MARIANO SALVADOR EN EL GARGALLO
Recibo esta carta de José Carlos Arnal: “La Fundación Zaragoza Ciudad del Conocimiento (http://www.fundacionzcc.org/), de la que soy director desde el pasado mes de julio, ha organizado para el próximo miércoles, 1 de febrero, a las 19.30 en el Museo Pablo Gargallo, una conferencia con el título ‘McLuhan 101. Resonancias artísticas en el mundo eléctrico /digital/’, que dará el periodista zaragozano Mariano Salvador.
Mariano tiene un perfil interesante y ha estado implicado en la organización de una importante exposición sobre McLuhan en Nueva York. McLuhan, por otra parte, es hoy más actual que nunca, aunque en España su centenario haya pasado sin pena ni gloria”.
LA CONFERENCIA Y MARSHALL McLUHAN
Marshall McLuhan fue uno de los primeros estudiosos y teóricos de los medios de comunicación y seguramente el más célebre tras acuñar frases como “El medio es el mensaje” y “la aldea global”. En 2011 se cumplió el centenario de su nacimiento y su análisis de los medios sigue siendo tan estimulante como profético para quien quiera acercarse a la realidad de éstos y su influencia en el mundo contemporáneo.
McLuhan consideraba los avances tecnológicos como extensiones de los sentidos del hombre que modifi can su relación con su entorno. De esta manera, distinguió la naturaleza visual de los medios alfabético-impresos de la audio-táctil de los eléctricos, y previó un futuro en que el hombre estaría interconectado electrónicamente, transfi riendo en última instancia su conciencia al mundo de la computación (hecho que le convierte en un visionario de la era digital e Internet).
El número 101 en el mundo académico estadounidense está ligado a los principios básicos de una materia de estudio. Así, McLuhan 101 sería, además de un guiño al ya siglo y un año de su nacimiento, un repaso por su biografía y sus principales ideas que le convirtieron a mediados de los años sesenta en un referente, tan controvertido como popular, para entender la emergente cultura mediática de la época.
Pero también esta cifra en el argot anglosajón es un término llamativo de marketing ligado a los catálogos que apelan ofrecer un tipo de información extra sobre un determinado producto o asunto. En este caso, esta información adicional sería la conexión de su pensamiento con el arte. McLuhan opinaba que los artistas son generadores de nuevas formas al utilizar un medio para liberar la energía de otro. Además de captar el mensaje del desafío cultural y tecnológico de un nuevo medio, décadas antes de que se produzca su impacto transformador.
Para abordar cómo diferentes artistas contemporáneos se han inspirado, de manera consciente e inconsciente, en sus ideas se tomará como referencia la exposición Resonance: Looking for Mr. McLuhan, celebrada en la Pratt Manhattan Gallery de Nueva York, entre los pasados 21 de octubre y 21 de diciembre. Fue una exposición multidisciplinar, que mostró vídeos, fotografías, esculturas, video-instalaciones y un largometraje, de diferentes artistas que trataban cuestiones como el paso de la cultura impresa a la electrónica, la hibridación de medios, la interactividad y la proliferación de imágenes en el actual mundo digital. En defi nitiva, un conjunto de obras agrupadas a modo de ecos y resonancias de fondo de una galaxia McLuhan que parece expandirse inexorablemente en este siglo XXI.
MARIANO SALVADOR
Mariano Salvador es periodista, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra. Durante su carrera profesional se ha especializado en temas audiovisuales y cinematográficos y ha colaborado para medios escritos como Zona de Obras, Heraldo de Aragón y Cahiers du Cinema, en la actualidad: Caimán. Cuadernos de Cine, donde sigue colaborando. Entre 2008 y 2010 trabajó en el Departamento de Audiovisuales del Museo Reina Sofía de Madrid como asistente de comisariado y coordinador de programación y editorial. En 2011 fue invitado como asistente de comisariado en la exposición ‘Resonance: Looking for Mr. McLuhan’ en la Pratt Manhattan Gallery de Nueva York.
GARRAPINILLOS 0- UTEBO 2

GARRAPINILLOS, 0-UTEBO, 2
El Garrapinillos iniciaba hoy la segunda vuelta. Y lo hacía ante el Utebo en el campo de San Lorenzo. Conozco a muchos jugadores del Utebo: mi hijo Jorge jugó allí dos temporadas y una de ellas se proclamaron campeones de cadetes. Es un equipo con muchos jugadores, con un campo muy bonito y por lo regular sus jugadores se las saben todas. Sabíamos que iba a ser un partido difícil, de rivalidad inmediata: en el primer partido de la Liga nos ganaron por 3-1; la primera fue enteramente nuestra, pero no marcamos. Y en la segunda, ellos estuvieron más afinados de cara al gol y vencieron con claridad.
Hoy volvían tras haber mejorado mucho. Han pasado por diversas lagunas y resultados inciertos, pero en los últimos partidos habían mejorado. Nosotros hemos ido de menos a más, por eso nos hemos colocado líderes durante seis o siete jornadas, y en los últimos choques de más o menos. Hoy, por decirlo con suavidad, nos hemos embarrancado y perdimos por 0-2. Un análisis serio del partido podría hacernos pensar que el resultado es más bien injusto: de ellos fue la primera parte, más por eficacia que por juego, y nosotros aguantamos bien en la segunda, disparamos al travesaño (en una estupenda jugada de Eloy, que volvía de la nieve), fallamos dos ocasiones claras a saques de córner de Diego, pero no logramos nuestro objetivo: ni el empate, para poder soñar, ni siquiera un gol. La lesión de Óscar, por lesión para toda la temporada, y la de Jorge Blasco nos han diezmado notablemente de cara al gol.
No podemos buscar disculpas. Tuvimos dos fallos concretos a saque de falta, y ahí se puso todo cuesta arriba: en el primer gol, Dani Pequerul fue objeto de falta, clamorosa, pero el árbitro no lo vio. Y en el segundo, un jugador azulenco del Utebo sacó una falta cerrada, no encontró rematador, aunque amagó un delantero y se coló en la red. Así concluyó la primera parte y el partido.
Fue un choque bronco, sobre todo en la primera parte. Teatral incluso. Se jugó de poder a poder, con más empuje y vehemencia que calidad. A nosotros nos faltó dominio en la media y algo más de profundidad. En la segunda parte, no engarzamos jugadas pero ocasionamos peligro a balón parado. Jugamos de entrada así: Sergio Calvo; Dani Pequerul, Javier Lacabe, Jorge Beltrán, Eduardo Pirri; Diego Rodríguez, Alberto Luna, Kike Alcubierre, Fran Moreno; Óscar Ortiz y Eloy Mateo. También jugaron, Luisito, Quique Romero, Alberto Rubio y José Antonio ‘Pitu’. Pese a la derrota, el Garrapinillos se vació: trabajó, corrió, se desfondó y tuvo otro adversario: el viento. Dio la sensación de que el Utebo se manejó mejor contra el viento y un poco peor con el viento a favor.
No fue una tarde maravillosa, pero ahí seguimos intentando trabajar y mejorar. Nuestra ventaja ha descendido a un solo punto. Anento sigue segundo a 37 puntos y a dos puntos viene ya El Salvador.
PANIZA, CON ILDEFONSO-MANUEL GIL

PANIZA RECUERDA A ILDEFONSO-MANUL GIL EN SU CENTENARIO
Esta tarde, a partir de las 17.00, Paniza rinde homenaje a uno de sus paisanos más ilustres: Ildefonso-Manuel Gil López, poeta, narrador, ensayista, traductor, memorialista. Habrá diversas intervenciones de Juan González Soto, Manuel Hernández, María Antonia Martín Zorraquino, Jesús Lordas y Victoria Gil, bajo la coordinación de Antón Castro. Además se descubrirán dos placas de homenaje, se leerán sus poemas por Pilar Burillo y el poema premiado con el galardón Ildefonso-Manuel Gil. La tarde se cerrará con un recital de piano de David Vega y Nuria Oteo.
MARISÉ SAMITIER: DIÁLOGO DE CINE
"EL CINE ENTRENA LOS MÚSCULOS DE LA EMOCIÓN"
La realizadora montisonense Marisé Samitier, galardonada en España y en Estados Unidos con su corto ‘Amores ciegos’, habla de su aprendizaje y de su formación audiovisual en Los Angeles, donde reside

Existe un momento mágico y decisivo, a veces tan fugaz como una corriente de aire o la aparición del arco iris, que decide una existencia. O cuando menos señala un sendero, abre un paréntesis que acaba siendo definitivo. Cuando tenía entre diez y doce años, y residía ya en Barbastro, a Marisé Samitier, nacida en Monzón, le regalaron uno de aquellos cuadernos con hebilla dorada y llave, bellamente encuadernado, con el título de ‘Mi diario’. Aquel se convirtió en el mejor regalo de su vida: Marisé empezó a anotarlo todo. “Noche tras noche, escribía lo que vivía –dice-, lo que soñaba, lo que me imaginaba, lo que quería hacer y no podía. Al poco tiempo, casi sin darme cuenta, empecé a hacer diálogos, a crear personajes que vivían historias y dialogaban, y además redactaba mis confidencias, el relato de mis amores imposibles o cualquier aventura con amigas en el colegio. Sigo escribiendo igual: tengo muchos cuadernos donde anoto frases, diálogos, impresiones; jamás hacía dibujos. Me acuerdo de que por la noche lo dejaba bajo llave en mi escritorio. Aquel era mi secreto”.
A ver: usted nació en Monzón, luego vivió en Barbastro...
Sí, además viví en Zaragoza, donde hice la primera comunión. Mi padre trabajaba en la construcción y tuve una infancia y una adolescencia movidas. Quería estudiar Psicología.
¿Lo hizo?
No. Mis padres se metieron un poco en medio, no veían claro el futuro, no se podía hacer entonces en Zaragoza y me incliné por Filología Inglesa. Y me vine de nuevo a Zaragoza: tenía unos tíos que vivían cerca del Mercado Central y allí pasé mi primer año.
¿Ya había aparecido el cine en su vida?
La verdad es que no demasiado. Tuve por entonces un novio cinéfilo, pero a mí aquella pasión suya me sonaba como una música de fondo. Al año siguiente, me fui a vivir con unas amigas a un piso y cogimos el bar del Teatro del Mercado. Ahí empecé a asomarme a otro mundo, el mundo de la noche y de la escena, pero lo más determinante fue un profesor: José María Bardavío...
¿Por qué?
De entrada porque no era un profesor al uso. Era multidisciplinar: igual te hablaba de literatura que de teatro, de música o de cine. Sobre todo de cine. En sus clases siempre había referencias al cine: recuerdo cuánto me impactó oírle hablar de ‘La ley del silencio’ de Elia Kazan. La vimos y me impresionó muchísimo Marlon Brando y empezó a intrigarme lo visual.
¿Qué quiere decir?
Más que las historias en sí, piense que veíamos la película en versión original y a veces no la entendíamos del todo, me fascinaban las imágenes, aquel caudal de encuadres, de gestos, de expresividad. Pero, además, Bardavío también nos hablaba de Harold Pinter y de su teatro: recuerdo que trabajamos un texto del futuro Premio Nobel, que hicimos ensayos, etc. Bardavío nos llevó a la Escuela Municipal de Teatro y allí nos enseñaron pequeñas escenas y nos invitaban a encarnar personajes y animales. Uno de los profesores nos decía: “imaginaos que sois un animal, un tigre, un gato... A ver cómo le dais vida”. De repente, di un salto a un mundo imaginativo y diferente, más creativo...
¿Representaron la obra?
No la hicimos. Pero yo ya estaba tocada por la curiosidad.
He leído en su currículo que estudió fotografía en Spectrum, la galería de Julio Álvarez Sotos...
Es cierto. Desde entonces no la he abandonado nunca. Un amigo mío tenía una cámara rusa, una Zenit, una réflex de 35 mm., se la pedí y empecé a experimentar. Años después me la robaron en Málaga, pero mi amigo nunca lo ha creído. Hacía fotos a todo. A todo. Pero ya entonces quería hacer fotos que contasen historias, fotos documentales, fotorreportaje. Y eso seguí haciéndolo durante mucho tiempo en Estados Unidos. En ese intento de contar una historia revelaba los rollos juntos sin que se cortasen los negativos. Era como una película, por decirlo un poco así. En aquella época, además, conocí al fotógrafo Ángel Carrera, que era el novio de una amiga mía y me hizo bastantes fotos. He expuesto en varias ocasiones.

Andamos ya avanzados los 90, rebasaba usted la veintena, y el cine no parecía haberle dejado mucho impacto.
Es cierto. Hay otro paso muy importante: fui a un cineclub y vi ‘Los cuatrocientos golpes’ de François Truffaut. Salí impresionada, con un deseo: quería saber cómo se hacían películas así.
Al parecer un accidente truncó sus sueños.
Más que truncarlos, los aceleró. Con un grupo de amigos fuimos a las fiestas de San Lorenzo, y en un tramo de Huesca a Barbastro, en una recta, sufrimos un accidente y me rompí la columna vertebral. Recuerdo que pusieron una coraza de yeso, que estuve bastantes días en el Clínico y luego estuve convaleciente en mi casa. Un amigo, Juan Carlos Cuello, vino a verme y me dijo que ofrecían unas becas de Educación para Los Ángeles. Nos presentamos los dos y a mí me llamaron; a él no y siempre me ha quedado como un rescoldo de pena y de culpa, aunque yo no era responsable de eso, claro. Hice exámenes, entrevistas, y al final me aceptaron. Y me fui.
¿Adónde exactamente?
Al sur de Los Ángeles, a un lugar llamado Lynwood, que era la parte más dura, agresiva y pobre. Tuve la sensación de que no soltaron en medio de la nada.
¿Nos soltaron?
Sí, íbamos cinco chicas. Una de San Sebastián, otra de Madrid y dos de Barcelona. Cuando vimos aquello nos quedamos desoladas. No tenía nada que ver con el mundo del brillo de Hollywood. Estábamos dejadas de la mano de Dios: el glamur del cine no aparecía por ningún lado. Tuvimos que adaptarnos a todo: incluso a las proporciones. Allí todo era grande, hasta los vasos, las ensaladas, o las personas, que nos parecieron muy obesas. Había mucha población afroamericana, y hasta la escuela era surrealista. Los niños eran verdaderamente difíciles.
¿Cómo remontó el vuelo?
No sabría responderle del todo. Pero lo hicimos. Me compré una cámara Minolta y la llevaba a todas partes. Disparaba a todo lo que se movía. Hacía fotos del barrio, de los vecinos, de los maestros, de los niños, de los bares, de la oscuridad. De todo lo que me rodeada. Y luego entré en la Otis Parsons, una escuela de arte y diseño, y también hice fotos. Encontré un modelo especial: el novio norteamericano de una amiga de Barcelona era muy guapo, y a él y a ella, juntos y por separado, les hice cientos y cientos de fotos. Por entonces, descubrí una película de Ingmar Bergman: ‘Persona’, con Ingrid Bergman y Liv Ullman que me deslumbró.
¿Le deslumbró ‘Persona’? ¿No es una de las películas más difíciles, teatrales y obsesivas de Bergman?
A mí me gustaba el juego de primeros planos de los rostros. Eran unos planos que definían toda una vida y sus sombras. Luego vi también ‘El séptimo sello’, y al poco tiempo hice una prueba con un amigo: intenté copiar, literalmente, un fragmento de la película. Y poco a poco fue aumentando mi pasión por el cine.
¿Qué pasó?
Empecé a matricularme en diversos college, en la Universidad, en el American Film Instituto, y asistía a todas las clases de cine que podía. Y empecé a probar con una cámara de súper ocho, luego compré una cámara de 16 mm e hice varios proyectos; con la cámara de 35 mm hice ‘Bazar’. Más tarde accedí al Film Institute en un proyecto en el que elegían a ocho mujeres, nos entrenaban –por decirlo así- durante dos meses y luego había que hacer una historia tuya para la que te subvencionaban con seis o siete mil dólares. Y así nació mi película ‘La virgen’. Más tarde, en la Universidad de Los Ángeles (UCLA) hice producción, guión y dirección, aunque mi especialidad es la de guión.
¿Cuál es el secreto de un guión, qué debe tener?
El guión ha sido mi entrenamiento más específico, es cierto. Para mí el guión debe tener emoción: puede ser realista, familiar, de terror, fantástico, pero la emoción es imprescindible. El cine entrena, debe entrenar los músculos de la emoción, es un gimnasio de los sentimientos y de la complejidad. Y el guión en sí es un territorio de la experimentación: es la base, la semilla, el germen. El producto final, es decir la película, siempre es diferente al guión e incluso a veces se rescribe al guión para adaptarlo a la película.
¿Cómo es eso?
Es así. Una historia se escribe al menos tres veces: con el primer libreto de guión, el material de partida para el rodaje; se reescribe durante el rodaje, con los cambios y las aportaciones de los actores y se reescribe en el montaje. Y todo eso me ha ocurrido con ‘Amores ciegos’, mi último corto.
Sí, que ha sido galardonado en Estados Unidos y entre nosotros, y figuró entre los precandidatos al Oscar de cortometraje.
Sí. Lo escribí en 2005. Escribí otros en los años siguientes, y finalmente lo retomé. Al principio era más complejo, pero no lo supe hacer así. Al final reduje la historia a cuatro personajes y a sus complejas relaciones de amor y desamor. Rodé mucho más que lo que aparece ahora, he dejado a varios personajes fuera y eso siempre da mucha pena. Cuesta mucho hacer cine.
¿Le ha dolido no ser nominada?
Me deprimí mucho. Sentí una pena infinita. Estaba ante la puerta y no se me ha abierto. He ido a ver todas las películas con las que competía la mía, y han elegido una convencional, de narrativa lineal con un conflicto. Eso sí, optar a la candidatura suponía dar un paso profesional hacia adelante: se me hubieran abierto las puertas para hacer un largometraje.
En todo caso, ¿qué le debe a ‘Amores ciegos’?
Muchas cosas. Por ejemplo, mi estancia en Cannes: fue una experiencia fabulosa que me encantaría repetir. Cannes es la meca del cine. Hay secciones de casi todo, secciones, foros, y se establecen unas conexiones maravillosas. Con ‘Amores ciegos’ allí experimenté el vértigo de la distribución y firmé un contrato exclusivo de siete años. Volvería a repetir. Y ‘Amores ciegos’ supuso mi regreso a España y a Zaragoza y la posibilidad de contar con un espléndido productor, Francisco Javier Millán, y un equipo de lujo. He aprendido mucho y me han tratado de maravilla.
JAVIER SEBASTIÁN: UN DIÁLOGO SOBRE 'EL CICLISTA DE CHERNÓBIL'

[Javier Sebastián, con ‘El ciclista de Chernóbil’ (DVD) y Mauro Corona, con ‘Fantasmas de piedra’ (Altair), Premios Cálamo 2011. El jurado ha decidido otorgar un Premio Cálamo Extraordinario a la obra ‘Cien mil millones de poemas. Homenaje a Raymond Queneau’. Recupero para el blog una extensa entrevista que le hice a Javier con motivo de la aparición del libro de DVD. Por puro azar de la vida, este año yo he publicado uno de mis libros favoritos, en verso y prosa (con 'Golpes de mar', agotado y descatalogado por Destino, y 'El testamento de amor de Patricio Julve', rescatado hace poco por Xordica). Javier Sebastián es un muy buen escritor, minucioso y ambicioso, y una persona estupenda. La foto de Javier es de Javier Vidal.]
¿Por qué le ha interesado este tema de Chernóbil, cómo llegó a él?
Me atraen los lugares abandonados, disparan mi imaginación. Lugares como los hoteles vacíos que había antes en Panticosa. Un poco como el hotel Overlook, de ‘El resplandor’. Casas vacías. Imagino vidas, canciones, niños haciendo los deberes en la cocina. Y de pronto todo eso ha desaparecido. El mundo está lleno de sitios de donde se fue la gente y ya nadie sabe dónde está. Un día supe que a tres kilómetros de Chernóbil hay una ciudad vacía, que es Pripyat. Allí vivían casi 50.000 personas, lo dejaron todo creyendo que iban a volver muy pronto. Allí quedaron sus ropas, sus fotografías, las mesas preparadas para la cena. Pero no pudieron volver. Mi novela ‘El ciclista de Chernóbil’ parte de la imagen de esa Pripyat evacuada, y de la de un anciano al que vi cómo abandonaban en un restaurante de París. Tenía que unir las dos cosas: una ciudad vacía y un hombre al que dejan solo. Así empieza todo.
Háblenos un poco de Vasia Nesterenko. Es un personaje real con un pequeño e importante cometido...
Nesterenko fue uno de los físicos nucleares más importantes de la Unión Soviética. Dirigió el ‘Proyecto Pamir’, un asunto militar que consistía en diseñar pequeñas centrales atómicas transportables para dar energía al lanzamiento de misiles intercontinentales. Un mes y medio después de entregar el primer reactor móvil explotó Chernóbil. De inmediato llamaron a Nesterenko. Junto con otros físicos, descubrió que entre 10 y 12 días después del accidente podían darse las condiciones para una explosión de naturaleza nuclear. Pero lo evitaron. Lo contó Nesterenko en el Georges Pompidou de París unos años más tarde. Dejó el ejército y fundó un instituto de asistencia a la gente que todavía hoy vive en zonas contaminadas. Lo amenazaban, intentaron matarlo dos veces. Ese fue Vasia Nesterenko, un hombre que, con sus debilidades, con sus contradicciones, transitó por donde los demás no nos atrevemos.
Resulta muy oportuna la publicación en este momento cuando Japón vive una crisis nuclear, derivada del terremoto, y el mundo reflexiona sobre esa energía.
Empecé a escribir ‘El ciclista de Chernóbil’ después de ver la primera exposición que se hizo en el mundo sobre Chernóbil. Las caras de miedo de los liquidadores cuando volvían de retirar los escombros radiactivos con la mano, la resignación, la voluntad de resistir, la risa a pesar de todo. Todo eso se me quedó dentro. Ya tenía la ciudad vacía que estaba buscando, ya tenía al hombre abandonado. Y me puse a escribir. Hablé con gente que estuvo la zona de exclusión, me entrevisté con las hermanas Zorina, dos colaboradoras de Nesterenko. Algo así, pensábamos todos, no volverá a pasar. Pero el viernes 11 de marzo, de madrugada, empecé a recibir sms en el móvil. Hablaban de la emergencia nuclear que había decretado el gobierno de Japón. Nesterenko, después de sobrevolar en helicóptero la central, dijo que había visto el infierno y que tenía un bonito color azul, tirando a morado.
¿Tiene una postura clara sobre la energía nuclear?
Kofi Annan, ex-secretario general de la ONU, habló de nueve millones de víctimas de Chernóbil, entre muertos, desplazados, enfermos, abortos, suicidios… La Academia Rusa de las Ciencias prevé 270.000 casos de cáncer, aparte de unos 200.000 casos ya diagnosticados atribuibles a la contaminación radiactiva de Chernóbil. El Laboratorio Nacional de Oak Ridge, en Estados Unidos, dice que desde 1944 hasta Chernóbil se produjeron en el mundo 284 accidentes de radiación catalogados como graves. El European Committee on Radiation Risk asegura que la radiación ha producido alrededor de 63 millones de cánceres en el mundo. Puedo seguir. Me remito a lo que dice la comunidad científica independiente. Y lo que dice es devastador.
¿Qué ha significado Chernóbil en la historia reciente del mundo?
En primer lugar, el colapso de la Unión Soviética. El presidente de la Unión de Liquidadores de Chernóbil, Youri Andreïev, que ahora vive en Viena, dice que el accidente fue en realidad un acto de sabotaje de los servicios de inteligencia occidentales, en respuesta al Proyecto Pamir. Aparte de eso, Chernóbil nos demuestra lo pequeño que es el mundo y lo corta que es nuestra vida en relación con este tipo de catástrofes, cuyos efectos son para todos y para siempre. Como dice Josep Ramoneda, director del CCCB, es también una metáfora de la sociedad del riesgo, que debe preguntarse qué está dispuesta a asumir y a cambio de qué beneficios. También es un desafío a los mecanismos de difusión de la verdad, porque la radiactividad y la mentira son hermanas gemelas.
¿Cómo ha sido la escritura, la documentación?
Una vez me entrevisté con un ruso que se inventó todo lo que me contó. Me pareció conmovedor, era la historia de un hombre que quería tener otra vida y yo le escuché. Era un verdadero novelista, de hecho sufría enormemente cuando me hablaba de ciudades subterráneas habitadas por esclavos, minas de uranio en las que enloquecían los hombres. Quizás un día escriba sobre él. Pero aquella charla no me sirvió para esta novela.
¿Entonces?
Sí, en cambio, me sirvieron los informes de la ONU, las entrevistas, he visto cientos de fotografías y vídeos. Valeri Legasov, que fue quien dio la versión oficial del accidente en Viena, se suicidó justo cuando empezaba a publicar en un pequeño diario de provincias sus notas sobre aquellos días de abril de 1986. El físico Chaadayev, que aseguraba que tenía pruebas de que la culpa había sido de un terremoto, desapareció. Hay 110 teorías sobre lo que pasó en Chernóbil. Al final, acumulas tanta información que acaba pesando demasiado sobre un texto que quiere ser una novela. No puedes ponerlo todo, aplastaría la ficción. Y entonces llega el momento de desescribir. Desescribir es tan importante como escribir. Por eso, me gustaría que esta novela se leyera como el principio de una averiguación, que el lector tomara el relevo.
La novela mezcla la ficción y la realidad. Aquí es difícil saber qué es ficción y qué es realidad, me refiero en Chernóbil, y en su novela casi también.
Chernóbil no admite un relato lineal, ni siquiera coherente. La devastación genera una literatura del silencio. Como en los ‘Relatos de Kolimá’, de Varlam Shalámov. Los personajes miran a su alrededor y callan. Individuos ínfimos que parece que se los va a llevar una corriente de aire. Me propuse un acercamiento, porque la radiactividad impone su distancia. Yo creo que cuando concurren en un texto como este los datos, la imaginación, las hipótesis, las voces de la gente que vive en los territorios contaminados y, sobre todo, la literatura, uno acaba haciendo un viaje sin mapas, y los viajes nos cambian. ‘Koba el temible’, de Martin Amis, fue para mí un modelo para este viaje sin mapas.
¿Y esos personajes secundarios, tan novelescos, con vidas que tienen algo de circenses, como de actores de película...?
Leí en un sitio que por la región de Polessia iba una maga diciendo que sabía cómo acabar con el estroncio 90 de los campos. La llamaban la maga Parasca y los alcaldes la tenían en mucha consideración. Y eso es verdad. Pura verdad. En la novela aparece un soldado que, después de ver el famoso gol de Maradona en la televisión, mejoró mucho su puntería matando perros asilvestrados por los alrededores de la central, una mujer que planta cebollas en forma de corazón sobre las tumbas de los muertos. También aparece el flaco Laurenti Bajtiárov, que canta canciones de Demis Roussos con gran sentimiento; Jvórost, el presumido, que viste un ceñido traje color vainilla; el matrimonio Jrienko, que se alimenta de gusanos y está pensando en comercializarlos. Todos ellos viven en la ciudad vacía de Pripyat y allí organizan una comunidad de supervivencia.
Habla de una celebración de la vida, de la alegría. ¿Puede celebrarse eso en este contexto?
Si hoy nos anunciaran el fin del mundo, haríamos un baile. Nos besaríamos. Y haríamos muy bien. Mis personajes tienen altibajos, pero, en general, están contentos. Se enamoran. Cantan. Incluso se arreglan un poco para salir a la calle, siendo que Pripyat es una ciudad desierta. El exsaqueador Jvórost, que en su vida anterior fue empleado en una pastelería de Minsk, suele ir con una flor en el ojal, dice que uno no debe perder nunca las formas.
¿Cómo podríamos definir la novela? Habla de novela de averiguación, de novela que otorga la voz a los muertos, a las víctimas, de novela-informe...
La novela es un relato sobre los resistentes. Sobre la ocultación. Sobre el silencio que dejan los escenarios devastados. Sobre la fragilidad de la vida. Y también en algunos momentos es una novela sobre la alegría, a pesar de todo. Los personajes de mi novela son muy generosos y ofrecen lo que tienen, que es compañía, conversación, poco más. Se tocan y se abrazan, aunque en ocasiones es para comprobar que no están hablando con muertos. Y Vasia Nesterenko va a todos lados en bicicleta porque quiere estar en forma, quiere vivir. ‘El ciclista de Chernóbil’ es una novela sobre la alegría de estar vivo.
¿Qué libros, qué autores le han abierto algunos caminos?
Antes he mencionado a Martin Amis, su manera de aproximarse a los hechos en ‘Koba el temible’ es admirable y literaria. Toda esa escritura de la desolación: el japonés Ibuse, Shalámov. Siempre Juan Rulfo. Un poco Ballard. Pero en mi novela creo que también hay huellas de autores enormemente vitalistas, como Zadie Smith o Julian Barnes. Leí los libros de los periodistas Wladimir Tchertkoff, Galia Ackerman, Alla Yaroshinskaia, Svetlana Alexeievich, Zhores Medvedev y otros, que me ayudaron a saber cosas, incluso a contarlas un poco como ellos. Practicando un distanciamiento que hace que los personajes se levanten solos. Como escritor me veo en los márgenes. En los márgenes se está bastante cómodo. En los márgenes hay menos radiactividad.
VILAS HABLA DE 'LOS INMORTALES'
Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) es muchos otros y él mismo. Su literatura, de atmósfera pop y de exaltación constante de una imaginación libre, está poblada por personajes que adquieren caracteres ambivalentes y por un Manuel Vilas que es un autorretrato y, a la vez, puro delirio y una forma de ironía. Y un ejercicio de autoficción. Vuelve a suceder en su nueva novela, 'Los inmortales' (Alfaguara), de estructura cervantina que presentó la pasada semana en FNAC y ahora lo hace en Madrid y Barcelona.

Ha dicho que este libro arranca de algunas de sus últimas experiencias con la muerte. ¿Por qué, a qué muertes alude?
A la de algunos amigos, que se han quedado por el camino demasiado jóvenes y a la de mi padre, que falleció en 2005. Él quería vivir, y su adiós también me llevó a preguntarme qué es y para qué sirve la vida. No aceptas la muerte: yo, como le sucedía a mi padre, tengo una ilusión por vivir. La vida me entusiasma y me exalta.Es como si, de repente, me diera cuenta de podemos desaparecer. Me he puesto en guardia. Yo también moriré y eso me ha puesto un poco nervioso. A mí me gustaría que la vida durase siempre, pasear al sol. Esa conciencia de la fugacidad me desarmó, y la literatura me ha ayudado a exorcizar esa revelación terrible.
¿No le habrá afectado la crisis también?
No creo. Yo soy optimista. El ser humano, y puede verse a alo largo de la histoira, ha evolucionado para mejor. A pesar de lo que está ocurriendo estamos viviendo el mejor momento histórico. Y dentrod e 300 años se vivirá mejor. Yo soy optimista, vitalista.
Claro. Por eso se entiende que parte de su novela se desarrolle en el año 22001.
Somos seres históricos. La historia del hombre es la de una aritmética constante. Y la imaginación literaria te lleva a explicar lo que sucede, a instalarte en la ciencia ficción, en la distopía, algo que también hacía J. G. Ballard.
Empecemos específicamente con el libro...
'Los inmortales' arranca con un hallazgo: en 22001 se descubre un manuscrito donde se cuentan las andanzas de un conjunto de criaturas escogidas para ser inmortales: el propio poeta o narrador que soy, Saavedra, el protagonista de esta historia...
¿Qué le debe este libro a 'El Quijote'?
A mí me fascina la vida de Cervantes, que encarna a la perfección su espíritu. En segundo lugar, 'El Quijote' es un libro decisivo que habla de los grandes valores de Occidente: en 'El Quijote' se ve el fundamento de la democracia y es una novela sobre la tolerancia. Y por último, a través de la inteligencia de Cervantes, queremos vivir la vida. Cervantes es indulgente y generoso, y la generosidad y la indulgencia son grandes virtudes de la especie humana. Y esa indulgencia la he trasvasado a 'Los inmortales', que es una novela sobre la indulgencia.
¡Nadie lo diría!
No se crea: en mi novela aparece un personaje como el de don Quijote, ese Saavedra vitalista y poliédrico, y otro que emula a Sancho. En el fondo esta es una novela de parejas: Picasso y Vincent Van Gogh, la madre Teresa y el Papa, Virgil y Fede... La novela avanza porque existe un interlocutor que le hace compañía a cada personaje. Eso conlleva otro aspecto: la derrota de la soledad. Querría no estar solo nunca. Con los diálogos intento dar una lección de vida. Soy un vitalista.
Por cierto, una de las grandes parejas del libro es la de Hilter y Stalin. ¿Cómo lo explica?
Eso que hago yo con ellos, distorsionarlos, inventarles otra vida, no es nuevo: los convierto en personajes de la cultura pop, pero eso ya lo hizo antes Andy Warhol. No es frívolo exactamente, eso es la literatura: una vuelta de tuerca más a la realidad. En mis libros se diluye la realidad, se transforma, y eso también es cervantinismo, es la verdad de las mentiras.
Usted establece su propio código que le permite hacer y decir lo que le dé la gana, ¿no?
Hay como un desafío a la lógica y mis libros no hay que leerlos de manera lineal, buscando la estricta verosimilitud: siempre hay un desafío, un riesgo.
Por cierto, sus libros son muy culturalistas, exigentes con el lector. ¿Para quién escribe?
'Los inmortales' es un libro de historias y de personajes de amplio espectro, político y cultural.
Ha dicho que 'Los inmortales' es una novela de caballerías...
Desde luego. Es una novela de caballerías invertida, es decir una parodia, y ahí establece otro vínculo con Cervantes. El personaje que encuentra el manuscrito, Aristo Willas, manda a Corman Martínez, el último comunista, que visite todos los McDonald's del mundo. Y algo así solo puede darse en una novela de caballerías del siglo XXI, donde se produce una reunión de poetas en la luna.
¿Qué valor le da al humor?
Todos mis libros son libros de amor. El humor es otra de las formas del amor, un amor muy libre que rebaja la solemnidad. El humor es una búsqueda del otro y está muy presente aquí. El humor nos hace a todos más humanos.
EL ARCHIVO DE MUÑOZ MOLINA, DONADO A LA BIBLIOTECA NACIONAL
Antonio Muñoz Molina dona su archivo personal
a la Biblioteca Nacional de España

*Nota de la Biblioteca Nacional
El patrimonio bibliográfico español se ha visto significativamente incrementado gracias a la donación del archivo personal de Antonio Muñoz Molina. El escritor y académico ha considerado a la Biblioteca Nacional de España como el lugar más idóneo para albergar algunos de los frutos de su trabajo como escritor. Entre los documentos donados se hallan cuadernos con notas extraídas de sus lecturas, borradores de algunas de sus novelas, papeles preparatorios, poemas inéditos de juventud y una obra de teatro igualmente inédita escrita hacia el año 1974.
El generoso gesto de Muñoz Molina tendrá grandes ventajas tanto para la conservación y seguridad del archivo como para su difusión, favoreciendo la investigación de la obra no sólo en el momento presente sino también en el futuro.
Desde hace ya varios años la Biblioteca Nacional de España está realizando una campaña de promoción del donativo de archivos entre las personalidades de la cultura hispánica, habiéndose conseguido, entre otros, el de Jorge Guillén, Federico Senén, Gabriel Alomar o Joan Margarit, de más reciente adquisición. La Institución dispone de una aplicación informática creada expresamente para procesar los archivos personales, en la que especialistas bibliotecarios realizan una minuciosa descripción de todos y cada uno de los documentos que los componen. De esta forma, las cartas, fotografías, agendas, notas manuscritas, etc. de un autor no se disgregan sino que siguen integrando un conjunto unido, tal y como estaban en posesión del autor, lo que facilitará la tarea del investigador.
La Biblioteca Nacional de España, como conservadora y difusora del patrimonio bibliográfico español, a la vez que promotora de la investigación hispánica, agradece y felicita a Antonio Muñoz Molina por su acto altruista, así como anima a la comunidad científica y literaria a imitar el ejemplo.
*En la foto, Antonio Muñoz Molina con su compañera Elvira Lindo en una foto de internet que pertenece al 'El País'.
HA MUERTO ENRIQUE ASÍN CORMAN, BIÓGRAFO DE FLORENTINO BALLESTEROS

[Esta noche, a los 64 años de edad, moría el escritor, dibujante y apasionado de los toros Enrique Asín. Hace un par de años, publiqué en ‘Heraldo de Aragón’, este retrato de Enrique Asín Cormán, biógrafo de Florentino Ballesteros y dueño de un espléndido Museo Taurino.]
ENRIQUE ASÍN CORMÁN HA FALLECIDO
Enrique Asín Cormán era como un caballero de antaño: elegante, señorial, un enamorado de la belleza, del romanticismo y del arte. Halló en la tauromaquia un universo ideal de incitaciones. De niño, su abuelo Jesús Cormán, ‘el Cojo’, lo llevaba al Coso de la Misericordia y le hablaba de la ‘Edad de Oro’ del toreo aragonés, cuando Herrerín y Ballesteros provocaban suspiros de emoción y alguna reyerta a bastonazos en los aledaños de la plaza. Poco después, de estudiante en Madrid, se hizo asiduo del Museo Romántico y era un merodeador insomne de las Ventas, que olía a almizcle y a vaharada espesa de humo. Volvió a casa con el gusanillo de los toros en la cabeza y en la sangre, y a ese mundo le dedicó muchos esfuerzos. Fue adquiriendo una colección de fotos, trajes, carteles, cuadros, dibujos, estampas, maquetas, espadas, periódicos y revistas, y creó el Museo Taurino en Blas Ubide 12+1. Su local era un foco de encuentro y de tertulias donde los aficionados y amigos de Enrique parloteaban, comían y bebían a sus anchas. Su mujer María Jesús era familiar del litógrafo Portabella y así consiguió carteles y pruebas de impresión. Un día, a Enrique la vida empezó a darle latigazos terribles: se murieron su mujer y su propia hermana, se arruinó, y peleó contra la fatalidad. Intentó que su amada colección se quedase aquí, en vano, y para resistir tuvo que vender algunas piezas espléndidas. En 2009, una parte de ese patrimonio se expuso en el Palacio de Sástago. Gusten o no los toros, ahí pudo verse un impresionante legado cultural de casi tres siglos. Enrique, que tiene algo de diletante trágico, ni pudo asistir a la inauguración: sufrió un accidente en una cadera y desde el hospital soñó que contaba a los asistentes el cuento de los toros. Una loca pasión por la fiesta: esa orgía del amago, del vértigo y la muerte.
SIBIRANA EDITA A GINÉS LIÉBANA
Mañana martes, 24 de enero, de 2012 en Librería Cálamo
Con motivo de la edición del libro Resucita Loto, obra de Ginés Liébana (Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes 2005), Sibirana Ediciones se presenta al público con su primer título y anuncia sus planes de futuro.

El sociólogo Chaime Marcuello es uno de las cabezas visibles de esta editorial que ha rescatado esta pieza de teatro sobre una el amor y la resurrección, en un formato menudo, de bolsillo, que lleva dos hermosas ilustraciones del pintor, poeta y dramaturgo. Explican los editores:
SIBIRANA EDICIONES
¿QUIÉNES SOMOS?
Somos un grupo de amigos que nos encanta leer y disfrutar de la lectura.
Nos gusta leer e imaginar mundos imposibles. Nos gusta sentir y oler el perfume de la vida, efímera siempre, inevitablemente corta o, quizá, demasiado larga si esto sólo es una espera antes de la eternidad. Nos gusta sentir y beber con gozo las esencias de la Tierra que el Sol deja en nuestras copas filtrado en el corazón de las uvas.
Nos gustan los libros y el gozo de tener entre las manos la sensación del paso de cada hoja, las tapas que se rozan, la tinta que pinta el blanco con los colores de la imprenta. Nos gustan las cosas bien hechas y nos gusta ponerlas a disposición de quien se quiera dar un lujo. Un lujo singular, carente de despilfarro y alejado de lo común. Nos gustan las obras que no se publican para adocenar a las masas.

¿DÓNDE VAMOS?
Queremos ser una apuesta por la singularidad, por la excepción. Un asunto exclusivo, sólo para quienes sepan distinguir y busquen entre las maltrechas idas y venidas del día a día, la dicha como destino y como sentido.
Queremos ser hacedores de libros, de objetos bellos y llenos de emociones.
Queremos hacer una cartografía de ínsulas extrañas, donde cada obra forme parte de un archipiélago rodeado de nubes e "imagina-constructores" por todas partes, menos por una, la de sus raíces.
Queremos descubrir por qué la Luna se esconde y vuelve a salir, porqué no se puede vencer a los vencidos o porqué el buen gusto sabe que todo tiene un abajo y un arriba, una cara que se ve y otra que se esconde.
Queremos percibir el mundo y dejarnos llevar por sus aromas.
Queremos paladear el eco de las viñas al reposar su tiempo en el vidrio de la botella y decantarse en la copa de cristal.
Queremos subir la piedra de Sísifo para deslizarnos con ella al volver a descender, porque sólo quienes han caído se pueden levantar...
Sibirana Ediciones es la suma de unas voluntades que quieren disfrutar haciendo libros y más cosas. Nuestro lema fundacional es "leer, oler, beber", todo con moderación. Sin sobresaltos.
*Las fotos y los cuadros de Ginés Liébana están tomados de su blog personal.
EL PÚGIL TOM MOLINEAUX

[El escritor zaragozano Antonio Cardiel, que reside en Barcelona desde hace años y que viaja constantemente al Pirineo, es un gran aficionado al boxeo. Próximamente publicará un libro, que tiene mucho de crónica y de búsqueda de un púgil, titulado ‘El boxeador’. Estos días, tras un viaje a Londres, me ha enviado esta nota y este dibujo Tom Molineaux. Aquí está la historia completa.]
HISTORIA DE TOM MOLINEAUX, BOXEADOR
Por Antonio CARDIEL
Siempre que hacemos un viaje al extranjero me gusta traerme algún objeto de recuerdo. Cuando fuimos a Londres a comienzos de 2012, pensé que estaría bien conseguir algún grabado o fotografía de boxeadores, no en vano Inglaterra es la cuna del boxeo moderno, donde se celebran combates con regularidad desde comienzos del siglo XVIII, y Londres, por su parte, la plaza más importante de Europa en anticuarios.
Pues bien, a pesar de todas las expectativas, apenas pude encontrar objetos relacionados con este deporte en los diferentes anticuarios que visité (alguna fotografía ya del siglo XX, cromos sueltos y enmarcados, guantes…). Pude, no obstante, conseguir dos estampas, lo que los ingleses llaman print, ambas de mitad del siglo XIX.
La primera es una lámina de 1840, comprada en el mercado de Portobello el sábado 7 de enero de 2012, que representa al peso pesado negro Tom Molineaux. Es copia de un dibujo en color realizado por el pintor Robert Dighton en 1812 y que se conserva en la National Portrait Gallery de Londres.
Tom Molineaux fue un peso pesado nacido en 1784, en Virginia, Estados Unidos. Era esclavo y fue entrenado por su padre. Tenía un hermano gemelo también boxeador. Peleó contra otros esclavos para entretener a los dueños de las plantaciones de Virginia. Debido a las ganancias que obtuvo con estos combates, pudo comprar su libertad, momento en el que emigró a Gran Bretaña en busca de fortuna.
Pasó gran parte de su carrera pugilística entre Gran Bretaña e Irlanda, países donde protagonizó notables sucesos. Hizo su primer combate en Inglaterra el 24 de julio de 1810, venciendo a Jack Burrows en 65 minutos. El 3 de diciembre de 1810 peleó por el título inglés de los pesos pesados contra Tom Cribb, otro boxeador legendario, que era el favorito del público y en las apuestas y quien finalmente ganó. Ambos boxeadores se enfrentaron de nuevo el 28 de septiembre de 1811 ante 15.000 personas, en otro de esos combates legendarios de la historia del boxeo. En el decimoprimer asalto, Cribb le rompió la mandíbula.
Su carrera como boxeador terminó en 1815. Fue encarcelado por deudas y terminó sus días arruinado y alcoholizado en Dublín, ciudad donde murió a los 34 años.
EL CENTENARIO DE UN POETA: ILDEFONSO-MANUEL GIL (1912-2003)
ILDEFONSO-MANUEL GIL
El poeta de la autenticidad cumple un siglo

[Hace cien años, nacía en Paniza el humanista y escritor de la Generación de 1936, que fue condenado a muerte y dirigió la Institución Fernando el Católico]
ANTÓN CASTRO / Zaragoza
Tal día como hoy, hace exactamente un siglo, en Paniza, Zaragoza, nacía el humanista, escritor y profesor Ildefonso-Manuel Gil. Poco después, se trasladaría a Daroca. Diría años después Ildefonso: “Mi vida ha sido como la del niño de ‘Cinema paradiso’. Me gustaba el cine mudo y el teatro. Mi padre alquiló, con otros socios, el Teatro Cervantes de Daroca. Yo hacía teatro con un amigo, Luis Bobed, representábamos fragmentos de los libros de preceptiva literaria y cobrábamos la función a unos céntimos”. Recreó su infancia en ‘Un caballito de cartón’ (Xordica, 1996), donde habla de la revelación de la literatura, de sus paseos por las colinas al ocaso con su padre y del clima de amistad y creatividad incesante que vivía con su hermana Victoria, que tocaba el piano y murió joven: hacían juegos de palabras, construían diccionarios de casi todo y leían los poemas de Bécquer.
Pronto se inclinaría hacia las letras. Estudió el bachillerato y decidió matricularse en Derecho, entre otras cosas porque veía que “muchos escritores habían hecho esa carrera”. Se trasladó a Madrid con su madre, que le financiaría su primer libro: ‘Borradores’ (1931), que nacía del deslumbramiento por el poeta sevillano, por Gabriel y Galán, y Campoamor. Madrid fue determinante para él: conoció a Benjamín Jarnés, al que traería de excursión a Daroca, a José Antonio Maravall, a Francisco Ayala, a Ricardo Gullón, que serían sus grandes amigos. Y en 1934, tras haber pasado muchas horas en la Biblioteca Nacional y haber asimilado la lírica de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y la Generación del 27, publicó un poemario mucho más maduro: ‘La voz cálida’. El escritor y bibliófilo José Luis Melero, uno de sus grandes amigos de sus últimos años, dice: “Me gustaba mucho hablar con él, porque no quedaba ya nadie en Zaragoza que pudiera hablarnos, no de oídas, sino de primera mano, por haberlos conocido o mantenido amistad, de escritores como Jarnés, Sender, Juan Ramón, los Machado, García Lorca (a quien conoció con la Argentinita en el Teatro Español de Madrid), Pedro Luis de Gálvez (de quien no se libró del consabido sablazo), Seral y Casas, el vanguardista aragonés Antonio Cano...”
Poco más tarde, obtuvo una plaza de funcionario en Teruel y allí le cogería la Guerra Civil. Fue denunciado, detenido y condenado a muerte, y pasó siete meses y diez días en el Seminario, esperando que le viniesen a buscar para ser ejecutado. Esa sensación de terror diario y de pesadilla la narró en su novela testimonial, ‘Concierto al atardecer’ (DGA, Crónica del Alba, 1992). Al terminar la contienda se trasladó a Zaragoza y trabajó en el colegio Santo Tomás de la familia Labordeta, en Sagrada Familia, en HERALDO de administrador, en los tiempos de su gran amigo Pascual Martín Triep, y en la Universidad de Zaragoza, como ayudante de Francisco Ynduráin. Recuerda Eloy Fernández Clemente, primer premio de las Letras Aragonesas: “Había sido profesor mío en Letras, a comienzos de los sesenta; luego nos escribimos cuando estaba en los Estados Unidos, y el reencuentro fue para siempre, y de tú a tú, pues daba y pedía mucho cariño: muchos miércoles, a media mañana, tomábamos café al que solía acudir Pilar, su esposa. Y volaban mil asuntos, proyectos, ideas... Me gustaron mucho su primeriza novela ‘La moneda en el suelo’ y el tardío ‘Concierto al atardecer’, sobre la espera de la muerte, en el Teruel en guerra. Cuidaba muchísimo los textos, los poemas. Era un artista de la palabra”.
Entonces, redactaba poemas y escribía ensayos en el café Ambos Mundos o en el Niké, colaboraba con un yugoslavo en la traducción de Lorca, tenía un sastre en la calle San Miguel que le habló de Pessoa, y celebraba distintas tertulias con amigos tan entrañables para él como José Manuel Blecua, José Orús, José Alcrudo o Manuel Alvar. En 1945 publicó el que algunos consideran su mejor libro de versos: ‘Poemas del dolor antiguo’. Señala Antonio Pérez, estudioso de la poesía aragonesa contemporánea: “Se trata de uno de los mayores esfuerzos por la recuperación en la poesía española de una voz personal y sincera. El poeta alcanza un tono comedido pero profundo desde el que poder apenas insinuar las causas de tanto sufrimiento; el poema nace, así, desde el temblor íntimo. Supone, al mismo tiempo, una apuesta por la vida, por la felicidad que radica en las cosas pequeñas y cercanas (la naturaleza, la familia)”. Al año siguiente apareció ‘Homenaje a Goya’.
En aquellos años de posguerra alternó la lírica con la novela: firmó textos en prosa como ‘La moneda en el suelo’ y ‘Juan Pedro el dallador’. En 1962, casado ya con Pilar Carasol, que había sido alumna suya, y padre de cuatro hijos, aceptó una invitación de Francisco Ayala para dar clases en Nueva Jersey. Permaneció más de veinte años como profesor y ensanchando su obra literaria. Y allí nacería su quinta hija, Victoria.
En 1985, regresó definitivamente a Zaragoza; se instaló en la calle Costa, fue nombrado director de la Institución Fernando el Católico. “A mí me emocionaba mucho entrar en su despacho y ver enmarcado y colgado en la pared el sobre de una carta de Juan Ramón a Ildefonso, escrito con su letra picuda e inconfundible, y en el que se leía el nombre y la dirección del poeta en Daroca. Eso no podías verlo en ninguna otra casa de Zaragoza. Eso era un signo de distinción incomparable”, recuerda Pepe Melero.
Ildefonso fallecía en 2003 a los 91 años de edad. Narrador, ensayista, traductor de Camaoens, se había sentido esencialmente poeta. Poeta de la vida y del amor, del paisaje y de la muerte, de la familia. Insiste Pérez Lasheras: “El rasgo más destacado de su poesía es la autenticidad: Ildefonso fue un poeta auténtico en toda su larga trayectoria, lo que supone escribir solo cuando se tiene algo que expresar y hacerlo desde la coherencia vital y estética, personal e intelectual”. Él y Melero coinciden en su importancia: “Escribió mucho y bien. Fue con Miguel Labordeta el más importante poeta aragonés del siglo XX, el de mayor obra y el que más eco ha tenido”. La Fundación Comarca de Daroca le recordó este fin de semana; al siguiente será objeto de otro homenaje en Paniza.
*Este texto apareció ayer en Heraldo de Aragón.
GARRAPINILLOS: NUEVA VICTORIA
GARRAPINILLOS, 1- LA UNIÓN, LA JOTA-VADORREY, 0
Ganar cuesta cada vez más. Eso lo sabe muy bien Marcelo Bielsa: sus teorías, su percepción del fútbol, sus frases y su biografía fueron hoy la materia central de nuestra charla táctica. El Garrapinillos jugaba ante La Unión, La Jota-Vadorrey, que va por abajo, pero sabíamos perfectamente que nadie regala ni los goles, ni el juego, ni siquiera el balón. El Garrapinillos, con la lesión de Óscar Cambra y Jorge Blasco, la ausencia de Eloy (que se había ido a la nieve con su novia bien de mañana, y para ella eso, decía Eloy en broma, no era negociable) y la sanción de Fran, volvía a estar diezmado. Muy diezmado: hoy solo pudimos contar con cuatro suplentes en el banquillo. La tarde era preciosa: una tarde de anticipada primavera, llena de sol y de un viento incómodo: hoy empujaba furiosamente hacia el cementerio.
Como siempre, casi obsesivamente, camino de San Lorenzo sonaron varios temas de ‘Pearl’ de Janis Joplin. Ese disco es casi nuestra banda sonora; o cuando menos la mía. Hace días que no las tenemos todas con nosotros: parece que alguien nos mire mal, que alguien haya aojado al Garrapinillos: vaya, que exista un leve maleficio, podría decirse en broma. Ante las bajas, sabíamos que necesitamos el gol más: definición en ataque, disparos, creación de peligro, búsqueda de remate, incursión por las bandas.
Hicimos algunos cambios: por vez primera este año, hemos pasado de un clásico 4-3-3 a 4-2-3-1, con Eduardo García Pirri en punta y dispuesto a bregar, a rematar, a ejercer de pívot y de talismán para las llegadas de Diego y Jorge Rodríguez, de Quique Romero, que se descolgaría hacia la izquierda y de Alberto Luna, que arrancaría desde la medular.
Formamos así: Sergio Blasco; Mateo, Lacabe, Beltrán, Dani; Kike Alcubierre, Alberto Luna; Diego Rodríguez, Jorge Rodríguez, Quique Romero; y Pirri. Como suplentes, Pitu, Alberto Sancho, Jesús Ángel y Alberto Rubio. Nosotros vestíamos de rojo; La Unión, de blanco. El partido empezó bien: dominamos pronto, penetramos por ambas bandas, y en una internada en el área, Pirri fue derribado. Lacabe marcó de penalti. El equipo intentó seguir jugando con brillantez, tocando, triangulando, intentó jugar en la media, arrancar desde ahí, pero pronto sufrimos una importante baja: Jorge Rodríguez recibió una importante tarascada y tuvo que retirarse; ahora está en la clínica de Monte Canal y están intentando descartar una contusión renal u otras complicaciones. Está con gotero. Hizo lo que pudo en una nueva posición, de media punta con mucha movilidad, pero apenas tuvo tiempo de entrar en juego: recibió muchos golpes, y ante un equipo agresivo se resiente su menudencia, su fragilidad y, sobre todo, su juego vistoso. Mucho ánimo desde aquí: era un día importante para él.
En la segunda parte, el partido siguió trabado, con lances violentos, con intensidad. La Unión, que se quedó con diez jugadores, había venido a vender cara su derrota; a favor del viento, planteó algunos problemas en los balones aéreos, pero ahí tanto Lacabe como Beltrán estuvieron sobrios. Lacabe volvió a demostrar que es un gran central, un gran libre, y Beltrán es uno de los secretos de la zaga del Garrapinillos. Los laterales también estuvieron bien; Pequerul trabajó a destajo. Hubo un poco de todo hacia el final: ocasiones claras nuestras, sin duda, de Alberto Rubio, de Diego, de Pitu, y La Unión se encontró con un regalo inesperado en el minuto 90: una cesión de Mateo al arquero Sergio Calvo, que en realidad no había sido, nos llenó a todos de nervios. En esa tensión de colocación de la barrera, la defensa del Garrapinillos logró abortar el terrible disparo, y poco después moría el partido. Garrapinillos 1, La Unión 0. Debimos haber ganado con más claridad, pero también pudimos haber empatado. Para la semana siguiente, entre otras bajas, más que posible la de Jorge Rodríguez también, perdemos a David Mateo, nuestro lateral derecho, por acumulación de tarjetas. Cumple ciclo de cinco. El trabajo de todo el conjunto merece el elogio: Diego pareció más entonado; Kike Alcubierre intentó jugar con firmeza, Alberto Luna sigue creciendo, Pirri peleó hasta la extenuación, Rubio corrió y corrió, Jesús orientó el juego en el centro del campo tras su salida; Romero fue de menos a más...
El partido ha tenido, de nuevo, esa vibración con algunas brusquedades y esa emoción de los últimos partidos en casa. Nos cuesta mucho ganar. Muchísimo. Eso sí también encajamos pocos goles, y eso nos está permitiendo seguir ahí arriba. El Salvador y el A Mesa Puesta han ganado con claridad, y se mantienen al acecho. El Garrapinillos, mientras tanto, sigue trabajando martes, jueves y viernes para mejorar su juego, para resultar más competitivo, para llevar la iniciativa en el desarrollo de los partidos.
El domingo nos visita el Utebo. Se avecina otro temblor: es un duelo entre vecinos. Eso sí, perdemos a Jorge Rodríguez, pero vuelven Eloy y Fran, dos zurdos exquisitos.
PD. Jorge ya ha regresado a casa. Dicen que solo es un fuerte golpe. Tendrá que guardar reposo durante diez días; entonces, volveré a Monte Canal. Aquí lo vemos en una foto de archivo sacando un córner desde la derecha.
UN SIGLO DE ILDEFONSO-MANUEL GIL
EVOCACIÓN DE ILDEFONSO-MANUEL GIL
Tal día como hoy, un 22 de enero de 1912, nacía el autor de ‘Concierto al atardecer’ en Daroca [Recupero este artículo publicado hace algunos años en ‘Heraldo’ / Artes & Letras]
Ildefonso-Manuel Gil decía: “Mi vida ha sido como la del niño de ‘Cinema paradiso’. Me gustaba el cine mudo y el teatro. Mi padre alquiló, con otros socios, el Teatro Cervantes de Daroca. Yo hacía teatro con un amigo, Luis Bobed, representábamos fragmentos de los libros de preceptiva literaria y cobrábamos la función a unos céntimos”. Aquel periodo de su niñez en Daroca era como el cuento feliz del que no quería desembarazarse. Recordaba una y otra vez los tratos con los gitanos, las visitas al castillo, los relatos legendarios de moros y princesas encantadas, la revelación de la literatura, incluso de la pornográfica como “La novela nocturna”, y sobre todo la presencia de Victoria, su hermana mayor, con la cual hacía juegos de palabras, construían diccionarios portátiles y absurdos, y luego la oía tocar el piano. Otra emoción insustituible eran los paseos con su padre, farmacéutico, por la vega, entre los pinos y el paisaje. Daroca, que se estaba convirtiendo en una región literaria, quedaba atrás como una ciudad ocre e íntima, encerrada entre murallas y torreones altivos. Empardecía en los collados y los cazadores cantaban a lo lejos entre perros y un polvo de oro.
El estudiante de Escolapios se examinaba en Zaragoza. Hubo un momento en que, deslumbrado por Gabriel y Galán, Campoamor y Bécquer, decidió ser escritor. Leía la solapa de los libros o las notas de autor y comprobaba que muchos de ellos se habían licenciado en Derecho, así que optó por esa carrera, que simultanearía, ya en Madrid, con la de Filosofía y Letras. Muertos prematuramente su padre y Victoria, la familia (la madre, Ildefonso y su hermana Antonia, otro ángel tutelar y casi inadvertido de su existencia) se las apañó como pudo. El joven poeta publicó “Borradores” (1931), y se zambulló en aquella orgía de letras que era Madrid. Conoció a Jarnés, al que visitaba con frecuencia en su casa, y vivió de cerca su pasión clandestina y no correspondida por la novelista Rosa Arciniega, conoció a Rafael Alberti y María Teresa León, “la mujer más bella de Madrid, en efecto”, a Maruja Mallo, que había sido novia de Alberti, iba a serlo de Miguel Hernández y era la mujer “que mejor maldecía de todo Madrid”. Y conoció a Juan Ramón Jiménez, hipersensible y frágil, protegido como un niño asustado por su enfermera de amor, Zenobia. Y visitó a Pedro Salinas, que poseía en casa una jaula de oro y una colección enorme de discos de piedra. 
Esos amigos y esa literatura en expansión abonaron su segundo libro: “La voz cálida” (1934). El escuálido muchacho de Paniza y Daroca ya no era un “paleto deslumbrado” por la Biblioteca Nacional. Vivir, hasta entonces, había sido un don, con algunas sombras, que le regaló experiencias, nuevos amigos (Seral y Casas, Ayala, Maravall, Mingote, Sender) una vocación para siempre e incluso amores locos. “Siempre he sido muy enamoradizo. Mi fervor por la pasión nace de la felicidad que yo sentía en los enamoramientos”.
Se marchó a Teruel como funcionario del Estado. Apenas llegó, estalló la Guerra Civil y fue encerrado en el Seminario bajo la amenaza incesante del fusilamiento, la suerte que corrieron tantos otros compañeros. El horror se instaló en su cerebro y en la piel como un estigma inevitable. Sobrevivió. Aquellos siete meses y diez días de incertidumbre reaparecerían una y otra vez en el insomnio y en la escritura. Regresó a Zaragoza y se reenganchó a la vida: dio clases en Santo Tomás, Sagrada Familia y particulares a deshoras, escribió manuales de literatura casi a medianoche en el café Niké, ayudó a un yugoslavo a traducir a Lorca, conoció a un sastre esperantista que le condujo a Pessoa, y fundó una familia: otro centro germinal de su existencia, que ahondó su visión de la añoranza y de la vitalidad. Pilar Carasol, una muchacha de instituto, 14 años más joven que él, venció la huella de todas las novias para ser la única novia, la musa de la luz. Ildefonso hizo otras muchas cosas: asentó su poesía, se descubrió narrador, ensayista, traductor de éxito de Camoens. Incluso fue administrador de “Heraldo” a la sombra de Pascual Martín Triep, periodista, fotógrafo y experto gastrónomo bajo el seudónimo de Fabio Mínimo.
En 1962, asumió otro riesgo: emprendió la aventura norteamericana en Nueva Jersey. Allí nacería Victoria, la quinta de sus hijos. Con esas maletas de viajero, regresó en 1985 a Zaragoza, Daroca, Paniza. En estos 17 largos años halló lo que había soñado: amigos (escritores jóvenes y veteranos), reconocimiento oficial, editores y lectores, cariño a espuertas, respeto, y multiplicó su producción literaria con “Concierto al atardecer”, con multitud de poemarios, uno de los más bellos fue “Por no decir adiós”, con sus memorias que aparecieron en Xordica: “Un caballito de cartón” y “Vivos, muertos y otras apariciones”. El cuento de su vida se cerró con un final feliz, hasta que, ya nonagenario, la muerte acudió a cerrarle los ojos. Por eso, entró sereno en el nuevo cielo y en la nueva tierra... Apenas, unos meses más tarde, Pilar Carasol, la musa de sus versos, la luz esencial de su lírica, acudió a su lado.
LUCÍA CAMÓN Y ALFONSO KLINT

LARA ALBUIXECH: LUCÍA Y ALFONSO, RETRATO DE EMPAREJADOS
He hablado aquí otras veces de la actriz, poeta y videocreadora Lucía Camón. Tiene mucho talento: una voz poética que se suspende en lo cotidiano y en los secretos del amor y de la convivencia. Lara Albuixech me envía esta bonita foto de ella, que está a punto de ser mamá, tras su paso por ProyectAragón. Con ella está su compañero Alfonso Klint, que es diseñador y maquetador del libro de Lucía, ‘Siete veces sí’, que presentó en Zaragoza, y además es su guitarrista: junto, Lucía y Alfonso, realizan cuidados recitales poéticos.
LA BIBLIOTECA MARÍA MOLINER CUMPLE CIEN AÑOS
Más de medio millón de alumnos utilizan cada año este servicio de la Facultad de Filosofía y Letras
En el año de su apertura, 1912, el servicio contaba con 2.700 volúmenes, en la actualidad suma más de 350.000
Una exposición, que se inaugura el lunes a las 19,30 horas, conmemora un siglo de existencia de este espacio por el que pasaron estudiantes ilustres como María Moliner

PRENSA. UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
La Biblioteca de Filosofía y Letras María Moliner celebra durante este 2012 su primer siglo de existencia. Para conmemorar este señalado aniversario se ha organizado una exposición que recoge los documentos más destacados y anecdóticos de este servicio universitario, que comenzó a funcionar el 23 de enero de 1912. La inauguración de esta muestra conmemorativa tendrá lugar el lunes a las 19,30 horas en la Biblioteca María Moliner, con la participación del decano de la Facultad, Severino Escolano; el director de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza, Ramón Abad; la directora de la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, Matilde Cantín y el catedrático de Historia Antigua, Guillermo Fatás.

Desde que la biblioteca se trasladó en 2003 a su actual ubicación, en el edificio María Moliner, un total de 3.800.000 personas han utilizado este espacio de estudio y tan sólo en el año 2011 se contabilizaron más de medio millón de visitas. Por otra parte, en el año de su apertura, 1912, la biblioteca disponía de 2.700 volúmenes, mientras que en la actualidad suma más de 350.000 entre libros, revistas, microformas, partituras, películas, etc.
Los organizadores de la exposición han reunido los principales elementos que durante este siglo han conformado la Biblioteca de Filosofía y Letras. La muestra comienza con un repaso de los espacios que han servido de escenario para la actividad bibliotecaria de la Facultad, desde la antigua sede de en la Plaza de la Magdalena hasta el actual edificio de la Biblioteca María Moliner. El público podrá conocer los proyectos arquitectónicos del año 1935 para trasladar la biblioteca al Campus San Francisco en 1941, los planos, las fotos y otros materiales gráficos que ilustraran las diferentes ubicaciones de este servicio de la Facultad de Filosofía y Letras.
Toman especial protagonismo en la muestra las donaciones de Gregorio García Arista, Carlos Riba, Eduardo María Gálvez y Miguel Labordeta. La biblioteca del Espía, colección que perteneció a Faustino Antonio Camazón, o el Libro de actas de la Cofradía de San Jerónimo de libreros de Zaragoza son otros tesoros de esta biblioteca universitaria.

En la exposición, que pretende acercar aún más la Biblioteca de Filosofía y Letras a la sociedad en general, también se podrá contemplar una representación de antiguos aparatos, instrumentos y muebles que evocan el entorno en el que trabajaron los anteriores bibliotecarios.
Entre los fondos que más destacan de esta biblioteca está la colección de los Caprichos de Goya, que forma parte del legado de Gregorio García Arista. Esta joya bibliográfica fue identificada en 1978 mientras se preparaba el catálogo para una exposición conmemorativa del ciento cincuenta aniversario de la muerte de Goya. Se trata de un ejemplar de la primera edición, tirada bajo la supervisión directa del artista y anunciada en el Diario y en la Gaceta de Madrid del 6 y 19 de febrero de 1799. Asimismo, la biblioteca conserva el expediente de la ilustre bibliotecaria, filóloga y lexicógrafa, María Moliner, que fue alumna de la Facultad de Filosofía y Letras entre los años 1918 y 1922. Por último, también se expondrá el primer diploma de título de licenciado en Artes que se conserva y que data de 1519.



