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KAFKA, POR MARCHAMALO & FLORES

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Kafka, el oficinista

 

Por Jesús MARCHAMALO

Una vez, asomado a la ventana de la casa de sus padres, fue señalando los lugares de la ciudad que, a modo de puntos cardinales –norte, sur, este y oeste-, delimitaban su mundo, minúsculo y pequeño como el de los relojes. La casa en la que había nacido; detrás, el instituto; un poco más allá, la universidad en la que se licenció en Derecho, y al lado de la plaza, la oficina. Un edificio de aspecto vagamente austrohúngaro que era la sede del Instituto de Seguros contra Accidentes de Trabajo, donde empezó como pasante y donde, con los años, fue ascendiendo hasta ser vicesecretario y secretario. Todo accesible, cercano, próximo. Tanto que a veces tenía la impresión de no haberse movido nunca.  

Porque de aquellas callejas empedradas de su odiada Praga, imperial, imposible, que recorría a diario –tiqui, tiqui- con paso apresurado y unos zapatos negros, sólo salió un par de veces, tres como mucho: alguna excursión, algún viaje corto, además de sus escapadas en tranvía. Solía cogerlo hasta la última parada, donde terminaba la ciudad, vestido siempre de negro -como un enterrador-, camisa blanca y lazo o pajarita, y un extraño, simpático bombín en la cabeza. Alto como un pararrayos.

Allí se lo cruzaba, a menudo, Vera Nabokov. Y de él recordó toda la vida su palidez extrema, la tirantez de su piel en la cara, y los ojos brillantes, azules y brumosos, afilados como los de un hipnotizador, un mago.

Trabajó durante años, de ocho a dos, en un despacho al que se llegaba por un pasillo umbrío lleno de archivadores, donde olía a tabaco rancio, y a goma de pegar. Un opresivo universo de bandejas de baquelita, plumas fuente, sellos de caucho, informes -a veces un plato de peras-, y un reloj que marcaba la frontera entre el mundo real, por las mañanas, y la literatura, por la noche, en su casa, con luz artificial. Folios y folios que destruía a menudo, o que escondía en el piano.   

Tuvo dos o tres novias a las que mandaba cartas, con las se prometía y nunca se casaba, y un padre omnipresente y burocrático. Un hombre de aspecto decimonónico, con bigote, esclavina y anillo, con pinta de intendente o potentado, al que una vez llevó uno de sus libros, recién salido de la imprenta. “Déjalo ahí, en la mesa”, le dijo con desgana -la mano regordeta, indolente y exangüe-, incómodo porque le había interrumpido.  

Antes de morir dejó dicho que destruyeran todo cuanto había escrito. Que hicieran un montón de cuartillas y folios, y holjas sueltas de notas, y lo prendieran fuego. O eso entendió Max Brod, su amigo, que no le hizo ni caso. Así podemos leerlo ahora; lo desasosegante, lo indecible, esa obsesión tan suya, tan… kafkiana.  

Un día escupió sangre. Tiempo después murió. Y fue su última novia, Dora Diamant, una actriz, quien, teatral como correspondía, se acercó hasta la cabecera de la cama, y le cerró los ojos.

 

*El viernes me llegó el libro ’44 escritores de la literatura universal’ (Siruela), de Jesús Marchamalo, con ilustraciones de Damián Flores. Se trata de un libro precioso, una auténtica maravilla del daguerrtotipo literario corto. Cuelgo aquí el retrato de Kafka, por cortesía de Jesús Marchamalo, de Damián Flores y de Siruela.

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