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CALVOMOÑACO 17

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Hacía unos días que Manuel Martín Mormeneo, fotógrafo en Garrapinillos, cerca del Canal Imperial de Aragón, no recibía carta alguna ni tampoco ningún dibujo de uno de sus artistas favoritos: Alberto Calvo, el señor de los moñacos. A veces, en su móvil, veía algún mensaje extraño de su amigo: una frase inconexa, una greguería, un aforismo. Y a veces también, cuando el cielo parecía encapotarse y volverse ceniciento, más ceniciento aún tras el paso de un aluvión de pájaros, Calvo lo llamaba directamente. Siempre andaba con algo entre manos: con un cómic para el periódico, con un atuendo floreado para un maniquí, cabalgando las calles a lomos de un cigarrillo (Calvo es tan excepcional y tan estilizado que puede hacer eso: montar en el humo de su propio pitillo). A menudo, le decía, se sentaba en un rincón de una taberna y hacía dibujos, cabezas, ojos de mujer o de tigre, pelambres, bocas para los besos, lenguas de amor entretejidas. Calvo era así.

El día de fin de año, Mormeneo recibió una llamada: era Calvo. Le puso al teléfono una bella voz. La joven, que vivía entre Barcelona y Euskadi, que era una criatura del aire con voz de fuente, le contó algunos proyectos y algunas quimeras como si fueron conocidos o confidentes de toda la vida, y, al final, antes de despedirse, le dijo que enredaba con el arte, con las telas, con las cabezas surrealistas, con el cierzo último de diciembre. Calvo volvió a tomar el móvil y le susurró a su amigo: “Mormeneo, Mormeneo, Mormeneo. No te enamores de esta voz de agua: acabo de encerrarla en un dibujo y pronto, pronto, te la mandaré”.

 

Anoche, el pintor, el humorista, el ilustrador, el soñador de tebeos cumplió su palabra. Y aquí está el rostro, la voz, la belleza y la luz incendiada de Arancha.  

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