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MARCOS GIRALT TORRENTE: UN DIÁLOGO

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MARCOS GIRALT TORRENTE / Escritor. Nacido en Madrid en 1968, nieto de Gonzalo Torrente Ballester e hijo del pintor Juan Giralt, acaba de publicar un impresionante y elegíaco homenaje a su padre, ‘Tiempo de vida’ (Anagrama), que se presentaba ayer en Los Portadores de Sueños, con Ismael Grasa.

 

“He escrito una crónica de la reconciliación

a través del amor y del dolor”

 

“Sin el rencor hacia mi padre no sería

 ni el escritor ni la persona que soy”

 

 

 

 “El año en que mi padre enfermó publiqué una novela en la que lo mataba”. Así empieza ‘Tiempo de vida’. ¿Se ha arrepentido alguna vez de escribir eso o, sencillamente, te dio mala espina?

Un amigo escritor al que frecuenté en una época ya pasada me decía que hay que tener cuidado con lo que se escribe porque tarde o temprano sucede. Lo tuve muy presente mientras escribía ‘Los seres felices’ (Anagrama) y aún así maté al padre de la novela. Evidentemente fue una necesidad estructural lo que me llevó a ello, y no ninguna suerte de siniestro conjuro, pero la prueba de que dejó alguna huella en mí es que necesité dejar constancia por escrito cuando empecé a tejer el manuscrito que luego sería ‘Tiempo de vida’.

¿Por qué sólo le era posible escribir sobre tu padre, tras ‘Los seres felices’?

Mi literatura, aunque desde la ficción, siempre ha estado muy ligada a mis preocupaciones vitales. Es normal, por tanto, que una experiencia tan radical como la muerte del padre necesitara interiorizarla mediante la escritura.

Habla una y otra vez del resentimiento, del rencor. ¿Cómo han condicionado su propia vida y tu escritura?

Absolutamente. Sin esa experiencia no sería ni la persona que soy ni el escritor que soy. No sé cómo sería, ni siquiera sé si sería también escritor, pero estoy seguro de que sería distinto.

Habla de un enfado perpetuo con su padre. ¿De dónde nace, qué es lo que no podía perdonarle?

Supongo que la ausencia. Haber pasado, en mi primerísimo infancia, de un trato cotidiano con él más allá de lo que suele ser habitual, pues era pintor y trabajaba en casa, y mi cuarto de juegos era su estudio, a no tenerlo, a no poder disponer de él en momentos cruciales y tener la sensación, supongo que no siempre justa, de que me postergaba.  

¿Cómo era su padre?

Era una persona tremendamente atractiva, con duende, a quien le gustaba disfrutar y era capaz de encontrar motivos de disfrute en cosas muy diversas, en una comida de tasca y en una tabla renacentista. Culta en el sentido más amplio de la palabra, el que comprende la alta cultura pero también lo que desdeñosamente se llama cultura popular. Y también enfermizamente sensible, que no supo, quizá por su exceso de sensibilidad, lidiar con las partes más sucias e incómodas de la vida. Que no supo defenderse.  

¿Qué le dejó en herencia?

Cosas buenas y malas. Entre las primeras, la falta de prejuicios, la curiosidad, el disfrute con la belleza en todas sus formas. Entre las segundas, la principal, una tendencia a la insatisfacción que puede ser muy fértil en términos artísticos pero que es también muy destructiva si dejas que invada todos tus días. Creo que nos parecemos mucho, en efecto. En ello influye tanto la genética como el desencuentro entre nosotros. Al no poder disponer cotidianamente de él, a la vez que me rebelaba en su contra, me dediqué a observarlo y sin darme cuenta puede que hiciera mías buena parte de sus actitudes. Lo imitaba inconscientemente. 

Hay una frase que insiste en ello: “Nuestra oscuridad es parecida, pero la luz nos viene de lugares diversos”.

Su luz era un hedonismo y un talento mayores que los míos. La mía es mi mayor fortaleza y que estoy menos solo.

Este también es un libro sobre la fragilidad y los secretos de familia. Hay otra frase que parece englobarles a usted, a su madre y a su padre: “¿Qué va  a ser de mí?”

Esa frase, “¿qué va a ser de mí?”, es la expresión de mi desconcierto en un momento de mi vida en el que me quedo sin asideros. Para un hijo único como soy yo, la única familia son los padres y, si estos fallan, nos quedamos sin recursos. Me he criado en un ambiente burgués, con libros, con discos, con obras de arte a mi alrededor, pero con la fragilidad económica de la bohemia tradicional. Todo podía cambiar de un día para otro. De pronto nos quedábamos sin dinero y había que malvender los libros, los cuadros o lo que tuviéramos. Por ser hijo único, y no tener la pantalla protectora de otros hermanos, fui desde demasiado pronto consciente de esa fragilidad y por momentos me traumatizó.

 ¿Cómo fueron esos meses del reencuentro?

Estuvieron llenos de dolor, pero también, aunque parezca mentira, de muchos instantes de felicidad. Y en lo más prosaico y egoísta me dieron la posibilidad de demostrar, a través de mi entrega, que todas mis quejas pasadas no estaban mediatizadas por el interés. Que, aunque mi padre me hubiera faltado en momentos cruciales, era capaz de estar a su lado sin rencores en el momento más difícil de su vida. Lo importante es que para que eso se produjera era necesario que él correspondiera a mi esfuerzo con un esfuerzo parecido y lo cierto es que lo hizo. Los dos ganamos, nos ganamos el uno al otro, pero a costa de no pocos sacrificios.

 ¿Podríamos decir que ‘Tiempo de vida’ es la consumación una frase que se repite varias veces: “Tu padre vive ahora en ti”?

Esa frase me la dijo al poco de morir mi padre Francisco Calvo Serraller, el crítico de arte, a quien tengo en gran estima, y, como digo en el libro, en un principio no me la creí, pero ahora veo que es así. Mi padre vive en mí y en quienes lo conocieron y en su obra. Esa es la única posteridad en la que un agnóstico como yo puede creer. 

¿‘Tiempo de vida’ es la crónica de un exorcismo, de un desahogo, el encuentro decisivo con un padre escurridizo, una elegía?

Es la crónica de un reencuentro que parecía que jamás se produciría, de una reconciliación a través del dolor y del amor. Los dos tuvimos que poner de nuestra parte para que se produjera. Gracias a eso nos salvamos.   

El libro tiene muchos temas, más allá de la relación padre e hijo: habla de la enfermedad, del desamparo, de la felicidad y de la construcción de un escritor que parece vivir en el alambre.

Sí. Me sorprende ese olvido por parte de muchos. En realidad, más que un libro sobre mi padre, es un libro sobre los dos en el que yo me expongo mucho más de lo que lo expongo a él. Aparecen mis miedos, mis inseguridades, la génesis de mi material literario, mis dificultades económicas, mis dudas acerca de mi profesión...   

**La foto pertenece a Luis Asín.

 

 

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