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CALVOMOÑACO / 18

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LA NOCHE DEL BAILARÍN

 

A la escritora O. P. le habían pedido un reportaje sobre una nueva sala de conciertos. Se había convertido en una referencia en Zaragoza, su ciudad, donde no vivía desde hacía más de treinta años. ¿Qué mejor mirada que la de alguien, más o menos célebre, que conoció antaño esos locales y que incluso le dedicó relatos y novelas a sus primeros novios? Aceptó con extrañeza. Era un encargo inusual, algo que no solía hacer ella, algo que a nadie le llamaría la atención si lo firmaba Juan José Millás, Elsa Fernández Santos o José Ignacio Rojo. Tomó el AVE y se acomodó en un hotel céntrico, espacioso y acogedor. Después de comer, sesteó un poco, se fue de librerías y de exposiciones (vio los ‘Cuadernos de la Dama Azul’ de Alberto Calvo en A del Arte y se quedó encantada con sus dibujos, sus trazos emboscados y su apariencia de tosquedad cromática), tomó unas tapas en el Pascualillo, y finalmente se dirigió al local. Se sentó donde pudo y redactó distintas notas de aquella fauna nueva: rapsodas, tribus urbanas, artistas, todo desfiló ante sus ojos con la frescura de un acontecimiento inesperado.

Hacia las once y media, un joven se le acercó, la saludó y le dijo que había leído su última novela, y también las anteriores. Que la seguía desde hacía mucho tiempo, casi desde que era adolescente y que su título favorito era ‘La piel de Edelmira. Historia de una pasión dispareja’. Ella acusó la amabilidad, pero tampoco quiso mostrarse demasiado efusiva ante los elogios. Los agradeció y aceptó un beso en la mejilla. Poco más tarde, una chica, joven también, se le acercó y le reveló: “Alberto está emocionado. Usted es la escritora de su vida. No vaya a pensar que es un chalado”. Le pareció un poco raro o tal vez excesivo. Él no tardó en acercarse de nuevo y entablaron un diálogo extenso, hasta las doce, hasta las doce y media, hasta la una. Hasta perder la conciencia del tiempo y de la música.

Llegó el momento de irse. Y cada uno se fue por su lado. Diez minutos más tarde, o quizá un poco más, se reencontraron en el hall del hotel. Ni él ni ella se lo podían creer; por eso la reacción de estupor mutuo, o de incredulidad, fue absolutamente natural. Se quedaron un instante más en el  vestíbulo: él, reveló el joven, era bailarín de una compañía de ballet contemporáneo que estrenaba dos días después en el Teatro Principal. Subieron en el ascensor. También coincidían en la planta sexta.

Se fueron a la habitación de ella. Y se besaron, y se abrazaron, y disfrutaron de un amor paciente al principio, fogoso en la reanudación, apasionado y loco en el último intercambio, casi a la desesperada, cuando ya se asomaba el alba. O la incierta luz de los adioses.

Ella, al despertarse, vio dibujado un corazón, en tinta azul, muy azul, en el programa de mano de las tres actuaciones de su compañía; sobre varios nombres, la escritora leyó una frase: “Me encantará leer tu próxima novela”. La escritora no supo si era un desafío o una nueva declaración de amor.

*Manuel Martín Mormeneo recibió ayer un nuevo dibujo de Alberto Calvo, 'La Dama Azul'.

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