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UN CUENTO DE PEDRO BOSQUED, PIERO

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EL SILENCIO DE LA SONRISA

 

 

Por Pedro Bosqued. PIERO

Nunca había visto que me mirasen de esa manera. En la foto, Roberto, mi amigo invisible, no era un fantasma. Su sonrisa confirmaba su acierto en el regalo escogido. Habían pasado un par de años, pero podría repetirse su expresión ahora mismo, en este mismo salón, con nosotros más entrados en... ¿la era digital? Al volver a mirarla, mi cara de asombro no había caducado. Seguían mis ojos buscando una explicación a mi sorpresa. Como supo lo que quería nunca logré adivinarlo. Él sí que tenía la habilidad de reconocer en una cafetería a qué camarero se le caería la taza, qué compañero se mofaría de la metedura de pata y lo más difícil, quién de los reunidos en una mesa alargada que ocupa una docena de personas, se escaquearía de pagar. Las artes adivinatorias de Roberto se nutrían de todas los detalles en los que no reparábamos en días de rebajas. Lo importante era el precio; para él, de dónde venía el retal. Y apostillaba con soltura: “si sabes quién te regaló la prenda, sabrás cuantas veces te la vas a poner”.

 

  Ahora que Lucrecia se ha ido, las sonrisas de Roberto se cotizan al alza en mi maltrecha columna. Mi pilar cruje con más facilidad, las prendas de abrigo ya no las valoro por su corte, ni por su colorido. Lo que más agradezco es que me aíslen de la humedad, como la que entregan sigilosos los arroyuelos. Que a mi quinta y sexta lumbar, maldita pareja de baile con la que tengo que lidiar, no les falte calor extra. Como la sonrisa de Roberto. Apareció hará cosa de diez años. Iba a sentarme en mi butaca del teatro y ante mis narices se sentó un manojo de lana enclenque con piernas patizambas y hombros descarriados. No me lo comí de milagro, pero cuando lo iba a interpelar se cruzó la mirada de Roberto. Su mueca me invitaba a reírme de la situación y me puse a comentarla con la nueva sonrisa. Empezamos a enhebrar supuestos desenlaces y acabé sentado junto a él. Y así hasta hoy, el día en que la foto vuelve a mis manos.

 

  Ahora que Lucrecia se ha ido no hay nada que me impida rebuscar en los cajones, recordar lo que me han dejado tantas fotos previsibles y una que no lo es. La de Roberto con su sonrisa de haber acertado con su regalo. Pero ese era el primer foco en la foto, en el que todos caerían de un primer vistazo. Lo que seguía atrayendo a una mirada aguda, como la de Roberto haría, era mi rostro esa tarde. Había conseguido no ver ni un anuncio de juguetes, ni una rutinaria canción de navidad, ni a una pestilente colonia impregnar las telas rojas que quieren ser alfombras a costa de ser pisoteadas en horario comercial y que en realidad son vituperadas después del cierre por quien se ha encargado de ponerlas. Mi rostro esa tarde se había desubicado, no atendía a lo que ocurría con precaución, se dejaba de intenciones secundarias ni de pretensiones claras. No reconocería jamás a mi rostro esa tarde, de forma que cuando lo vi en la foto supe que esa era la única forma de verle. Que a tu rostro se le pierde la pista cuando las cosas que no se van a olvidar llegan a tu vida. Desligar a tu rostro de ti es un ejercicio extraño, como un guante que se metiera en la bañera de tu casa contigo. Algo que no se llega a comprender, que no tiene sentido pero de lo que no se puede tampoco conseguir una explicación. Y sin una explicación concreta tu rostro es el de cualquiera que vieras, hasta el tuyo, pero no podrías pensar que lo es porque ya no responde a ti, si no a las leyes de lo imprevisible. Como aquella tarde, momento atemporal en el que la foto que tenía entre manos era la única prueba de que aquel rostro era el mío.

 

   Ahora que Lucrecia se ha ido, la foto es la fuente de calor más próximo que tengo, un rescoldo de las brasas que fui. Una ventana entornada, pero por la que todavía se cuela la luz. Gracias a la sonrisa de Roberto, gracias a lo que sostenía mi mano derecha. Con los dedos extendidos en posición palmar, como quien va a coger una bandeja y realizar las funciones de camarero, mi mano en sintonía con mi rostro feliz de la foto, sostiene una carátula. Una negra y previsible carátula de la que se logra adivinar el título. “El silencio antes de Bach”. La película que el día en que Roberto y yo nos conocimos en el teatro me comentó, la que me dijo que no podría olvidar después de verla, que hiciera el esfuerzo de ir al cine, aunque mi ánimo no me lo aconsejara. Un salto temporal a tres épocas, un guiño a la creación musical como eje de la recuperación del valor de la educación artística. O una forma clara y dulce de la concisión en el valor supremo del talento inconsciente de Bach.

 

  Ahora que Lucrecia se ha ido, cualquier día es festivo si vamos Roberto y yo a comer sesos. Ese almuerzo de delicias de infancia que siempre nos lleva a la película. La recordamos e imaginamos que estamos en miércoles. Siempre es miércoles cuando comemos sesos Roberto y yo. Miércoles de sesos, miércoles de Mendelssohn, miércoles de sesos recién comprados en el mercado de Leipzig. Sesos envueltos en el puesto del carnicero con papel escrito, con papel sin importancia para casi todos los rostros. Papel claro para miradas como las de Mendelssohn, que comprara todos los días al carnicero de Leipzig para conseguir llevarse a casa aquel papel. El papel en el que permanecieron las composiciones de Bach. Cincuenta años después, el silencio de Bach se rompía. Un carnicero despistado se cruza en el camino de Mendelssohn para recuperar las partituras, para que el silencio antes de Bach calle.

 

  Ahora que Lucrecia se ha ido, mi rostro en la foto cree en la casualidad del silencio como causalidad del regocijo. Y el silencio es el compañero que no se queja, que no interrumpe, es el poso que permanece. Como el silencio de Bach, como el silencio de mi rostro, como el silencio de la foto de mi rostro. Mi silencio me pide calma, me pide que eche a andar aunque mis lumbares teman a la humedad. Mi silencio me pide que cruce también el arroyuelo. Cuando lo he conseguido, recuerdo como se decía arroyuelo en alemán. En silencio, vuelve la palabra. Bach.

 

*Hace un año, Pedro Bosqued, Piero, farmacéutico y escritor, iniciaba su blog: http://piero.blogia.com. Y ahora me manda este texto, este cuento de amor y de ausencias. Es casi un regalo de Reyes. Me ha parecido que esta foto, que no sé a quién pertenece, podría sentarle muy bien.

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gravatar.comAutor: Asteroide B 612

Roberto está impresionado de que todavía recuerdes ese regalo y de que, después de tantos años, sigas mirando las fotos en las que lo importante era invisible.

Fecha: 10/01/2010 20:54.


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