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LA QUINCENA MUSICAL DE SAN SEBASTIÁN ATRAVIESA EL ECUADOR

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La 79 Quincena Musical atraviesa el ecuador y prepara un desembarco sinfónico de lujo 

§  Grandes orquestas internacionales
Las agrupaciones  NDR Elbphilharmonie de Hamburgo, Filarmónica de Róterdam, Orquesta del Festival de Budapest y la Orquesta Sinfónica de la WDR de Colonia pasarán por el Auditorio del Kursaal. El ciclo sinfónico del festival arranca con el concierto de la Orquesta Sinfónica de Euskadi dirigida desde el piano por Christian Zacharias.

§  Estreno mundial de Amoria
Llega el debut de Amoria, el nuevo proyecto de las pianistas de Baiona  Katia y Marielle Labèque, que reúne obras de compositores vascos desde el Renacimiento hasta nuestros días.

§  Teatro Victoria Eugenia 
El violagambista Jordi Savall y el gaitero y flautista Carlos Núñez presentan Diálogos célticos. La Compañía de Danza Hervé Koubi cerrará la programación en esta sede del festival.

Cinco grandes orquestas, el estreno de Amoria, el proyecto conjunto de Carlos Núñez y Jordi Savall y el estreno en España del espectáculo de la compañía Hervé Koubi se podrán disfrutar durante los próximos días de la 79ª Quincena Musical de San Sebastián. El sábado 18 de agosto, la Orquesta Sinfónica de Euskadi, dirigida por el pianista Christian Zacharias, da inicio a este final sinfónico en el Auditorio Kursaal, seguida de la NDR Elbphilharmonie de Hamburgo (22 de agosto), la Orquesta Filarmónica de Róterdam (24 de agosto), las doble cita con la Orquestas del Festival de Budapest (26 y 27 de agosto), Amoria (29 de agosto) y las dos fechas reservadas para la Orquesta Sinfónica de la WDR de Colonia (31 de agosto y 1 de septiembre). En la otra gran sede del festival, el Teatro Victoria Eugenia, tendrán lugar la presentación de Diálogos célticos y la actuación de la Compañía de Danza Hervé Koubi.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi actúa por vez primera bajo las órdenes de Zacharias. El pianista regresa al festival seis años de su última visita en su doble condición de pianista y director. El programa, de corte clásico, agrupa dos obras tan dispares como la Sinfonía nº 49 La Passione, de Joseph Haydn, y el rara vez escuchado Réquiem en do menor, compuesto por su hermano menor Michael Haydn. Para la ejecución de esta obra, la orquesta estará acompañada por Andra Mari Abesbatza y un elenco de solistas entre los que destaca la donostiarra Clara Mouriz. En medio, entre Haydn y Haydn, el Mozart más intenso representado por su Concierto para piano nº24, en el que se podrá disfrutar, una vez más, del hondo y siempre personal arte pianístico de Zacharias. Para este programa la soprano donostiarra Elena Sancho-Pereg ha sido sustituida por la soprano Alicia Amo.
 
La siguiente formación que este año recala en el ciclo sinfónico del Auditorio Kursaal es la NDR Elbphilharmonie de Hamburgo, que desde 1986 no había vuelto a San Sebastián. El programa diseñado para la ocasión contempla la bucólica Sinfonía nº2 de Johannes Brahms, y una selección de los cantos populares alemanes a los que puso música Gustav Mahler que se podrán escuchar en la voz del barítono Christian Gerhaher, uno de los mayores intérpretes de este repertorio. En el podio, un director cada vez más solicitado, Krzysztof Urbanski, actual director titular de la Orquesta Sinfónica de Indianápolis, Estados Unidos, principal director invitado de la NDR Elbphilharmonie de Hamburgo, y que ya ha dirigido orquestas como Filarmónica de Berlín, Sinfónica de Londres, o Filarmónica de Munich.

Otra destacada batuta, Yannick Nézet-Séguin, que en apenas unos años se ha situado entre los directores de orquesta más valorados y reconocidos del siglo XXI, dirigirá a la Orquesta Filarmónica de Róterdam dentro de su gira de despedida como director titular de la formación holandesa, a la vez que se celebra el 100 aniversario de esta orquesta. Presentará un programa que arranca con los aires clasicistas de Mozart, representado por su bien conocida Sinfonía nº 35, Haffner; se adentrará en el universo romántico de Franz Liszt y su Concierto para piano nº2; y concluirá con la siempre comprometida Sinfonía nº 4, de Piotr Ilich Tchaikovsky. Al teclado, como solista del concierto de Liszt, uno de los más relevantes pianistas americanos, Yefim Bronfman, poco habitual en los escenarios españoles, pese a su destacada carrera internacional.

Las dos siguientes citas sinfónicas programadas para el Kursaal están protagonizadas por la Orquesta del Festival de Budapest que, al igual que en sus anteriores visitas a la Quincena, actuará bajo las órdenes del maestro Ivan Fischer. En la primera de las dos citas la orquesta ofrecerá un original programa vinculado a la música de su país, Hungría, y en el que incluye una obra del navarro Sarasate. En su segunda intervención, la formación húngara contará con el apoyo del Orfeón Donostiarra para interpretar las Vísperas Solemnes del Confesor, de Mozart, además de la Sinfonía nº4 de Gustav Mahler.

Otra formación que ofrecerá un doble programa es la Orquesta Sinfónica de la WDR de Colonia, que será dirigida por su titular Jukka-Pekka Saraste. El programa del primer día abordará una de las obras capitales del siglo XX y una de las más innovadoras de toda la historia de la música: La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky. En la primera parte del concierto se escuchará el romántico y temprano Concierto para piano nº1, de Brahms, que interpretarán junto al pianista Igor Levit. El segundo día, la orquesta alemana ofrecerá el sobrecogedor Réquiem, de Hector Berlioz, dramáticamente subtitulado por el propio compositor francés como “Gran misa de muertos”. Se trata de una de las composiciones más impactantes del compositor y en su interpretación en el festival se sumarán las voces del tenor solista Andrew Staples y el Orfeón Donostiarra.

La oferta del Auditorio Kursaal se completará con el estreno del nuevo proyecto de Katia y Marielle Labèque, “Amoria”, con el que el dúo de pianistas de Baiona rinde homenaje a la música vasca en sintonía con el hilo conductor de esta edición: el mito y la tradición. El repertorio seleccionado para tal efecto recoge obras de compositores vascos que van desde Juan de Antxieta (1462-1523) hasta Alberto Iglesias. Para llevar a cabo esas versiones, Katia y Marielle Labèque contarán con la participación del contratenor Carlos Mena, el grupo Hegiak, compuesto por el percusionista Ander Zulaika, los virtuosos de la txalaparta Harkaitz Martínez de San Vicente y Mikel Ugarte o el cantante de la banda Ken Zazpi, Eñaut Elorrieta, entre otros.

Tras el primer concierto ofrecido por el pianista Alaxandre Tharaud, llegan al Teatro Victoria Eugenia dos pesos pesados de la música: el violagambista Jordi Savall y el gaitero y flautista Carlos Núñez, que presentan su proyecto Diálogos célticos. La tercera y última cita en esta sede del festival será ofrecido por la Compañía de Danza Hervé Koubi. El coreógrafo francés de raíces argelinas y su compañía presentarán en España el espectáculo Les Nuits Barbares, un tributo a los pueblos bárbaros olvidados a través de réquiems de Mozart y Fauré, música tradicional africana, cultura hip-hop y capoerística.

Esta edición de la gran cita musical del verano donostiarra está dedicada al diálogo entre mito y tradición y su reflejo en la música. Compuesta por  93 las propuestas musicales incluidas en la programación de esta edición que arrancó el pasado 2 de agosto y finalizará el 1 de septiembre. La Quincena continúa asimismo desarrollando sus habituales ciclos paralelos: Música Antigua, Jueves de Música en San Telmo, Órgano, Jóvenes Intérpretes, Quincena Andante y Quincena Infantil.
* Las pianistas Katia y Marielle Labèque. 
16/08/2018 11:44 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

HISTORIA DE JAVIER MORACHO

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Javier Moracho, nacido para volar

 

El atleta de Monzón, séptimo en las Olimpiadas de Moscú, fue un verdadero maestro de 60 y 100 metros vallas

 

Javier Moracho (Monzón, Huesca, 1957) es el mejor atleta aragonés de todos los tiempos. Y eso que por ahí andan deportistas de tanta enjundia como Luis María Garriga o Eliseo Martín, pongamos por caso. Posee un palmarés envidiable en dos pruebas tan exigentes, tan técnicas, como los 110 y 60 metros vallas, donde obtuvo numerosas medallas en España (diecisiete títulos nacionales), en Europa y en el mundo. Quizá el mayor hito de su trayectoria sea su séptimo puesto en la final de 110 metros vallas en las Olimpiadas de Moscú-1980, donde habría entrado en el medallero (ganó el alemán Thomas Munkett) de no haber tropezado en el último obstáculo; salió a trompicones, intentó remontar con su furia habitual, su poderosa zancada y una clase fuera de toda duda, pero no le dio tiempo. Javier Moracho suele decir que la suya era, y es, una prueba de relojería: exige concentración, dominio del salto, método y exactitud, ritmo y velocidad. Y él lo tenía todo, impulsado, además, por una explosiva salida, acaso su mayor virtud: era de los atletas que mejor iniciaban la carrera. Arrancaba vertiginoso como una centella con su bigote rubio, su melena al viento, su elegancia y un gran sentido de la competitividad.

Unas Olimpiadas (donde el atletismo es el deporte rey) o unos Campeonatos del Mundo, como ahora los de Pekín-2015, son los grandes escaparates de un corredor. Lo importante no está en los campeones más mediáticos (¿quién va a discutir la grandeza de los velocistas Usain Bolt, Carl Lewis, Shelly Ann Fraser Pryce o del mediofondista Coe?), sino en comprobar cómo trabaja un saltador de pértiga, de triple salto o de altura, o esos atletas especializados solo en una distancia a la que le dedican su sacrificio y horas incontables de perfeccionamiento.

Moracho, tras practicar fútbol, balonmano y cross, optó, en Monzón y con quince años, por una disciplina con escasa tradición como las vallas y deslumbró a lo largo de una década: desde 1978 hasta 1988 conquistó títulos, pugnó con los mejores (desde los norteamericanos Renaldo Nehemiah, tan fugaz, Roger Kingdom o Greg Foster, al británico Colin Jackson, el cubano Alejandro Casañas o el finlandés Arto Bryggare), aunque se retiraría dos años después, en 1990. Curiosamente, su mejor marca en los 110, 13.42 (récord nacional durante años hasta que lo batió Jackson Quiñonez), la logró en 1987. El día de su adiós, Santiago Segurola anunció que se iba “el mejor vallista español de todos los tiempos”.

Participó en 63 citas internacionales y fue capitán del combinado nacional, corrió en las Olimpiadas de Moscú-1980, Los Ángeles-1984 (no llegó a la final por una centésima) y Séul-1988, y vivió una rivalidad épica con Carlos Sala, otro formidable vallista. Eran amigos lejos de la competición y trabajaban a las órdenes del mismo entrenador, Jaime Enciso. Repetían el enfrentamiento, tan hispánico, que se había dado con Ocaña y Fuente en ciclismo, Carrasco y Velázquez en boxeo, Abascal y González en el medio fondo. El uno al otro se ayudaron a mejorar.

Si Moscú supone un momento inolvidable, hay otros muy meritorios: fue medalla de plata en los Campeonatos Mundiales de París en 1985, en 60 metros y en pista cubierta, y en 1986, en el Campeonato Europeo de Madrid, venció al finlandés Arto Bryggare, uno de sus grandes rivales europeos. Realizó una carrera impresionante: visto y no visto, aceleración, compás, fluidez absoluta y, ¡zas!, victoria. A principios de los años 80, Javier Moracho, que se trasladó a Estados Unidos, fue el primer blanco del mundo en su categoría.

Hombre de mundo, simpático y seductor, uno de los atletas más atractivos del circuito, se licenció en Educación Física, igual que su mujer Araceli, y nunca ha estado al margen del deporte. El ciclismo es otra de sus pasiones: trabaja en Unipublic y de comentarista para Eurosport. Conoce el atletismo como la palma de su mano. Él estuvo en la élite y fue temido y respetado. Todo un profesional que jamás se olvidó de sus orígenes, Monzón, esa factoría de ocho atletas olímpicos.

 

 LA ANÉCDOTA

 “La música, el baile y el deporte son de la raza negra. A mí me habría gustado ser negro para correr más rápido. En el año 1981 era el primer vallista blanco del ranquin mundial: me fui un año a entrenar con ellos a los Estados Unidos, a una Universidad, y me di cuenta de que son superiores. Regresé con mi entrenador Jaime Enciso a España a entrenar la técnica para poder estar con ellos en las grandes competiciones”, confesó Javier Moracho. En buena medida lo hizo. Y no solo eso: fue popular e hizo tres espots publicitarios, uno de ellos para el desodorante Rexona. El que no abandona...

 

15/08/2018 11:39 Antón Castro Enlace permanente. Deportistas No hay comentarios. Comentar.

ISABEL Y LEONCIO: PRIMOS SEGUNDOS

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CUENTOS DE VERANO

 

Primos segundos

 

No sabía de dónde le venía aquella seguridad. Su hermana Paca –que podía ser campesina, panadera, modistilla o administrativa de las Hermandades del Campo- la protegía con sutileza y evitaba que la mandasen a la siega o a guardar a la serranía y al monte. Quizá a ella le contase su primer secreto: en las sesiones de teatro le había tocado en suerte compartir protagonismo con Leoncio. Era lo que más había deseado. Hacían de novios, o de jóvenes que despertaban al amor con las palabras justas, el silencio tímido y las miradas aún limpias. Él procedía de una masada y era por tanto habilidoso, inventor y quizá un soñador. Hacía carbón vegetal, injertos en los cerezos y los ciruelos, trazaba canales de riego, ordenaba las listas de la mina y era muy ágil con las cuentas. Más que rápido, vertiginoso. A la vez poseía otro don: era un contador de historias. Un romancero. Tenía una facilidad innata para encerrar a los vecinos de un barrio en un poema. Si le hubieran pedido que, en juna de esas noches de verano a la fresca, recitase sus versos, lo habría hecho. Los sabía de memoria, pero también llevaba un cuaderno con los poemas, redactado con una letra muy bonita. En las clases de caligrafía era el más avanzado.

La obra salió muy bien. Hubo aplausos y felicitaciones. A los dos se les veía muy felices, aunque ella era pudorosa y no quiso presumir del éxito. Eran tiempos difíciles, por otra parte. Los maquis andaban por los montes y a veces, desesperados por las soledades y el hambre, se convertían en salteadores de caminos. Algún vecino quería aprovecharse de la situación, y le mandó varios anónimos amenazantes a su padre. Ella y su hermana Paca podrían pasarlo muy mal, en las eras, en la fuente o en el plano de la iglesia, si no atendía a razones. En su casa, se guardó silencio. El drama y la felicidad iban de la mano, como una corriente subterránea de sensaciones contradictorias. Otra compañera se prendó de su novio, y le dijo: “Está por mí”. Meses más tarde, ante su suave indiferencia, añadió que era un picaflor, que se entendía en la umbría del cementerio o en los Santanales con Aurorita, Leonor y Josefa, la hija de los cabreros. Isabel no se inmutaba, y al final, sin perder su media sonrisa, exhibió sus certezas: “No pierdas el tiempo, ni te hagas mala sangre. Es para mí”. Hacía más de una semana que habían pedido dispensa papal a Roma para casarse porque eran primos segundos.

 

*Este texto se publicó en Heraldo, el domingo de julio en que Isabel Brumós Andrés cumplía 88 años.

 

15/08/2018 10:55 Antón Castro Enlace permanente. Temas aragoneses No hay comentarios. Comentar.

VILLANUEVA DE JALÓN: FOTOGRAMA DEL OLVIDO

Fotograma del olvido

 

A veces uno está fuera del mundo o tan adentro del suyo que no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor. Aunque había estado en Chodes y en Morata de Jalón, no se había enterado de la existencia de Villanueva de Jalón. Alguien le dijo que era el momento de ir. Lo hizo con diversos amigos y con Paco, que había sido el penúltimo en nacer allí, en 1955. Durante el viaje le contó algunas experiencias de su vida y fijó su obsesión en la torre, a la que el conde de Morata le añadió un último tramo que permitió instalar una campana. Paco dijo que tenía fama de ser la torre mudéjar más alta de Aragón porque se elevaba sobre un cerro con vistas sobre el río, que dejaba una vega estrecha a su paso. Cuando llegaron y vio Villanueva de Jalón, a unos pocos metros de la carretera, no daba crédito. El pueblo parecía un mini Belchite, decrépito e inclinado, sin una sola casa en pie, tomado por el desaliño azaroso de la naturaleza. Paco le había dicho que allí hubo dos familias hasta 1963; la suya se trasladó a Morata y él tardó muchos años en regresar. Ahora ese lugar, que fue expoliado, produce pavor y desconcierto. Cerca pasa el AVE y también los trenes regulares, que hacen temblar la tierra, tanto que hay un dicho que dice que “es el único pueblo de Aragón que tiene metro”. En la plaza está el edificio que fue escuela, que aún conserva sus pequeñas escaleras y quizá el eco espectral de los niños. Paco habla de las bodegas y trujales, de las atalayas defensivas y del cementerio, donde yacen sus antepasados. Y otro visitante, Antonio, explica que él vivió varios años en Barcelona y que un día decidió regresar a sus raíces. Ha vivido de múltiples oficios, pero siempre con una pasión: el arte, la cultura, la tierra, el peso de la memoria. Confiesa que la iglesia, adosada a la torre, con sus yeserías de inspiración mudéjar y su silencio, es su refugio, igual que los miradores que se abren al valle y a la antigua noria, que debió alimentar una fábrica de papel. Es el sitio habitado por fantasmas donde le gusta pensar. De repente, Paco dice: “En esta habitación fui engendrado. Me gustaría que enterrasen aquí mis cenizas”. Una columna de buitres rompió el cristal del aire y sobrevoló la zona con la insolente belleza de su vuelo. Todo parecía un espejismo de verano: un esqueleto de piedra, de recuerdos y de olvido.

 

*De la serie veraniega de Heraldo, 'Cuentos de Verano'.

14/08/2018 10:50 Antón Castro Enlace permanente. Temas aragoneses No hay comentarios. Comentar.

CRISTINA MARTÍNEZ DE VEGA HABLA DE SU ABUELO KAUTELA

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Cristina Martínez de Vega es nieta de Francisco Martínez Gascón, alias Kautela, que trabajó muchos añoso en Heraldo de Aragón. Primero como fotorreportero y luego como cónsul de noticias y asesor de la redacción. Cristina le dedicó su tesis doctoral y hace poco un libro, coescrito con Víctor Lahuerta y Álvaro Capalvo, ’Kautela. ‘Un fotógrafo en la España franquista (1928-1944)’ (IFC. Serie Negra).

 

-¿Recuerdas la primera imagen que tienes de tu abuelo? ¿Qué relación tuviste con él?

La primera exactamente no, pero lo que sí recuerdo es haber estado junto a él en la antigua redacción de Heraldo. Recuerdo ver a los trabajadores componiendo con tipos las páginas del Heraldo de entonces, con aquel formato mucho más grande de lo que es ahora. Nuestra relación no fue la típica de abuelo-nieta. No era el típico abuelo que leía cuentos.

-¿Qué se contaba en la familia de él, cuál era la leyenda o las leyendas que lo envolvían?

Se contaban muchas anécdotas, pero sobre todo se hablaba de su manera de entender la vida y de las amistades que tuvo. Mis abuelos fueron muy amigos, entre otros, de Aurora Redondo y su esposo Valeriano León, de Concha Piquer y Gitanillo de Triana o Manolete… Sin ir más lejos, Celia Gámez fue la madrina de bautismo de mi padre. Recuerdo perfectamente a Celia Gámez o a Aurora Redondo fuera de los escenarios.

-¿Cómo crees que le marcó tu abuela, qué imágenes o sensaciones tienes de ella?

Tuvieron un noviazgo largo y una boda tradicional en 1938. En estos años, las imágenes que mi abuelo realiza a mi abuela son excepcionales por ver que, efectivamente, tuvo ahí una fuente de inspiración. Son delicadas.

Eran dos personas con caracteres muy marcados y con intereses comunes: el teatro, la literatura, las artes en general, los toros… y con un don de gentes extraordinario que les hizo vivir una Zaragoza a la que pocos tenían acceso.

-¿Cuándo empezaste a interesarte por él?

Realmente cuando encontré todo el material que después se convertiría en objeto de estudio de mi tesis. Hasta entonces, sólo había sentido el interés propio de una nieta que ha tenido poca relación con su abuelo. De hecho, cuentan que mi abuelo me conoció mientras mis padres me paseaban por el Paseo Independencia con unas pocas semanas.

-Uno de los capítulos más bonitos del libro -‘Un fotógrafo en la España franquista (1928-1944)’ (IFC. Serie Negra), escrito con Víctor Lahuerta, y con la colaboración del historiador Álvaro Capalvo- son sus archivos, la maleta, los positivos y negativos. Hacen pensar en la maleta mexicana de Capa. ¿Dónde estaba todo eso?

A la muerte de mi abuela, mis dos hermanos y yo, junto con mi madre, vaciamos el piso en el que habían vivido mis abuelos y mi padre. Cuando tocó vaciar el cuarto que mi abuelo había ocupado hasta su fallecimiento es cuando encontramos todo el material en un armario empotrado. La suerte quiso que estuviera más o menos bien conservado.

-¿Por qué decidiste dedicarle tu tesis?

En un principio no pensé en tesis. En un principio pensé en cursos de doctorado de Ciencias de la Información y Biblioteconomía con la intención de encontrar la manera de ordenar ese material de forma sistematizada. Tuve la suerte de que la Doctora Carmen Agustín Lacruz me dirigiera aquellos cursos y fue ella la que vio el potencial de todo ese material. Después de años de trabajo juntas se materializó en una Tesis doctoral que defendí en marzo de 2016.

-Ya desde un punto de vista más profesional, ¿cómo lo ves tú? ¿Qué tipo de fotógrafo es para ti?

Resaltaría su visión tan cinematográfica que puede verse en algunas de sus imágenes como las de los pontoneros cruzando el Ebro por Quinto, o sus retratos a Yagüe donde el protagonista no posa sino que es captado.

-¿Qué significó para él estar en la insurrección de Jaca?

Es su primer gran hito como fotógrafo. Estas imágenes del juicio a Galán y García están firmadas por Chivite aunque las fuentes documentales y orales confirman que las realizó mi abuelo.

-¿Le perjudicó o no estar en el estudio de Marín Chivite?

Todo lo que salía del Estudio de Marín Chivite iba bajo la firma de éste, algo frecuente en todos los estudios de fotógrafos de prestigio. En ese sentido pudo ser perjudicado como el resto de sus compañeros pero por otro lado, le facilitó la entrada en la redacción del Heraldo. Al ser apresado Chivite por los republicanos, mi abuelo tuvo que asumir el papel del fotorreportero que no estaba y por eso pudo fotografiar todos los frentes.

-Estuvo en todos los lugares de la Guerra. ¿Qué vínculo tenía con Yagüe, con la Falange y con el Movimiento?

No sabría decir exactamente. Lo que parece claro es que algún vínculo tuvo cuando pudo conseguir los salvoconductos que le permitieron viajar libremente por los frentes o que el mismo Serrano Suñer firmara el que le permitía entrar con Yagüe y sus tropas en Barcelona.

-¿Qué fotos te emocionan más de él?

Quitando las del ámbito estrictamente familiar, las del juicio a Galán y García por ser el único en conseguir esas imágenes, y las de la entrada de las tropas en Barcelona.

-Impresiona la parte final: Zaragoza, los toros, Manolete…

Los retratos a Manolete y su cuadrilla creo que son realmente delicados en el tratamiento del plano.

-¿Qué le sucedió en los años 40? Le niegan el carné de prensa, está en la cárcel… ¿Cometió algún error?

Lo desconozco, en mi familia nunca se ha hablado de este tema y los que lo podrían saber ya no están.

-¿Cómo se recicló en una suerte de embajador de Heraldo?

Por ese carácter tan extrovertido del que ya le he hablado, sabía estar en todas partes y encontrar la noticia para Heraldo.

-¿Te ha sorprendido el interés que ha suscitado la publicación en Madrid y Barcelona?

Sabía que en Barcelona, este material inédito que muestra la entrada de las tropas de Yagüe iba a llamar la atención. Estoy muy agradecida a todos los medios que os habéis interesado por la publicación de este libro.

-¿Qué crees que te diría tu abuelo si viera todo lo que has hecho por él?

Francamente, no lo sé pero quiero creer que le alegraría que su única nieta mostrara interés en su obra.

-¿Por qué crees que fue conocido por Kautela?

Alfonso Zapater, amigo íntimo de mi abuelo y periodista de Heraldo, lo describió como nadie en una página que le dedicó el día posterior a su muerte, en febrero de 1983. “Lo importante en este mundo es andar con cautela”. Mi abuelo, además, personalizó la palabra y fue Kautela, con K.

-¿Qué es lo más bonito que te ha pasado con este proyecto?

Por un lado, descubrir las series de negativos de la Guerra Civil que me han llevado a seguir los pasos de mi abuelo durante el conflicto. Por otro lado, haber podido trabajar mi tesis bajo la dirección de Carmen Agustín Lacruz. Han sido muchas las horas que ambas hemos compartido en este proyecto.

04/08/2018 14:57 Antón Castro Enlace permanente. Fotógrafos No hay comentarios. Comentar.

JAVIER PLAZA EXPLICA SU NOVELA 'CANCIÓN DE OTOÑO'

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Javier Plaza (Pamplona, 1974) habla de su segunda novela, ’Canción de otoño’, que transcurre en los Pirineos y en Zaragoza en el siglo XIX.
Habías publicado una novela anterior. ‘La urraca en la nieve’, muy distinta: era una novela de París, del arte… ¿Qué te llevó allí?
Fue mi pasión por el Impresionismo y el hecho de que coincidieran, en las calles del París de la Belle Époque, maestros de la talla de Monet, Manet, Renoir o Cezanne Creo que tal acumulación de genios es un momento único en la historia del arte, aunque en su época, salvo excepciones, eran tenidos por artistas de segunda o tercera fila. Para mí aquel momento tenía un gran valor literario

-Ahora das un salto bien distinto. Te trasladas a las guerras napoleónicas… ¿Por qué?
La época la elegí porque quería escribir una novela de valles y pueblos del Pirineo llenos de vida, de niños jugando en las calles y de hombres y mujeres en las casas, en los campos y en los caminos.
Partiendo de eso escogí los años de la Guerra de la Independencia porque me permitía enlazar la novela con los Sitios de Zaragoza, con las partidas que guerreaban por el alto Aragón y, en el caso concreto del valle de Vió, con el privilegio que tenían los mozos del valle, durante la guerra, de poder volver a sus pueblos durante el verano, con el fin de defender los boquetes de Góriz, es decir, los pasos a Francia desde aquel lugar.

-Aunque la novela también transcurre en Zaragoza, lo esencial es el Pirineo: Fanlo, Burgasé, Aínsa… ¿Por qué los Pirineos?
Bueno, desde que comencé a recorrer el Pirineo, siendo niño, me ha cautivado el paisaje, y también sus gentes y su historia. Disfruto recorriendo sus valles y pueblos y montañas, y también conociendo los vestigios de quienes lo poblaron, o visitaron, antes que nosotros: los dólmenes, como el de Aguas Tuertas o el de Tella, el arte románico que recorre todo el Pirineo, con edificios de espectacular belleza como San Pedro de Larrede o Santa María de Iguacel, el Monasterio de San Juan de la Peña, que es un lugar único. También me encanta recorrer los pueblos deshabitados, algunos de visita obligada, como Otal o Escartín, y conocer los oficios tradicionales, especialmente los navateros y los pastores, con la trashumancia. Para mí escribir esta novela era devolver al Pirineo un poco de lo mucho que me ha dado.

-¿Cuál fue la importancia de la guerrillas ante los invasores franceses?
Creo que es un tema bastante desconocido, pero las partidas sometían a un hostigamiento continuo y efectivo a las tropas ocupantes, aportaron mucho. Estaban bien organizadas, dentro de sus posibilidades, y contaban con el conocimiento del terreno y en general, con el apoyo de la población. En las ciudades los franceses mantuvieron el control durante años, pero en los caminos sus columnas eran atacadas continuamente, causándoles grandes pérdidas. Algunas partidas incluso cruzaron los Pirineos y atacaron pueblos del sur de Francia. Goya nos dejó un precioso testimonio del nivel de organización al que llegaron las guerrillas, con sus dos tablas sobre la fabricación de pólvora y balas en la Sierra de Tardienta. En ellas refleja los trabajos de la partida del zapatero José Mallén. Para escribir sobre las partidas me ha resultado imprescindible el libro “Guerrilleros y patriotas” de Ramón Guirao.

-¿Has querido hacer una novela de paisajes o de guerra? Dices en un determinado momento: “La guerra no acaba nunca”.
Para mí es una novela de paisajes, pero para Rosa no. Ella ha regresado a su pueblo desde Zaragoza, donde lo ha perdido todo, y en Fanlo se encuentra con la misma guerra. Conforme avanza el tiempo la guerra se va terminando, y eso le ayuda a lograr algo de paz interior.

-Es, en el fondo, una novela de mujeres y una novela del dolor y la pérdida… El relato de dos hermanas…
Sí, es el retrato del reencuentro de Rosa con la vida, con la casa, con sus raíces, incluso con sentimientos que no esperaba que volvieran a germinar en su interior, y en ese proceso tiene especial importancia el esfuerzo y los cuidados de su hermana Inés.

¿Cómo rehace su vida Rosa, la protagonista?
Su regreso al pueblo es casi obligado y al principio no encuentra allí ninguna motivación. Ella dice que solo le quedan los recuerdos, que hacia adelante no hay nada. Inés es quien tira de ella tratando de reincorporarle a la vida y a la casa. Poco a poco, Rosa se va reencontrando con gente que la conocía y la quería, aunque ella apenas los recuerda. Por otro lado ella es la heredera, y su familia es una de las familias principales del valle, así que comienza a sentir de nuevo las obligaciones que le inculcó su padre, siente que debe ponerse al frente de la casa, y tratar de gobernarla con mano firme.

¿Has querido reflexionar sobre la importancia de los Sitios en la historia de Aragón, y sobre todo en la vida cotidiana de las gentes?
Realmente cualquier análisis sobre las consecuencias de aquel conflicto es demasiado complejo para mis conocimientos, aunque resulta evidente que durante la guerra se produjeron grandes avances sociales, manifestados en las Cortes de Cádiz, y que el final de la misma trajo de regreso a un rey lamentable que anuló todo lo que se había hecho y, mientras pudo, llevó a cabo un gobierno absolutista. Pero yo tan solo he tratado de reflejar la dureza de la vida cotidiana en el interior de la Zaragoza sitiada. Si se habla de la situación general del país, o incluso de la marcha de la Guerra, es tan solo en lo que pueda importar a Rosa.

El amor siempre es un estímulo en las novelas. También aquí. ¿Qué dimensión le has querido dar?
En esta novela el amor es un elemento más significativo que en la anterior. Es una novela de amor, de mi amor al Pirineo, del amor de Rosa a su esposo y su hijo, y del amor que siente de nuevo a su tierra sus raíces y su familia. No estoy seguro de que yo quisiera darle esa dimensión cuando comencé a escribir, no esperaba de mi ese punto romántico, pero ese es el resultado.

¿Qué te dice el Pirineo para ti, cómo lo ves?
Para mí es un lugar de contemplación, una fuente de conocimiento y, en ocasiones, el mejor retiro para meditar, para pasar un tiempo conmigo mismo.

Creo que ha sido muy importante la documentación. ¿Qué buscabas, es el Pirineo un buen escenario novelesco?
El Pirineo es un buen escenario porque su belleza te sirve de fondo, es un marco incomparable para decorar cualquier historia. Y el documentarme para “Canción de otoño” ha sido un auténtico placer: he visitado en numerosas ocasiones el valle de Vió y sus alrededores, y he leído cuanto he podido sobre el Pirineo y su pasado, como digo, un placer. Ha habido algunos libros me han aportado mucho, especialmente “Navateros” de Severino Pallaruelo y “La Solana” de Carlos Baselga.

-¿Por qué escribes novelas? ¿Qué te permiten hacer o imaginar?
Escribir es mi expresión artística, y es un esfuerzo intenso que me hace sentir satisfecho, es un reto mental. En esta novela he tratado de cuidar hasta el más mínimo detalle, desde el texto hasta el color de las páginas o la calidad de las tapas. Soy muy perfeccionista, pero cuando consigo terminar una novela la leo y a mi me gusta.

-Estamos en verano. ¿Podrías recomendarnos tres o cuatro libros que te hayan conmovido y hacernos una ruta por los Pirineos?
Como novelas que haya leído últimamente recomendaría “Ordesa” de Manuel Vilas, una excelente novela, intimista, de prosa precisa y preciosa y también “El Gran Dragón Negro”, de Clara Fuertes, sobre los niños que vivieron en el campo de concentración de Terezín. Y, por hacer una recomendación pirenaica, sin duda “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares, que es una obra maestra y con la que es imposible no emocionarse. Dos ejemplos de rutas de gran belleza en la zona del Pirineo en la que transcurre “Canción de otoño” serían, por un lado, el recorrido de los Miradores de Ordesa, que parte de Nerín o Torla, y, por otro, un paseo por Plana Canal y las Sestrales, por encima del Cañón de Añisclo. Son dos excursiones maravillosas, no muy frecuentadas y que están al alcance de todo el mundo, se pueden realizar en familia.
*La fotografía es de José Miguel Marco, jefe de fotografía de 'Heraldo', donde se publicó una selección de esta entrevista...


 

03/08/2018 08:30 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

LA GRAN NOCHE DEL FOLK ARAGONÉS EN PIRINEOS SUR

El folk aragonés revalida en Pirineos Sur su vigencia, 40 años después de Chicotén

 

 

·     Colectivo Chicotén presentó su disco "Ver para creer", un recorrido sonoro por las 33 comarcas aragonesas en homenaje a Chicotén, en el 40 aniversario de su lanzamiento

 

·     El final de la actuación en el Anfiteatro de Lanuza con el “Canto a la libertad” de José Antonio Labordeta fue uno de los momentos más emotivos del festival

 

·     Carmen París, La Ronda de Boltaña y músicos de Ixo Rai! o Hato de Foces se unieron en un concierto cargado de emoción para hacer un repaso a los grandes éxitos de la música folk aragonesa

 

·     El contrapunto más vanguardista lo puso la banda Maut, que volvieron a demostrar su pericia para mezclar electrónica y tradición

 

Sallent de Gállego. 28 de julio de 2018.  Pirineos Sur es el festival de música de raíz por excelencia en España y tras haber realizado un recorrido sonoro y rítmico por casi los cinco continentes, finalizar con una noche dedicada al folk aragonés, en casa, servía el broche perfecto. El apoteósico “Canto a la libertad” de Labordeta interpretado por el Colectivo Chicotén y buena parte de las figuras más importantes del género solo fue la guinda de una noche en la que se reivindicó la relevancia del patrimonio cultural de Aragón. Su pasado, presente y futuro.

 

La música folk aragonesa es rica, variada y está muy viva. Una inquieta y valiente escena musical la lleva manteniendo vigente con el paso de los años. Pero si existe un año cero en el género, es la publicación del primer disco de Chicotén en el 77. Su legado fue tan importante que ahora el Colectivo Chicotén le ha rendido homenaje con un disco, “Ver para creer” (a su vez, con título homenaje a Hato de Foces), que vinieron a presentar con sus mejores galas a Pirineos Sur.

 

El Colectico Chicotén ya puede presumir de un imponente plantel de músicos (Joaquín Pardinilla y Ernesto Cossio, a la guitarra, Alberto Artigas al laúd, Fletes a la batería, Toto Sobieski al bajo, Juan Luis Royo al clarinete, Miguel Ángel Fraile con las gaitas y flautas y Carmen París a las voces), pero es que al escenario  flotante se subieron unos invitados de lujo, en una de esas estampas que son difíciles repetir.

 

"Pasapeanas” y “Albada de Beceite”sirvieron casi como una dulce introducción. Sin grandes aspavientos, la banda encabezada por Pardinilla desplegó su buen hacer y su gran conocimiento de la música tradicional. Con "Santa Agueda”hizo acto de presencia la siempre querida Carmen París y dejó su inconfundible sello jotero y potentes cuerdas vocales en“Fandango de mora” y “Venimos de las olivas. Fue en este momento cuando también aparecieron Olga Orús y Salvador Cored para revivir por un momento a la importante banda oscense de  folk de los 80- Hato de Foces-, con“Villancico y aguilando.

 

Una vez finalizaron la presentación de "Ver para creer”encararon una segunda parte en la que resonaron algunos de los éxitos del folk aragonés más importantes de los últimos 30 años. Si existe una formación que ha triunfado en cada plaza de pueblo y ha sonado en todas las fiestas patronales es Ixo Rai!. Por supuesto, la banda de Zaragoza regaló a un ansioso público las infalibles“Carta de amor”y "15 de agosto", con algunos de sus miembros originales (Jota Lanuza, Alfonso Urbén y Flip).

 

Se le sumó a la fiesta otro de las formaciones imprescindibles: La Ronda de Boltaña. La banda, formada en los 90, lleva recorriendo toda la geografía aragonesa y española portando con orgullo la tradición del cancionero popular y son todo un referente institucional. Con ellos llegaron dos preciosos momentos no exentos de cierta épica“O viento rondador”y“Maziello".

 

Llegó el momento de los bises. Nadie se quiso perder esa foto: todos los músicos que habían intervenido en esta noche irrepetible se unieron para cantar “Ver para creer” y “El canto a la libertad”, ese himno que nos dejó para la posteridad José Antonio Labordeta y que las cerca de mil personas que se acercaron a Lanuza abrazaron y cantaron con todo su alma.

 

Maut, el folk electrónico aragonés para arrancar la noche

Pero la noche comenzó por el final, por el futuro del folk aragonés, el que no tiene inconvenientes en mezclarse con la electrónica más vanguardista. Maut es el máximo referente en este género y volvió a subirse al escenario flotante de Lanuza por segunda vez (lo hicieron ya en 2013). Aunque la electrónica y las bases programadas marcaron los ritmos, no faltaron ni los instrumentos tradicionales (el chicotén y el acordeón) ni las guitarras y bajos para otorgar matices y riqueza sonora.

 

Comenzaron con ritmos más calmados, cercanos al house, casi lounge, para ir calentando el anfiteatro (“Degallau”, “Jer jes”, “Leciñena”). Fueron subiendo las revoluciones, pero sin prisa, dejando respirar las composiciones, cada una reivindicando pueblos y estilos musicales de Aragón. Las enigmáticas imágenes que acompañaron su  actuación resultaron un contrapunto perfecto para ese viaje sonoro aragonés.

 

Pisaron el acelerador y subieron volumen para dejar constancia de su fuerza escénica (“Muxonet”, “El grito”) y no perdieron la oportunidad de versionar brevemente a sus queridos Asian Dub Foundation (a quienes telonearon en las últimas fiestas del Pilar y que parten de premisas muy similares). Y en una noche tan especial, de mucha hermandad, no quisieron despedirse del público de Pirineos Sur sin acordarse de todos los miembros que han pasado por su formación.

 

 

PREVIA DE HOY, DOMINGO 29 DE JULIO

 

El festival llegará mañana a su fin y lo hará precisamente con el espectáculo de uno de los Premios Pirineos Sur de este año: Josan Rodríguez, en la categoría de Integración por “su valentía y superación”, según explicó Miguel Gracia, presidente de la Diputación Provincia de Huesca el día de la entrega del reconocimiento. Mañana a las 20 horas en el Patio de las Escuelas se podrá disfrutar de su proyecto de danza integrada Canela Fina y también de la actuación de Chocolat Circo Music. Ambas propuestas tienen en común que se expresan a través de la música, la danza y las artes circenses y buscan nuevas formas de expresión.

 

Además, Josan Rodríguez- que sufrió un accidente que le provocó graves secuelas- es uno de los grandes seguidores de Pirineos Sur, asiduo años tras año, y es todo un ejemplo del carácter diverso e integrador del festival oscense. El presidente de la DPH también quiso dedicar el premio “para ese público entregado, ese que ha crecido con nosotros”.

 

Josan Rodríguez, que se mostró muy emocionado en la entrega del Premio, lo compartió con “toda la gente que me acompaña cada día para que tenga ganas de levantarme al día siguiente”. Reconoció que “como en Pirineos Sur, ha habido días de sol, días de lluvia y hasta de granizo” pero invitó “a gozar hasta el final del Festival”, que en esta ocasión, llegará de su mano.

 

Josan Rodríguez ha publicado recientemente su libro “El equilibrista. Otra forma de caminar”, en el que narra su historia personal de superación desde un punto de vista diferente.  El autor pretende que sirva de ayuda a otros y que a la vez acerque la realidad de la diversidad funcional a la sociedad.

 

Tras una larga hospitalización, rehabilitación y aprendizaje, Josan es un apasionado de la vida, los viajes, la música y la cultura. También colabora con un programa de radio, ha publicado varios relatos, participa en tareas de voluntariado e imparte charlas motivacionales en centro educativos.

 

Música para sanar

 

Después de 16 días intensos, llenos de emociones, ¿qué mejor para relajarse que un concierto para sanar la mente? Carlos Barona ofrecerá una sesión con cuencos tibetanos y de cuarzo, tambores, cajas de armónicos, campanas, flautas nativas y cantos guturales para llevar la mente de los asistentes a una desconexión total.

 

Será entonces cuando se conectarán los sonidos de las plantas. Gracias al sistema Music of the Plants se captan los biorritmos de las plantas traducidos en una gama de sonidos naturales que varían con cada espécimen e interactúan con el entorno. 
 
“Yo con mi música lo que logro es la desconexión y es entonces cuando sale la sanación”, explica el propio Carlos Barona, que es el segundo año que imparte talleres y realiza conciertos en Pirineos Sur. “Estoy muy contento con la respuesta, en total habrán más pasado unas 60 personas y todas han finalizado sabiendo realizar cantos armónicos”. La cita será a las 17 horas en el Polideportivo de Sallent, con entrada libre hasta agotar aforo.

 

 

Casi 200 personas pasarán por los talleres de Vuelta con el cuaderno

 

Hace casi diez años nació “De vuelta con el cuaderno” y desde hace tres no es raro encontrarse en las primeras filas de los conciertos de Pirineos Sur a muchas personas con unas extrañas luces en la cabeza y dibujando. Ahora, forman parte del festival y este año ya se han celebrado tres talleres y mañana será el último, impartido por Sara Lugo y Julio Casado. En total, se estima que habrán pasado por sus clases casi 200 personas.

 
“No es nada fácil hacer este tipo de dibujos porque la gracia está en captarlo en el momento, hacerlos rápido. Normalmente, los colores y los detalles los finalizamos al día siguiente”, explica Sara Lugo. “Normalmente espero un rato para fijarme en los gestos y movimientos de los artistas y cuando los tengo, los intento plasmar. Luego hay elementos, como los instrumentos, que ya los conoces y sabes dibujarlos de otras ocasiones”. El que quiera aprender más sobre este divertido arte, puede acudir al taller que se celebrará a las 18 horas en los Mercados del Mundo. “La música me hace dibujar mejor”, concluye Lugo.

 

 

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29/07/2018 08:36 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

ANDREA PITZER: 'UNA LARGA NOCHE'. LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

UNA LARGA NOCHE Historia global de los campos de concentración ANDREA PITZER. La Esfera de los libros.

 

Una historia original, apasionante y profundamente conmovedora sobre una de las grandes tragedias contemporáneas: los campos de concentración Durante más de un siglo, en todo momento, ha habido al menos un campo de concentración en funcionamiento en algún lugar del mundo. Al principio, los campos se utilizaron como parte de la estrategia militar, pero con el paso de los años fueron evolucionando en la dimensión de sus consecuencias y en el salvajismo con que los gobiernos los utilizaron. Ya bien entrado el siglo xxi, mientras seguimos calculando la magnitud y el horror del Holocausto, la Historia nos recuerda que hemos roto la promesa del «nunca más». Con este estremecedor trabajo, basado en documentos, registros, archivos y entrevistas realizadas por todo el mundo, Andrea Pitzer pone de manifiesto por primera vez la historia cronológica y geopolítica de los campos de concentración. Partiendo de la última década del siglo XIX, la autora documenta este tipo de centros en todo el mundo y a lo largo de más de cien años. Desde Filipinas y Sudáfrica, en las primeras décadas del XX, al gulag soviético y los campos de detención en China y Corea del Norte durante la Guerra Fría, los sistemas de campos de concentración se han utilizado como herramientas para la «relocalización» civil y, sobre todo, para la represión política.

A menudo se  han justificado como una medida para proteger a una nación, e incluso para salvaguardar la integridad de los internos, pero en realidad siempre han sido emplazamientos brutales e inhumanos que han acabado con la vida de millones de personas. A partir de testimonios de primera mano, con una investigación meticulosa y haciendo gala de una gran erudición histórica, Andrea Pitzer saca a la luz los orígenes de este espantoso fenómeno, escudriñando y revelando finalmente la terrible herencia de los campos: atrocidades impensables, la fortaleza de los supervivientes e incluso los momentos íntimos y privados que también fueron parte de la vida en los campos de concentración durante el siglo pasado.

EL LIBRO

La primera investigación de Pitzer comenzó en la primavera de 2008. Entre 2011 y 2016, la autora visitó diversos archivos y lugares de detención, en funcionamiento o ya cerrados: Tule Lake, en California; Oświęcim y Varsovia, en Polonia; Dachau, Hamburgo y Berlín, en Alemania; San Petersburgo, en Rusia; Praga y Šumperk en la República Checa; Gurs y París en Francia; Ginebra en Suiza; Tallín y Klooga, en Estonia; Santiago, en Chile; Buenos Aires, en Argentina; Yangon y Sittwe, en Birmania; y la base naval de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo. También habló con historiadores, activistas, soldados y abogados, así como con vigilantes en activo y antiguos, y con supervivientes de los campos de detención. Aunque los testimonios de los entrevistados pueden tener errores, también los tienen los registros oficiales. Pero unos y otros son útiles. Y allí donde las presiones políticas han impedido el testimonio de los detenidos, he procurado eliminar las distorsiones o los pasajes que se veían afectados en este sentido. La crítica más detallada de los campos de concentración procede a veces de las naciones enemigas; en estos casos, lo que se dice en ocasiones es cierto, pero no siempre en su totalidad. Algunas fuentes son solo propaganda o informes para legitimar determinados actos.

TEMAS DEL LIBRO

1. Nacido entre generales 2. Muerte y genocidio en Sudáfrica 3. La Primera Guerra Mundial y la guerra contra los civiles 4. El nacimiento del gulag 5. La arquitectura de Auschwitz 6. El mal sin límites 7. Hijastros del gulag 8. Ecos del imperio 9. Hijos bastardos de los campos de concentración 10. Guantánamo y el mundo 

 

HAN DICHO DEL LIBRO… «Una larga noche es un relato riguroso y objetivo de la historia de los campos de concentración, una narración valiente y sólida sobre la crueldad, pero también sobre el valor humano. Y está contada con una inquebrantable claridad ética tan firme que esta historia servirá para recordarnos que nunca es tarde para defender lo que es justo. Deborah Blum, novelista (The Poisoner’s Handbook), periodista y Premio Pulitzer

«Andrea Pitzer tiene la elegancia de un poeta y el rigor de una periodista curtida en su oficio. En esta obra también demuestra su increíble habilidad para traducir un siglo de espantosos sufrimientos en un innovador relato que resulta fluido, lúcido y comprensivo con el dolor humano. Conseguirá que el lector vea el pasado —y el presente— con otros ojos». Beth Macy, periodista y escritora, autora de Truevine y Factory Man

«Un relato poderoso y agudo sobre los horrores de los campos de concentración, y no solo de los que conocemos, sino también de aquellos que pasamos por alto o preferimos ignorar. Los esfuerzos de Andrea Pitzer en su investigación y en su composición sin duda han dado resultados muy reveladores». Annie Jacobsen, periodista autora de Phenomena y finalista del Pulitzer con The Pentagon’s Brain

«Una larga noche, el perspicaz trabajo de Andrea Pitzer, funciona realmente como un poema épico aderezado con el horror de los campos de concentración que ha habido a lo largo de la historia en todo el mundo. Es un relato lleno de profundidad y violencia, que por desgracia resulta muy reveladoro y significativo. “Los viejos campos vuelven a abrirse, otros nuevos se crean”: Pitzer nos cuenta con una prosa limpia y clara una historia objetiva, apasionante, intensa y profundamente perturbadora». Peter Davis, ganador de un Oscar por Hearts and Minds y autor de la novela Girl of My Dreams

DE LA INTRODUCCIÓN…

Un ferry de dos pisos transporta a los visitantes hasta la parte de barlovento de la Base Naval de la Bahía de Guantánamo y los deja a los pies de una colina, a escasa distancia del llamado Camp Justice. Hay unas cuantas instalaciones destinadas a albergar detenidos; son actuales y antiguas, con nombres como Camp Echo o Camp Delta, y se agrupan cerca del extremo suroriental de la base, resguardadas tras unas verjas de tela metálica coronadas con rizos de alambre de espino. Esas instalaciones aún están operativas, y acogen a un pequeño número de detenidos que esperan la resolución de sus casos, aparte de otros que jamás verán evaluados sus casos en Camp Justice. El ferry atraca junto a un pequeño aparcamiento en Fisherman’s Point, pero el pavimento puro y duro del lugar no refleja su azarosa historia: en 1898, los soldados de Estados Unidos desembarcaron en este mismo lugar durante la guerra hispano-americana; pusieron pie a tierra en la mañana del 10 de junio, abriendo fuego contra una población costera y apoderándose antes del mediodía de la guarnición que la custodiaba. La colina se convirtió en un campamento militar, luego en una base permanente y las fuerzas estadounidenses ya nunca lo abandonaron. Una placa de bronce encastrada en un hito de piedras blancas junto a la orilla conmemora una invasión bastante anterior. Durante el segundo viaje de Cristóbal Colón a las Indias, en 1494, el almirante visitó Fisherman’s Point también, después de reclamar la isla de Cuba para el Reino de España. La placa dice que Colón y sus hombres llegaron allí buscando oro, pero «no encontrando lo que pretendían, se fueron al día siguiente». Durante más de cuatrocientos años tras la expedición de Colón, Cuba siguió siendo colonia española. Pero en la última década del siglo XIX, España creó los primeros campos de concentración del mundo en esa isla. Semejante decisión desató masacres sin cuento que, al final, acabaron con la pérdida de la colonia y con los soldados americanos desembarcando en el mismo punto en el que Colón había estado buscando oro siglos atrás. Hasta hace solo unos años, jamás se me había pasado por la imaginación viajar a Guantánamo. Mi interés se reducía a escribir una historia de los campos de concentración. El campo de detención de Guantánamo, típico del siglo XXI, podría resultar perturbador, pero no se me había ocurrido pensar en esas instalaciones como en un campo de concentración. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba investigando las detenciones masivas y los arrestos indiscriminados a lo largo de la historia, más se revelaba la espantosa identidad y realidad de Guantánamo. No se me pasó por la cabeza pensar que pudiera escribir sobre ese lugar sin haber estado allí. Y por eso, en 2015 hice dos visitas a Guantánamo. La primera me proporcionó la posibilidad de asistir a vistas preliminares contra cinco  acusados por los acontecimientos del 11 de septiembre.

Dado que yo no tenía la obligación de entregar mi trabajo en una fecha concreta, como otros periodistas que viajaban conmigo, opté por ocupar el lugar del artista invisible que dibuja bocetos del juicio y absorber —tanto como me fuera posible— lo que ocurría en aquella especie de tribunal que iba a los casos de los prisioneros en la «guerra contra el terror». Había llegado a aquel lugar quince años después de los atentados del 11-S, y tenía que ponerme al día. Mi segundo viaje me permitió acceder a los campos de detención, o, al menos, a las instalaciones que me dejaron ver. En ambos casos, poner el pie en Guantánamo era como entrar en otro mundo. Resultaba abrumador comprobar que había miles de personas empleadas y decenas de edificios destinados a mantener en marcha la maquinaria de la detención: en aquel momento, el centro ya solo albergaba a un pequeño grupo de prisioneros, poco más de un centenar. Lo que más me perturbaba a mí —la legitimidad o no de mantener a sospechosos sin juicio durante más de una década— no era en absoluto ninguna preocupación acuciante para los soldados y marinos que estaban allí, ocupados, haciendo su trabajo. Las grandes cuestiones se habían decidido ya en otra parte. Los detenidos estaban allí y allí se quedarían hasta nueva orden.

Después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, la decisión estadounidense de utilizar Guantánamo como un emplazamiento perfecto para las detenciones extrajudiciales se había saludado en los círculos internacionales con la misma consternación que suscitó el proceso español de «reconcentración» (detención masiva de civiles) en 1896. En términos generales, los campos de detención americanos del siglo XXI en Guantánamo son hijos de los campos españoles del siglo XIX. Pero han transcurrido muchas décadas entre unos y otros, y cada nueva instalación de barracones y celdas de castigo arrastra elementos clásicos de los viejos campos al tiempo que evoluciona con características nuevas. La historia de los campos de concentración parte de Cuba, se disemina como ondas concéntricas por el mundo y regresa luego a la isla: sus ecos alcanzan a los seis continentes y casi a todos los países del mundo. Los campos de concentración han estado presentes continuamente en uno u otro lugar del globo durante más de un siglo. Los barracones y el alambre de espino siguen siendo sus símbolos más conocidos, pero un campo de concentración se define más ajustadamente por sus detenidos que por cualquier otra característica física. Un campo de concentración existe allí donde un gobierno quiere mantener a ciertos grupos de civiles fuera de los procesos legales normalizados, a veces para segregar a personas que se consideran extranjeras o marginales y en otras ocasiones para castigarlos. Si las prisiones están concebidas para albergar a sospechosos acusados de crímenes tras un juicio, un campo de concentración alberga a aquellos que, en la mayoría de los caso, no se han sometido a un juicio justo en absoluto.

La palabra «detenido» es el término más específico que se puede aplicar a la persona retenida de este modo, pero para lo que nos interesa en este libro, también pueden ser considerados prisioneros, presos o cautivos. A veces, como ocurre en Guantánamo, la definición de las categorías de los detenidos se vincula a determinadas consideraciones legales. Llamarlos «prisioneros» podría implicar la necesidad de garantizarles los derechos obligados a los prisioneros de guerra según la Convención de Ginebra, así que los mandos del campo suelen llamarlos simplemente «detenidos». Los campos de concentración albergan a civiles más que a combatientes, aunque en bastantes casos, desde la Primera Guerra Mundial a Guantánamo, los administradores de los campos no siempre han hecho el esfuerzo de distinguir entre unos y otros. Los detenidos se han visto en esos lugares esencialmente por razones raciales, culturales, religiosas o políticas, y no tanto por delitos tradicionalmente perseguidos por la ley, aunque algunos estados han remediado este defecto legislando de tal manera que la mera existencia de la disidencia fuera prácticamente imposible. Esto no significa que todos los detenidos sean inocentes de acciones criminales contra un gobierno en un sistema dado; más bien, significa que tanto los inocentes como los culpables son encerrados sin ninguna distinción ni consideración. Los campos de concentración se instauran por decisiones políticas estatales, o menos frecuentemente, los organizan gobiernos provisionales durante un conflicto o guerra civil. Representan el ejercicio del poder estatal contra los ciudadanos, individuos particulares u otros sobre los cuales el gobierno tiene algún grado de responsabilidad. Al contrario que en las prisiones, los campos de concentración a menudo albergan a prisioneros sin una fecha de liberación prevista. Y cuando se ofrece esa fecha, se ha decidido arbitrariamente y se puede modificar sin previo aviso. En algunos —pocos— sistemas de campos, la detención se ha establecido como una medida protectora, supuestamente para proteger a un grupo de la ira popular, y en alguna ocasión realmente han sido lugares en los que los detenidos han estado protegidos. Pero lo más habitual es que la detención se considere como una medida preventiva, para mantener a un grupo sospechoso a buen recaudo con el fin de evitar que cometa posibles «crímenes.» Muy rara vez los gobiernos han admitido públicamente que han utilizado los campos de concentración como castigo; sobre todo, los han presentado como parte de una misión civilizadora para mejorar el nivel de ideologías, culturas y razas supuestamente inferiores.

Andrea Pitzer

 

*Dossier del libro. Remite Mercedes Pacheco.

27/07/2018 12:20 Antón Castro Enlace permanente. Escritores No hay comentarios. Comentar.

ELENA MARTÍNEZ CANTA A ÁNCHEL CONTE

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Elena Martínez pone música y voz

al intimismo lírico de Ánchel Conte

 

 

‘Zarré os uellos’, íntegramente en aragonés’, abraza la música popular, la canción de autor y el pop

 

Elena Martínez vive en Calamocha, donde trabaja de panadera, y en verano lo hace en Luco de Jiloca. Es cantante y guitarrista, y ha pertenecido a grupos de folk como La Birolla, Loba Parda o Venambre, y también fue cantante de Mallacan; en alguno de ellos llegó a ejercer de percusionista con panderos, panderetas y pitos, y también tocó la zanfona. Ahora publica una edición de 500 ejemplares de su primer álbum: ‘Zarré os uellos’ (‘Cerré los ojos’).

“El aragonés pertenece a nuestro patrimonio cultural. No tiene colores ni banderas, y cada vez se habla menos. En Calamocha y Luco no está vivo como lengua, aunque se dicen muchas palabras aragonesas. Tengo amigos del Sobrarbe y de Zaragoza que hablan en esta lengua y me pareció oportuno rendirle un homenaje en mi primer disco en solitario”.
Si durante años, Elena Martínez pensó en centrarse en varios poetas en aragonés, con el paso del tiempo decidió elegir solo a Ánchel Conte. “Su poesía me resulta conmovedora. Me llega muy adentro. Cogí todos sus libros, desde 1972 hasta los últimos. Los leía e iba seleccionando textos. Hace dos años hice la selección definitiva e incorporé ‘Mai’, que había adaptado Gabriel Sopeña”.

Dice la cantante que eligió poemas de una emoción especial, que pudieran ser cantados y que pudieran tener un estribillo. “Con ‘Mai’, son doce canciones. Me he dejado ir libremente, buscando sentimientos, belleza, atmósferas. No tenía una idea de entrada, pero al final creo que queda un disco unitario donde hay de todo”. Quiere decir que hay amor y desamor, erotismo y sensualidad, paisaje, sentimientos, miradas al pasado, denuncia y afición a las palabras.

“La poesía de Ánchel Conte es de un gran intimismo. Es de esas líricas que conmueven y que llegan al corazón. Decidí abordarla con libertad, poco a poco. Yo creo que hay tres polos claros de inspiración y de trabajo en ‘Zarré os uellos’: el influjo de la música popular aragonesa, pienso en Biella Nuey, en La Orquestina del Fabirol o en O’Carolan, entre otros grupos, pero también me interesan muchos folclores como el vasco; me marcó Oskorri, por ejemplo. Me interesa mucho esa orientación y está en el disco. Y está la canción de autor, pienso en Silvio Rodríguez, en Labordeta, en Mísia, la cantante de fados, en Tracy Chapman, y también en la cantante húngara Márta Sebestyén”. Subraya que también hay otra orientación, vinculada al pop.

Elena Martínez dice que el álbum, que se fue haciendo poco a poco, con intuiciones y ráfagas de inspiración, en ratos perdidos, ha contado con la colaboración de Roberto Montañés, “que tiene estudio en Luco de Jiloca, y lo grabamos allí”. Roberto Montañés es uno de los integrantes del dúo Los Gandules. “Roberto ha sido clave. Sobre todo en los arreglos y en el acompañamiento musical. Cogíamos un tema, le llevaba la línea melódica a la guitarra y de repente me decía que le metiésemos un violín, o cosas así. Es un hombre con talento y muy generoso. Yo había pensado usar solo guitarra o acordeón, y él ha sido decisivo para que tenga otra sonoridad”.

Elena Martínez no quiere teorizar sobre nada, ni sobre política ni sobre la lengua. “El aragonés está condenado a desaparecer. Es una lengua llena de musicalidad. Mucha gente me pregunta por qué canto en aragonés. También es un homenaje a Aragón y a su riqueza”, señala, y confiesa que habló mucho con el poeta Ánchel Conte por teléfono y por ‘mail’. “Con todo, aún no nos conocemos”, revela.

Ánchel Conte, consultado por HERALDO, confiesa: “El disco de Elena me ha gustado porque creo que la música se ajusta perfectamente al poema, sin estridencias. Es como un recitado en el que música y poesía se complementan. Hay momentos en que al oír la canción me viene a la memoria el momento exacto en que escribí el poema, el estado de ánimo en que nacieron los versos. Raramente releo mis poemas; sin embargo sé que el disco lo voy a oír con frecuencia. Es curioso cómo la música ayuda a resucitar el pasado”, dice, y reflexiona sobre el actual momento del aragonés: “En este momento tiene un apoyo institucional y eso ha ayudado mucho a que se reactive: escuelas, editoriales, discos... Ver el sello del Gobierno de Aragón en el disco es estimulante”.

20/07/2018 09:47 Antón Castro Enlace permanente. Músicos No hay comentarios. Comentar.

JEAN DIEUZAIDE: DESNUDO

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Estoy trabajando sobre la obra de uno de mis fotógrafos preferidos, Jean Dieuzaide (1921-2003). Y me encuentro con este precioso desnudo que no había visto nunca.

18/07/2018 22:04 Antón Castro Enlace permanente. Fotógrafos No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS DE VERANO: 'PRIMOS SEGUNDOS'

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CUENTOS DE VERANO’: PRIMOS SEGUNDOS

Isabel no sabía de dónde le venía aquella seguridad. Su hermana Paca –que podía ser campesina, panadera, modistilla o administrativa de las Hermandades del Campo, todo a la vez– la protegía con sutileza y evitaba que la mandasen a guardar a la serranía y al monte. Quizá a ella le contase su primer secreto: en las sesiones de teatro, le había tocado en suerte compartir protagonismo con Leoncio. Era lo que más hubiera deseado. Hacían de novios, o de jóvenes que despertaban al amor con las palabras justas, el silencio tímido y la mirada limpia. Él procedía de una masada y era habilidoso, inventor y quizá un soñador. Hacía carbón vegetal con su hermano Vidal, injertos en los cerezos y los ciruelos, trazaba canales de riego, ordenaba las listas de la mina y era ágil con las cuentas. Más que rápido, vertiginoso.

Era un contador de historias. Un romancero. Tenía una facilidad innata para encerrar a los vecinos de un barrio en un poema. Si le hubieran pedido que, en una de esas noches de verano a la fresca, recitase sus versos, lo habría hecho. Los sabía de memoria, pero también llevaba un cuaderno con los poemas, redactado con una letra bonita. Era el más avanzado en caligrafía de Ejulve.

La obra salió muy bien. A los dos se les veía muy felices, aunque ella era pudorosa y no quiso presumir del éxito. Eran tiempos difíciles, por otra parte. Los maquis andaban por los montes y a veces, desesperados por las soledades y el hambre, se convertían en salteadores de caminos. Algún vecino quiso aprovecharse de la situación, y le mandó varios anónimos amenazantes a su padre. Ella y su hermana Paca podrían pasarlo muy mal, en las eras, en la fuente o en el planico de la iglesia, si no atendía a razones. En su casa, se guardó silencio. El drama y la dicha iban de la mano, como una corriente subterránea de sensaciones contradictorias.

Una vecina se prendó de su novio y le dijo: «Está por mí». Meses más tarde, ante la suave indiferencia de Isabel, añadió que era un picaflor, que se entendía en la umbría del cementerio o en los Santanales con Aurorita, Leonor y Josefa, la hija de los cabreros. Isabel no se inmutaba, y al final, sin perder su media sonrisa, exhibió sus certezas: «No pierdas el tiempo, ni hagas mala sangre. Es para mí». Hacía más de una semana que habían pedido dispensa papal a Roma para casarse porque eran primos segundos.

 

 

*Ayer, domingo 8 de julio de 2018, mi suegra Isabel Brumós Andrés cumplía 88 años. Le dediqué esta ‘Cuento de verano’, donde se narra una pequeña parte de su historia de amor con Leoncio Gascón Pascual, fallecido hace algunos años. Hace unos días, moría su hermana Paca, citada en el texto. En la foto de hace un año, con José Antonio e Isa, que también celebraban su aniversario de boda.

 

RETRATO DE PATRICIA ESTEBAN ERLES

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Retrato de Patricia Esteban con sus miedos *   

   

 

“Los cuentos que escribo nacen de miedos, que me asaltan indiscriminadamente, esté dormida o despierta”, me dijo Patricia Esteban Erlés, tras publicar los microcuentos de Azul ruso (Páginas de Espuma, 2010). En esa infancia que era más larga que la vida, tal como escribió Ana María Matute, Patricia percibió de mil formas el impacto de las sombras, los claroscuros donde se agazapa el pánico. Podía irrumpir en las películas de Narciso Ibáñez Serrador o en las de Alfred Hitchcock, a quien le rindió homenaje en Manderley en venta (suele decir que una de sus películas favoritas es Rebeca), en los tebeos de terror de sus hermanos, en las criaturas perturbadoras como Frankestein o Drácula, pero también a las que poblaban las películas inquietantes que tanto le atraían. 

Tampoco fue ajena a esos libros, de aventuras y géneros híbridos, que andaban por casa y que abrían una puerta al más allá, a las zonas oscuras de la mente y del sueño. Leyó mucho y, poco a poco, abrazó un deseo: convertirse en escritora. Poseía un don. Esta mujer habituada a las tinieblas y a lo indecible tenía una gran facilidad para crear imágenes turbulentas, personajes desapacibles, auténticas y angustiosas pesadillas. En todos sus libros las hay, y en abundancia: los citados Manderley en venta (Tropo, 2008), que alude a esos textos sobre casas entre románticas y góticas pobladas de secretos, en los cuentos de Azul ruso (donde había homenajes a Julio Cortázar y a Silvina Campo, a la que define como “una maestra en el arte de relatar el secreto”) y en Casa de muñecas (Páginas de Espuma, 2010), ilustrado por Sara Morante, donde demostraba el absoluto dominio del microcuento y su admiración por Juan José Arreola y por esta obra maestra suya de lo breve: “La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones”; en ese libro desplegaba toda su imaginación y la presencia de la crueldad, el horror y la maldad con una paleta muy variada de registros. Patricia Esteban Erlés pertenece a ese grupo de virtuosos del género breve: José María Merino, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Francisco Ferrer Uriz y Ángel Olgoso, entre otros.

Patricia Esteban Erlés ganaba a finales de 2017 el premio de novela Dos Passos con su primera narración larga: Las madres negras (Galaxia Gutenberg, 2018), una de esas novelas de género, el terror y el misterio, de atmósfera gótica y ámbito cerrado, más o menos siniestro, uno de esos espacios donde habitan las sombras. Narra la vida en el convento de Santa Vela de un grupo de huérfanas, educadas por monjas, algunas tan indescriptibles, o terribles directamente, como Priscia, que se siente una mensajera de Dios en la tierra. Se lo toma tan a pecho que va más allá de la encomienda para convertirse en una criatura fanática que parece desdoblarse, en una vuelta de tuerca que trabaja muy bien Patricia Esteban, en el mismo demonio.

La novela es una exploración del dolor de crecer, del desamparo, del extrañamiento y de esa lucidez intuitiva, que desarma, de las niñas, capaces de cuestionar los dogmas, las leyes y la autoridad. Ha dicho Patricia Esteban que esta novela, ceñida y bellamente escrita (la autora, con sentido del juego, dice que disfruta del ‘palabreo’), nació del recuerdo de una visita al convento del Carmen, tan cerca del centro de su Zaragoza natal y tan alejado con sus rituales y sus hábitos. “Pensé en escribir una historia que me devorase como autora, que me atrajera cada día y me obligara a sumergirme en ella. Me ha encantado y me ha horrorizado vivir en Santa Vela. Me asusta la maldad que se complace en sí misma, que se retroalimenta y nunca tiene bastante”.

Además de ese universo, en el que ni respirar resulta fácil, Patricia Esteban Erlés se interna por otros territorios: los de la poesía y la fantasía. En Las madres negras hay espacio para el sueño, para las obsesiones y para lo maravilloso, como sucede con una criatura tan presente como Larah Corven, a la que le regalan un caballo y se queda viuda demasiado pronto. Explica Patricia Esteban: “Larah Corven es un trasunto de Sarah Winchester, víctima de una maldición que me chifla. Todos los indios muertos por culpa del rifle que patentó su esposo persiguieron a su familia y a ella misma, que intentó refugiarse en una mansión que iba ampliando con más y más habitaciones para esconderse de aquellos espectros malhumorados. Estuvo huyendo de puertas para adentro cuarenta años. Lo suyo fue una reforma infernal”.

Esta frase es una poética, una confesión y una de las regiones mentales donde brotan sus historias.

 

*Este texto se publicó en la revista ’Librújula’, que dirige Toni Iturbe. La foto es de Asís G. Ayerbe.

06/07/2018 12:24 Antón Castro Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

DIEZ CÓMICS DE VIDAS DIBUJADAS

Diez cómics de biografías pintadas

 

Una selección de diez tebeos o novelas gráficas que hablan de Boix, Buñuel, Bowie, Labordeta, Dalí o Céline

 

Vivimos una época febril de tebeos, historietas y novelas gráficas. Aragón tiene verdaderos expertos en este género –Antonio AltarribaJosé María Conget, Juan Royo, Óscar Senar, entre otros- y crea acontecimientos, ferias y festivales. Con el inicio de las vacaciones de verano, sugerimos diez títulos de un subgénero que da mucho que hablar: el biopic gráfico, la biografía en imágenes. He aquí diez títulos posibles.

 

EL FOTÓGRAFO DE MAUTHAUSEN. Salva Rubio, Pedro J. Colombo y Aintzane Landa. Norma.

Francesc Boix estuvo prisionero en el campo de Mauthausen, con el aragonés Mariano Constante, entre muchos otros. Él reveló al mundo el horror y la barbarie que allí se vio, y sus fotos, clandestinas, fueron un documento impresionante. El libro emociona casi tanto como su destino y su grandeza. Un excelente y oportuno trabajo.

 

BOWIE. UNA BIOGRAFÍA. María Hesse y Fran Ruiz. Lumen.

María Hesse deslumbró a los lectores con su obra anterior sobre Frida Kahlo. Allí dibujaba y escribía el texto. Ahora, en este cómic, rebosante de color, ingenio y fantasía, cuenta con los textos de Fran Ruiz, que crea un artificio creíble: el propio David Bowie, un músico capital del siglo XX y XXI, el rey del 'glam' y del mestizaje, narra en primera persona su vida y la adorna de hechos que aparentan ser soñados o fantásticos.

 

LA NOCHE PERDIDA DE LUIS BUÑUEL. Guión: Queco Ágreda. Dibujo: Javier Ortiz. Color: Guillermo Montañés. GP/DGA. Zaragoza, 2018.

Después del gran impacto de ‘Un perro andaluz’, ‘La edad de Oro’ y ‘Las Hurdes. Tierra sin pan’ se exilió en Estados Unidos. Estuvo casi tres lustros sin hacer cine, desde 1933 a 1946. Eso le condujo a la inseguridad y a cuestionarse su vocación, pero finalmente logró salir adelante con ‘Gran Casino’ y sus espléndidas películas mexicanas. Todo ese proceso se narra en este cómic lleno de matices, de documentación y de respeto, donde todos han trabajado a un gran nivel: el guionista Ágreda, el ilustrador Javier Ortiz, en su primer libro, y el colorista Guillermo Montañés. 

 

UN PERRO DE DIOS. Texto de Jean Dufaux. Dibujos de Jacques Terpant. Ponent Mon.

Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) es uno de los grandes escritores del siglo XX, con títulos como ‘Viaje al fin de la noche’ o ‘De un castillo a otro’. Su actitud ante el nazismo ha contaminado la apreciación de su genialidad indiscutible. Aquí se cuenta la vida de un hombre paradójico, detestable en algunos extremos, y a la vez apasionado en el amor, capaz del odio, generoso con sus pacientes y sus perros, con aspecto de bohemio piojoso. Irreductible. 

 

EL SUEÑO DE DALÍ. Carlos Hernández. Norma editorial.

Casi resulta difícil pensar que se puedan contar cosas nuevas sobre uno de los grandes surrealistas españoles, y pionero de la publicidad y del márquetin, Salvador Dalí. Aquí, Carlos Hernández, el autor de ‘La huella de Lorca’, recrea su obra con sus desvíos, sus delirios y sus obsesiones, entre ellas el arte y su compañera Gala, su esposa, su compañera, su mejor cómplice y su musa.

 

IGUANA LADY, LA VIDA DE GRACIELA ITURBIDE. Texto: Isabel Quintero. Dibujos: Zeke Peña. La Fábrica.

Graciela Iturbide es una gran fotógrafa mexicana. Dice que “ve la realidad en blanco y negro”. Esta biografía, con texto de Isabel Quintero e ilustraciones de Zeke Peña, es un viaje a lo largo de medio siglo por su vida, sus obras y algunos hitos dolorosos, como la muerte de su hija, que la empujó hacia la fotografía. Su producción abraza el mundo primitivo y ritual, el paganismo y el cristianismo, y el diálogo con los animales. El cómic integra sus fotos más conocidas.

 

TEBEO LABORDETA. Guión: Daniel Viñuales. Dibujo: Carlos Azagra. Color: Encarna Revuelta. GP/ DGA.

No era fácil hacer un buen cómic de José Antonio Labordeta, el hombre llano que reconocía la dignidad de los desfavorecidos. Lo vemos en su contexto familiar, en sus vínculos con su hermano Miguel, sus años en Teruel, ‘Andalán’, el mundo de la canción, de las amistades (no están todas, desde luego), la escritura, la televisión, la política, la inolvidable despedida que le tributó el pueblo de Aragón en la Aljafería. El libro empieza con humor y algo de fantasía: Labordeta anda por el cielo con San Lamberto, un héroe de sus canciones y de su ciudad, a la que amaba y odiaba.

 

LA LEVEDAD. Texto y dibujos: Catherine Meurisse. Impedimenta.

La mañana del 7 de enero de 2015 la dibujante francesa Catherine Meurisse no acudió a trabajar, no le sonó la alarma, y esquivó la muerte en el atentado a la revista de humor ‘Charlie Hebdo’, una barbarie de la que se ha redimido gracias a ‘La levedad’. Este cómic, de 2017, tiene algo de curación, de exorcismo, de isla de supervivencia, de nuevo, para una mujer herida por la muerte de doce de sus compañeros y por el golpe del azar. Esa ‘levedad’ del título pesa y duele mucho.

 

SARTRE. Mathilde Ramadier y Anaïs Depommier. Oberón (Grupo Anaya).

“Para algunos, el filósofo por excelencia del existencialismo, para otros, el eterno provocador, el escritor implicado, el militante incierto, el burgués repentino, el compañero de ruta de Simone de Beauvoir”. Así presenta Oberón a este prócer de la izquierda, autor de libros como ‘Los subterráneos de la libertad’ o ‘A puerta cerrada’. El libro, de línea clara, está montando a partir de una prolija documentación que no excluye los testimonios autobiográficos.

 

MUJERES. VALEROSAS / 1 y 2. Pénélope Bagieu. Dib-buks.

Dos libros que se suman a la defensa y divulgación de las mujeres científicas de los últimos tiempos. Son retratos de mujeres conocidas (Nelly Bly o Hedy Lamarr, por ejemplo) y no tan conocidas que aparecieron en la edición digital de ‘Le monde’. Por aquí andan Wu Zetian, una emperatriz china que anticipó el actual derecho laboral; Agnodice, ginecóloga griega que se disfrazó de hombre para poder trabajar y ayudó a que las mujeres ejerciesen la medicina. Y así hasta 30 en los dos volúmenes.

 

 

LUIS ALEGRE: NIÑA MAMÁ. EN EL ADIÓS DE FELICITAS SAZ

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Ayer, en el Hospital Nuestra Señora de Gracia, fallecía Felicitas Saz, viuda de Luis Alberto Alegre y madre de Luis Alegre y de sus hermanos Carmen y Salvador. Luis le ha dedicado algunos de sus mejores textos, que es mucho decir, entre varios miles desde sus años de ’Andalán’, hasta ahora con colaboraciones en ’Heraldo’, ’Marca’, antes ’As’, ’The Huffington Post’ o ’El País’, por citar algunos. Este artículo lo publicó en hace cinco años, cuando su madre cumplió 88. Ha fallecido con 93.

 

[Luis Alegre le dedica hoy su extenso y elaborado artículo de la contraportada a su madre Felicitas Saz. Una mujer de una increíble humanidad, capaz de decirle costas tan atinadas como, en medio de la crisis de Bárcenas, esta: "¿Será verdad tanta mentira?". O, tras leer un libro: "Qué rápido pasa el tiempo aquí dentro". Escribe todos los días una o dos páginas, lee varios periódicos, tiene 88 años y parece que no se haya aburrido jamás. Entenderla a ella es también entender un poco mejor a su hijo: profesor, cineasta, cinéfilo empedernido, conductor de programas de televisión, periodista...]

HASTA LOS 14 AÑOS MI MADRE VIVIÓ LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA, EL REINADO DE ALFONSO XIII, LA II REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y UN POQUITO DE FRANCO Y LA POSGUERRA. MENUDA GENERACIÓN LA SUYA.

 

 

NIÑA MAMÁ

 

Por Luis ALEGRE. De Heraldo.es

 

 

Tengo un amigo que, en las biografías y libros de memorias, se salta la parte de la infancia y la adolescencia. Él sostiene que todas las infancias y adolescencias se parecen demasiado y le aburre leer los mismos traumas, complejos, conflictos y amores contrariados. A mí, en cambio, me sucede al revés. En esos años en los que uno se abre al mundo, recibe los primeros estímulos, crece y se empapa de toda clase de vivencias y personas suelen residir las claves más decisivas para conocer a alguien. Y si comparo mi infancia con la que vivieron mis padres o con la que acaban de vivir mis sobrinos, veo tres mundos que no se parecen en casi nada.

 

La niñez de mi madre Felicitas, por ejemplo, quedó muy lejos de la niñez soñada. Nació en Lechago, nuestro pueblecito de Teruel, en 1925. El 18 de junio de 1939 cumplió 14 años. Hasta ese momento vivió la dictadura de Primo de Rivera, el reinado de Alfonso XIII, la II República, la Guerra Civil y un poquito de Franco y la posguerra. Menuda generación la suya.

 

Los padres de mi mamá, Pedro y Carmen, tuvieron cinco hijas y dos hijos. Mi mamá era la más joven de las chicas. La mayor, Francisca, murió a los siete años y el pequeño de los hijos, Salvador, murió a los 23. Eso fue algo muy común en la España de mis abuelos: tener muchos hijos y sufrir la pérdida de alguno de ellos. Entonces, la ropa negra que señalaba el luto se llevaba durante años. En las fotos de mi familia de aquel tiempo, siempre hay alguien que viste de negro. Mi madre era una de las niñas más queridas de Lechago. Cada vez que había un funeral, iba a la Iglesia y lideraba el rezo del rosario. Eso lo agradecían mucho las familias de los difuntos.

 

En Lechago los más pudientes tenían un pastor en exclusiva para sus ovejas. Pero los de medio pelo se tenían que asociar con otros para permitirse un pastor. Mi abuelo Pedro llegó a un acuerdo con otros dos amigos para que un pastor cuidara de las ovejas de los tres. Así hizo mi madre sus dos primeras amigas, María y Josefina, las hijas de esos dos amigos de mi abuelo. Las tres niñas se dijeron que mientras sus ovejas siguieran juntas, ellas serían amigas. Las ovejas se separaron pero María, Josefina y mi madre continuaron su relación toda la vida. Mi madre se distingue por su espectacular facilidad para la amistad. Después de María y Josefina, sus siguientes amigas íntimas fueron Rosario y Agustina. María murió hace unos años pero Josefina y Rosario y Agustina –que son hermanas-, siguen ahí. Todo el rato están pendientes unas de otras. Uno de los grandes momentos del verano en Lechago es cuando ahora se reencuentran esas amigas eternas. Al verlas juntas las visualizo, juntas también, en el Lechago de los primeros años 30 y me sacude una alegría inmediata. Mi madre me ha enseñado que la amistad es un sentimiento capaz de resistir los golpes del paso del tiempo durante 80, 90 o los años que haga falta. Mamá nunca ha dejado de hacer amigas. Paquita, Gonzalina y Pilar son otros de sus imprescindibles apoyos cotidianos. A algunas amigas las encuentra en las iglesias o en las habitaciones de los hospitales. Un día, en el hospital Miguel Servet, me presentó a su compañera de cuarto, otra Paquita. Se habían conocido esa misma mañana pero ya la consideraba su amiga. Han pasado diez años y aún se llaman. Mi madre, si se cruza con alguien por la calle, siempre sonríe, mira a los ojos y saluda, aunque no le conozca.

 

A mamá le gustaba tanto fregar los platos que, si sus hermanas mayores no le dejaban, se echaba a llorar. También le encantaba ir a la escuela. Los maestros pegaban duro a los chicos y chicas de Lechago pero mi madre asegura que a ella jamás le ha pegado nadie. Otra cosa que le perdía era cantar jotas. Mi abuelo Pedro tocaba la guitarra y ella le acompañaba. Cantaba mientras fregaba o en la era, durante la trilla. Aún hay gente de Lechago que recuerda cómo, al salir a la calle, escuchaban a mi madre cantar.

 

Mi madre tenía once años cuando estalló la Guerra Civil y, desde entonces, ya fue muy poco a la escuela. Lechago fue un lugar de retaguardia. En la casa de mamá se alojaron soldados gallegos y, también, algunos italianos, que le descubrieron el café y los macarrones. Uno de esos chicos, el zapatero, cantaba tonadas italianas y le escribía una carta diaria a su mujer. Mi madre cuenta, orgullosa, cómo su padre, alcalde de Lechago durante la guerra, se negó a delatar a los rojos del pueblo cuando los franquistas le presionaron para que lo hiciera. “En Lechago no hay nadie malo”, dijo mi abuelo. Mi madre recuerda muy bien el frío del invierno de 1938: los burros se caían al resbalar en el hielo que cubría las calles. Y, sobre todo, mi madre recuerda el miedo de cada uno de aquellos días y cómo ella temblaba cuando se oía el ruido de los aviones y alguien gritaba “¡Que vienen los rojos”¡. Un día mi mamá tropezó con una mula mientras corría hacia el campo de su padre para avisar de eso, de que venían los rojos. Su hermano mayor, Cristóbal, estaba en el frente y, hasta que no regresó al final de la guerra, en su casa no respiraron tranquilos. Mamá odia la palabra “guerra”.

 

Mi abuela Carmen y otras madres con hijos en el frente hicieron una promesa: si al acabar la guerra sus hijos habían salvado el pellejo, ellas caminarían desde Lechago hasta la Basílica del Pilar para darle las gracias a la Virgen. Poco después del uno de abril de 1939 se organizó la expedición. Pero mi abuela se puso enferma y, en su lugar, fue mi madre, con 13 años. El grupo lo formaban unas 20 personas, de Lechago y Navarrete. Tardaron tres días en recorrer los 112 kilómetros, más o menos, que hay entre Lechago y la Plaza del Pilar. La primera noche durmieron en Daroca, la segunda en Longares y la tercera en María de Huerva. La gente salía a recibirles y les ofrecían sus casas para dormir y sus botijos para beber. Mamá evoca esa experiencia –una road movie- como una gran aventura.

 

A menudo me preguntan cómo es que tengo tantos amigos, cómo es que me gusta tanto cantar, por qué doy tantos besos. Mamá es la que me ha pegado todos esos vicios. Cuando su padre ya había salido de casa para ir al campo, mi madre corría tras él, para darle dos besos más, una costumbre que han heredado mis sobrinos Pablo y María. Ahora, a sus casi 88 años, al despertar, lo primero que hace es besar las fotos de los seres queridos y las estampas de sus santos favoritos que tiene colocadas por toda la casa. Somos besucones hasta más allá del empalago. Si alguien me demostrara que mi madre y yo, de momento, nos hemos dado un millón de besos no me extrañaría nada. Felicidades, mamá.

 

*Felicitas es la segunda por la izquierda, a su lado está Salvador, hermano de Luis y Carmen. Y con ellos familiares.

EL MÚSICO RAMÓN SENDER BARAYÓN

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2018/06/18/el-cineasta-luis-olano-dedica-documentalal-hijo-del-escritor-oscense-ramon-sender-1249884-1361024.html

 

El cineasta Luis Olano dedica un documental a Ramón Sender Barayón

El hijo del escritor, nacido en 1934, es un gurú de la música electrónica y del movimiento hippie de los años 60 y 70 en Estados Unidos

Antón CastroZaragozaActualizada 18/06/2018 a las 19:16
  
  
  
 
Sender Barayón: el hijo de Sender es hippy y gurú de la música electrónica

Luis Olano (San Petersburgo, 1986) es nieto de un niño de la guerra que se marchó a Rusia con 11 años y que falleció hace algunos años en Vitoria. Residente en Madrid, es licenciado en Filología árabe y autor de «algunas aproximaciones al cine árabe reciente en el contexto de la revolución/revuelta egipcia o de la guerra en Siria», dice. En 2014 dirigió el documental ‘Busking Life’ sobre una compañía de músicos de calle. Quizá por ello, fue su padrastro Germán Sánchez Pérez, que ha trabajado en RNE y Radio Exterior de España, quien lo puso tras la pista de Ramón Sender Barayón (Madrid, 1934), hijo del gran escritor aragonés de Chalamera y de Amparo Barayón, fusilada en Zamora cuando él tenía dos años. Ramón Sender Barayón, que estuvo tres veces en España, es el autor de un libro-exorcismo, ‘Muerte en Zamora’, que se acaba de reeditar con prólogo de Paul Preston y Helena Graham.

«Si la historia y la obra de Ramón J. Sender es impresionante, me pareció muy interesante la figura de su hijo. En la biografía de Sender de Jesús Vived Mairal, que publicó Páginas de Espuma, da algunas pinceladas sobre él. Entre lo que allí se dice y algunos programas que había hecho mi padrastro, decidí ponerme en contacto con él». Luis Olano dice que hubo algunos otros estímulos: Sender Barayón era un niño de la guerra como su abuelo y era, en cierto modo, la antítesis de su padre, con quien nunca se entendió demasiado bien. «El hijo es un gurú de la música electrónica y del movimiento hippie de mediados de los años 60 en California. Comencé a trabajar en el documental ‘Sender Barayón. Un viaje hacia la luz’, partiendo del deseo de saber cómo la vida de Ramón hijo pudo transitar por los caminos más opuestos a los de un padre, novelista ibérico al cien por cien».

Luis Olano entró en contacto con Sender hijo en 2014 a través de su página web. Lo invitó a su casa de San Francisco y con una modesta cámara le hizo una entrevista de una hora. Durante aquel viaje sucedió algo curioso: «Al día siguiente le acompañé a él y a su amigo Bill Maginnis a un festival de música electro-acústica donde se homenajeaba su labor con el San Francisco Tape Music Center, fundado en 1962, en una pequeña mesa expositiva en la que había fotos y algunos de los primeros sintetizadores Buchla. A él le construyeron uno a mediados de los años 60. Al regresar a España con estas imágenes comprendí que el relato de la vida de Ramón Sender Barayón era muy particular y podía fácilmente convertirse en una película documental», cuenta el joven realizador.

Dos años de correspondencia

Luis Olano estuvo carteándose con Ramón durante casi dos años y, en ese lapso, presentó su proyecto al Instituto de Estudios Altoaragoneses. Le concedieron una ayuda de 3.600 euros. Eso le permitió trasladarse a San Francisco, en concreto al barrio Noe Valley, «el ventrículo izquierdo del corazón de San Francisco, donde también vive un vecino tan ilustre como Mark Zuckerberg»; le cedieron una casa y lo visitó durante más de dos semanas para grabarle. Solían trabajar de tres a seis horas cada día. «Al principio, Ramón Sender Barayón pensaba que queríamos hablar de su padre o de sus padres. Cuando se percató de mis intenciones, tuvo que hacer un esfuerzo mayor, claro». Dejó de ponerse el automático.

Luis Olano explica que Ramón Sender Barayón empezó haciendo música clásica, más o menos convencional, pero luego abrazó la música contemporánea en la línea de Alban Berg y Stockhausen, primero, y posteriormente se zambulló en Ligetti, Berio o John Cage, con quien presenta afinidad en algún momento. Luis Olano cuenta que su primer maestro fue George Copeland, compositor y pianista que dominaba muy bien la obra de Albéniz, Granados y Debussy; luego se forjó con Eliot Carter. "Más tarde, en 1953,  asistió a una conferencia-concierto en Nueva York de Bebe y Louis Barron, pioneros de la banda sonora electrónica en el cine,  y quedó impresionado por su presentación y sobre todo por otra conferencia-concierto de Stockhausen. Fue su primer contacto con la música electrónica".

Explica Luis Olano: «Alicia Bay Laurel, que fue su pareja y compañera de viajes de los años 70, y Ramón Sender Barayón nos han cedido su música para la película. Ahora vive con Judit. Hemos podido contar con los másters originales de las grabaciones de de los años 60 gracias a Maggi Payne del Center for Contemporary Music del Mills College. Para el montaje partíamos de más de 20 horas de grabación y elaboramos una primera versión de 5 horas, de la cual salió la versión definitiva de 90 minutos. Salvo algunas excepciones, en las que hemos llegado a pagar 1.300 dólares por fragmentos de 20 segundos de metraje, casi todos los materiales que hay en la película han sido amablemente cedidos por sus autores o propietarios. Entre unas cosas y otras, el coste del documental se ha elevado más allá de los 10.000 euros».

La historia con su padre

Luis Olano ha descubierto muchas cosas del autor de ‘Réquiem por un campesino y su familia’, sus veleidades, la historia de Amparo Barayón, que era pianista y llegó a dar un concierto en Salamanca, y del hijo. «Si tengo que rescatar dos momentos del rodaje que me impresionaron –dice Olano–, mencionaría cuando Ramón olvida el nombre de la ciudad donde nació su madre, Zamora, como si fuera una herida en la psique; y también cuando Ramón, emocionado, nos relataba que la única vez que interrogó a su padre de forma directa sobre la verdad respecto al destino de su madre, fusilada, no pudo entender nada porque Ramón J. Sender estaba demasiado borracho. Hablaba entre lágrimas y además hablaban en diferentes idiomas».

Ramón Sender Barayón se ha olvidado del poco español que sabía. Vino a España y a Aragón en 1982, en 1995 y en 2001. «Él ya ha visto la película y su sueño es que se vea aquí. Y el mío también, claro», dice Luis. En Huesca y en Zaragoza. Y, por supuesto, en Aragón Televisión.

 

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