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ALBERTO GIACOMETTI

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Han sido muchos los fotógrafos que han retratado a Alberto Giacometti. Casi siempre en su taller, como un espectro humano entre sus estilizados espectros de bronce. Richard Avedon, Cartier-Bresson, Ernst Scheidegger, Gordon Parks, etc. Casi siempre se le ve reconcentrado, con su apariencia árabe de criatura de ‘Las mil y una noches’. Giacometti era hijo y sobrino de pintores, y pronto se inclinó hacia el arte. Se trasladó a Ginebra y luego a París, donde estudió con un socio aventajado de Rodin, Antoine Bourdelle, cuya obra vimos hace dos décadas en el Museo Pablo Gargallo; poco después veríamos la de Giacometti en Ibercaja. Inicialmente, le interesó el cubismo, pero luego abrazó el surrealismo y se dejó retratar con aquel grupo de rebeldes que defendían las turbulencias y la libertad de los sueños, incluido Buñuel. En un arrebato de terquedad o de audacia, visitó España durante la Guerra Civil. Poco a poco, fue inclinándose hacia una obra muy personal, vinculada al primitivismo africano y a sus propias quimeras. Realizó cabezas, de expresivas miradas, y cuerpos delgados, cimbreantes, interminables, cuerpos frágiles como la vida, obsesivos como el deseo. Parecía un ermitaño andrajoso en su taller con su pitillo perpetuo. A su mujer, Annette Arm, le pedía que posase para él, y ella le enseñaba a diario su mejor desnudo, sus ojos de mar. A la vez, pintaba retratos frontales, rostros y bustos, dibujaba, visitaba bajo la llovizna a su madre. Así hizo ‘El hombre que camina I’, una escultura sobre el desamparo, la vulnerabilidad de existir, que sugiere movimiento, puesta en acción, ansiedad. Esa obra, contra todo pronóstico, se ha convertido en la más cara del mundo: 74.3 millones de euros. ¿Qué pensaría el artista pobre, el austero amigo de los gatos, si abriese la tumba y leyese las primeras páginas de cultura?

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