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Antón Castro

CARLITOS, PRIMERO DE INGLATERRA

Carlos Alcaraz, Carlitos, es un improvisador nato, alguien que desordena no solo el juego sino los pronósticos. Novak Djokovic, con sus 36 años que parecen 26 o alguno menos, está en un estado de forma imperial, corre como un velocista, quiere llegar a todo y tiene la resistencia de un maratoniano. Y no son palabras al viento: ayer lo demostró. Corrió y corrió y corrió, quiso llegar a todas las bolas, y durante muchos minutos de las casi cinco horas del partido lo hizo, y dio una lección de sus cualidades: la del tenista perfecto que no tiene defectos (quizá algunos de mal genio), que es rocoso, que posee una concentración impresionante y que golpea con la fuerza de un martillo pilón. Su trayectoria en este torneo de Wimbledon había sido intachable: cedió algún set pero ganó de manera majestuosa y demostró su su autoridad y su sentido de la dosificación.

En la hierba de la pista central, se encontró con Carlos Alcaraz, que había tenido rivales más duros, hecha la salvedad de Sinner. Carlos es soberbio, único y osado, y es una factoría de fantasía e improvisación. El español había jugado partidos casi perfectos y llegó a la final en un excepcional estado de forma y de confianza. Tenía un secreto que iba más allá de las palabras: de verdad, con toda la vehemencia interior, con la fuerza de la determinación del héroe, quería ganar. Y eso, a la postre sería decisivo: no estaba de paso, no quería conformarse con una elogiosa derrota. No. Quería ganar, y tenía las claves visibles, con sus ramificaciones ocultas: talento, ambición, confianza, paciencia y una madurez inefable.

Eso sí, en el primer set Novak Djokovic lo arrasó literalmente. No le dejó desarrollar su juego, y algo peor: le hizo sentirse vulnerable, como si todo se hubiese desplomado al vacío: su estrategia, sus golpes y su autoestima. Aunque hubo juegos de incierto resultado, que se decantaron hacia Djokovic, la primera prueba fue un paseo. El serbio realizó una demostración de recursos y de personalidad: encadenó primorosos saques con sus golpes de ‘drive’ y el revés cruzado, a dos manos, con las voleas, con el ‘passings’, y no solo eso: pareció anticiparse incluso al pensamiento de Carlitos.

Alcaraz, a sus veinte años, es portentoso y es capaz de ser tan impetuoso como el maestro de la intensidad, que es Djokovic. Sabía que el segundo set era clave y lo jugó con todo lo que tiene: sed de gloria, buenos saques, esas dejadas que rompen el ritmo del rival y ya son como de una nueva escuela, trallazos que van y van con el vértigo y la sutileza del látigo y la potencia de un misil, resistencia, velocidad y descaro. Descaro: algo que Alcaraz posee como ningún jugador del circuito. Venció en el ‘tie-break’ y se llevó el tercer set de calle. El jugador serbio -de 23 títulos de Grand Slam, siete de ellos en Wimbledon, uno menos que Roger Federer, el poeta exquisito del tenis, el bailarín más sofisticado– se jugaba mucho: su orgullo, volver a ser número uno del mundo y su octavo título en Londres. Y se jugaba algo que lleva a gala: quiere seguir reinando sin sombra y alcanzar y superar los 24 ‘grandes’ de Margaret Court.

Su carácter y su competitividad no le permiten ser complaciente o frágil con los que vienen tras él. Por eso reapareció en la cuarta manga con su mejor tenis, con sus cualidades, con sus bolas cruzadas, con sus ‘primeros’ increíbles y eficaces, con sus restos admirables -es el mejor de la tierra, y Alcaraz empieza a rivalizar en ese atributo también– y con esa transformación de la que es el maestro total: pasa de la defensa al ataque en pocos segundos. Ganó con claridad y precisó: “Aquí estoy. El monarca sigue vivo”.

Carlos Alcaraz no perdió la compostura. Y volvió a rearmarse de ingenio e imaginación, (hace del tenis a veces un divertimento), de sorpresa, de picardía, de insolencia y de belleza, sin ceder ni en la velocidad ni en su respuesta inverosímil. Llega a todo. Y en los instantes de peligro extremo no pierde la calma y sigue ahí arriesgándose, con chispa.

Carlos Alcaraz, Carlitos, posee la muñeca de Santana, la fantasía de Orantes, la fuerza física y mental de Nadal, y sabe ser él mismo sin arrugarse. Es tan libre y valiente que siempre encuentra una senda para el triunfo y la gesta. Cree en sí mismo hasta la desmesura. Ayer, contra casi todas las previsiones, se coronó rey del mundo y de Wimbledon. O como dice el compañero de HERALDO Miguel Ángel Coloma quiso ser “Carlitos, I de Inglaterra”. Quiso serlo y lo fue. Y lo es. Nos regaló, nos regalaron, un partido para alimentar el tesoro de la memoria como sucede con la victoria de Nadal sobre Federer en 2008.

 

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