. La vida y la muerte del Rey Lagarto, el líder de Los Doors, es un misterio. Hace poco, en el mensual londinense ‘Mojo’, la cantante Marianne Faithfull revelaba que su novio Jean Breteuil le había servido la heroína que acabó con su existencia. Quizá sea una revelación ociosa y a destiempo acerca de un mito irreductible.

 Puede verse aquí:

 http://www.heraldo.es/noticias/ocio_cultura/2014/08/13/jim_morrison_rebelion_del_rock_304537_1361024.html

 

Jim Morrison o la rebelión del rock

 

Jim Morrison, el Rey Lagarto, uno de los grandes mitos del rock del siglo XX en 1927. JOEL BRODSKY

 

 

“Soy el hombre de la libertad. Esa es toda la fortuna que tengo”. James Douglas Morrison (Melbourne, Estados Unidos, 1943- París, 1971) fue un hombre ingenioso, de frases inspiradas, que llegó al rock para cambiarlo y para hacer una doble revolución: la suya propia y la de las masas. Y en ese proceso, breve, de poco más de seis años y un buen puñado de canciones, descubrió el laberinto de la autodestrucción. Fue muchas cosas: un cantante, un conquistador, un provocador de la política y el sexo, un poeta y un líder de la juventud, y fue el Rey Lagarto. James Douglas Morrison fue muy aficionado a los mitos, a la fantasía, a los símbolos: le apasionaban poetas como Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, a quienes rindió homenaje en sus temas, admiraba a los indios y se sintió un chamán.

Su existencia es un paseo por la brillantez, la excentricidad y el desgarro. Y su muerte sigue dando que hablar: es la culminación de un destino anunciado y quizá de una desesperación creciente. Fue, como los grandes divos del rock, hosco, seductor, provocador, rebelde y genial. Lo encontraron en la bañera de su apartamento; dicen que fue víctima de un infarto tras haber consumido alcohol; otros dicen que murió por sobredosis de heroína y otros sospechan que desapareció -en una de sus múltiples metamorfosis- y que andará por ahí. Estos días Marianne Faithfull ha dicho que seguramente sería su novio de entonces, Jean de Breteuil, un ‘camello’ aristócrata, quien le habría vendido una dosis mortal de heroína y por lo tanto habría provocado, accidentalmente, su fin.

Su padre era almirante de la marina y por eso tuvo una infancia nómada. Pintaba, dibujaba y pasaba muy buenos momentos en la biblioteca de su abuela. Era muy brillante. Estudió en la Universidad de Florida y se matriculó en cine en la UCLA, Los Ángeles, donde coincidió con Francis Ford Coppola. Cuando se licenció, según ha contado su padre, no pidió un coche como la mayoría de sus compañeros, sino las obras completas de Nietzsche. Se instaló en Venice Beach porque quería dedicarse a la escritura y quizá quería probarse en el amor, en el sexo y en las drogas. Él mismo contó que en un verano inolvidable y decisivo descubrió el poder de la música. Escuchó muchos temas, intentó aprendérselos de memoria y luego, en un país dominado por el country y el blues, se aficionó a Elvis Presley, que sería su auténtico dios, y también a Frank Sinatra. Un día, su amigo Ray Mandarek, que había estudiado con él y era teclista, le oyó recitar uno de sus poemas, ‘Moonlight Drive’. “Nunca había oído versos de una canción de rock como esta antes. Hablamos un poco antes de decidir tener un grupo juntos y hacer millones de dólares”, recordaría Manzarek, que falleció el pasado año. En 1965, con Ray y con Jim, que apenas había cantado en su vida, nació The Doors. Tomaban el nombre de un poema de William Blake. Se les unieron Robby Krieger, guitarrista, y John Densmore, a la batería.

Al principio tocaron en bares, en pequeñas salas, pero los éxitos no tardarían en llegar. Los Doors, sobre todo a través de su líder tan carismático, eran conscientes de que los tiempos estaban cambiando: se desarrollaban las culturas hippie y underground (Jim adoró a Kerouac), empezaban a sonar figuras como Jimi Hendrix y Janis Joplin y una formación como Pink Floyd, Los Beatles y Los Rollings conquistaban a los jóvenes y el mundo se debatía en numerosos conflictos. Nacían los grandes festivales de música. Los Doors publicaron su primer disco el cuatro de enero de 1967, con el título del grupo, y el mundo empezó a estremecerse. Morrison, bello y seductor, procaz y maldito, rompía corazones, animaba orgasmos y agitaba conciencias. Ahí estaban canciones como ‘Light my Fire’ o ‘The End’, que sufrió alguna censura y fue un pieza mítica, como lo serían ‘Riders on the Storm’, para muchos su mejor canción.

Por cierto, John Densmore tituló así sus memorias, ‘Jinetes en la tormenta’ (Grijalbo, 1991) y confiesa: “A mí me encantaba su forma de cantar”. El locutor de la Cadena Ser Pedro Elías dice a HERALDO: “Siempre me ha parecido exagerada la veneración hacia su persona, desmesurada tras su muerte. La única canción de Los Doors que me sigue alucinando como el primer día es esa, quizá una de las más atípicas de su repertorio”. La evolución de Morrison es realmente compleja: coqueteó siempre con algunas drogas (el peyote, la marihuana, el LSD), bebía mucho (por necesidad y por estética vital) y su puesta en escena se complicó. Fue arrestado en algunas ocasiones, acusado de obscenidad y de promover la revolución. Su “amor cósmico” y tortuoso fue Pamela Courson.

“Cuando se dio cuenta de que se había convertido en un Dionisos adorado y que sus esfuerzos por ser considerado artista (y poeta) serio se limitaban al morbo que provocaban  sus descomunales borracheras y las vergonzosas tanganas que surgían en sus conciertos para horror de sus (excelentes) compañeros,  decidió destruirse físicamente. Engordó hasta la obesidad mórbida, grabó uno de los mejores discos de la época, ‘L. A. Woman’ y se marchó a París decidido a no volver jamás con Los Doors y escribir poesía”, explica el crítico musical Juanjo Blasco, y agrega: “Lo cumplió”. Un día, Morrison había escrito: “El futuro es incierto y el final siempre está más cerca”.

 

 

EL ANECDOTARIO

 

El poeta. Dice Juanjo Blasco Panamá: «Tengo la sospecha de que a Morrison, al igual que a Jimi Hendrix, se le ha escuchado menos de lo que se dice. Se conoce la figura, los escándalos, la estética, pero yo creo que una de las claves radica en su poesía. Posee una poética espesa, visionaria, llena de imágenes y sensaciones, propia de la época pero rompedora. Una celebración de la pasión, de la vida y de la muerte. Un brujo. Siempre quiso eso: el espectáculo total, la unión con el cosmos, de ahí su famoso grito en las actuaciones: “¡Queremos el mundo y lo queremos ahora!”». Jim Morrison publicó dos poemarios en vida y luego se editó su lírica completa.

 

 

La bestia. “Me sentía como un animal enorme. Una bestia grande. Cuando caminaba por los pasillos, sentía que podía derribar a cualquiera que se me cruzase. Es terrible ser delgado y frágil porque hasta el viento te puede echar abajo. Lo gordo es hermoso”. Lo decía alguien que se había preguntado en una entrevista para ‘Rolling Stone’: “¿Hay algo peor que una mala foto?”.

 

13/08/2014 13:48 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

FERRER LERÍN EN JACA Y CANFRANC

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El próximo miércoles 13 de agosto, a las 20:30 horas, y dentro de las actividades de la XV Feria del Libro de Jaca, tendrá lugar, en el Salón de Ciento del Ayuntamiento, la conferencia «Memoria de los sueños en Mansa chatarra de Francisco Ferrer Lerín». Junto al autor intervendrán Antonio Armisén (Universidad de Zaragoza) y José Luis Falcó (Universidad de Valencia).


Un día después, el jueves, 14 de agosto, de 12:00 a 14:00 horas, Francisco Ferrer Lerín firmará ejemplares del libro Mansa chatarra en la caseta de la Biblioteca (XV Feria del Libro de Jaca).

Y el sábado 16, a las 18:00 horas, presentación de Mansa chatarra en la Biblioteca Pública Municipal de Canfranc. El autor estará acompañado por José Luis Falcó, responsable de la selección y prólogo del libro, y por la editorial Jekyll & Jill.

*Los editores de Jekyll & Jill me envían esta nota de la Feria de Jaca y de Canfranc. El pasado domingo formaban para de una amplia selección de editores de tres o cuatro generaciones elegidos por el suplemento dominical de 'El País': desde Beatriz de Moura y Jorge Herralde hasta los más jóvenes, entre los que se encuentran. La foto de Ferrer Lerín es de Vicente Almazán y está tomada en el balneario de Jaraba.
12/08/2014 17:56 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

VIDA Y FICCIONES DE ÁNGEL FUENTES

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A PLENO SOL. Licenciado en Filología Hispánica y uno de los grandes maestros europeos de la restauración y de la conservación de patrimonio fotográfico, fallecía el pasado mes de junio. Ahora se publican los textos de uno de sus blogs más creativos: ‘Las pupilas del espejo’.

 

Ángel Fuentes, vida y ficciones

del protector de la foto antigua

 

 

Antón CASTRO

Ángel Fuentes de Cía (Pamplona, 1955-Zaragoza, 2014) ha sido un personaje un tanto inabarcable. Tenía alma de enciclopedista y en él se mezclaban a la perfección las palabras conocimiento, cultura, pasión y entrega. Fallecía el pasado ocho de junio en Zaragoza, la ciudad que lo había acogido desde 1973, cuando vino a estudiar Filología Hispánica. No tardaría en descubrir la fotografía, que ha sido una de las razones de su vida, con Gonzalo Bullón de maestro e incitador y con Ángel Carrera, entre otros, como compañero de viaje, al que se sumarían de diversos modos otros profesionales de Aragón como Julio Álvarez, Enrique Carbó o su esposa Cuca Pueyo.

Con ellos trabajó en la recuperación y exhibición de fotógrafos aragoneses como Ricardo Compairé, Ramón y Cajal, Jalón Ángel, Juan Mora Insa, los hermanos Faci, etc. Algunos de ellos fueron los primeros nombres de un aprendizaje que lo convertirían en una figura indiscutible de la restauración y conservación de fotos antiguas. El fotógrafo Ángel Carrera recordaba hace poco: “Los grandes maestros relacionados con la conservación y restauración fotográfica los tuvo en Rochester, Nueva York, cuando fue becado por la Diputación de Zaragoza para ampliar estudios, especialmente Grant Romer, conservador de la Eastman House, que fue también quien le introdujo en la masonería. Ángel Fuentes ha sido el mejor restaurador fotográfico en España y me atrevería a decir que uno de los mejores de Europa. Ha formado prácticamente a todos los conservadores y restauradores que actualmente hay en activo en España e Hispanoamérica”.

Al cabo de unos cuantos años, tras su estancia en Nueva York y Canadá, Ángel Fuentes se convertiría en un profesional reconocido, admirado y elogiado por doquier. Ha coordinado seminarios, ha dirigidos múltiples proyectos públicos y privados y ha impartido 300 cursillos. Era divertido, sabio, ingenioso, iconoclasta, de verbo fácil y envolvente; en cada una de sus charlas o talleres se acumulaban las anécdotas, las historias de fotógrafos y de fotografía, o los instantes de una existencia apasionada y tumultuosa. Ángel, entusiasta del rocanrol y de la poesía, recordaba que se pasó varias horas con su ídolo Leonard Cohen hablando de todo y de nada y fumando cigarrillos sin parar. Admiraba a Bob Dylan, a Lou Reed, a Janis Joplin, a King Crimson, uno de los grandes del rock sinfónico (llega a sugerir un cambio de letra en su canción ‘Epitafio’), a Van Morrison o al poeta Arthur Rimbaud, que era uno de sus dioses particulares.

Hace unos días, uno de sus mejores amigos, el médico, fotógrafo y masón Ricardo Falcón anunciaba otra faceta de Fuentes: su pasión por la literatura y, muy especialmente, por la escritura de ficción. Fuentes mantenía varios blogs, y de uno de ellos, ‘Las pupilas del espejo’, ha salido un libro del mismo título, que publica R. L. Santiago Ramón y Cajal nª 35 de Zaragoza, la logia masónica a la que pertenecía desde principios de los 90. Ese blog es un diario que comenzó en 2008 y que continuó hasta 2014. La selección de textos, que ha llevado a cabo Antonio Lacueva, se cierra con un artículo que publicó en HERALDO el pasado febrero, centrado en ‘El origen de la fotografía y la masonería’.

En el libro hay un poco de todo: diálogos nocturnos con el silencio y las estrellas, cuentos más o menos alegóricos, pensamientos, aforismos, confesiones, declaraciones de amor a la amada y poemas, a los que a menudo titula ‘haikus’, aunque no lo sean en un sentido estricto: “Pieles que se encuentran, / el roce nos comprime / y nos dilata”, escribe. O “Cambio de año; / por el amor al árbol, /podo sus ramas”. Todo ello ilustrado con arte oriental, fotos antiguas, dibujos y objetos simbólicos. Glosa un poema de Paul Éluard, el primer marido de Gala, y anota: “No imagino un cielo con una sola estrella; aprendí de los desiertos del norte de África que el viento une y separa los granos de arena, que por ello el desierto no cambia en su esencia, ni se duele. Todas las vidas están en mí”. El cielo también le subyuga en una noche íntima de Valparaíso.

Quizá uno de los momentos más emotivos sea esta texto autobiográfico: “Mi adolescencia, tenía 13 en el 68, fue mecida por Hesse y por Vian, por Whitman y Felipe, por Ucello y Van Gogh, por Hölderlin, De Quincey, Borges y Welles, por la mano izquierda de Hendrix, las hortensias de Casadios, los 113 gramos de las latas de Twinnings y por la rotunda imposibilidad de habitar las certezas. Así ha sido desde entonces; vivir para esquejar la duda y cultivarla. Saber que no podré saberte, excede a mi nihilismo”, anota.

El propio autor, que firma como Bartolomeo Malahora, se define a sí mismo como “conservador-restaurador de patrimonio, epicúreo, hedonista y perseguidor de la ataraxia”. Es decir, buscaba la serenidad del alma, de la razón y las emociones. Ricardo Falcón dice: “Ángel Fuentes practicaba el lado salvaje de la vida en relación con el pensamiento. Era transgresor, auténtico, de ideas claras. Y a la vez tímido. Creía en los valores de la fraternidad universal y era un hombre que esencialmente te acogía. Al pensar en su muerte, tan inesperada, tengo una doble sensación de pérdida: le echo de menos, desde luego, y me arrepiento de no haber hablado más con él”.

El ANECDOTARIO

 

Verano del 71. Lector incansable, incluso de clásicos como Dante Alighieri, Ángel Fuentes de Cía recuerda su intenso ‘Verano del 71’. Dice así: “Hay algo en los internados que recuerda a la cárcel; no poder decidir a dónde vas, es estar preso. En junio del 71 alcancé las cotas más altas de la excelencia académica, bacarrá, me suspendieron todas, nótese el hecho de que no fui yo quien suspendiera, sino que mis dudosos profesores del Redín de Pamplona decidieron que un prudente escarmiento podría corregir mi decidido apetito de ir por libre. Mis padres, preocupados por el rumbo de mi eclíptica, me internaron en Izarra, colegio especializado en casos que prometían ser perdidos...”

 

 

12/08/2014 16:54 Antón Castro Enlace permanente. Fotógrafos No hay comentarios. Comentar.

ALFONSINA ABRAZÓ EL MAR

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A PLENO SOL. Alfonsina Storni (1892-1938) forma parte de esa constelación de poetas suicidas, con Anne Sexton, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik o Virginia Woolf. Visitó España en los años 30 y se carteó con el aragonés Julio Cejador y Frauca. Nórdica publica una antología suya: ‘Las grandes mujeres’. Una canción la ha hecho inmortal.

 

PIES DE FOTOs / NÓRDICA

Ilustración de Antonia Santolaya para el poema ‘Vida’: “Mis nervios están locos”.

 

ARCHIVO HERALDO

Uno de los retratos más conocidos de esta mujer inmortalizada por una canción.

 

Alfonsina, la poeta que abrazó el mar

 

 

Antón CASTRO

Durante muchos años la crítica literaria solía considerar a Gabriela Mistral, a Juana de Ibarbourou y a Alfonsina Storni como las tres grandes poetas de Sudamérica. Ahora la lista es mucho es amplia; sin duda, incluiría a Delmira Agustini, Sor Juana Inés de la Cruz, Ida Vitale, Alejandra Pizarnik, Blanca Varela o Gioconda Belli, entre otras. Quizá ninguna de ellas arrastre esa leyenda de energía y vulnerabilidad, de misterio y locura, de fatalidad y pasión que enriquece a Alfonsina Storni (1892-1938). Fue una rebelde, una mujer de armas tomar, capaz de desafiar a quien fuese y fue, también, una criatura frágil, cristalina, que lo daba todo por la amistad, por la tertulia y por el sueño. Hay en ella una cierta bipolaridad: amaba el amor, lo buscaba, se entregaba, exaltaba su condición de mujer que anhela el placer, y a la vez es una mujer herida por el desamor y por esos hombres que no parecían entenderla ni, quizá, saciarla: “Hombre pequeñito, te amé media hora, / no me pidas más”, dijo.

Su muerte resulta tan cruel como literaria. Enferma de cáncer, abatida y acosada por los fantasmas que le dictaba su neurosis, en 1938 se trasladó a Mar de Plata. Al cabo de unos días, escribió un poema: ‘Me voy a dormir’, y lo envió a la redacción de ‘La Nación’, donde había publicado a menudo; tomó la dirección del espigón o escollera de la playa de la Perla y se arrojó al mar. Era el 25 de octubre; su cuerpo aparecería al día siguiente en la playa. “Yo tengo el corazón como la espuma (...) Mar, yo soñaba ser como tú eres”, había escrito. Existe otra versión como más poética para una mujer que cantó una y otra vez el embrujo del mar, su lubricidad, sus destellos y su incesante llamada: Alfonsina Storni habría entrado suavemente en las aguas y se había dejado ir sin ofrecer resistencia hasta que perdió pie. Así lo cuenta también la canción que escribieron Ariel Ramírez y Félix Luna y que han cantado, entre otras, Mercedes Sosa, Chabuca Granda, Soledad Bravo... El sello Nórdica publica una antología suya, ‘Las grandes mujeres’, ilustrada por Antonia Santolaya, con prólogo de Clara Sánchez.

Su existencia está entretejida de leyendas. Aunque nació accidentalmente en Sala Capriasca en Suiza, donde vivió hasta los cuatro años, dicen podría haber nacido en un barco. Instalada en Rosario (Argentina), donde sus padres tenían un bar (antes habían tenido una exitosa fábrica de cervezas), lavó los platos, sirvió las mesas y empezó a escribir a los doce años. Tras concluir sus faenas, redactó un poema que hablaba de los cementerios y se lo dejó a su madre, Paulina. Ella se alarmó y a la mañana siguiente le dijo que en el mundo había cosas bellas que invitaban a la alegría. Paradojas de la vida: pronto se separaría de su marido, un hombre extraño y alcohólico que desaparecía de cuando en cuando y que murió pronto.

Paulina rehízo su vida, tenía tres hijos más, dio clases en su domicilio y vio cómo maduraba su hija Alfonsina. Seguía con su antigua obstinación: escribía versos. Además, se matriculó en la Escuela Normal Mixta de Coronda. Ya había dado muestras de su vocación teatral, trabajó en varias compañías y se atrevía a cantar romanzas de ópera; en la ceremonia de entrega de títulos leyó un poema, ‘Un viaje a la luna’, cantó el brindis de ‘La Traviata’ (su biógrafa Josefina Delgado, en ‘Alfonsina Storni. Una biografía esencial’, De Bolsillo, 2010, dice que fue “ovacionada por su pura vocalización”) y le dedicó una composición a la directora de la Escuela, donde decía: “Maestro que del lodo hasta la cumbre / levantas a la plebe embrutecida”.

Su carrera había empezado a andar. Y su talento estaba a punto de destaparse, igual que su osadía: se enamoró de un hombre casado, tuvo un hijo, Alejandro, y asumió en solitario su condición de madre soltera. En busca de discreción, de empleo y de nuevas amistades literarias, se trasladó a Buenos Aires. Escribió en revistas y periódicos, firmó piezas de teatro y libros de poemas (‘La inquietud del rosal’, 1916; ‘Irremediablemente’, 1919; ‘Ocre’, 1925; ‘Mascarilla y trébol’, 1938...) y logró hacerse con un nombre. Y con un núcleo de amigos.

Habría que citar a muchos: los escritores Amado Nervo, Rubén Darío, que fue generoso y halagador con ella, José Ingenieros, Manuel Gálvez... Y a dos más: Leopoldo Lugones, fotógrafo y escritor que jamás le dedicó ni una línea a sus poemarios que recibía dedicados, y Horacio Quiroga, el autor de ‘Anaconda’ o ‘Cuentos de amor, de locura y de muerte’. Tuvieron una relación amistosa y amorosa entre 1919 y 1922, paseaban, iban al cine, escuchaban a Wagner. Se querían. Poco antes de su suicidio en 1937, por envenenamiento, Quiroga la invitó a que fuese a vivir con él a Misiones. Alfonsina no lo hizo. En 1931 estuvo en España: en Madrid, en Barcelona, en Murcia, en Toledo, en distintos lugares de Andalucía. Habló de poesía y de la citada Delmira Agustini. Poco después, Lorca también fue por Buenos Aires y se conocieron; ella no debió interesarle en exceso, aunque lo recibía en el café Tortoni: en una de sus cartas imitaba su lírica de exaltación femenina.

Quizá para entonces ya se había revelado con toda su crudeza el cáncer de pecho de la poeta. Tuvo más decepciones que triunfos, pero también le faltó autocrítica, a pesar de que podía ser simpática, sarcástica, lúcida, divertida e ingeniosa. Su poesía canta al deseo, a la condición de mujer y a la libertad: luchó por sobrevivir y soñar, por amar y ser amada. En los últimos tiempos, se prendaba de los esbeltos muchachos, entre ellos el titiritero Javier Villafañe, que residió en Zaragoza. Desde muy pronto, Alfonsina tuvo la premonición de que moriría joven. Así ocurrió en un océano de agua esmeralda al que tantas veces había cantado.

 

EL ANECDOTARIO

La Casa Rosada. En el imponente palacio de la Casa Rosada de Buenos Aires, el viajero entra, reconoce las estancias y en una de ellas se encuentra con próceres, intelectuales y artistas y creadores argentinos, entre ellos está Alfonsina. Tal como era: menuda, vivaz, chatilla. Cuando la conoció en persona, Gabriela Mistral, a quien se la habían definido como feúcha, se quedó admiraba de su encanto y de su fuerza.

Julio Cejador. En sus inicios prácticamente, cuando era actriz de teatro en gira por su país, a partir de 1908, Alfonsina Storni tuvo correspondencia con el filólogo y escritor aragonés, editor de Baltasar Gracián, Julio Cejador (Zaragoza, 1864-Madrid, 1927. José Luis Melero lo retrata en el libro ‘Oscura turba’), al que le contaba: “A los trece años estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro clásico y contemporáneo”.

12/08/2014 13:19 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

MATARRAÑA: LA PERLA DE ARAGÓN

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Cuentos de domingo / Antón Castro

 

La perla

de Aragón

 

Califican en Alemania al Matarraña como “la perla de Aragón”. Es una feliz nomenclatura, pero quizá no sea inexacta. Aragón tiene muchas perlas, sin duda, pero estas tierras de oliveras y almendros, de viñas y cascadas, de fábula y arquitectura, admiten bien la metáfora. Acabo de estar en Calaceite con Juanjo Blasco Panamá, profesor de inglés y melómano que escribió la biografía de Peter Hammill. Vivió entre los dos y los siete años en Valderrobres –donde reside, en contacto con el mundo, el ilustrador Luis Grañena- porque su padre era supervisor de una entidad bancaria. Como si quisiera apaciguar las furiosas nostalgias, suele veranear con su madre en La Alquería de Ráfales y contrata a un taxista de Monroyo, porque no conduce. Desde allí, Juanjo, su madre y el taxista, como si fueran personajes de novela, van y vienen por las tierras del Matarraña contando ríos, peñascos, monumentos, descubriendo el paisanaje. Juanjo se ha encontrado en Calaceite con un sinfín de moradores que buscan solaz y que se labran el porvenir: los artistas de arte corporal Laia Vaquer y Hugo Roglan; los músicos Sofía Asunción y Lars; la poeta y traductora Pilar Gómez Bedate, viuda de Ángel Crespo, que abre de cuando en cuando su palomar y escritorio a todos los vientos; el pintor de suavidades oníricas Romás Vallès; las dos almas del Museo Juan Cabré, Carmen Portolés y Lola Pintado, que hacen inventario de los 5.000 libros del arqueólogo, historiador y fotógrafo y tienen los volúmenes protegidos con un forro blanco. Juanjo conoció a Fernando Navarro, escultor y maestro del collage, que concibió hace años una máquina de hacer sonetos perfectos. Y también se asomó, aunque esta vez no llevaba taxi, a la nueva galería de Calaceite: Arts & Mes, que exhibe una selección de ‘Disparates’ de Fuendetodos. Ese espacio forma parte de un proyecto mayor en el que se integra la Fundación Noesis, que ha adquirido el empresario Antonio David Sabaté con el afán de devolverle a Calaceite, y a todo el Matarraña, el esplendor de antaño cuando fue un faro de cultura y el lugar donde se conspiraba para que el mundo fuera mejor, más excitante y más hermoso.

 

*Texto de la serie dominical 'Cuentos de domingo'. En la foto, Pilar Gómez Bedate y Ángel Crespo.

 

12/08/2014 08:28 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

BARBASÁN: LUZ, PAISAJE Y EMOCIÓN

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A PLENO SOL. Mariano Barbasán Lagueruela (Zaragoza, 1864-1924) es uno de los grandes pintores aragoneses. En 2014 se cumplen 150 años de su nacimiento. Residió más de tres décadas en Italia y siempre tuvo nostalgia de Aragón y sus tradiciones.

 

El pintor de la luz de los Apeninos

 

Antón Castro

Mariano Barbasán (Zaragoza, 1864-1924) vivió poco en Aragón pero nunca se olvidó de sus paisajes, de sus pintores, de sus tradiciones. Decían de él que era un hombre irónico y juguetón, al que le gustaba tocar la guitarra y alegrar la vida de los demás: lo hacía con la música, cantando jotas, hablando con las gentes o enviando cartas simpáticas a sus amigos, llenas de dibujos, de guiños, de ingenio y de poesía. Era un sentimental y un romántico: se reía de su sombra y tal vez de su melancolía. Y era un buen narrador de viajes como se percibe en las cartas que les envió a sus dos mejores amigos: Gaudencio Zoppetti, dueño del hotel Europa (sito en el actual edificio del Banco de España), y a su esposa Jesús (no Jesusa o María Jesús) Balaguer, que tal vez fuera una de sus fantasías amorosas o amatorias de su juventud.

Barbasán fue uno de los grandes pintores aragoneses del siglo XIX y buena parte del XX que se movió en dos campos: la pintura de historia, y a veces bíblica, narrativa, y la pintura de paisaje, en la que aspiró a recrear una aldea ideal, al pie de los Apeninos. Era la Arcadia de la realidad y los sueños, intemporal y luminosa, en la que casi siempre se le colaba el matiz aragonés en el traje, en el candor, en los instrumentos musicales o en el parentesco con los Pirineos. Esa Arcadia tenía nombres específicos: Anticoli  Corrado, Subiano y Saracinesco, donde sedujo y se dejó enamorar por “una bellísima romana”, Rosa Luciferri. Bromista como era, dijo que él se había convertido un perfecto “marido cazado”. Esos lugares serían, con Cervara di Roma, los escenarios de sus cuadros, la armonía del mundo, la naturaleza idílica y estremecida. Mariano Barbasán era –como otros artistas anteriores: Mariano Fortuny, que le influyó, los aragoneses Pablo Gonzalvo, Bernardino Montañés...- un pintor del natural: salía al campo con su caballete y su pequeño cuadro o con sus cuadernos, y allí captaba lo que veía: hombres y mujeres, sobre todo mujeres, animales, edificios, montañas y vegas, bajo un cielo romántico, tocado de una luz mágica y envolvente. Ese solía ser su proceder como se ve en una pieza entrañable y sutil, de inefable belleza, casi un microlienzo: ‘El pintor’ (1895).

Aquellos cuadros, de diferentes formatos, tenían muchos adeptos y seguidores: Barbasán contó con marchantes en Berlín, Múnich o Londres, pero también tenía seguidores y representantes en Montevideo, por ejemplo. Expuso en la ciudad en 1912 y permaneció tres meses; aprovechó para pintar los suelos pantanosos.

En cierto modo, Mariano Barbasán fue un pintor de vida errante. Nació en Zaragoza en 1864 pero vivió poco tiempo. Su padre debía ser amigo de Marcelino de Unceta, que bautizó al niño como “pintamonas” por su pasión por el dibujo y el color. En 1877, la familia se trasladó a Segovia y allí se murió su progenitor, que tenía empleo como secretario del Gobierno Civil. Mariano era el menor de cuadro hermanos: Eduardo, Adelaida Petra y Casto; este será militar y se preocupará de él. Mariano lo seguirá a todas partes. En el curso 1879-1880 se matriculará en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, en Valencia, y permanecerá seis cursos. Realizará una pintura historicista, neorromántica y orientalista, en la estela de Fortuny y de Madrazo, y conocerá a los artistas Manuel Abril y Joaquín Sorolla, con quien coincidirá pronto en Roma. En 1887 se instaló con su hermano Casto en Madrid. No se conocen muchos detalles precisos de su aprendizaje ni de los lugares que frecuentaba (es inevitable no pensar en El Prado, dadas algunas tentativas neogoyistas; también hizo copias de Meissonier, viajó a Toledo), pero por entonces se anunciaron las becas del pensionado en Roma de la Diputación de Zaragoza. Y decidió presentarse, tras haber fracasado con un primer proyecto en los premios de Bellas Artes con ‘Noche de Walpurgis de Fausto’, inspirado en Goethe, un cuadro de 2 x 4 metros. Las cinco pruebas empezaron en marzo y concluyeron a principios de julio de 1887.  Barbasán ganó con ‘José, hijo de Jacob, en la cárcel’, basada en una fotografía que les hizo a sus hermanos. La pensión suponía tres años en Roma con una renta de 2.500 pesetas anuales. Entre otros cuadros, pintó un boceto de ‘La ejecución de Juan de Lanuza’ y el lienzo histórico ‘Pedro III el Grande en el collado de Panizas’.

En Roma coincidió con muchos pintores españoles: con paisanos como Francisco Pradilla –a quien sustituiría en 1921 en la Real Academia de Bellas Artes de San Luis- y Agustín Salinas o con Sorolla. En 1892 estuvo en Zaragoza, pero regresó de inmediato con el afán de poner estudio en Roma, de salir al campo y de dejarse mecer o engatusar por ese “enjambre de mujeres hermosas” de la ciudad y de los pueblos donde pintaba, como dice su biógrafo Bernardino de Pantorba.

Residió en Italia hasta 1921. Pintó lo que le vino en gana: despacioso, perfeccionista, casi atisbando el impresionismo. Decía: “El mejor maestro es la Naturaleza”. Formalizó una técnica, una percepción de la beldad. Y acusó la crisis de ventas provocada por la I Guerra Mundial. Fijó su residencia definitivamente en Zaragoza en 1922, algo enfermo. Al año siguiente, en el Pilar, presentó una exposición de una cincuentena de obras en el Casino Mercantil. Fue una auténtica conmoción. Y dos años después, en 1925, muerto ya, fue objeto de una doble antológica en el Museo de Arte Moderno y de nuevo en el Casino. Poco antes, Hermenegildo Estevan le había escrito una carta abierta (puede rastrearse en los trabajos para Cajalón que le han dedicado García Guatas, Hernández Latas y Wifredo Rincón, entre otros) en HERALDO: “En Zaragoza eres y serás siempre un hijo legítimo de padre y madre, y en ella, si no fueres honrado como te mereces, serás siempre reconocido y respetado”.

 

el anecdotario

 

Método de un paisajista. Bernardino Pantorba, seudónimo del pintor José López Jiménez, sevillano, firmó en 1939 la primera biografía del pintor, que reeditó García Guatas para Ibercaja en 1984. Allí se explica el método de Barbasán: “Va hablando con todos, interesándose por los achaques y los recuerdos de los viejos, y los amores y las faenas de los mozos; compartiendo goces y pesares cotidianos; dando cariñosos coscorrones a los arrapiezos que se encaraman por sus piernas en solicitud de golosinas. Uno por uno, va escudriñando todos los rincones del pueblo, subiendo y bajando calles, trasponiendo puertas, contemplando árboles y piedras, y tejados y nubes, y tierras verdifloridas y azuladas lejanías”. El Gobierno de Aragón adquirió un importante legado del artista que ha depositado en el Museo de Zaragoza.

 

10/08/2014 22:28 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

CARMEN DE LIRIO: PICARDÍA Y FUEGO

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[A PLENO SOL. El pasado martes, en Barcelona y los 90 años, fallecía Carmen Forns Aznar, más conocida como Carmen de Lirio: una exuberante mujer de revista, de cine y de teatro que enamoró con su anatomía perfecta a varias generaciones de españoles en los 50 y 60.

 

 

Carmen de Lirio:

Picardía y fuego de unos ojos verdes

 

 

Antón CASTRO

Enrique Vázquez tenía doce años cuando vio por primera vez a Carmen de Lirio (Zaragoza, 1923-Barcelona, 2014): entró en el despacho de su tío Celestino Moreno, dueño del Oasis, y él se quedó estupefacto. « La palabra exacta es acojonado –dice-. Era el sábado de Gloria de 1948. Nunca había visto una belleza tan impresionante: empezaba por sus ojos verdes y se extendía por todo el cuerpo. Era espectacular». Enrique, que aún sigue siendo a su modo el guardián del santuario del Oasis, no pudo ver la función, aunque de cuando en cuando se iba al tejado, a hurtadillas, pero se quedó perturbado. La vio, más tarde, en el Paralelo y en algunas funciones en el Argensola donde hacía de vedette en la compañía de Joaquín Gasca, con los cómicos Alany y Mari Santpere, y los cantantes Antonio Amaya y Lorenzo González. Recuerda Vázquez: «Apenas hablé con ella». No era necesario. Carmen no debía ser la reina de la elocuencia, como se percibe en una entrevista de casi media hora con su paisano Manuel del Arco para la Cadena Ser: le dice, por ejemplo, que tiene la sensación de que quedará «como una cantante bastante airosa, nada más», y le explica que una vedette «debe ser elegante, fina, saber hablar, cantar un mínimo, bailar un poquito, sin descomponerse, y ser graciosa, sin pasarse a lo cómico, y saber vestirse bien». Carmen de Lirio tampoco necesitaba un verbo brillante: tenía poderes infalibles que no pasaban inadvertidos. Poseía una anatomía perfecta y prodigiosa, manejaba como nadie la picardía y sus tres pecas visibles (tenía  cuatro más invisibles) y se sabía un mito erótico de ojos verdes. Fue designada «la mujer más guapa de España»

 y era un constante objeto de deseo de la burguesía catalana y de los chavales y padres de media España. No pasaba inadvertida y lo sabía. Era tan bella que dolía mirarla, exuberante, de una carnalidad que producía incendios o volcanes en un país «donde todo era gris, incluso la policía» y donde cualquier atisbo de libertad era una conquista inadvertida. Ella lo resumió con agudeza e ingenio: «Los censores eran todos unos obsesos». Estaban enfermos de hipocresía: prohibían exactamente lo que les estimulaba y lo que querían ver con pura pasión. A los censores y los representantes de la curia, que se quitaban los alzacuellos en sus espectáculos para disfrutar sin ataduras en una oscuridad ideal, Carmen los intentaba burlar de formas distintas: con sus gotas de lujuria y sensualidad, y con pequeños favores domésticos. Les ayudada en algún obstáculo social o les compraba enciclopedias o fascículos si era esa el modo en que ingresaban un segundo sueldo. Y, además, era consciente de su posición: decían que era la enamorada secreta (o no tan secreta) del gobernador civil Eduardo Baeza Alegría, extremo que negó en el libro de recuerdos: ‘Memorias de la mítica vedette que burló la censura’ (ACV, 2009). En cualquier caso, verdad o mentira, a Carmen le cantaron diversas canciones que la vinculaban con el político, como ha recordado Arcadi Espada: «Es belleza con delirio / es guapa con lozanía / se alimenta de Alegría / y es tan pura como el Lirio»; esa fue una de las canciones alusivas que le cantaron cuando un lío entre el gobernador y la Falange fue aprovechado para tirar del hilo, generar una huelga de tranvías y de paso impulsar la dimisión del aragonés.

A Carmen Amaya nunca le faltaron ni aventuras ni pretendientes. Empezó como modistilla en Zaragoza («donde pasamos todo el hambre del mundo», diría) y luego en Barcelona, a donde llegó tras la Guerra Civil. Pronto fue modelo de artistas, de publicidad y quizá de moda; años después luciría muy bien alguna que otra túnica de Manuel Pertegaz. Alternó estos empleos con imitaciones musicales y con los primeros escarceos teatrales: después de las sesiones de cine, animaba un rato más al público con diversos números. Trabajó en el circo con Gaby, Fofó y Milito, y formaría un dúo circense y cómico con Miguel Gila. Tras una actuación musical, en la que había imitado a Concha Piquer, la coplera valenciana la recibió en su camerino y la conminó a cambiarse el apellido Forns (demasiadas consonantes” fue, al parecer, su veredicto) por el artístico ‘De Lirio’. Poco a poco, con su imponente físico y sus cualidades artísticas, marcadas por la versatilidad, se fue convirtiendo en una emperatriz de la revista. En la reina del Paralelo en los 50 y 60. Hizo teatro, music-hall y cine, y actuó en casi sesenta películas: ahí están títulos como ‘La ronda del dinero’ (1955) de Edgar Neville, ‘La pecadora’ (1954) de Ignacio F. Iquino, ‘La vida alrededor’ (1959) de Fernando Fernán Gómez; entre otros directores, trabajaría con José Luis Cuerda, Vicente Aranda, Claudio Guerín, Javier Aguirre o Isabel Coixet. No se sentía especialmente orgullosa de sus películas, «ni salvaría cuatro de las 60 que hice», dijo. Se batió contra la censura con astucia y jamás reveló con quien había engendrado a su hija Carmen Forns Aznar, que se llamaba como ella. Ava Gardner le arrojó un zapato para recordarle que le estaba birlando admiradores: un peculiar modo de elogiar su hermosura animal. Fue amiga, y no se sabe bien qué más, de Walter Chiari, de Jack Palance, de Lex Parker, de Ángel Peralta o de Juan Antonio Samaranch. El que fue ‘el soltero de oro’ de Barcelona la pretendió, como se recuerda en el documental ‘La Casita Blanca’ (La ciudad oculta)’ de Carlos Balaguer y en sus memorias, pero no hubo romance. Era «soso, bajito y cabezón» para una mujer ardiente como ella que era «una pura escultura de fuego», como escribió el periodista teatral y taurino Javier Villán, con motivo de su muerte el pasado martes.

 

 

El amor de su vida. Carmen de Lirio fue una mujer deseada. Rafael Castillejo, dueño de una asombrosa colección de fotos y carteles de revista y teatro, dice: «Era un bellezón de joven y lo siguió siendo muchos años después». En sus memorias, en  el breve capítulo que titula ‘Mi gran amor’ cuenta la historia de su gran pasión: el cónsul de Islandia en España y marqués de Croce Giacomo Croce, quien, además, tenía conserveras en Santoña. Se conocieron en una gira por Italia; ella se cruzó en el ascensor con este hombre, «brillante y respetado», y surgió el amor. Carmen de Lirio, hermana del jotero Mariano Forns y asidua a la sala Pigalle de Zaragoza de Antonio Amaya, resume: «a lo largo de los años mantuvimos un profundo amor, tan intenso, que puedo llamarlo, sin duda, mi gran amor». Ni convivieron juntos ni se casaron. Al parecer, según Carmen, las artistas no eran el mejor partido para casarse, aunque ella había tenido mucho éxito con una canción: ‘La noche de bodas’. Toda una promesa de felicidad.

 

*La foto es por cortesía de Rafael Castillejo. Este artículo se publica hoy en Heraldo.es y en papel. La foto es de Amaralico Román Martínez.

10/08/2014 17:47 Antón Castro Enlace permanente. Artistas No hay comentarios. Comentar.

PLENAS PINTA LOS OFICIOS DE AYER

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[A PLENO SOL. La localidad zaragozana del campo de Belchite rinde homenaje a las faenas agrícolas y a un músico como Benito Luño mediante una decena de murales.]

 

Plenas pinta los oficios del pasado

 

Plenas es una localidad llana que pertenece al campo de Belchite. Allí nació la heroína de los Sitios Manuela Sancho (Plenas, 1784- Zaragoza, 1863), y aún se conservan restos de un aeródromo de la guerra civil española. Es un pueblo minúsculo, que apenas supera el centenar de habitantes, pero que este verano ha cobrado una vida especial a través de unos murales que recuerdan los oficios del pasado y a algunos personajes del pueblo, como al gaitero y tamborilero Benito Luño y a su hermano Marcelino; ambos vivían de las faenas del campo, en particular del pastoreo, aunque su pasión era la música.

Explica el gaitero y diseñador Ignacio Navarro, coordinador de la revista ‘Gaiteros de Aragón’: «Hace un par de años con el profesor de dibujo y artista Ángel Tomás, cuya madre es de Plenas, decidimos hacer un primer mural en una de las paredes de mi cochera. Esperábamos críticas o reticencias, pero fue exactamente al revés. Por nostalgia o lo que sea, la gente del pueblo visitaba el mural asiduamente y observaba con detenimiento los dibujos que le recordaban oficios desaparecidos». Uno de los oficios extinguidos en Plenas es el de pastor. Recuerda Ignacio que un día se encontraron ante el mural a la viuda del último pastor, fallecido hace algunos años. «Emocionada, nos dio las gracias por recordar a su marido y a este oficio totalmente desaparecido del lugar»

, revela.  

Benito Luño fue el último gaitero y tamborilero del pueblo. Cuenta Ignacio que, por sus convicciones de izquierda, fue detenido y llevado a la cárcel al acabarse la contienda del 36. «Su mujer y sus hijos sufrieron mucho, tanto que tuvieron que abandonar el pueblo. Es una de esas terribles historias de la guerra. Antes de su partida tuvieron que oír una de las coplas que solían cantar ante su puerta, mientras su esposo estaba en el calabozo: “Gaiteros y gaitericos, /qué mal lo vais a pasar, /la ‘magra’ que habéis comido /la ‘tendráis’ que ‘gomitar’”». Una copla cruel que ya ha pasado a los libros.

La historia de Benito Luño, alias ‘El Manco’, es conmovedora: tiene algo de ese antiguo relato del candor abatido de golpe, casi antes de que el agredido y humillado se dé cuenta de nada. «A Benito Luño lo apodaban así porque tenía parte de una mano paralizada. Cuando salió en libertad, en la década de los 40, estaba muy deteriorado y murió pronto. Se decía que tocaba muy bien. Nos lo dijo al músico e investigador musical Luis Miguel Bajén y a mí, hace unos 25 años, un gaitero de El Villar de los Navarros llamado Benito Pujala, al que fuimos a visitar a una residencia de ancianos. Se acordaba perfectamente de sus cualidades». 

 Una de las melodías de Plenas que Benito Luño tocaba era ‘El reinao’, un baile carnavalesco que tuvo muchos problemas durante siglos, «ya que hacía mofa a los reyes o poderes establecidos de la época. La letra, de carácter popular, no era generosa con la monarquía», señala Ignacio Navarro. Benito Luño tocó con su hermano Marcelino en las fiestas del zaragozano barrio de la Magdalena, tal como señalaba ‘La Voz de Aragón’ del 14 y 15 de agosto de 1929; decía que «los dulzaineros de Plenas habían tocado con gran brillantez». Ignacio Navarro rescata otro detalle: «Ese viaje a Zaragoza tuvo algo de excepcional, sin duda. Plenas está a 80 kilómetros de Zaragoza. Al gaitero y tamborilero hizo referencia Luis Miguel Bajén en su libro ‘Músicas de la tierra’, (DPZ. Zaragoza 2010), que maqueté yo mismo».

El efecto del primer mural, en la casa de Ignacio, cuajó en Plenas y desde entonces han varios vecinos («pleneros», los llama Ignacio Navarro) los que han cedido paredes de sus casas, muros o parideras. «Hace unos días regresó a Plenas Ángel Tomás con sus hijas Claudia y Fátima, que también son artistas. En pocos días, con mucho trabajo y entusiasmo, han hecho más de diez murales. Los demás les echamos una mano en lo que podíamos. Esperamos hacer más en cuanto tengamos tiempo libre», dice Navarro, y recuerda que se ha elegido el color negro porque «impacta más. La elección está haciendo efecto». Agrega: «Creemos que esta forma de arte popular es una manera de recordar viejos oficios y darle vistosidad a un pueblo que cuenta con pocos habitantes. También es una bonita forma de que los más pequeños sepan qué es lo que había en tiempos pasados».

¿De qué labores está hablando exactamente? Agrega Ignacio Navarro que «en los diez murales hay representaciones de gaitero y tamborilero, pastor, herradores de caballerías, diversas faenas del campo como segar, acarrear la mies, trillar, aventar, ‘porgar y exporgar’; hay, además, un acordeonista y un cantador de jotas en una bodega, perros, gatos, pájaros, una vaca (porque había vacas en la casa), animales de la zona… Nuestro deseo es seguir haciendo cosas». Por ahora lo están logrando: no hay más que mirar aquí y allá. Plenas cuenta, en forma de pintas, los trabajos y los días de sus antepasados.

 

EL ANECDOTARIO

 

El novillero y el pasodoble. Ignacio Navarro ha dado con otro personaje particular de Plenas. Explica: «Un descendiente de aquí fue un afamado novillero en Valencia: Francisco Villanueva. Contó con peña taurina y se retiró de los toros por un accidente en la pierna. Hace 50 años, un maestro musical valenciano le compuso un bonito pasodoble. El pasado año, recibí las partituras de parte del novillero. Estuve en la SGAE e intenté que se recuperase la música. Se la cedí a la Banda de Alagón y, desinteresadamente, pasaron  a un sistema informático la extensa partitura que estaba hecha a mano. En noviembre de 2013, la Banda de Alagón interpretó el pasodoble como primicia en la Sala Alaún de Alagón. ¡Una pasada! Grabaron el pasodoble en vídeo y lo metimos al blog de Plenas». Este Francisco Villanueva, que ronda los 80 años, fue hijo de un tal tío Servando que se dedicaba «a comprar azafrán por este territorio».

 

 

08/08/2014 08:23 Antón Castro Enlace permanente. Temas aragoneses No hay comentarios. Comentar.

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